* Cuando una joven promesa es seleccionada por un club, se traslada a entrenar a Addis Abeba.
* Los niños de Etiopía corren a la escuela con sus cuadernos bajo el brazo. Para ellos vivir es como practicar deporte.
* Nadie en el país africano les para los pies.
La niebla envuelve este frío amanecer de enero en Awassa, ciudad a 280 kilómetros al sur de Addis Abeba, capital de Etiopía. Un penetrante olor a eucalipto se filtra por el techo de paja de las casas de adobe. El aroma parece dar la bienvenida a los atletas, que se acercan a las orillas del lago que da nombre a la ciudad, en pleno valle del Rift. Junto a la meta, un técnico de la Federación de Atletismo de Etiopía (EAF, según sus siglas en inglés) inscribe a los corredores en el Campeonato Etíope de Maratón de Relevos. Cada equipo deberá cubrir 42 kilómetros divididos en seis relevos. Se trata del principal acontecimiento anual organizado por la EAF en busca de nuevos talentos de las provincias más desfavorecidas. Algunos afortunados de los clubes de la capital llevan chándal y zapatillas adecuadas para correr, pero la mayoría viste pantalones desteñidos y camisetas agujereadas. En los pies, zapatillas remendadas y suelas lisas. Algunos van descalzos, o sólo llevan calcetines. Pero nadie se queja. Habituados a una vida de privación y sufrimiento, vienen con la ilusión de ser fichados por algún ojeador de club profesional. Si fuera así, el año siguiente podrían volver a competir, esta vez con el equipo adecuado y un sueldo digno.
Una multitud se congrega en las aceras cuando suena el pistoletazo de salida. En un país donde la pobreza encoge el corazón, el atletismo es el deporte nacional, una vía de escape y una fuente de orgullo para el pueblo etíope, que considera a sus atletas héroes, ejemplos de superación. Así, el país africano se ha convertido en la cantera de los mejores fondistas del mundo.
Desde que el legendario Abebe Bikila deslumbró al mundo corriendo descalzo por la calles de Roma para ganar el oro en la Maratón de los Juegos Olímpicos de 1960, los atletas etíopes y keniatas han dominado el escenario mundial de media y larga distancia, acumulando entre ambos países 161 medallas entre olimpiadas y mundiales de atletismo.
“Tras su victoria, los africanos comenzamos a pensar: Bueno él es uno de los nuestros; si él puede, nosotros también”, explica el etíope Haile Gebrselassie, de 34 años, considerado por muchos como el mejor fondista de todos los tiempos, 25 veces recordman mundial. “Bikila es un icono para los africanos y mi héroe personal. Si no fuera por él, yo sería campesino”, agrega el actual plusmarquista de la Maratón de Berlín, en septiembre de 2007.
Ambos países cuentan con la misma materia prima: delgados atletas nacidos y entrenados a una considerable altitud (donde las concentraciones de glóbulos rojos mejoran el rendimiento aeróbico), un determinado deseo de superar la pobreza y una gran resistencia física y mental. Pero los keniatas dominaron la competición, con casi el doble de medallas hasta las Olimpiadas de Sydney (2000), donde se dio la vuelta a la tortilla en favor de los etíopes, que empataron en el medallero y ganaron en las de oro (trece frente a diez). ¿Cuál es la razón de tan espectacular rendimiento? Según los expertos, la respuesta hay que buscarla en el sistema de control que aplica la EAF sobre sus atletas. Mientras Kenia practica un estilo más liberal, que permite a los deportistas competir individualmente, la Federación Etíope decide dónde y cuándo deben participar.
El contraste entre ambos países es notorio. Los atletas keniatas más prometedores son alistados nada más terminar la escuela por agentes extranjeros que les animan a competir en la Golden League, el lucrativo circuito europeo de verano. En Etiopía es la Federación quien los busca y recluta. Una vez dentro del sistema, los deportistas deben pedir permiso para viajar y competir en el extranjero.
“El libre mercado está mucho más presente en Kenia que en Etiopía”, recalca el británico Richard Nerurkar, ex corredor de maratón olímpico y actual coordinador de la Gran Carrera de Etiopía. “Un claro ejemplo es que mientras Kenia tiene más de 2.000 fondistas internacionales participando en competiciones mundiales, el equipo nacional de Etiopía apenas llega a 320 atletas, sumando todas las especialidades. Los keniatas ganan un mayor número de carreras, y los etíopes se concentran en las citas olímpicas y mundiales”.
Unos 50 clubes profesionales,
diseminados por todo el país,
pueden transformar la vida
de algunos pocos afortunado