# Los investigadores señalan que el gran temblor podría producirse junto a la ciudad de Estambul en 2010.
# Las chimenea marinas almacenada en el sedimento desde la última época glacial. Su índice de salinidad es apenas un quinto del que tiene el mar de Mármara.
Estamos a cinco metros. Una lámpara amarilla de alarma se ilumina, al tiempo que una señal acústica de aviso retumba de forma atronadora en la cubierta de proa. Pierre se limpia concienzudamente la suela de los zapatos antes de encaramarse a la nave de inmersión a través de la claraboya circular. Este geofísico de 41 años aprieta las mandíbulas mientras mira por última vez el mar de Mármara. Bajo la luz resplandeciente del mediodía los barcos giran hacia el este en dirección al cercano puerto de Estambul. A catorce kilómetros de distancia se perfila la línea de costa. Allí, en las playas, habrá probablemente grupos de familias que estarán disfrutando de un apacible domingo de primavera. Esta calma que reina sobre el mar no concuerda con el escenario que Henry lleva imaginando desde hace algunas décadas: la imagen aterradora de un tsunami de quince metros de altura que avanza tierra adentro y siembra la destrucción, derribando las mezquitas, los puentes y los barrios de Estambul, y causando la muerte a 100.000 personas. Su violencia equivaldría a un terremoto de intensidad 7,6 grados en la escala de Richter.
Henry sabe que en las profundidades del mar de Mármara, donde se dispone a descender, se extiende un relieve que constituye uno de los “sistemas perturbadores” más activos de Europa. Es el punto exacto donde se producen grietas o fracturas en las rocas superficiales entre la placa tectónica de Anatolia y la placa continental Euroasiática. Ambas dan origen a la llamada falla Horizontal del Norte de Anatolia, que discurre desde el este de Turquía hacia Grecia. En su desplazamiento, la separación anual entre ambas placas se calcula en torno a 2,4 centímetros por término medio. Esta línea de fractura no es limpia, sino que aparece segmentada en muchas partes, las cuales colisionan entre sí una y otra vez. Además, en los límites de las placas, al hundirse una bajo la otra, se crean zonas de tensión y, cuando estos bordes activos vuelven a dislocarse bruscamente, la tierra se convulsiona. Como ocurrió en agosto de 1999 en la ciudad de Izmit, situada a 90 kilómetros al este de Estambul. Entonces, las placas se desplazaron y distanciaron entre sí, creando un hueco de hasta cinco metros. En el trágico terremoto perdieron la vida más de 17.000 personas.
Existe una probabilidad del 70%,
de que un seísmo afecte a esta zona
Desde entonces ha aumentado considerablemente la presión ejercida sobre un segmento de terreno de 110 kilómetros de longitud que se extiende desde Yalova, en el estrecho oriental del mar de Mármara, hasta Kumba, en el oeste. Esta zona está muy próxima a la ciudad de Estambul, a una distancia estimada entre nueve y quince kilómetros. Es la única parte de la falla del Norte de Anatolia que no se ha quebrado en el siglo XX. Por esta razón, existe un 70 % de probabilidades de que la región se vea afectada por un seísmo de grandes proporciones en el transcurso de las próximas tres décadas.
Hasta hoy, los estudios sismológicos se han limitado a las tierras firmes del planeta. En cambio, Pierre Henry, un investigador francés del Centre National de la Reserche Scientifique (CNRS), desarrolla su labor en los fondos oceánicos. Es el director de la Misión Marnaut, que ha organizado ya seis expediciones franco-turcas destinadas a la exploración de la actividad sísmica en el mar de Mármara.
Cuando comenzaron los trabajos, poco después del terremoto de Izmit, apenas se sabía por donde transcurría la falla Horizontal del Norte de Anatolia. Mediante la utilización de ultrasonidos los científicos detectaron hendiduras, cañones y cuencas bajo la superficie del mar, y los robots les proporcionaron imágenes y muestras del suelo donde reinan las eternas tinieblas. Pero ningún ser humano se ha atrevido aún a adentrarse en este insondable abismo del mar de Mármara, situado aproximadamente a 1.300 metros de profundidad.
Sobre una plataforma arrastrada por una gruesa cadena de hierro, el submarino se desliza por la cubierta de proa del Atalante, un barco de más 80 metros de eslora perteneciente al Instituto de Investigaciones Marinas francés (Ifremer). La forma de la cápsula de inmersión recuerda al fuselaje de un helicóptero, con reflectores en el morro y tres ojos de buey de un tamaño apenas superior al de los platos de postre. Sobre su carrocería amarilla, fabricada en material plástico, está impresa la palabra Nautile, el nombre que se le dio al primer submarino pilotado por el hombre. En el año 1801 se sumergió a ocho metros de profundidad y defraudó las expectativas del promotor de la empresa constructora, Napoleón. En 1984, Francia fabricó el segundo Nautile. En esta ocasión el submarino descendió hasta los 6.000 metros de profundidad.
