Este es un texto para que reflexionemos sobre nosotros, Dios y la naturaleza...Espero les guste, como es un poco largo recomiendo imprimirlo si realmente les interesa y también visitar el sitio Geosofia de lycos...Bueno si les gusto comenten...Buena vida para todos
Es falsa la idea de quienes afirman que es indiferente la idea que se tenga de la creación con tal de tener una opinión justa sobre Dios, pues un error respecto a la creación engendra un conocimiento erróneo de Dios.
(Santo Tomás de Aquino)
(Santo Tomás de Aquino)
ENTRE LA TIERRA Y EL CIELO
Manifiesto Geosófico
Manifiesto Geosófico
Axis Mundi
Y allí estaba yo, de pie, en la cumbre de la más alta de las montañas
y abajo, a mi alrededor, se encontraba el círculo del mundo.
y mientras allí estaba contemplé más de lo que puedo describir
y comprendí mucho más de lo comprendido hasta entonces;
pues veía de un modo sagrado la forma de todas las cosas en el Espíritu
y la Forma de todas las formas,
como si todo estuviera unido, cual si fuera un único Ser.
Y contemplé cómo el círculo sagrado de mi pueblo
era uno de los muchos que componen el Gran Circulo,
amplio como la luz del día y como el fulgor de las estrellas en la noche;
y en su centro crecía un árbol majestuoso y florecido,
para cobijar a todos los hijos de una misma Madre y de un mismo Padre,
y vi que todo aquello era sagrado.
( Alce Negro )
y abajo, a mi alrededor, se encontraba el círculo del mundo.
y mientras allí estaba contemplé más de lo que puedo describir
y comprendí mucho más de lo comprendido hasta entonces;
pues veía de un modo sagrado la forma de todas las cosas en el Espíritu
y la Forma de todas las formas,
como si todo estuviera unido, cual si fuera un único Ser.
Y contemplé cómo el círculo sagrado de mi pueblo
era uno de los muchos que componen el Gran Circulo,
amplio como la luz del día y como el fulgor de las estrellas en la noche;
y en su centro crecía un árbol majestuoso y florecido,
para cobijar a todos los hijos de una misma Madre y de un mismo Padre,
y vi que todo aquello era sagrado.
( Alce Negro )
1.- FINES Y PREMISAS DEL PRESENTE MANIFIESTO
Este Manifiesto obedece a un propósito: sugerir un camino de reflexión sobre la relación Hombre-Naturaleza que, transcendiendo los criterios sociológico-científicos de los planteamientos ecológicos, recupere la dimensión espiritual que le es intrínseca y que el moderno pensamiento religioso ignora.
Su destinatario potencial es todo aquél que se sienta «Amante de la Naturaleza», expresión que, rescatada a un convencionalismo familiar, evocador acaso de meriendas campestres y excursiones dominicales, apela a la radicalidad del Amor como fundamento de la relación entre Hombre y Naturaleza. Amor y Conocimiento se implican y potencian recíprocamente; y si no es así, el primero degenerará en sentimentalismo y el segundo en información. El Conocimiento de que aquí se habla nada tiene que ver con el saber científico. Conocer la Naturaleza no es estar al tanto de sus procesos externos o saber designar los elementos parciales que la integran, sino captar la esencia que se oculta tras el fenómeno, atisbar su misterio, percibir su realidad sutil. Esa percepción, posible sólo desde el silencio contemplativo, es transfiguración, afloramiento real de una nueva dimensión de sobre-realidad. Y esa transfiguración es, en sí, un acto de amor.
Pero si los conceptos Conocimiento y Amor deben ser mínimamente precisados , no menos deberá serlo el concepto Naturaleza. La Naturaleza de que aquí va a tratarse no es sólo la que estudian los naturalistas; se hablará, sin duda, de la Naturaleza fenoménica, pero entendida desde su potencialidad para asumir esa transfiguración a que acaba de aludirse y, por tanto, como realidad susceptible de actualizarse a los ojos del hombre como lo que, en sí misma, nunca ha dejado de ser: epifanía divina, lugar de Revelación. A partir de estos presupuestos, la consumación de la relación Hombre-Naturaleza no puede consistir sino en la unión de Amante y Amada en ese nivel superior de realidad que su propia relación unitiva genera; expresado en otros términos, la comunión espiritual del Hombre con el Cosmos.
No obstante, queda al margen de las posibilidades de este texto cualquier análisis de las estructuras y procesos particulares que resultan de la articulación del plano físico de la Naturaleza con los planos suprafísicos de la realidad cósmica y de la forma en que en ese entramado se integra el ser humano –lo que constituiría propiamente el objeto de estudio de la geosofía–. El propósito que aquí se persigue es tan sólo plantear unas consideraciones previas sobre la situación que actualmente está dificultando o impidiendo esa comunión.
Este Manifiesto no se pretende expresión de ninguna «nueva filosofía» ni quiere justificarse como renovador mensaje espiritual. Muy al contrario, sólo aspira a servir de cauce, en la medida de sus posibilidades, a una conciencia ancestral de la que la mentalidad moderna –creyente o atea, conservadora o progresista– reniega. Contribuir a recordar, aplicándolas a la situación actual, unas verdades hoy desdeñadas, asfixiadas y hasta ridiculizadas es el espíritu que anima este escrito.
Se argüirá, quizá, que en actitudes aquí criticadas hay elementos parciales de positividad. Es posible; pero no pueden desdeñarse los criterios de oportunidad y, en las actuales circunstancias, un optimismo voluntarista parece entrañar riesgos muy superiores a los de una crítica sin matices; en todo caso, no se trata de valorar actitudes individuales, sino de plantear situaciones y expresar ideas.
2.- DIMENSION ESPIRITUAL DE LA CRISIS ECOLOGICA.
