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Los mellizos Feigin.

Info7/5/2008

Tamar Feigin es la mamá de Magalí Feigin, la primera bebé de América que nace a partir de embriones que permanecieron congelados durante más de una década. El caso es único ya que técnicamente la nena es melliza de su hermano diez años mayor, que nació de otro embrión fecundado en la misma camada, en 1996.



Alan tiene 10 años y hace apenas dos semanas dejó de ser hijo único. Mientras mira a su hermanita, aún no termina de entender del todo por qué dicen que ella es su melliza… ¡si él es mucho más grande! Aunque ya sabe exactamente cómo fue que sus padres lo tuvieron a él y a Magalí –que no es la manera más habitual ni la que le enseñaron en el colegio–, lo cierto es que hacerse la idea de que un embrión congelado durante diez años puede dar origen a una vida, le resulta difícil. Lo que sí sabe es que, gracias a ello, hoy tiene a la hermanita que desde hace tanto tiempo reclamaba.

Magalí nació por cesárea, con 3,180 kg, el 12 de marzo último. Pero su historia comenzó a gestarse hace más de diez años, en 1996, cuando ante la imposibilidad de conseguir un embarazo natural, sus padres, Tamar y Simón, decidieron iniciar un tratamiento de fertilización asistida para poder tener un hijo. Por consejo de los especialistas del Centro de Estudios en Ginecología y Reproducción (CEGYR), recurrieron al método ICSI, que consiste en una inyección intracitoplasmática de espermatozoides. Así, se generaron ocho pre-embriones, cuatro de los cuales fueron transferidos al útero materno poco después. De uno de ellos nació Alan, en 1997. Los otros cuatro se mantuvieron congelados a una temperatura de 196 grados bajo cero hasta el año pasado, cuando la pareja decidió tener otro hijo. “Aunque suene medio bestia lo que digo, es así: sacamos del freezer los embriones que quedaban y ahora nació Magalí, que en realidad fue gestada junto con Alan”, sintetiza Simón (54), feliz con el nacimiento de su cuarta hija, ya que además él tiene otros dos de su primer matrimonio, Romina (29) y Ariel (25).

“No somos mellizos, somos hermanos”, dice Alan, despreocupado por la definición técnica de la relación que lo une con su hermana. Si bien es cierto que ambos embriones fueron fecundados en el mismo momento, no se puede afirmar que los dos niños, que se llevan casi exactamente diez años, sean mellizos. “En realidad sólo fueron mellizos por unas horas, ya que la fecundación de ambos fue simultánea”, explica Tamar.
Con la ayuda de la ciencia

Tamar y Simón se conocieron hace quince años, cuando él tenía 39 y ella 33. Después de dos años de convivencia decidieron que querían tener un hijo. Pero, tras varios meses de intentarlo, el embarazo no llegaba. Los médicos descubrieron que el problema era la falta de movilidad de los espermatozoides. Con ese diagnóstico recurrieron al CEGYR, donde iniciaron un tratamiento a través de la técnica ICSI, que por entonces recién llegaba al país.

“En ese momento el tratamiento era muy largo y complejo, pero yo estaba dispuesta a intentarlo. Lo que pasa es que, además de ser muy costoso –y aún hoy lo es–, hace diez años era mucho más desgastante: eran seis o siete meses en los que vos ibas pasando etapas sin saber si finalmente el resultado sería positivo: todo podía ir bien hasta la última parte y después podía no resultar. Además, en aquel momento lo hacía un médico belga que venía cada tanto. Te generaban como una menopausia con inyecciones de hormonas que tenías que darte hasta cinco veces por día. Era realmente muy agobiante. Pero creo que cuando una mujer quiere ser madre, está dispuesta a superar todos los obstáculos, y por eso nunca dudé en recurrir a este tratamiento para concretar mi sueño de tener un hijo –recuerda ahora Tamar (48), mientras abraza a Alan con Magalí en brazos–. Ahora es distinto y más fácil, pero la desilusión es igual. Por eso yo digo que entiendo a las mujeres que no se animan a hacerlo o abandonan”.

Con ese tratamiento se fecundaron con éxito ocho óvulos de Tamar con espermatozoides de Simón que dieron como resultado pre-embriones. De ellos, cuatro le fueron transferidos a Tamar: uno “prendió”, y dio como resultado un embarazo normal, el de Alan. Sin embargo, su caso no es habitual y, según las estadísticas, pertenece a la minoría: “Nosotros tuvimos la buena fortuna de que el embrión prendiera en el primer ciclo y fue todo muy rápido. Pero no es lo más común porque la mayoría no logra el embarazo finalmente. En aquel momento, nosotros hicimos el tratamiento en conjunto con otras siete parejas y sólo dos lo logramos, un matrimonio que tuvo trillizos y nosotros. Es muy traumático porque en el proceso ves a muchas parejas que se van desilusionadas, llorando y frustradas”, recuerda Simón.
Finalmente, el 19 de marzo de 1997 nació Alan. En tanto, los otros cuatro pre-embriones permanecieron congelados sin planes concretos y así fue pasando el tiempo.

