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La tragedia de la Flia Hernandez

ArteFecha desconocida
Esto lo escribi hace mucho para un concurso de narrativa policial y nunca lo envie (lo colgue hace meses, y lo borre al dia porque no lo subi bien)



LA TRAGEDIA DE LA FAMILIA HERNÁNDEZ
Por: Luka99

La ciudad se despertaba, como todos los días. Las siete de la mañana del 8 de junio, un día sin ninguna característica en especial, ni feriado, ni cumpleaños, nada que lo destaque del resto del calendario. Para la mayoría de los habitantes de Córdoba, iba a ser una jornada como tantas. Pero no para la familia Hernández.
José, padre de dos hijos, Sofía y Joaquín, ambos caminaban sin muchos sobresaltos la adolescencia, dormían, debían asistir al colegio por la tarde. Estela, su esposa, le prepara el desayuno, José debía irse a trabajar a la gomería de su cuñado, Oscar. Tomó un café, con unas tostadas, de fondo la radio informaba el pronóstico del clima. Quince minutos después, saludó a su mujer con un beso y partió hacia la parada del colectivo. Le llevaba poco menos de media hora llegar a la gomería, y solo pensaba en el arduo trabajo que lo esperaba.
Al despedir a su marido, Estela, comenzó con la tarea domesticas. Levanto a Sofía para que la ayude. Joaquín tenía 18 años, uno y medio más que su hermana, normalmente se despertaba cerca del mediodía. Madre e hija, se encargaban habitualmente de la limpieza y las compras de la casa. Siempre con la radio encendida, escuchando un programa mañanero, empezaron a planchar la ropa, y a preparar algunos de los ingredientes de las empanadas que pensaban comer en el almuerzo.
Luego de terminar con la ropa, Estela salio a regar y barrer la vereda. Al intentar colocar la manguera en el grifo del agua. Tapándole la boca con una mano, y ahorcando con la otra, un individuo, acompañado por otros dos hombres, la obligaron a entrar. En la calle no había nadie, y la situación aparentaba ser otro asalto al voleo. Unos de los individuos al ver a la niña le apunto con un calibre veintidós, muy oxidado y con el mango quebrado. Sofía quedo paralizada al ver al delincuente, no atinó a gritar, ni moverse, el miedo la había petrificado. El criminal se llamaba Miguel, un joven de 16 años, había consumido cocaína antes del entrar a la casa junto a los otros dos sujetos, se encontraba frenético. Violentamente, agarro de los cabellos a la muchacha y la arrastro hasta el baño. El criminal que tenia a su madre, cerraba la puerta y la obligaba tirarse boca abajo, en el suelo del living y el tercero despertaba a Joaquín con una patada en las costillas. El joven dormitado, intento mirar que sucedía, el delincuente lo golpeó en la cara con la culata de una escopeta, a los golpes y empujones lo llevo hasta el baño, en el cual ya se encontraba su hermana, llorando en el piso.
Sin dudas, los criminales estaban más agresivos de lo normal. No había ningún tipo de amenazas de ellos, solo golpes y ordenes. Los hermanos se abrazaban en el suelo de la bañadera. Sofía sangraba a causas de un arañazo detrás de la oreja, ocasionado al ser agarrada de los cabellos.
Solo el ladrón que sujetaba a Estela, que parecía ser el mayor y el más calmo de los tres, apuntándole en la cabeza, le decía que le indique en donde se encontraba el dinero y que si obedecía, nadie saldría lastimado.
La mujer, con una voz entrecortada, sin querer levantar la vista, decía que el poco dinero que tenia, se encontraba dentro de su cartera. El delincuente al encontrar solo cuarenta pesos, se puso más violento. A los gritos le exigía más dinero. Buscando entre los bolsillos de la cartera encontró una tarjeta de debito. Llamo a uno de los sujetos que revolvía las pertenencias de la familia en busca de algún objeto de valor. Le ordeno que cuide la los hijos, que junto al otro criminal, llevarían a la mujer a sacar efectivo a un cajero. Amenazando a los jóvenes con matar a su madre si intentaban escapar.
Dos de los delincuentes, junto a la mujer, irían caminando, hasta un banco que quedaba a cuadra y media de la casa de los Hernández. En el camino, el mayor de los ladrones, le decía a Estela, que ya culminaría todo, que retiraban la plata, y se irían. Que sería una estupidez intentar escapar. La mujer, intentando contener los nervios, contesto que cumpliría con todo, y suplicó que se calmen, que no le hagan dalo a sus hijos.