La llamada crisis ecológica no es sino una manifestación exterior de la crisis espiritual –y por tanto integral– que viven el hombre y la sociedad occidental. Situar sus causas en el ámbito de la economía o de cualquier otro dominio del plano físico es interrumpir la escala causal dejándola apoyada por su extremo superior en el vacío; tales causas demandan también una explicación y exigen, a su vez, otras nuevas. Lo que en el mejor de los casos podría ser encontrado ahí serían las causas intermedias, las más superficiales e inmediatas. El mundo está regido por unas leyes cósmicas que el moderno hombre de ciencia desconoce, pues transcienden el ámbito físico, el único al que él dirige sus preocupaciones. Las causas finales, sin embargo, son de orden estrictamente meta-físico.
Si quiere comprenderlo que sucede en la Tierra, el hombre deberá volver su mirada hacia el Cielo. Comprender es remitir cada fenómeno a su arquetipo celestial, percibir la dimensión universal que se transparenta en cada evento singular. Es éste un proceso que nada tiene que ver con el saber de la ciencia moderna, que es mera acumulación de información sobre el aspecto accidental de los fenómenos, reducible, por tanto, a datos estrictamente cuantificables. Mientras ,el hombre no comprenda la Naturaleza –en aquél su auténtico sentido– seguirá ignorando su realidad esencial y, por más datos que sobre ella pueda acumular, proseguirá su acción destructora, pues la inocencia animal nos está vedada y la destrucción acompaña fatalmente a la ignorancia.
No tiene ningún sentido pretender vivir en armonía con la Gran Teofanía que es la Naturaleza, mientras se mantiene una actitud de hostilidad o indiferencia respecto a la fuente de esa teofanía. Dicho de otra forma, la crisis ecológica es inevitable en un mundo en el que Dios ha sido olvidado. Si la contaminación generalizada del planeta, la destrucción masiva de los bosques, la desaparición irreparable de especies animales y todas las formas semejantes de barbarie con que habitualmente convivimos son fenómenos de una extremada gravedad, lo son, antes de nada, por constituir una salvaje violación del Templo de Dios. Su más verdadera y radical importancia estriba en la profanación del Misterio teofánico; todo lo demás no son sino sus inevitables consecuencias. Por eso, mientras el hombre no vea la necesidad de restablecer la paz con el Cielo, tampoco podrá restablecerla con la Tierra.
La crisis ecológica sólo se irá resolviendo en la medida en que los seres humanos se hagan capaces de percibir la unidad de todas las cosas en el Espíritu y el reflejo de éste en cada una de ellas; en la medida en que puedan intuir en los fenómenos naturales su transfondo metafísico, captando la causalidad vertical que asocia cada fenómeno a su esencia, al tiempo que la causalidad horizontal que vincula a aquéllos entre sí, trama y urdimbre del tejido cósmico.
3.- SENTIDO DE LA HISTORIA Y EXPERIENCIA DE LA NATURALEZA
Fiel a la egolatría cultivada durante varios siglos, el hombre contemporáneo se considera a sí mismo el punto culminante de la historia y contempla el devenir humano como un proceso ascendente en cuya cumbre –y sin la menor muestra de pudor– coloca orgullosamente esa grotesca caricatura del Hombre Universal en que él mismo ha llegado a convertirse. Ha inventado así el dogma profano del evolucionismo, que, como todos los dogmas de la modernidad, debe ser leído rigurosamente al revés: lo que sus defensores nos proponen como antepasado del hombre, esa especie de larva humana que, torva y encorvada, entre el terror supersticioso y la violencia apenas contenida, se debate en las tinieblas de la semiconsciencia animal, somos, en realidad, nosotros. Ésa es la imagen más exacta que pueda darse del estado espiritual del hombre contemporáneo.
La idea de evolución cultural, tan gratuita como la de evolución. biológica, si no más, se basa exclusivamente en la identificación de la inteligencia con el afán por el desarrollo tecnológico, lo que es a la vez una muestra de la ignorancia propia y una afrenta a la inteligencia ajena.
El desarrollo patológico e hipertrofiado de la mente razonadora y analítica parece más bien la compensación al progresivo oscurecimiento de una facultad intelectual, más elevada que la razón, que hacía posible al Hombre Primordial un conocimiento superior. En tal sentido, las sucesivas conquistas técnicas de la historia humana no representan un progreso, sino el efecto progresivo de compensación ante la pérdida creciente y continuada de las prerrogativas espirituales que antaño poseía el hombre y del poder que éstas le conferían –de uno u otro modo– sobre la materia.
Es una ley cósmica fundamental que todo descenso en el orden de lo cualitativo se ve acompañado de una expansión en el orden cuantitativo. La esencia disminuye para que la substancia crezca. Lo que algunos llaman el «sentido de la historia» no es más que la aplicación de dicha ley a ese ámbito concreto, lo que, a su vez, no es sino la expresión, en el plano cósmico, de la Inmolación primigenia de la Divinidad.
La experiencia de una Naturaleza radicalmente desacralizada es un hecho relativamente reciente. Para el Hombre Primordial y, en general, para las culturas tradicionales (que son prácticamente todas a excepción de la que impera en Occidente desde el Renacimiento hasta la actualidad y del ensayo general que supuso el clasicismo grecolatino), la Naturaleza nunca fue algo exclusivamente físico, pues siempre estuvo investida de un valor religioso. Puesto que el Cosmos era una creación, emanación o manifestación divina, el mundo todo estaba impregnado de sacralidad y siempre conservó, a los ojos del hombre tradicional, una incuestionable transparencia metafísica; la propia estructura del mundo y de los fenómenos cósmicos revelaban las distintas modalidades de lo sagrado. El Cielo revelaba directamente la Transcendencia; la Eternidad, lo Absoluto; la Tierra ponía de manifiesto la infinita Multiplicidad, la fecundidad sin límites de la Madre universal; los ritmos cósmicos expresaban el orden y la armonía del Espíritu. El Cosmos hablaba al hombre y todos sus fenómenos estaban llenos de significado.