“Los embriones quedaron congelados pero no pensando en tener otro hijo después. Simplemente quedaron congelados, por sugerencia de los médicos”, agrega Simón, pero Tamar lo interrumpe: “¡No! Yo sabía que no quería tener un hijo único, que por lo menos quería tener dos. Pero no sabía cuándo iba a volver a intentarlo. Así que cada dos años iba a ver al doctor Sergio Papier para asegurarme de que estaban ahí. Si quería, todavía se podía”. “¡A mí no me dijiste nada!”, bromea Simón.

Así pasaron los años, mientras Alan fue creciendo y empezó a pedir una hermanita. Pero el matrimonio prefería esperar a estar “más acomodados” antes de decidir tener otro hijo. Por eso, una vez mudados a un departamento más grande, exactamente diez años después de la primera transferencia de embriones, volvieron al consultorio de Papier. Y otra vez tuvieron suerte: uno de los cuatro embriones prendió y Tamar tuvo, a los 48 años, un nuevo embarazo.

“Ella hubiera tenido el bebé antes. Pero yo prefería solucionar las cuestiones económicas y habitacionales antes de tener otro hijo. Y esto nos permitió posponerlo el tiempo necesario porque te da la posibilidad de planificar tu familia sin que la edad te obligue a tomar decisiones apresuradas o a renunciar a tener otro hijo”, explica Simón. Y Tamar agrega: “No sé cómo hubiera sido si yo quedaba embarazada normalmente. Quizá sólo tendría un hijo porque no hubiera podido embarazarme a los 47 años como lo hice ahora. Tampoco podría haberme hecho este tratamiento ahora, por supuesto –dice ella, que sabe que mucha gente cree que su edad no es la mejor para ser madre–. La verdad es que no hago caso de lo que dicen los demás porque hablan desde el prejuicio. Yo no corrí ningún riesgo e hice todo de manera absolutamente consciente y responsable. De hecho –y justamente eso es lo fantástico de la criopreservación–, clínicamente es como si yo hubiera tenido un hijo a los 36 años, porque el óvulo que resultó el embrión de Magalí tenía esa edad. Claro que mi cuerpo no es el mismo, pero eso no era riesgoso. Y aunque algunos digan que a mi edad estoy más para ser abuela que madre, no es así: Magalí es mi hija y yo la quiero y la voy a cuidar como tal. La edad no es un problema para mí, así que de ninguna manera iba a detenerme a la hora de sumar felicidad a mi vida”, asegura.

El primer caso en América, el tercero en el mundo

El nacimiento de Magalí Feigin es un punto de inflexión en el avance de la medicina reproductiva en la Argentina y como tal fue presentado en la última reunión de la Sociedad Argentina de Medicina Reproductiva (SAMER), ya que es el primer caso en el país en que se logra un embarazo absolutamente normal y exitoso a partir de un embrión que se mantuvo congelado durante más de diez años.

“El caso de la familia Feigin resalta por la cantidad de años que permanecieron congelados los pre-embriones y también porque no es demasiado frecuente que se logren embarazos en las dos transferencias de la misma camada. Además, tiene la salvedad de la edad de la mujer, porque no es lo mismo diez años de los 25 a los 35 que de los 36 a los 47, que fue la edad en la que Tamar decidió que quería volver a intentar un embarazo. Ella, inconscientemente, logró preservar su fertilidad durante diez años y evitar los riesgos cromosómicos o genéticos propios del envejecimiento de los óvulos”, explica Sergio Papier, quien estuvo a cargo del tratamiento de Tamar Feigin y es además director médico del CEGYR.

Además, el caso es el tercero en el mundo: el primero fue en Israel, donde en 2004 nacieron gemelos a partir de la transferencia de pre-embriones congelados doce años antes, y el segundo se conoció en noviembre de 2006, cuando en España nació un bebé de pre-embriones que llevaban trece años “en el freezer”, aunque en este caso se trató de una embriodonación, ya que los pre-embriones transferidos a la mujer no habían sido generados con sus óvulos propios.
Aunque no hay una estadística actualizada, se calcula que hoy, repartidos en distintas instituciones privadas de la Argentina, hay más de 4 mil pre-embriones congelados (no se sabe a cuántas mujeres corresponden). A pesar de que esta técnica lleva muchos años en el país, el tratamiento es de gran complejidad y su costo es todavía muy elevado: entre 6 mil y 10 mil pesos, más la medicación, que dependiendo del caso se calcula entre 3 mil y 5 mil pesos más. “Estos tratamientos se hacen únicamente en clínicas privadas y sólo una prepaga del país, en sus planes más altos, lo cubre. Por eso no son tan comunes. En Israel, por ejemplo, son gratuitos y se hacen en los hospitales públicos, por eso hay 40 veces más que en la Argentina”, explica Papier.

“Ojalá esto se pudiera hacer como en Israel, porque entonces habría muchas más mujeres que podrían, como yo, concretar el sueño de tener hijos y formar una familia. Porque aunque el tratamiento es desgastante, creo que muchas mujeres están dispuestas a pasarlo para lograr ser madres, y si no lo hacen es porque no pueden pagarlo. Y es injusto que, por no tener el dinero, no puedan llegar a ser madres”, concluye Tamar, que irradia felicidad con su beba en brazos y quiere contagiarla a todas las mujeres que hoy están pasando por la situación que ella vivió hace una década, cuando aún no sabía si podría tener hijos y ni siquiera soñaba con tener dos.


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