El batiscafo Nautile desciende
hasta los 1.264 metros de profundidad
Desde la cubierta superior científicos de Turquía, Francia, Italia, Alemania y Estados Unidos observan los preparativos. En las próximas cuatro semanas muchos de ellos se involucrarán también en las actividades y analizarán pruebas en los laboratorios instalados a bordo del Atalante. “Con esta misión nos internamos en tierras vírgenes desde el punto de vista científico”, puntualiza Cel"l Engör, un geólogo de la Universidad Técnica de Estambul, codirector de la expedición.
Mediante un cable de alambre del grosor de una pierna humana, una grúa de pescante hidráulica eleva el Nautile, cuyo peso es de 18,5 toneladas y mide ocho metros de eslora. Otros cuatro cabos más finos permiten estabilizar la posición de la cápsula.
Hace unos 16.500 años, a 40 km al este de la actual Estambul, tuvo lugar el terremoto de mayor magnitud conocido en la región...
LOS CONTINENTES, A LA DERIVA
Para comprender por qué la superficie de la Tierra experimenta transformaciones hay que tener presente un hecho decisivo: en la actualidad, su corteza externa está constituida por siete placas litosféricas o tectónicas gigantescas, a saber: del Pacífico, Antártica, Norteamericana, Sudamericana, Africana, Euroasiática y Australiana. A ellas se suman otras placas de menores dimensiones. Estas placas tectónicas se desplazan sobre el manto terrestre fluido, alejándose unas de otras o deslizándose e interaccionando entre sí a lo largo de sus límites, o colisionando.
En estas placas móviles están incrustados bien los continentes (corteza continental) o bien una parte del suelo marino (corteza oceánica) o ambos. Con su colosal peso, las imponentes placas, de cerca de cien kilómetros de espesor, descansan sobre una capa moldeable situada en la parte superior del manto terrestre, la astenosfera. A pesar de estar compuesta de roca sólida, ésta es una especie de lubrificante viscoso, dotado de cierta fluidez, por lo que sobre ella se deslizan las placas como si fueran enormes troncos de madera transportados por un río. Esto origina el movimiento de los continentes, la génesis de los volcanes y de los océanos, el plegamiento o formación de las cordilleras (orogénesis), y los terremotos.
La incesante movilidad de la capa más externa y rígida de la Tierra, la litosfera, ha sido explicada por los geólogos a través de la teoría de la tectónica de placas, que permite comprender catástrofes de grandes magnitudes, como la que sobrevino en China en mayo de 2008, cuando el mundo se vino abajo en la provincia de Sichuán.
A pesar de que China no se encuentra en las zonas de mayor peligro, que son los límites donde las placas de la corteza terrestre están en contacto, como sucede con Japón, Grecia, California o Turquía, son muy frecuentes los temblores de tierra devastadores. La tensión tectónica acumulada en el Sureste Asiático está determinada por el deslizamiento en dirección norte de la placa Indoaustraliana, que en su trayectoria fricciona con la placa Euroasiática y ocasiona la cordillera del Himalaya. Otra razón del origen de estas tensiones es el desplazamiento de la corteza terrestre hacia el este. La tensión contenida se descarga en forma de terremotos en las regiones afectadas por los desastres recientes.
Para comprender por qué la superficie de la Tierra experimenta transformaciones hay que tener presente un hecho decisivo: en la actualidad, su corteza externa está constituida por siete placas litosféricas o tectónicas gigantescas, a saber: del Pacífico, Antártica, Norteamericana, Sudamericana, Africana, Euroasiática y Australiana. A ellas se suman otras placas de menores dimensiones. Estas placas tectónicas se desplazan sobre el manto terrestre fluido, alejándose unas de otras o deslizándose e interaccionando entre sí a lo largo de sus límites, o colisionando. En estas placas móviles están incrustados bien los continentes (corteza continental) o bien una parte del suelo marino (corteza oceánica) o ambos. Con su colosal peso, las imponentes placas, de cerca de cien kilómetros de espesor, descansan sobre una capa moldeable situada en la parte superior del manto terrestre, la astenosfera. A pesar de estar compuesta de roca sólida, ésta es una especie de lubrificante viscoso, dotado de cierta fluidez, por lo que sobre ella se deslizan las placas como si fueran enormes troncos de madera transportados por un río. Esto origina el movimiento de los continentes, la génesis de los volcanes y de los océanos, el plegamiento o formación de las cordilleras (orogénesis), y los terremotos. La incesante movilidad de la capa más externa y rígida de la Tierra, la litosfera, ha sido explicada por los geólogos a través de la teoría de la tectónica de placas, que permite comprender catástrofes de grandes magnitudes, como la que sobrevino en China en mayo de 2008, cuando el mundo se vino abajo en la provincia de Sichuán. A pesar de que China no se encuentra en las zonas de mayor peligro, que son los límites donde las placas de la corteza terrestre están en contacto, como sucede con Japón, Grecia, California o Turquía, son muy frecuentes los temblores de tierra devastadores. La tensión tectónica acumulada en el Sureste Asiático está determinada por el deslizamiento en dirección norte de la placa Indoaustraliana, que en su trayectoria fricciona con la placa Euroasiática y ocasiona la cordillera del Himalaya. Otra razón del origen de estas tensiones es el desplazamiento de la corteza terrestre hacia el este. La tensión contenida se descarga en forma de terremotos en las regiones afectadas por los desastres recientes[/url]
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