La actividad humana, por su parte, era un sacrificio continuado (en el sentido etimológico: de sacer facere, hacer sagrado), una celebración permanente. El rito no era un acto piadoso, entre el temor y la rutina, sino una vía de comunicación con un nivel superior de realidad; en cierta medida, una quiebra objetiva en la estructura misma del mundo. El ritual –del que todo acto, en uno u otro grado, participaba– rompía la horizontalidad de la sucesión temporal y se abría en lo vertical como afloramiento de la Eternidad en el tiempo. La liturgia ritmaba sacralmente unos trabajos que encontraban su arquetipo en la actividad creadora del Infinito.
En sus cosmologías, el hombre antiguo jamás persiguió la exactitud científica, sino lo que para él era mucho más importante: la verdad espiritual que se expresaba a través de los símbolos. Si los esquemas cosmológicos de la antigüedad colocaban a la Tierra –y por ende al Hombre– en el centro del Universo, era en tanto que imágenes teomórficas, no como descripciones de una realidad física que sólo tenía un valor secundario para el hombre tradicional. Fue realmente la traición del Renacimiento la que situó al hombre –al hombre «exclusivamente humano»- en el centro del Universo, sustituyendo todas las medidas divinas por medidas humanas. Así, la desacralización y la profanización abrían el camino a la posterior profanación.
En los siglos XVII y XVIII prosigue y se acentúa la secularización del Cosmos a manos de filósofos y científicos hasta que, finalmente, con la revolución industrial, la Naturaleza pasa a ser simplemente el conjunto de recursos naturales disponibles para la satisfacción de las necesidades y deseos del ser humano. Lo que antaño fuera sede de todas las teofanías, lugar de celebración de una liturgia cósmica, pasó a ser la reserva de materias primas destinadas a ser transformadas por la industria. El Templo se convirtió en almacén: sacrílega metamorfosis que sintetiza con singular precisión el significado de la modernidad respecto al mundo de la Tradición.
En definitiva, a medida que el hombre fue manipulando y controlando las fuerzas físicas, se le fueron sustrayendo en igual medida las fuerzas sutiles y espirituales que aquéllas sustentaban. El hombre se apropiaba la superficie de un mundo en la misma medida en que renunciaba a sus alturas, conquistaba la materia a expensas del Espíritu, la tierra a costa del Cielo. La llamada –no sin una ridícula petulancia– «conquista del espacio» coincide de forma sólo aparentemente paradójica con su desarraigo total y definitivo del Cosmos.
4.- CIENCIA MODERNA Y PERCEPCION DE LA NATURALEZA
Para comprender la situación en que actualmente se encuentra el hombre en relación al Cosmos habría que profundizar en el significado de ambos términos. Ahora bien, qué sea el hombre es algo que no puede averiguarse con microscopios, como tampoco puede averiguarse con telescopios qué es realmente el Cosmos. La ciencia moderna, que sólo toma en cuenta los datos percibidos por los sentidos o recogidos por medio de su instrumental tecnológico, ignora por ello mismo todo cuanto transciende el orden físico, lo que equivale a decir que ignora lo fundamental, pues el hecho fenoménico no es más que la superficie externa de un proceso que se desarrolla en profundidad, a través de una pluralidad de niveles suprafísicos, y que escapa, por tanto, a los órganos sensoriales lo mismo .que a los instrumentos técnicos.
La ciencia moderna se constituye así en un conocimiento literal y estrictamente superficial; sus descripciones del mundo fenoménico podrán ser todo lo detalladas y prolijas que se quiera, pero en ningún caso penetran un ápice tras la corteza exterior; proporcionan, de este modo, un conocimiento detallado de las formas, pero a expensas de una total ignorancia de las esencias. Por eso la ciencia moderna es un saber ignorante: jamás explica la razón de ser de los procesos; sus pretendidas explicaciones no son sino meras descripciones de los cambios que se suceden en la superficie: crónicas de sucesos, murallas levantadas en torno al misterio del Ser. Y en la medida en que tiende hacia la cantidad pura, la ciencia progresa en in-significancia y en in-sensatez, pues significado y sentido son prerrogativas de la cualidad, ajenas al ámbito de la cantidad. Tras haberse limitado a sí misma la visión, la ciencia moderna erige su miopía en método, decretando la inexistencia de todo lo que es incapaz de percibir y negando el sentido a todo aquello que es incapaz de comprender.
El fervor científico ha sustituido al religioso en la mentalidad popular y los dogmas de la ciencia ocupan el lugar que en tiempos ocuparon los de la Iglesia; el hombre medio presta de inmediato su absoluta aquiescencia a todo cuanto venga avalado por la etiqueta de «científico», sinónimo ya de «axiomáticamente verdadero», al tiempo que se exime de toda responsabilidad tanto a la ciencia como a quien la cultiva, Parece como si las armas químicas y nucleares, las substancias de toda índole que envenenan la tierra, el aire y el agua, en suma, las innumerables formas de destrucción que voluntaria e involuntariamente ha desarrollado la humanidad y con las que se devasta el planeta y se exterminan los seres humanos, no tuviera nada que ver con la ciencia.
Mejor haría el pensamiento científico en volver su mirada sobre sí y recapacitar en por qué su cultivo y aplicación ha colocado al mundo al borde mismo de su total destrucción.
Hay dos verdades fundamentales sobre el conocimiento de los fenómenos: primera, el hombre está hecho para lo Absoluto y todo conocimiento fragmentario, desgajado de sus raíces en el Infinito, acaba resultando fatídico. Segunda, el hombre no tiene derecho a conocer todo cuanto quiera o pueda en el dominio de las ciencias de la Naturaleza. El conocimiento de lo relativo debe estar en función de su madurez mental y espiritual y de su recta voluntad para hacer un uso adecuado de él. El hombre moderno se cree adulto, cuando –colectivamente hablando– es incapaz de cualquier autocontrol y se encuentra a merced de sus apetencias primarias e inmediatas. Que tal aprendiz de brujo disponga de los medios de que dispone, lleva consigo los peligros que la historia de este siglo registra y los que amenaza con registrar.
