Testimonio extraído del libro "Cromañón. La tragedia contada por 19 sobrevivientes"
Antes de que se cortara la luz, una amiga, Luli de Tigre, me preguntó qué pasaba. "No sé, ¡yo de acá no me muevo!", le contesté. Ella, nerviosa, me gritó: "Pará, boluda. Si querés, quedate, ¡yo salgo!" Ahí me quedé apoyada sobre una columna, esperando que apagaran la media sombra y todos volviéramos a entrar.
Cuando se cortó la luz, ya no pude ver cara de qué tenían todos. Ahí caí en la cuenta de que la cosa era mucho más grave de lo que parecía. Me dije: "¡Chau! ¡Acá explota todo!" Lo primero que pensé es que la luz se había cortado, porque las llamas de la media sombra habían llegado a los cables. Había que rajar de ahí. Fue después del apagón cuando la gente se descontroló mal. Yo seguía firme, pegada a la columna.
De golpe, sin darme tiempo a reaccionar, vi que encaraba para mi lado una avalancha de personas desquiciadas, buscando una salida. Al darme cuenta de la cara de horror que tenían, decidí escapar yo también. Es increíble, pero no me dejaron. Nada. Antes de que intentara el más leve movimiento, los tenía encima clavándome en la columna. Lo absurdo es que estaba justo en la salida que da al hall de entrada. ¿Cómo explicar que estando al lado de esa puerta no pudiera salir? Yo estaba pegada a la puerta del lado de adentro del lugar, ojo, no la que daba afuera, pero no conseguía irme porque no me dejaban.
Lo más angustiante fue soportar que me apretujaran sin poder defenderme. Me quedaba sin aire, no podía sacar los brazos de al lado del cuerpo. Sentí que iba a terminar triturada contra la columna. Sacaba la cabeza para poder respirar y aspiraba ese humo negro que salía del techo. Era terrorífica la sensación de ahogo. Me acuerdo de que estaba practicamente sepultada. Quería asomar la cara entre un montón de cabezas. Como no me dejaban hacerlo, la sensación de asfixia era tal que los agarraba de los pelos y tiraba hacia atrás, gritándoles que me estaban matando.
Cuando no aguanté más, las arcadas que me venían terminaron por hacerme vomitar y eso, estoy segura, me salvó la vida, ya que quedé con un grado de intoxicación menor que el de otros chicos. Aparte, los que me oprimían, asqueados, se abrieron al toque, pero muy poquito. Aproveché ese momento para sacar un brazo y después la mitad del cuerpo. Aterrada, sentí que tenía que salir y liberarme de esas personas que parecían fantasmas que se te pegoteaban por todos lados.
Sabía que me faltaba una bocha para la salida. Seguí tanteando con las manos para adelante y llegué a una de las puertas que dan a la calle. Habían estado bloqueadas. En el largo rato que tardaron para abrirlas, por los que llegaban y como no podían salir, se iba acumulando gente. Pero ya estaban abiertas. ¡Gracias a Dios!
Fico, de Celina.
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