En la casa, los dos hermanos, tirados en la bañera, eran controlados por Miguel, nervioso por cada ruido que escuchaba, no paraba de insultar. Apenas pasaron unos pocos minutos de que se habían marchado sus secuaces, Miguel, ya sospechaba que algo había sucedido. Caminaba una y otra vez hasta la ventana que se encontraban en la entrada de la casa. Como si fuese un ritual. Recorría el mismo trayecto, maldiciendo, una y otra. Cada vez que los hermanos hablaban entre si, les gritaba enfurecido. Los jóvenes dentro de la bañadera, no le contestaban.
Fue entre tantas idas y vueltas de Miguel, que Joaquín se dio cuenta de que su hermana llevaba consigo su celular. Que en cuclillas, se dejaba ver, poco a poco del bolsillo del pantalón de la muchacha. Sofía de los nervios nunca se dio cuenta, y Miguel a causa de la excitación que llevaba consigo por la adrenalina de la situación y la cocaína, olvido revisar a la adolescente. El hermano agarró, y entre sus pies, escribió un mensaje de texto con las palabras “Policía, casa, roban”, y se lo envió a su padre. El mensaje fue remitido en el acto.
José, aun en el colectivo, escucho el mensaje, pero no le dio importancia. Su mujer le escribía en transcurso de la mañana frases cariñosas, intentando alegrarle el día. Dejo pasar el mensaje. Recién lo leyó al cambiarse antes de empezar a trabajar. Por uno segundo, quedo inmóvil. El tiempo no pasaba, su rostro se empalideció. Oscar, lo vio y supo en el momento que algo malo pasaba. Le pregunto, una y otra vez que sucedía, y al no encontrar respuesta le quito el teléfono de las manos. Al leer el mensaje, llamo a la policía, advirtiéndoles lo que estaba sucediendo en el domicilio de los Hernández.
José, al escuchar a su cuñado, empezó a balbucear en voz baja los nombres de Elena, Sofía y Joaquín. El temor de que algo les pasará, lo paralizo. Solo repetía, una y otra vez, los nombres de sus familiares. Oscar lo tomo entre los brazos para tranquilizarlo, apenas corto la comunicación con la policía. Le pedía que se calme, que nada malo ocurriría. Lo llevo hasta su auto, para ir lo más rápido posible a su casa.
En ese momento, Miguel, estaba demasiado nervioso, estaba paranoico. La mujer y los dos la ladrones hacia más de veinte minutos, que habían salido. Se acerco a la ventana, una vez más. Saco un “papelito” de su bolsillo, un pequeño paquete con unos pocos gramos de cocaína. Lo volcó en una mesa de vidrio que había en al living, enrollo el papel, y lo aspiro. Su cabeza le daba vuelta. No era ni su primer asalto ni la primera vez que consumía esa cantidad de cocaína. Pero en esta ocasión estaba totalmente fuera de sí.
Volvió hasta el baño, se tropezó con al pared al querer entrar. Sofía levanto la vista cuando escucho a Miguel caerse. Esto enfureció más al criminal, que se acerco insultando y amenazando a la joven, y vio el teléfono entre las piernas del Joaquín. Le pego con la rodilla en la cara al joven, y le saco el celular de las manos. Sofía empezó a llorar, le rogaba que no le lastime más a su hermano, la sangre fluía con fuerza de la frente del joven.
Miguel vio el mensaje que los hermanos mandaron, la rabia invadió cada centímetro de su cuerpo. Le lanzó en teléfono en el rostro del hermano, comenzó a golpearlo con braveza con el mango del arma en la nuca. Sofía intento frenar al delincuente, lo agarro de los pelos, con tanta fuerza que se los arranco de raíz. El criminal, empujo fuertemente a la muchacha, que cayo a sus pies. Su hermano estaba inconsciente dentro de la bañadera. La levanto de los cabellos, y le desgarro el pijama y la ropa interior con la otra mano. La joven, desnuda, se resistía, ya casi sin fuerzas. Parecía que el delincuente intentaba violarla, pero la arrodillo en el suelo, apoyo su rodilla en la espalda, y con una mano le tironeo el pelo hacia atrás, de tal forma que su cara quedo mirando hacia el techo. Cuando Sofía abrió sus ojos, miro entre lágrimas a Miguel, este le disparo en la frente. Dejo caer el cuerpo en los fríos azulejos del baño. Volteo y le disparo tres veces en la cabeza a Joaquín.