Hay un conocimiento superior y unos saberes inferiores. Los saberes inferiores, las ciencias analíticas, son legitimas sólo cuando se desarrollan paralelamente al Conocimiento de las verdades fundamentales y están vinculadas a éste.
Si los científicos renacentistas tenían razón frente a los del Medioevo, era sólo en cuanto a la exactitud de los fenómenos, pero no en cuanto a la verdad de la esencia ni a la legitimidad del conocimiento. A diferencia de la ciencia moderna, las ciencias tradicionales no buscaban la exactitud cuantitativa sino la Verdad cualitativa. Poniendo de relieve la multiplicidad de los planos del Ser y la vinculación de las realidades del mundo físico con sus arquetipos metacósmicos, las cosmologías antiguas, por ingenuas o inexactas que pudieran resultar en sus detalles, estaban mucho más próximas a la verdad que la ciencia moderna con todo su aparato tecnológico y su maníaca obsesión de exactitud.
La más infausta consecuencia de la ciencia moderna es haber originado una incapacidad generalizada para percibir la profundidad inconmensurable que late en todo lo real. El hombre tradicional vivía en un universo de valores simbólicos y, por tanto, potencialmente abierto por todas partes al Infinito. El hombre de mentalidad científica ha renunciado a la multidimensionalidad del símbolo por la unidimensionalidad de la cifra, ha sustituido el universo polivalente de las imágenes divinas por un mundo de discursos al que atribuye mayor grado de realidad, y se ha encerrado así en la reducida y lúgubre caverna en la que una razón analítica mutilada, en tanto que desgajada de sus raíces luminosas, confunde las esencias con las formas, los seres con sus sombras: la mentalidad científica –es decir, la mentalidad hoy en día común– vive rodeada de fantasmas, su mundo es un mundo de espectros.
5.- TECNICA Y MAQUINISMO
El hombre moderno vive tan familiarizado con la creencia en la necesidad de un progreso técnico indefinido, que está incapacitado para contemplar esa idea como lo que realmente es: una superstición, jamás compartida por ninguna otra cultura, fraguada en su incapacidad para diferenciar entre medios y fines, y alimentada por su permanente estado de ansiedad.
La pérdida de contacto inmediato con la Naturaleza que toda técnica implica, puede florecer –si los medios se mantienen dentro de sus legítimos límites y son santa y sabiamente utilizados– como creatividad al servicio de su vida mental y espiritual. Tales límites fueron definitivamente traspasados con la revolución industrial del siglo XIX, que supuso la entrada en escena de la máquina de forma generalizada. Por supuesto, existían máquinas con anterioridad, pero su difusión era escasa, no determinaban el orden social y conservaban, en general, unas dimensiones y un carácter todavía humanos; un telar manual, por complejo que fuese, permitía al hombre una actividad serena, consciente y creadora, cargada además de contenidos simbólicos que le vinculaban a una realidad transcendente; no forzaba el apresuramiento, no devoraba materias tenebrosas y no obligaba al expolio de la Naturaleza para alimentarlo. En definitiva, no era obstáculo ni a la actitud devocional, ni al acto ritual.
Pero quien dice técnica, dice poder; y el poder seduce. Uno de los efectos más significativos del maquinismo es la fascinación que ejerce sobre la estructura mental del hombre actual, que puede quedar cautivado y cautivo de cualquier siniestro amasijo de hierros y engranajes. Reactualización del pecado original que clarifica el sentido de la historia; entre ceder a la tentación de ser como dioses ya la de poder desplazarse a una velocidad absurda, que atenta contra la vida, impone un ritmo infernal a la existencia e impide toda delectación en los encantos de la Naturaleza, media una diferencia: la mediocridad conquistada a pulso por el hombre occidental tras varios siglos de esfuerzo.
La aparición de nuevos avances técnicos y la creciente necesidad de los mismos constituye un solo y único proceso, mecanismo doble cuyas partes se alimentan recíprocamente. Hace al menos siglo y medio que el hombre moderno vive el mito de Perseo en su lucha con la Medusa: de cada necesidad que satisface surgen diez necesidades nuevas que le acosan.
La máquina impone un ambiente inhumano, manipulaciones tan grotescas como monótonas, gestos uniformes, ininteligibles e inconscientes, sin belleza y sin alma. El maquinismo carece de todo sentido de la proporción, moviliza energías colosales para lograr objetivos cualitativamente minúsculos o despreciables, y sustituye la fecunda complejidad de los ritmos cósmicos que manifiestan la Vida en el Universo por la uniformidad plana y lineal de la muerte. Si proporción y ritmo son los elementos característicos de la creación artística, cabe afirmar sin exageración ninguna que, con el maquinismo, estamos ante la inversión satánica del arte. El maquinismo es a la vez efecto y causa de un mundo en el que la astucia ha sustituido a la inteligencia y la utilidad ha usurpado el lugar de la verdad.
La coexistencia de hombre y máquina obliga –al menos desde la lógica de la demencia que rige el sistema social y habida cuenta de que no es posible humanizar al maquinismo– a «maquinizar» al hombre. En consecuencia, se hace necesario reducir nuestras capacidades a lo que la máquina exige y nuestras aspiraciones a lo que la máquina ofrece. El que ahora se hable de «máquinas inteligentes» sólo demuestra una cosa: que se ha perdido toda noción mínimamente clara de lo que es la inteligencia.
La utilización de la máquina a nivel individual, dada la estructura social en que vivimos, es probablemente inevitable, pero ello no sólo no legitima el maquinismo, sino que pone de manifiesto el carácter totalitario de la estructura social que determina. Por lo demás, la imposición totalitaria jamás justificará la tecnolatría a que gustosa y voluntariamente se entrega hoy en día el hombre. común sin que nada le obligue directamente a ello. Una cosa es la aceptación vigilante de las imposiciones que la presión social hace más o menos insalvables, y otra muy distinta el abandono gratuito, frívolo y complacido, la rendición sin condiciones a las fuerzas del Caos.
