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Mi papi (relato de una hija)


Una pequeña historia de vida. Contada por una hija, y dedicada a una persona especial .

Muerte



Tenía tres años cuando perdimos a mi padre. Pero cuatro años después mamá volvió a casarse, y me convertí en la niñita más afortunada del mundo. Porque yo elegí a mi papito, ¿sabes? Cuando ella ya llevaba algún tiempo saliendo con “papá”, le dije:

—Es éste. Nos quedamos con él.

Cuando se casaron, yo llevé la cesta de flores. Eso, por sí solo, fue maravilloso. ¿Cuántas personas pueden decir que estuvieron en la boda de sus padres y desfilaron por la nave de la iglesia?

Mi papá estaba muy orgulloso de su familia. (Dos años más tarde se agregó una hermanita.) Gente que apenas nos conocía solía decir a mi mamá:

—Charlie siempre parece feliz de estar contigo y con las chicas.

No era sólo una cuestión materialista. Papi estaba orgulloso de nuestra inteligencia, nuestras creencias, nuestro sentido común y nuestro amor por la gente (así como de mi graciosa sonrisa).

Poco antes de cumplir los diecisiete sucedió algo horroroso: mi papá se enfermó. A pesar de varios análisis, los médicos no pudieron hallar nada malo.

—Si nosotros, los “omnipotentes”, no le encontramos nada... es porque está bien. —Y le dijeron que volviera al trabajo.

Al día siguiente volvió del trabajo con lágrimas en las mejillas. Así supimos que estaba mortalmente enfermo. Jamás había viste llorar a mi padre. Él estaba convencido de que el llanto era señal de debilidad; eso tornaba más interesante nuestra relación, puesto que yo, adolescente hormonal, lloraba por cualquier cosa, hasta por los avisos publicitarios.

Finalmente conseguimos que admitieran a papá en el hospital. Le diagnosticaron cáncer de páncreas. Los médicos dijeron que lo perderíamos en cualquier momento. Pero nosotros sabíamos que duraría por lo menos tres semanas más. Porque faltaba una semana para el cumpleaños de mi hermana y tres para el mío. Mi padre desafiaría a la muerte, pidiéndole fuerzas a Dios para resistir hasta que hubieran pasado los festejos. No podía permitir que pasáramos el resto de la vida con ese horrible recuerdo de nuestros cumpleaños.

Que la vida debe continuar se torna más evidente que nunca cuando alguien agoniza. Papi quería desesperadamente que nosotras siguiéramos adelante. Y nosotras queríamos, con igual desesperación, que él siguiera acompañándonos. Llegamos a un acuerdo: continuaríamos llevando “una vida normal”, siempre que él siguiera participando activamente, aun desde el hospital.

Tras una de nuestras visitas diarias, su compañero de habitación siguió a mamá hasta el pasillo.

—Charlie siempre está tranquilo y optimista cuando ustedes vienen. No sé si se dan cuenta del dolor que está soportando. Recurre a toda su fuerza y resistencia para ocultarlo.

—Sé que lo oculta —respondió mi madre—, pero ésa es su manera de ser. Él nunca quiso que nosotras sufriéramos y sabe cuánto nos duele verlo padecer.

El Día de la Madre llevamos todos nuestros regalos al hospital. Papá nos esperó en el vestíbulo (porque mi hermana no tenía edad suficiente para que le permitieran entrar). Compré un regalo para que él se lo diera a mamá. En ese rincón del vestíbulo hicimos un maravilloso festejo.

A la semana siguiente fue el cumpleaños de mi hermana. Como papá no estaba en condiciones de bajar la escalera, celebramos con la torta y los regalos en la sala de espera de su piso.

En el siguiente fin de semana se celebró mi baile de graduación. Después de las acostumbradas fotos en mi casa y en la de mi acompañante, fuimos al hospital. Sí, caminé por el hospital con una falda larga hasta el suelo y enaguas armadas. Casi no cabía en el ascensor. Sentía un poco de vergüenza, pero se me pasó al ver la cara de papá. Había esperado muchos años para ver a su nenita vestida para el baile de graduación.

La academia de danzas de mi hermana siempre hace un ensayo general el día anterior al recital de fin de año. Es entonces cuando los familiares pueden tomar las fotos. Naturalmente, después del ensayo fuimos al hospital. Mi hermana desfiló por los pasillos con su vestido de bailarina. Después danzó para él. Papá no dejó de sonreír, aunque el zapateo debía de atronarle en la cabeza.

Y llegó mi cumpleaños. Hicimos que mi hermana entrara a hurtadillas en la habitación de papá, porque él no podía salir. (Las enfermeras, comprensivas,, miraron hacia otro lado.) Y volvimos a celebrar. Papá no estaba nada bien. Era la hora de partir, pero él resistía.

Esa noche nos llamaron del hospital. Papá había empeorado. Murió pocos días después.

Una de las lecciones más duras que se aprende de la muerte es que la vida debe continuar. Papá insistió en que nunca dejáramos de vivir lo nuestro. Se preocupó por nosotras hasta el final. ¿Su último deseo? Que lo enterraran con una foto de su familia en el bolsillo.



FIN DEL POST

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