Un cine que ya no queda
Del neorrealismo objetivo al subjetivo
Ya no está vivo ninguno de los grandes directores del neorrealismo y sus vecindades. Hace rato que han muerto Vittorio de Sica (1901-1974), Roberto Rossellini (1906-1977), Luchino Visconti (1906-1976) y, más recientemente, Giuseppe De Santis (1917-1997). También han desaparecido la mayoría de los grandes directores de cine italianos posteriore, como Federico Fellini (1920-1993), Pier Paolo Passolini (1922-1975) y Sergio Leone (1929-1989).
Sólo están vivos Bernardo Bertolucci y Mario Monicelli, algunos pioneros como Bava, Enzo G. Castellari, Umberto Lenzio, Marco Bellocchio, y los más recientes, de la generación de Nanni Moretti.
Pero sin jugar al ranking de los famosos no cabe duda de que con la desaparición de Michelangelo Antonioni esta semana a los 94 años –apenas 24 horas después de la muerte de Bergman– de lo que fue el cine del siglo XX sólo queda vivo el más importante de todos, el más innovador, el más intenso y el más inteligente, Jean-Luc Godard. Y aun así mucho se ha sembrado y quienes reinventen el cine y los nuevos formatos en el siglo XXI tendrán bastante que abrevar en esa cosecha hoy en vías de desaparición.
¿Cómo se crea un clima de época?
¿Qué hace de alguien un faro? ¿Quién es un baremo? ¿Quién inventa climas y épocas? ¿Por qué quedamos incrustados en esos atractores convertidos en compuertas evolutivas, a partir de las cuales todo es distinto, antes y después? El cine nunca será lo mismo con Bergman que sin Bergman. Y lo mismo puede decirse de antes y después de Antonioni.
La trilogía de los sentimientos conformada por La aventura, La noche y El eclipse, premiadas en los festivales de Cannes y Berlín, y después El desierto rojo, fijaron para siempre la década del 60 como ese momento de choque en que Europa se rehacía a sí misma, la cinquecento de Fiat (que hace pocos días cumplió su cincuentenario y fue reinventado bajo el nuevo modelo de Harald Wester) marcaba un futuro de riqueza material sin precedentes-y difícil de digerir para un continente desvastado por la guerra y la locura y al mismo tiempo prometía un paraíso de incomunicación que Antonioni –a su modo– mostró.
Antonioni cuestionó al neorrealismo; no fue un cineasta prolífico: apenas 16 largometrajes y otros tantos cortos a lo largo de seis décadas de trabajo, pero a fines de los años 50 y comienzos de los 60 propició el ingreso del cine a la modernidad.
Como bien dijo Hernán Ferreiros en Desapariciones http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-4017-2007-08-07.html, Antonioni no sólo se atrevía al neorrealismo sin bicicleta, sino también a una obra en la que faltaba todo aquello que, hasta su aparición, definía a una película: no hay relato con un conflicto central, no hay una temporalidad que indique causas y consecuencias –nunca está claro cuánto tiempo transcurre en las elipsis de Antonioni–, la imagen tiende a despojarse de la figuración y la historia de sus personajes. Hasta el sentido se sustrae.
Abucheo y consagración
El inicio de su consagración fue paradójico. La primera presentación de La aventura terminó con público y críticos abandonando por igual la sala a modo de sonora protesta. Tanto Antonioni como Monica Vitti, su musa de entonces y de siempre, supusieron haber llegado tempranamente al final de sus carreras artísticas.
Esa misma noche Roberto Rossellini y un grupo de directores de peso redactaron un manifiesto que sería elevado a la prensa al día siguiente, en el que defendían a rajatabla la novedad estética de La aventura, cuestionando de este modo tanto a la crítica como a los espectadores incapaces de soportar la novedad del lenguaje cinematográfico de Antonioni.
Antonioni no estaba interesado en examinar los lazos de los personajes con el ambiente sino que quería bucear dentro de ellos, para ver de todo aquello que habían atravesado –la guerra, la posguerra–, qué había quedado en ellos, saber cuáles eran no ya las transformaciones de su psicología y de sus sentimientos, sino los signos de esa evolución.
La tecnología no fue su némesis
Directores como Antonioni piensan en imágenes (o usando su ausencia), pero sobre todo tienen tomadas posiciones ideológicas fuertísimas. Antonioni no criticaba a la tecnología, ni sostenía ingenua e inútilmente que esta o la vida urbana nos aíslan, sino que vivimos de acuerdo a preceptos morales que no supimos adaptar a nuestra nueva forma de vida: “Tenemos una ciencia que está conscientemente proyectada hacia el futuro y una moralidad rígida y estereotipada que todos reconocemos como tal, pero mantenemos por cobardía o pura holgazanería”, dijo.
Antonioni consideraba que en el siglo XX había nacido un hombre nuevo y que para poder hablar exitosamente acerca de él era necesaria una nueva estética, un nuevo tipo de cine. Y su cine era la mejor forma de hacerlo. Hoy estamos a años luz de ese hombre nuevo, y los intentos políticos por crearlo no han sido muy exitosos.
Fue un arquitecto y un hombre de fortuna que dedicó su vida al cine pero que se tomó la vida con parsimonia y cierta dureza. Al que obviamente no le gustó el modo en el que el mundo se fue reconfigurando, y que en otro en el que no hubiese habido películas, según él mismo dijo, tendría que haberlas inventado.
Final, resistencia, segunda vuelta
A diferencia del de Bergman, el final de Antonioni fue de decadencia y algunos insistieron en que Enrica Fico, su última mujer -una especie de María Kodama-,que hablaba y decidía por
él, fue una influencia negativa.
El ataque cerebrovascular de 1985, que lo dejó con serios problemas de habla y movilidad, apenas le permitió diez años después concretar su último largometraje, Más allá de las nubes, en colaboración con Wim Wenders y con la participación amistosa de la pareja que había protagonizado La noche: Marcello Mastroiani y Jeanne Moreau.
Pero la historia –como la vida– no se detiene nunca y a medida que nuevas mutaciones culturales y tecnológicas afloran, también la forma de representarlas muta acorde. Hoy, el cine, mas que de autor es de masa. La cinematografía está siendo cuestionada por la videografía. Hoy Hollywood tiene su antídoto en Youtube. Eppur -como bien nos enseña la remediación- ningún medio sustituye al otro.
Muertos Antonini y Bergman muchos otros pensadores de/con la imagen hacen cola para ocupar su lugar. Lo propio de nuestro tiempo no es el "ennui" ni la "noia". Y queda tanto por hacer... Mientras hacemos el duelo por sus aportes nos preparamos para nuevas batallas y nuevos desafíos comunicacionales, estéticos y mediáticos.