La revolución tecnológica de los últimos años ha venido a sustituir el carácter de pesantez y aplastamiento de las máquinas de hace unas décadas por la ligereza, la manejabilidad y la asepsia de las nuevas tecnologías. El resultado es un incremento de su capacidad hipnótica y de la falsa idea de autonomía del hombre frente a la técnica. Si la locomotora de vapor se imponía por la evidencia brutal y mastodóntica de su presencia, lo hacía, empero, marcando un hiato, dejando un espacio entre hombre y máquina en el que el exorcismo o la rebelión eran todavía posibles. Por el contrario, los últimos ingenios de la electrónica seducen al hombre desde su interior, con la atenazadora levedad de un delirio onírico que cerrándose sobre sí aniquila la capacidad de despertar.
Es necedad y quimera pretender un sabio uso de las máquinas. Sólo una colectividad de hombres nobles, capaces de guardar la distancia y diestros en el difícil arte de la renuncia, podría mantener su integridad ante la máquina. Pero tales hombres para nada precisarian de ella. De toda máquina, emana un irresistible reclamo a su utilización y su mera presencia anula parcialmente la ya mermada libertad del hombre medio. Está en la naturaleza misma de la técnica –y no en sus modalidades de uso– el seducir y el vampirizar, el cultivar la ansiedad que alimenta la necesidad febril, de inventar, de crear incesantemente nuevos e inverosímiles artilugios que sólo unas mentes sumidas en la ofuscación y el desvarío, ajenas al más elemental sentido de la vida, pueden sancionar como útiles o convenientes. Necesidad que amenaza con visos de fatalidad. El hombre moderno podrá quizá dominar las fuerzas de la Naturaleza física, pero parece incapaz de controlar su mente y, víctima del" espejismo de la cantidad, avanza a velocidad vertiginosa a estrellarse de bruces con la Nada.
6.- DESARROLLO ECONOMICO Y NATURALEZA
Es Ley de Dios que todo ser humano tiene derecho a disponer de los medios naturales que le posibiliten su desarrollo físico, mental y espiritual. Ahora bien, esos medios tienen un límite en cuanto a su legitimidad, que no es otro –desde el punto de vista técnico- que el que señalan las artes y oficios de las sociedades tradicionales. Pero no sólo el modo de su actividad, sino también sus resultados, deben mantenerse dentro de unos, límites, difíciles de precisar, quizá, en términos cuantitativos, pero relativamente claros, al menos, para aquéllos que conserven el sentido de las proporciones y cuya mente no se encuentre obnubilada por los criterios en vigencia. Pasada esa cota, la insistencia en un mayor desarrollo se torna ilegítima y nefasta.
En efecto, a partir de un determinado punto, el crecimiento material sólo puede promover se a expensas del crecimiento mental y espiritual.; es ésta una ley empíricamente constatable, por más que su justificación teórica pueda ser compleja. Hablando en términos generales, la riqueza no genera más que imbéciles y perversos y no sólo eso, sino que la austeridad es una condición ineludible de toda felicidad terrenal que merezca tal nombre y de todo progreso espiritual. No es ésta una actitud penitencial (por más que este aspecto, del que eventualmente pueda revestirse, no sea desdeñable) sino sapiencial e intrínsecamente liberadora; la austeridad o pobreza que aquí se propone no es miseria y nada tiene que ver con la mortificación; sería más bien la utilización correcta de toda la energía humana, física, vital, mental; el despliegue en cada momento y en cada situación de la estrictamente necesaria, y la orientación de la restante hacia más altos fines mediante su transmutación alquímica interna en energía espiritual. La austeridad así entendida, que incluye y transciende los límites de lo material, aliviaría al hombre actual de la asfixiante carga de objetos, ansiedades, necesidades y miedos que cotidiana y llevaderamente le asesinan. Tanto loor y tanto cántico a la libertad (a esa parodia de libertad que es lo único que la mentalidad democrática parece capaz de concebir) revela por vía de inversión que el hombre contemporáneo, de algún modo, se intuye obscuramente encadenado a la materia y menos libre de lo que nunca lo fue. Desconoce, sin embargo, algo transcendental: que, en lo que a lo material atañe, el ser humano no se mide por lo que consigue poseer, sino por aquello de lo que es capaz de prescindir, por las necesidades que logra suprimir, por todas aquellas cosas superfluas triviales de que sabe apartar impávidamente la mirada; por su capacidad, en suma, para ceñirse a lo esencial.
Por otra parte, toda riqueza material procede, en última instancia, de la Naturaleza. Afirmar alegremente que se puede aumentar el nivel de consumo de una población continuamente creciente sin que la fuente única de toda riqueza se vea por ello alterada es, como mínimo, de una inconsciencia sospechosa. y reemplazar el concepto «nivel de consumo» por el de «calidad de vida» es un eufemismo mixtificador que sólo engaña a quienes ya están predispuestos a engañarse a sí mismos. Dada la situación actual, con un perentorio problema de superpoblación y con millones de personas viviendo y muriendo en la miseria, sólo una cultura de la pobreza, una sociedad que hiciese de la austeridad y la solidaridad sus principios rectores, donde cualquier lujo o despilfarro –y casi todo es lujo o despilfarro en Occidente– quedase radicalmente proscrito, podría garantizar una vida digna para toda la familia humana sin necesidad de perpetuar el pillaje y saqueo de la Naturaleza. No es un tópico, sino una verdad sangrante, que el «desarrollo» de una parte del mundo se ha construido sobre la devastación del planeta y, a la vez, sobre la explotación, el sufrimiento, la indigencia y la muerte de millones de seres humanos. Seguir esgrimiendo el planteamiento desarrollista (sin preocupaciones ecológicas o con ellas y sea cual sea el calificativo con el que se matice) y fomentando la obsesión del reivindicacionismo económico como vía de solución a los problemas sociales, es colaborar con la destrucción de la Naturaleza y con la anulación física, mental y espiritual del individuo y de la colectividad. La cuestión que, en esta parte del mundo, es urgente plantearse, no es la de hacer compatible el equilibrio natural con el desarrollo y la riqueza, sino con la austeridad y la santa pobreza, lo que, dicho sea de paso, es –al menos desde un punto de vista técnico– bastante más sencillo.
