Ariel es un argentino de 17 años que vive su adolescencia como muchos otros chicos de su edad. Perteneciente a la clase media, sale con sus amigos los fines de semana, tiene una relación semi conflictiva con sus padres y otra no tanto con alguna que otra chica, juega al fútbol con los chicos del barrio tres veces por semana, estudia inglés, prefiere navegar por la web que mirar televisión, usa más el celular que el teléfono fijo, y es un estudiante promedio en la escuela.
Sin embargo, y aunque parece una vida tranquila para algunos y envidiable para otros, hay algo que le preocupa bastante y no es, precisamente, la situación política de su país. No. Ariel está en su último año de la escuela secundaria y como la mayoría de sus compañeros de aula, no sabe qué hacer de su vida una vez que finalice esta etapa.
Estudiar, trabajar o ambas, son las opciones que dan vueltas en su cabeza. Qué estudiar, algo que me interese o algo que me deje dinero, de qué trabajar y en caso de optar por las dos, cómo hacer rendir su tiempo, son cuestiones que lo inquietan y no hacen más que sumar dudas a su común estado de indecisión. Y esto se repite en la cabeza de muchos chicos de su país y de Latinoamérica.
Si bien hay muchos aspectos a tener en cuenta para intentar entender esta situación conflictiva y muchas otras cuestiones más amplias y complejas que necesitan cada una un tratamiento especial, es posible tratar algunos puntos que consciente o inconscientemente tienen mucho peso en este sentimiento de indecisión y descontento respecto al futuro, no sólo educativo sino en todo nivel, de los jóvenes.
Por un lado, en los últimos años, el sistema educativo primario y secundario moderno dan la idea de no cumplir su función primordial: guiar al estudiante para decidir en su futuro qué riendas tomar y darle las herramientas para emprender este proceso. Canalizar los intereses del estudiante y ayudarlo a decidir en qué especializarse una vez que sea tiempo de ingresar en el próximo nivel educativo:
"La estructura y contenidos de las actividades de aprendizaje deben determinarse de manera que proporcionen a todos los niños, jóvenes y adultos los conocimientos, las habilidades, los valores y las aptitudes que necesitan para sobrevivir, para mejorar su calidad de vida y poder participar de manera plena y responsable en la vida de las comunidades y de sus naciones, dar ímpetu y adaptarse a nuevas situaciones y seguir aprendiendo, de acuerdo con sus necesidades e intereses particulares". Conferencia Mundial sobre Educación para Todos de 1990.
¿Será por eso que muchos alumnos no saben qué estudiar o no saben de qué trata una carrera que piensan seguir o van cambiando de una rama del conocimiento a otra, no saben si seguir medicina, ingeniería o algo referido a las ciencias sociales?
A su vez, otra crisis de la educación como institución es su falta de credibilidad y de calidad. Estudiar y obtener un título terciario académico ya no tiene el mismo valor ni el mismo significado que en el siglo XX, está devaluado. Alcanzar un título, sigue implicando mucho esfuerzo, constancia y dedicación, pero ya no denota conseguir trabajo relacionado, o uno con un buen sueldo, o en los casos más extremos, no significa que se vaya a conseguir un empleo.
Un ejemplo de la decadencia de la educación terciaria y universitaria es que luego de la carrera de grado, se necesita obtener una maestría, un doctorado, es decir, seguir y seguir estudiando para, y como dirían los jóvenes, “ser alguien en la vida” o mejor dicho, en el mercado, algo que antes no se vivía con tanta frecuencia ni en función de la esfera económica sino de la del conocimiento.
Y esto se relaciona con que "América Latina no ha logrado una incorporación plena en el nuevo equilibrio de fuerzas económicas y políticas, en donde el eje fundamental es el conocimiento", tal como dijo Juan Ramón de la Fuente, presidente del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Alcalá durante la Conferencia Regional de Educación Superior, CRES 2008 llevada a cabo en Colombia durante el mes de junio.
En síntesis: por ahora y mientras, la educación sea considerada como un eje económico y no como un bien público y vital para el desarrollo de las naciones, los jóvenes latinoamericanos no están siendo ni serán bien educados.
Como bien sostuvo de la Fuente, ante la creciente atribución de valor económico a la educación, no sólo las empresas sino también los estudiantes, cada vez más se la asociada a definiciones como "eficiencia, productividad, costo-beneficio, rentabilidad, adecuación a la industria, al mundo del trabajo y sus traducciones en expresiones cuantitativas".
Para qué estudiar si su valor está devaluado, si su contenido no es de calidad, si a mi gobierno no le interesa brindarme una buena experiencia de aprendizaje, de qué trabajar si necesito mil títulos para conseguir un empleo rentable y digno, se pregunta Ariel, y tantos otros chicos que tienen más dudas que certezas sobre estos delicados asuntos.
Por otro lado, la educación en la actualidad presenta un grave problema que fue tratado por críticos de la escolarización como Goodman, Reimer y Hotl: gran parte de lo que se aprende jamás se siente como algo propio. El conocimiento resulta, en la mayoría de las veces, ajeno, inútil y/o caduco.
Para que Ariel y todos los chicos que no saben qué hacer, ni cómo, ni dónde, ya no sean tan escépticos con respecto a su formación académica, no piensen que estudiar no tiene futuro, para que no se sientan preocupados, ni confundidos, ni inseguros sobre su futuro es necesario que todos los asuntos mencionados se resuelvan, que la educación se adapte a las necesidades de la sociedad, y sobre todo que sea de calidad. Y si no, basta leer la declaración final de la CRES 2008.