Minutos más tarde, llegaron los otros dos delincuente, junto a la mujer. Habían visitado varios cajeros de la zona, y retirado mil pesos. El mayor de los dos delincuentes, mando al otro llevar a Elena al baño. Ignoraba todo lo acaecido.
Al llegar al baño, la madre vio a Sofía desnuda tirada en el suelo y al cuerpo de Joaquín, que yacía, con su rostro desfigurado por los golpes y los disparos en la bañadera. Junto a ellos, Miguel, parado en el mismo lugar en el cual había asesinado a los dos hermanos. Elena, solo se tomo la cara, se arrodillo y lloro. El otro delincuente insultando, le preguntaba a Miguel que había acontecido. Miguel, son su rostro salpicado de sangre solo atinaba a mirarlo.
El mayor de los delincuentes, al escuchar los gritos de su compañero. Corrió hasta el baño, al ver el escenario, sabiendo que Elena le había visto el rostro, le disparo en la nuca. El panorama era desolador. Con los tres cuerpos tirados en el suelo del baño, una radio encendida, repitiendo otra vez, el pronostico del tiempo, y el ruido de sirenas que se aproximaban. La situación se les había ido de las manos.
El mayor de los criminales, tomo a Miguel, para intentar huir. Pero los patrulleros ya se encontraban al frente de la vivienda. Pasaron los minutos, y los policías rodeaban el lugar. Los delincuentes desesperados empezaron a comprender que no había escapatoria.
Miguel, tomo el último de los “papelitos” que le quedaba, y con el mismo procedimiento, pero esta vez sobre la pileta del baño, aspiro sus últimos gramos de cocaína. Se acerco a la puerta. El mayor, se le arrimó, y le pregunto que pensaba hacer. Miguel, solo lo miró, cargo su arma, lo empujo y abrió la puerta. El otro delincuente, intento frenarlo, pero Miguel, ya había decidido su destino. Al ver la policía a los delincuentes salir, abrió fuego. Miguel no logró disparar ni una sola vez. Al menos diez policías dispararon, matando a los dos criminales. La noticia que ya era comentada por el conductor del programa mañanero, se escuchaba en la radio de la casa, tornándose la cortina musical del triste hecho. Luego de unos minutos, el mayor de los criminales lanzó su arma por la ventana, y se rindió.
Mientras la policía lo arrestaba, llegaba José y su cuñado. Al enterarse que su familia había sido asesinada, no quiso pasar a ver a los cadáveres. Tampoco asistió a los funerales. José desde ese día, no volvió a pronunciar palabra alguna.
En los medios de comunicación, el hecho se conoció como “La tragedia de la familia Hernández”. Por días, la historia fue el tema principal de todos los noticieros y programas del país. Con el tiempo el asunto fue perdiendo interés.
Hasta el día del juicio. Varios meses después de la tragedia, Julio Moreira, el mayor de los delincuentes, enfrentaba cargos por asesinato múltiple en ocasión de robo. Lo esperaba una condena de reclusión perpetua.
La radio informaba que una famosa actriz visitaría la ciudad, comenzaría el juicio por el asesinato de la familia Hernández y que no llovería el próximo fin de semana.
José había asistió al primer día del juicio, ya con diez kilos menos. Pidió hablar al comenzar. Sus familiares y conocidos estaban absolutamente sorprendidos, ya que José no hablaba desde el hecho. El juez le concedió el pedido, y José se paró en frente de Moreira, y dijo:”lo declaro culpable” saco un revolver, que llevaba en su cintura y le disparo en la cabeza.
En la corte, todos los presentes se tiraron al suelo. José giro velozmente y apunto al juez. En el acto, fue acribillado por tres policías que se encontraban en el salón. Todos quedaron anonadados, sin comprender que es lo que había sucedido. Al revisar el arma, comprobaron que no poseía más balas.
El informe forense confirmaría luego que Julio Moreira y José Hernández murieron en el acto. Pero, para José, ese fue el fin de una larga agonía, que empezó un 8 de junio, un día sin ninguna característica en especial, ni feriado, ni cumpleaños, nada que lo destaque del resto del calendario. Para la mayoría de los habitantes de Córdoba, fue una jornada como tantas. Pero no para la familia Hernández.
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