7.- CRISTIANISMO, MODERNIDAD Y NATURALEZA
Un cúmulo de circunstancias –entre ellas la necesidad de luchar contra los paganismos mediterráneos, la. «concentración» de la divinidad en su encarnación que toda religión avatárica implica, el propio carácter de Occidente– indujeron al Cristianismo primitivo a enfatizar la distinción entre lo natural y lo sobrenatural, lo que supuso que ya tempranamente comenzara el Cristianismo a despojar a la Naturaleza del espíritu interior que late en todas las cosas. No obstante, aún se le atribuía en los primeros siglos un cierto significado teológico y espiritual, que propició en el Medioevo el florecimiento de diversas ciencias tradicionales y que se ha mantenido más o menos vivo en ciertos místicos y en la Iglesia de Oriente.
En cualquier caso, la innata desconfianza histórica del Cristianismo respecto a la perspectiva cosmológica se revela en la intransigencia hacia las desviaciones inmanentistas –fllagia, politeísmo, panteísmo– frente a una mayor o menor tolerancia ante actitudes transcendentalistas. No hacía falta, pues, que la mentalidad racionafista e ilustrada se esforzase demasiado para que esa dimensión de la espiritualidad cristiana quedase recluida dentro del edificio litúrgico, donde iría languideciendo al tiempo que lo hacía el marco en que se la encerraba.
A mediados de este siglo, la Iglesia era una estructura fosilizada que, habiendo cedido a la tentación del poder temporal, se aliaba a los poderosos y carecía de toda autoridad espiritual. Las virtudes y valores profundos del Evangelio se veían en gran medida desplazados por una moral farisaica sin apenas más horizonte que la observancia temerosa de ciertos preceptos eclesiales. El mito –providencial herencia del Judaísmo– había degenerado en «historia sagrada» (que no hierohistoria), conjunto de relatos convencionalmente ejemplarizantes para mentes adormecidas. El culto no era ya sino la repetición mecánica de fórmulas y gestos cuyo significado profundo casi todos ignoraban; el ritual, degradado en ceremonia, trataba de compensar con fastos más o menos suntuosos la ausencia de sentido interior. El símbolo, tan opaco a los ojos de los fieles como de los ministros, se había convertido en elemento decorativo o convencional seña de reconocimiento.
Frente a este estado de cosas iba a reaccionar la mentalidad «conciliar» siguiendo un camino insospechado: acabar con la enfermedad rematando al enfermo; poseída por el más estrecho racionalismo, la iglesia conciliar lleva a cabo la destrucción sistemática de los soportes tradicionales de la espiritualidad cristiana, mostrando especial saña, consciente o inconsciente, por todo lo que evocara resonancias cosmológicas. Se oculta el mito, de forma avergonzada y vergonzante, pues perdida la capacidad para comprender su más hondo sentido, se lo considera conocimiento fallido ante los supuestos descubrimientos de la ciencia. El rito que antaño polarizaba la liturgia cristiana, re-presentación e integración en el sacrifico del Calvario –que lo era, a su vez, del sacrificio cosmogónico– se convierte ahora en reunión de objetivos difícilmente precisables, como no sea la satisfacción de una obsesiva manía conmemorativa –en el sentido más superficial del término– que trasluce una tenaz ofuscación por el hecho histórico. Se arrincona el símbolo y, en la escasa medida en que se recurre a él, es para degradarlo en racional alegoría, añadiendo así la confusión al olvido. El arte sagrado y la liturgia, que median y garantizan la presencia de la Naturaleza, son «actualizados», o, lo que es igual, se desprecia un legado intemporal que representa la culminación de la civilización de Occidente, por una infracultura de desechos plásticos y sonoros que nada oculta porque nada contiene. Así por ejemplo, unas cancioncillas ñoñas, literariamente banales y musicalmente deleznables, sustituyen a los celestiales acordes polifónicos o a la austera y solemne gravedad del gregoriano, y una arquitectura de hormigón –material innoble, falsificación vil de la piedra– confunde el templo con la cárcel y la fábrica. Por doquier, la mentalidad conciliar, con un complejo mal asumido de culpa histórica, se empeña con ahínco en emular la mediocridad generalizada del mundo contemporáneo.
¿En nombre de qué, podrá la vulgaridad o la fealdad servir de instrumento al Espíritu y fomentar la virtud y el amor entre los seres humanos? ¿Qué acrobacia mental se atreverá a justificar tanta blasfema trivialidad y tanto convencionalismo contestatario por el anquilosamiento institucional o la bestialidad homicida de la dinámica capitalista?
Resulta patética esa obsesión del cristianismo modernizante por andar corriendo tras revoluciones que para nada le atañen... con veinte años de retraso. Así, ese cristianismo «democrático» se ve reducido a una ética social vacía de contenido espiritual; en el fondo, como casi olvidada reliquia, la imagen de una transcendencia difusa y raquítica (que, de acuerdo a los cánones humanistas, difícilmente va más allá de la Persona y tiene, por tanto, más de acósmico que de transcendental), a punto de morir por inanición ya la que sólo la inercia y la falta de valor y de rigor intelectual mantienen todavía en su arruinado pedestal. Aquí no son dos décadas, sino varios siglos los que separan a la actualidad dé este cristianismo modernizante, a mitad de camino entre el humanismo renacentista y el dualismo cartesiano más feroz.