Sin embargo, y aunque parece una vida tranquila para algunos y envidiable para otros, hay algo que le preocupa bastante y no es, precisamente, la situación política de su país. No. Ariel está en su último año de la escuela secundaria y como la mayoría de sus compañeros de aula, no sabe qué hacer de su vida una vez que finalice esta etapa.
Estudiar, trabajar o ambas, son las opciones que dan vueltas en su cabeza. Qué estudiar, algo que me interese o algo que me deje dinero, de qué trabajar y en caso de optar por las dos, cómo hacer rendir su tiempo, son cuestiones que lo inquietan y no hacen más que sumar dudas a su común estado de indecisión. Y esto se repite en la cabeza de muchos chicos de su país y de Latinoamérica.
Si bien hay muchos aspectos a tener en cuenta para intentar entender esta situación conflictiva y muchas otras cuestiones más amplias y complejas que necesitan cada una un tratamiento especial, es posible tratar algunos puntos que consciente o inconscientemente tienen mucho peso en este sentimiento de indecisión y descontento respecto al futuro, no sólo educativo sino en todo nivel, de los jóvenes.
Por un lado, en los últimos años, el sistema educativo primario y secundario moderno dan la idea de no cumplir su función primordial: guiar al estudiante para decidir en su futuro qué riendas tomar y darle las herramientas para emprender este proceso. Canalizar los intereses del estudiante y ayudarlo a decidir en qué especializarse una vez que sea tiempo de ingresar en el próximo nivel educativo:
"La estructura y contenidos de las actividades de aprendizaje deben determinarse de manera que proporcionen a todos los niños, jóvenes y adultos los conocimientos, las habilidades, los valores y las aptitudes que necesitan para sobrevivir, para mejorar su calidad de vida y poder participar de manera plena y responsable en la vida de las comunidades y de sus naciones, dar ímpetu y adaptarse a nuevas situaciones y seguir aprendiendo, de acuerdo con sus necesidades e intereses particulares". Conferencia Mundial sobre Educación para Todos de 1990.
¿Será por eso que muchos alumnos no saben qué estudiar o no saben de qué trata una carrera que piensan seguir o van cambiando de una rama del conocimiento a otra, no saben si seguir medicina, ingeniería o algo referido a las ciencias sociales?
A su vez, otra crisis de la educación como institución es su falta de credibilidad y de calidad. Estudiar y obtener un título terciario académico ya no tiene el mismo valor ni el mismo significado que en el siglo XX, está devaluado. Alcanzar un título, sigue implicando mucho esfuerzo, constancia y dedicación, pero ya no denota conseguir trabajo relacionado, o uno con un buen sueldo, o en los casos más extremos, no significa que se vaya a conseguir un empleo.
Un ejemplo de la decadencia de la educación terciaria y universitaria es que luego de la carrera de grado, se necesita obtener una maestría, un doctorado, es decir, seguir y seguir estudiando para, y como dirían los jóvenes, “ser alguien en la vida” o mejor dicho, en el mercado, algo que antes no se vivía con tanta frecuencia ni en función de la esfera económica sino de la del conocimiento.
Y esto se relaciona con que "América Latina no ha logrado una incorporación plena en el nuevo equilibrio de fuerzas económicas y políticas, en donde el eje fundamental es el conocimiento", tal como dijo Juan Ramón de la Fuente, presidente del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Alcalá durante la Conferencia Regional de Educación Superior, CRES 2008 llevada a cabo en Colombia durante el mes de junio.
En síntesis: por ahora y mientras, la educación sea considerada como un eje económico y no como un bien público y vital para el desarrollo de las naciones, los jóvenes latinoamericanos no están siendo ni serán bien educados.
Como bien sostuvo de la Fuente, ante la creciente atribución de valor económico a la educación, no sólo las empresas sino también los estudiantes, cada vez más se la asociada a definiciones como "eficiencia, productividad, costo-beneficio, rentabilidad, adecuación a la industria, al mundo del trabajo y sus traducciones en expresiones cuantitativas".
Para qué estudiar si su valor está devaluado, si su contenido no es de calidad, si a mi gobierno no le interesa brindarme una buena experiencia de aprendizaje, de qué trabajar si necesito mil títulos para conseguir un empleo rentable y digno, se pregunta Ariel, y tantos otros chicos que tienen más dudas que certezas sobre estos delicados asuntos.
Por otro lado, la educación en la actualidad presenta un grave problema que fue tratado por críticos de la escolarización como Goodman, Reimer y Hotl: gran parte de lo que se aprende jamás se siente como algo propio. El conocimiento resulta, en la mayoría de las veces, ajeno, inútil y/o caduco.
Para que Ariel y todos los chicos que no saben qué hacer, ni cómo, ni dónde, ya no sean tan escépticos con respecto a su formación académica, no piensen que estudiar no tiene futuro, para que no se sientan preocupados, ni confundidos, ni inseguros sobre su futuro es necesario que todos los asuntos mencionados se resuelvan, que la educación se adapte a las necesidades de la sociedad, y sobre todo que sea de calidad. Y si no, basta leer la declaración final de la CRES 2008.