Los profetas hablan de los acontecimientos de su tiempo y, por eso, al principio cuesta comprenderlos. Pero muy pronto pasarán a ser como conocidos y amigos nuestros. Y, sabiendo que somos los creyentes un pueblo de profetas, los tomaremos por los modelos que debemos imitar.
En nuestro siglo hay profetas de sobra, y cualquiera que tenga espíritu como para criticar se las da de profeta. Pero basta leer la Biblia para ver que también en aquellos tiempos no faltaron los profetas que se atribuían a sí mismos esa misión y, por tanto, eran falsos profetas a los que Dios no había encargado su palabra.
Los profetas fueron servidores de la Verdad y lucharon por la Justicia. Pero lo hicieron a la manera de Dios. No fueron hombres partidistas, ni teóricos, y tampoco enseñaron una religión aprendida, sino que hablaron a partir de una experiencia personal. Porque Isaías, o Jeremías, han encontrado al Dios vivo, hallamos hasta en sus páginas menos conocidas mil destellos del fuego divino que los quemó.
Del mismo modo los creyentes serán profetas de Cristo si su docilidad al Evangelio los ha conducido hasta una experiencia personal de lo que dice Cristo y de lo que promete: en una palabra, si pueden enseñar a los hombres algo que no viene del hombre.
Los profetas de la Biblia viven su fe en medio de los acontecimientos de su tiempo, y no olvidando la realidad histórica para encerrarse en una espiritualidad individualista. Un doble movimiento anima su predicación respecto a la historia que presencian.
Por una parte, denuncian una política, una sociedad, unas costumbres tradicionales que llevan la marca del pecado. Esta historia que hacen los hombres corre hacia un juicio de Dios, lo que significa terminar en fracaso y desgracias. Por otra parte, los profetas anuncian tiempos nuevos que Dios está preparando y que el hombre no puede prever ni imaginar.
También ahora corresponde a los profetas de Cristo seguir este doble movimiento. Por una parte denuncian el pecado donde esté, y no solamente lo que entorpece la expansión social y económica, sino todo lo que pervierte y aliena al hombre hecho para vivir como hijo de Dios y hermano de todos los hombres. Pero también el profeta hace ver por su propia actuación que la Salvación de Cristo se está desarrollando. Si bien aparentemente los malos y los mediocres son numerosos bajo cualquier régimen político, sin embargo, el número reducido de los verdaderos creyentes constituye un fermento siempre nuevo que obliga a la sociedad, las instituciones y también a los movimientos de emancipación a purificarse constantemente. No se hacen los servidores incondicionales de ninguna causa, sino que miran a un Reino de Dios que no es de este mundo, y, huyendo de las teorías engañosas, demuestran un respeto al hombre, a cualquier hombre, que no cabe en los cálculos de los militantes preocupados de eficacidad a corto plazo.
La Iglesia es pueblo de profetas y a cada uno el Espíritu le da capacidades según quiere. Mientras que unos se comprometen en los problemas sociales, otros dan pruebas de amor, de perdón, de sumisión a la Palabra de Dios en hechos comunes de la vida; otros se adelantan a sus contemporáneos creando comunidades, buscando los caminos de una vida más libre y más personal, preparan la venida de un hombre nuevo.
Por más de un rasgo, la Iglesia de Cristo se parece al pueblo antiguo de Israel. Por una parte es el pueblo de Dios, es la novia de Cristo; en ella se comunica el Espíritu de los profetas. Pero, al mismo tiempo, es una institución pesada, llena de gente que no debería estar allí ni menos aún esta dirigiendo; es la prostituta que se compromete con los poderosos y a veces echa fuera a los profetas. Sin embargo, no se ha visto que algún profeta auténtico haya renegado de la Iglesia, aun cuando tuvo que sufrir por culpa de ella. Pues el Espíritu que anima a los profetas es el mismo que da vida al cuerpo de la Iglesia. El profeta juzga de todo con la luz de Dios y, mirando a la Iglesia, reconoce en ella la obra de Cristo, el cual salvo al mundo por medio de pecadores.
Martin Luther King, pastor evangélico, entendió que Dios lo llamaba a luchar por la dignificación y la igualdad civil de sus hermanos negros. Pasó a ser el campeón de la reivindicación no-violenta frente a los violentos, y fue asesinado, como lo fueron otros profetas en otros tiempos y lugares.
El más conocido profeta y portavoz del tercer mundo, Don Helder Camara, cree en la reivindicación no violenta y en el llamado a la conciencia de los privilegiados y los poderosos.
"Nada ni nadie me impedirá servir a Jesucristo y a su Iglesia, luchando junto a los pobres por su liberación. Si el Señor me concede el privilegio, que no merezco, de perder la vida en esta empresa, estoy a su disposición..." Carlos Mugica