Para el cristiano moderno, la experiencia religiosa es algo estrictamente personal; atañe a él ya su Dios; al mundo ya no se lo siente como obra del Espíritu; la Naturaleza queda al margen del drama cristológico y cualquier eventual preocupación por un entorno desacralizado se inscribe en el marco de una actividad social ajena por completo a toda consideración religiosa. Absorto por las responsabilidades sociales, morales o históricas –las únicas que en su ceguera conoce nuestra civilización– es incapaz siquiera de imaginar lo que pueda significar y suponer una responsabilidad en el plano cósmico. Por eso no puede comprender la experiencia del hombre al que llama «primitivo» que, inteligible sólo desde su contexto cósmico, se le antoja inauténtica o infantil.
El cristiano moderno ya no vive su religión como una respuesta íntegra, unitaria y totalizadora al interrogante de la Existencia. Más bien parece sentirla como algo acomplejadoramente inútil –si no embarazoso– para moverse en lo que considera «el mundo». De ahí que continuamente se sienta obligado a recurrir a la sociología o a la psicología, al marxismo o al ecologismo, en suma, a la última moda mental impuesta por el mercado ideológico, para responder a las presiones del medio. Huyendo de la idolatría y el panteísmo, tan incapaz como el resto de sus contemporáneos de ver en las cosas algo más que las cosas mismas, profesa un teísmo materialista: esquizofrenia espiritual que exhibe complacido como supuesta muestra de libertad.
En el contexto de una existencia desacralizada, las actuales diferencias entre conservadores y progresistas en el seno de la Iglesia constituye un asunto casi irrelevante. El espíritu de la modernidad, al que todos prestan acatamiento y sumisión, convierte sus desacuerdos en discrepancias tácticas, no mayores de las que diferencian a unas fuerzas políticas de otras: cuestiones de matiz. El integrismo, por su parte, se limita a repetir de memoria una lección que no comprende.
En todo caso, frente a este cristianismo socio-psicológico, encerrado en los límites de la historia y del acontecer, y cuyas fuentés de inspiración parecen ser más la estadística y las noticias de prensa que la Escritura y el Espíritu Santo, ahí sigue, esperando a quien quiera o pueda recogerla, la antigua idea tradicional de un Cristo cósmico que, sintetizando y consumando la relación Hombre/Cosmos/Dios, puede abrir el camino hacia una recuperación de la teología de la Naturaleza y de su experiencia espiritual.
8.- NEOESPIRITUALISMO
Si el cristianismo racionalista no se eleva un centímetro por encima del suelo, el neoespiritualismo que ahora se difunde por Occidente nos ofrece un mundo que parece lindar con un cielo de cartón-piedra por arriba y con el Infierno puro y simple por abajo.
Incluso dejando a un lado a ocultistas, nigromantes, aprendices de hechicero, diversas variedades de psicólogos y demás moradores de las cavernas de la infraconciencia –y abstracción hecha de algún insólito afloramiento genuino de la espiritualidad oriental–, el neoespiritualismo universaliza los dominios de la confusión. Cualquiera de las grandes tradiciones espirituales de Oriente es un hecho integral, unitario, del que no es posible separación de un elemento parcial sin pérdida fatal de su sentido. Pero la fragmentada y fragmentadora mente del racionalista occidental no es capaz de concebir una realidad que no sea susceptible de ser desmontada en piezas, como si de un mecanismo se tratase. Así, tomando elementos dispersos de aquí y de allá, se fabrica un Yoga que ignora el Hinduismo, un Zen que no tiene nada que ver con el Budismo o un Sufismo escindido radicalmente del Islam. En suma, unas doctrinas empobrecidas y tergiversadas, privadas de raíces y de savia, cuya anemia teórica no es disimulada, sino subrayada, por la inacabable proliferación de todo tipo de técnicas con las que se va construyendo una Babel confortable y profiláctica que rehuye de antemano elevarse demasiado para evitar cualquier vértigo.
Desgajado de toda raíz tradicional, manipulando el éxtasis para ocultar la necesidad imperiosa de virtud y la exigencia ineludible de la transformación individual y colectiva, este espiritualismo de laboratorio reproduce a su manera el abrazo mortífero de Maya. Abrazo fláccido, se diría, pues todo tiene, en el mejor de los casos, un aire melifluo e insubstancial; es como una mezcla de angelismo insulso y hedonismo gelatinoso que huye como de la peste de todo esfuerzo intelectual sostenido, de toda renuncia ascética, de cualquier sufrimiento solidario.
Innecesario consignar que la Naturaleza, substancia que nutre en gran medida la espiritualidad de Oriente, no juega aquí sino un papel ora ornamental, ora instrumental: bucólico fondo de trances inciertos o teatro de operaciones para aficionados a la alquimia recreativa.
9.- ECOLOGISMO
Se deducirá sin dificultad que el medio ambiente y su conservación, punto en torno al cual gira la ecología como ciencia y el ecologismo como movimiento social, queda bastante lejos de lo que aquí se propone.
El movimiento ecologista, antaño abierto –siquiera fuese de forma incipiente y confusa, y aun teñido siempre por los prejuicios progresistas– a más altas miras y más radicales anhelos, ha sido engullido por la capacidad asimiladora del sistema social y se ve encerrado ya en los estrechos márgenes de la praxis sociopolítica convencional. Con un discurso acomodaticio y equívoco, carente de todo planteamiento global totalizador, constreñido por la urgencia de lo inmediato, enredado en la trampa burocrática de las estructuras administrativas, el ecologismo se agota en un reformismo intranscendente.
