LA DICTADURA MUNDIAL (II): Vigilancia y seguridad

Retomamos el tema de la dictadura mundial en fase de implantación. En la anterior entrada La dictadura mundial (I): Abolir el dinero en efectivo se comentaba la gradual abolición del dinero en efectivo, que desemboca en una economía totalmente virtual bajo el férreo control y supervisión de los guardianes del sistema.
Los posibles desarrollos de este sistema de control total están a la vuelta de la esquina, no sólo en el campo económico; como aviso tenemos el chip biométrico que ya se aplica a mascotas en Estados Unidos y, si se implanta en los humanos, permitirá tenernos bajo vigilancia constante y monitorizados. También aquí se nos dora la píldora con argumentos sobre la conveniencia y la seguridad, más falsos aún que en el caso del dinero, siendo el objetivo real y no declarado controlarnos a todos de la manera más estrecha posible.
Ya hoy existe una campaña de propaganda y preparación de la opinión pública para que la población se acostumbre a ser controlada; campaña sibilina, que utiliza los falsos pretextos ya comentados y entre líneas deja entender que quien no quiera ser controlado y vigilado, quien muestre signos de rebelión, es sospechoso sólo por esto.
Se estigmatiza por tanto a quien aún tiene el sentido de la libertad y se niega a ser una abeja en una gigantesca colmena. Es decir a quien aún quiere ser auténticamente humano y no un código de barras.
Personalmente, y no creo estar solo, no quiero que me controlen por mi bien, no necesito estar vigilado constantemente, no quiero mis movimientos bajo la supervisión del Estado y tampoco que mi vida esté en manos de los bancos. Quiero y acepto vivir en un sistema que me castigue si cometo un delito, con el justo rigor, pero es repugnante estar monitorizado en cada movimiento.
Seguramente serán muchos los que, con mentalidad de borregos, acepten esta tiranía de la vigilancia total y pensarán que vale la pena pagar este precio, vivir en la sociedad del Gran Hermano en nombre de la seguridad y la tranquilidad. Pero por desgracia para ellos, están destinados a ser defraudados. Podemos valorar lo que vale el pretexto de la seguridad si consideramos que hasta ayer, en nuestro país y en cualquier otro, cuando no había ni cámaras ni internet ni trazabilidad informática, se vivía con más seguridad. Simplemente porque las leyes se hacían cumplir, los delincuentes eran castigados con el justo rigor, los elementos antisociales y dañinos eran apartados de la sociedad si eran autóctonos, y expulsados sin mayores miramientos si venían de fuera.
Es así de simple. La monitorización constante de los ciudadanos no sirve para hacernos vivir más seguros sino para dominarnos mejor.
Y los ingenuos que aceptan ser vigilados y controlados en nombre de la seguridad están destinados a sufrir una gran decepción. Porque un sistema que necesita controlar a sus ciudadanos hasta ese punto, obsesivamente - porque evidentemente los considera el enemigo interno - necesita también para mejor guiar el rebaño que las ovejas no vivan nunca del todo tranquilas. Que vivan en el temor del lobo que en cualquier momento puede asomar las orejas.
Podemos estar seguros de que siempre habrá alguna atrocidad, alguna matanza, algún loco o enemigo de la sociedad que consiga filtrarse entre las mallas de la vigilancia. Porque el sistema del control total los necesita. Existirán siempre, por tanto, los lobos solitarios o las Al Qaedas de turno y sus acciones atroces. Si no aparecen se los inventarán, porque los necesitan, y naturalmente los malos serán atrapados enseguida de manera muy edificante para los ciudadanos. Así se matan dos pájaros de un tiro: por un lado la gente tendrá siempre algo de miedo y así se la controlará mejor, por otro lado todos quedan convencidos de que es necesario que el Estado nos vigile a todos. En la novela de Orwell – a la cual es forzoso referirse una y otra vez - de vez en cuando caían bombas sobre la ciudad, por obra del mismo gobierno, para que la gente no olvidase que estaba en guerra.
Las mismas ideas fueron expresadas hace ya mucho por Benjamin Franklin - que por lo demás me cae algo gordo pero aquí tenía razón - cuando afirmaba que quienes sacrifican la libertad en aras de la seguridad no merecen ni la una ni la otra, y acabarán sin tener ni libertad ni seguridad.
Palabras sabias siempre olvidadas por la estupidez humana, que parece atraída una y otra vez, fatalmente, por los proverbiales caminos pavimentados de buenas intenciones que llevan al infierno.