
El psicógrafo, truchos hasta en la ciencia
Un singular artefacto
Hacia el año 1800, un bienintencionado fisiólogo alemán llamado Franz Joseph Gall (Tiefenbronn, Baden, 1758-1828) fundó una disciplina a la que denominó Frenología. Se basaba ésta en la teoría de que se pueden conocer los rasgos de la personalidad, el carácter e incluso las tendencias criminales de una persona observando la forma de su cráneo y las facciones de su rostro.

Retrato de Franz Joseph Gall
Gall era un estudioso serio y completaba esta tesis con la idea de que las distintas áreas del cerebro albergan funciones específicas, idea que ha hecho fortuna en la Ciencia.
Por tanto, sus contribuciones no deben ser despreciadas. De hecho, la Frenología, que -bien es cierto- no es la más inspirada de ellas, vivió una época de esplendor a lo largo de todo el siglo XIX, especialmente en el campo de la Antropología y la Criminalística. Sin embargo, hoy es considerada una pseudociencia.
Pero, como casi siempre, había un pillo dispuesto a aprovechar las teorías del inocente Gall. Se trataba del norteamericano Henry C. Lavery, un timador y mentiroso compulsivo que, en 1901 –cuando casi todo el mundo había abandonado la Frenología- construyó una máquina a la que bautizó como ‘Psicógrafo’ y a la que definía como “máquina para medición y registro anatómico”.
El artefacto estaría muy bien si se hubiese vendido sencillamente como eso, una máquina para medir la anatomía craneal. Pero eso ya se podía hacer sin necesidad del ingenio de Lavery. Por ello, este personaje la promocionaba asegurando que, instalándola en la cabeza de un sujeto, se podía conocer de inmediato su personalidad y su carácter.
Su funcionamiento era sencillo (y tanto, dado que no servía para nada): el artefacto realizaba mediciones en treinta y dos puntos de la cabeza y enviaba el resultado a una cinta de papel continuo donde, supuestamente, las perforaciones hechas por la máquina plasmaban la personalidad del individuo.
Evidentemente, Lavery sabía que era un fraude pero consiguió engañar a un cándido vecino suyo que le donó 39000 dólares para montar una empresa que fabricase el Psicógrafo. Llegaron a construir y vender varias máquinas y, lo que es aún peor, perfeccionaron el invento. Porque, pese a que parezca increíble, durante unos años tuvieron cierto éxito.
No obstante, el negocio se le acabó pronto al taimado mentiroso y el Psicógrafo quedó como atracción en ferias y circos ambulantes. Pero también permaneció como muestra física de que en la Ciencia también existen timadores y tahúres. Por ello, siempre debe tenerse cuidado con el supuesto científico al que se da crédito.