Borgerías
Paradójico, chicanero y mordaz, no dejó títere con cabeza.
"Ironías que hacen a nuestra tradición oral."
· Los militares no han sido educados para pensar sino para obeceder.
· Escribí libros tan argentinos que nadie los entendía.
· A partir de lo sucedido en Malvinas, me arrepiento de haber cantado batallas.
· Yo empecé como todos los escritores, siendo un genio. Ahora me he resignado a ser Borges.
· Suponer que un gobierno de militares puede ser eficaz, es tan absurdo como suponer que puede ser eficaz un gobierno de buzos.
· Si yo fuera un valiente me suicidaría, pero ya he esperado tanto tiempo que es cuestión de jugar un rato más y que el tiempo me suicide.
· La moneda argentina no se cotiza, pertenece a la literatura fantástica.
· Me he resignado a la vejez y la ceguera del mismo modo que uno se resigna a la vida, que es lo más grande y lo más difícil.
· Yo no puedo ser maestro de nadie.
· Querría ser borrado por la muerte, y luego olvidado.
· El hombre olvida que es un muerto que conversa con muertos.
· La realidad y mi recuerdo personal de la realidad son lo mismo.
· La muerte de Gardel me conmovió mucho menos que la de Almotásim El Magrebi, poeta apócrifo del siglo XII, inventado por mí, que se negaba a morir aunque lo mismo hubieran hecho Aristóteles y las rosas.
· Es supersticiosa y vana la costumbre de buscar sentido en los libros, equiparable a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano.
· Repudio todo pensamiento sistemático porque todo sistema conduce necesariamente a la trampa.
· Creo que sólo hay buena o mala literatura. Eso de literatura comprometida me suena a equitación protestante.
· No hay literatura española fuera de Cervantes y Quevedo. La lengua es demasiado pobre. Sólo tiene una palabra para decir sommeil y réve: sueño que es fea. Pesadilla, ¿qué sugiere? pesillo, peso liviano. Neruda me dijo un día: “No creo que se pueda escribir en castellano”. Le contesté: “Por eso no hemos escrito nunca nada”.
· No hay en la Tierra una sola página, una sola palabra que sea sencilla, ya que todas postulan el universo, cuyo más notorio atributo es la complejidad.
· Para un escritor, el oficio más peligroso es el periodismo, porque se parece bastante a la literatura como para contaminarlo. Para una persona que escribe en el dialecto de los periodistas parece muy difícil que pueda después escribir en el otro dialecto, un poco más digno, de la literatura.
· La imprenta ha sido uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios.
· En mi juventud nos reuníamos a conversar sobre si el hombre es mortal o no, sobre qué es el tiempo, qué es la poesía y la metáfora, el verso libre, la rima. Hablábamos de temas no efímeros, que trascendían el momento. Ahora, al cuarto de hora de haber ocurrido un hecho, debe ser reemplazado por otro. Se adquieren noticias no para la memoria sino para el olvido.
· Hay dos clases de mentiras: el sicoanálisis y la estadística. El sicoanálisis, como la astronomía y la sociología, es una ciencia hipotética, aparte de una mera jerga.
· Desearía un estado como Suiza, donde no se sabe cómo se llama el presidente. Propondría que los políticos fueran personajes secretos. Este Estado que no se nota y es posible. Sólo es cuestión de esperar doscientos o trescientos años. Y, mientras tanto, jodernos.
· Me parece raro que se permita a todo el mundo opinar sobre política. Se supone que cualquier changador de la esquina o cualquier analfabeto puede discurrir sobre política. Sin embargo, no se supone que tenga opiniones muy inteligentes sobre la teoría de los conjuntos o el cálculo infinitesimal.
· La democracia es una superstición basada en la estadística.
· Debemos hacer todo lo posible para defender a este gobierno. Los militares son caballeros y decentes. No han llenado la ciudad de retratos, no hacen propaganda. Eso sí, son débiles, pues no han respondido a los crímenes con fusilamientos. Pero nos han salvado del caos, de la ignominia, de la infamia y del comunismo. (1976)
· No podemos concretarnos en lo argentino para ser argentinos, porque o ser argentino es una fatalidad y en ese caso lo seremos de cualquier modo, o ser argentino es una mera afectación, una máscara.
· Buenos Aires es horrible de fea. Con el Obelisco y las macetas de la calle Florida han terminado de afearla. Pero es preferible soportar su fealdad de cerca que sufrir su nostalgia en el extranjero.
· Con cierta tristeza descubro que toda la vida me la pasé pensando en una u otra mujer. Creí ver países, ciudades, pero siempre hubo una mujer para hacer de pantalla entre los objetos y yo.
· Parménides, Platón, Juan Escoto Erígena, Alberto Magno, Spinoza, Leibniz, Kant y Francis Bradley son los insospechados y mayores maestros de la literatura fantástica. En efecto, ¿qué son los prodigios de Wells o de Edgar Allan Poe –una flor que nos llega del porvenir, un muerto sometido a hipnosis- confrontados con la invención de Dios?
· El suicidio no me parece mal. Al contrario, convendría que se suicidase más gente. Hay exceso de población en el mundo.
· El propósito de abolir el pasado ya ocurrió en el pasado y –paradójicamente—es una de las pruebas de que el pasado no se puede abolir. El pasado es indestructible. Tarde o temprano vuelven todas las cosas y una de las cosas que vuelven es el proyecto de abolir el pasado.
· Los imitadores son siempre superiores a los maestros. Lo hacen mejor, de un modo más inteligente, con más tranquilidad. tanto que yo, ahora, cuando escribo, trato de no parecerme a Borges, porque ya hay mucha gente que lo hace mejor que yo.
· De mi vasta obra se encargarán el polvo y el olvido. Lo que yo he escrito no vale nada y si algún cuento es bueno es porque recoge el eco de Kipling. Uno no puede tomar la decisión de ser Shakespeare. Uno escribe lo que puede y no lo que quiere. Que me admiren muchos miles de personas es un hecho meramente estadístico, no un criterio.
· Ante cualquier desgracia pienso que aún me queda por vivir una experiencia completamente nueva: la muerte. Algo que –al menos, en mi caso- aún no sobrevino. Se abre una vida nueva. O no hay nada, lo cual también es nuevo.
· La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares quieren decirnos algo o algo dijeron, que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación que no se produce es, quizá, el hecho estético.
La mayoría de estas frases provienen de la recopilación de Blas Matamoro, en Diccionario privado de Jorge Luis Borges, Altalena, Madrid, 1979
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