Su perspectiva teórica parece incapaz de superar las coordenadas econórnico-científicas, y se limita a concebir la Naturaleza, bien como el conjunto de recursos naturales disponibles para satisfacer las necesidades del hombre, bien como hábitat biológico en el que desarrolla sus procesos vitales. Según el primer criterio, propondrá como objetivo la explotación racional de los recursos naturales; de acuerdo con el segundo, la integración funcional, zoológica, en el entramado biológico. Como si la diosa Razón, tras haber creado Occidente, pudiese disponer todavía de algún margen de crédito, como si no hubiera sido precisamente el racionalismo lo que nos ha traído hasta aquí, como si la racionalidad, por sí sola, no fuera el más vago, engañoso, manipulable e inaprehensible de todos los criterios, y como si alguien, hasta la fecha, hubiera invocado a la Irracionalidad para colocar al planeta en la situación en que se encuentra. Por lo demás, fundamentar la relación con la Naturaleza en cualquier forma de explotación sólo puede ser propio de suicidas o mercenarios. En cuanto al segundo criterio –la mera integración funcional–, cabe señalar que ignorar la diferencia entre la razón de ser, la vocación y el destino de un ser humano y de un animal sólo es posible desde la reducción de la conciencia al nivel de las reacciones químicas, lo que viene a ser algo así como convertir una catedral gótica en un problema de mineralogía.
Culmina por la doble vía de la explotación racional y la integración funcional el proceso de instrumentalización, socialización y «acosmización» de la Naturaleza, con el beneplácito de todas las fuerzas sociales y con los ecologistas orgullosamente al frente.
La impugnación radical del sistema, la demanda de unos nuevos valores, la vuelta a la tierra, la búsqueda de la liberación total del individuo, la proyección hacia nuevos modos de vida, han desembocado finalmente en un cívico reformismo higiénico-sanitario, cuando no en fructífera comercialización del naturismo o en paranoica obsesión por el cuerpo y la salud. El «hombre nuevo» parece haber fenecido, ahogado quizá en los botes de pintura con que los ecologistas pretenden teñir de verde el turismo, la moda, el desarrollo, la empresa, el progreso y, en suma, el capitalismo y la modernidad. Triste destino el de un movimiento que nació pregonando su voluntad de construir un mundo nuevo y acaba reparando a toda prisa las grietas para tratar de impedir que se hunda el viejo.
Si el ecologismo aspira a sobrevivir ya participar en la formación de un núcleo de conciencia que pueda ser germen de una relación distinta con la Naturaleza, deberá redefinir íntegramente sus planteamientos y reelaborar desde una nueva perspectiva sus presupuestos teóricos, la naturaleza de su actividad y sus propósitos. En definitiva, deberá contemplar la relación Hombre-Naturaleza desde el ahondamiento en la más profunda realidad de ambos, orientándose hacia la búsqueda de una cosmovisión digna de tal nombre. Eso implica, de entrada, colocarse ante la Naturaleza en una actitud receptiva, más de meditarla que de escudriñarla, más de amarla que de ordenarla, más de abismarse en ella que de analizarla. y deberá tener en cuenta que toda pretensión de defender la Naturaleza que no cuestione, con rigor incendiario si es preciso, el progreso, la industrialización, el desarrollo, la tecnología –en suma, las bases mismas sobre las que se asienta la sociedad occidental contemporánea y que ninguna fuerza política se atreve a cuestionar–, tal pretensión, sea cual sea la apariencia de que se revista, no puede ser ya más que fariseísmo o banalidad.
10.- ORIGEN Y CENTRO
En la consumación de la ruptura definitiva entre Hombre y Naturaleza se encuentra un hecho de transcendental importancia: la pérdida de la conciencia de autoctonía, la desaparición de la solidaridad mística con la tierra natal (lo que nada tiene que ver con el nacionalismo ni sentimientos afines), que situaba al hombre en el espacio y le otorgaba un lugar en el Cosmos. Ese vínculo con la Tierra-Madre, que es algo más que una metáfora poética, hacía del hombre un ser centrado, es decir, situado en el Centro –en el Centro del Mundo de las antiguas cosmologías, que algunos confunden con el centro físico del Universo–. Su centro cósmico sostenía y alimentaba su centro interior. Sólo a partir de ese punto es posible la orientación, es decir, saber en que dirección está el Oriente. Por eso, situado en el Centro del Mundo, el hombre podía discernir el Oriente del Alma, la región por donde se levanta el Sol del Espíritu. Perdido el Centro, que cohesiona e integra, el ser humano, des-orientado, se fragmenta en una multiplicidad de opiniones y actitudes, residuos de un proceso de dispersión centrífuga qué ningún recogimiento viene a equilibrar.
Fijando al ser humano en el espacio, en su lugar, la conciencia de autoctonía le incorporaba a una realidad perdurable que le precedía y le sobrevivía, que lo prolongaba en las dos direcciones del tiempo cuantitativo y le permitía vivir su decurso como posibilidad salvífica. Mediante la integración en esa realidad perdurable, es decir, en la Tradición (término que pierde todo su sentido en el contexto profano), el hombre quedaba vinculado al Origen, a la vez que proyectado hacia su reactualización escatológica al Final del Tiempo; abarcaba así la totalidad temporal, con la posibilidad potencial de transcenderla y abrirse al eterno presente, al Tiempo Magno de los orígenes.
A milenios de distancia, el hombre actual consuma la caída edénica: expulsado entonces del recinto sagrado, y desterrado ahora, pues ninguna tierra, ni sagrada ni profana, puede sentir ya como suya. ¿Qué ser humano podría identificarse con un paisaje rasgado y entenebrecido por el asfalto, el hormigón y el hierro? Arrojado entonces a la muerte y entregado a la turbadora ambigüedad, del tiempo, hasta de ese tiempo se encuentra ahora privado. Sin pasado –del que reniega y con el que ha roto–, sin futuro –contemplado por él como aleatoriedad absoluta y, por tanto, Nada–, el hombre se debate convulsivamente en la tarea imposible de confiscar el instante. Nada hay en el tiempo que le pertenezca. El hombre moderno ya no tiene tiempo.
Sin tiempo y sin lugar, carente de Origen y de Centro, desarraigado de la Tierra y olvidado del Cielo, su mundo –su mundo interior y, en la medida en que alcanza a modificarlo, también su mundo exterior– no es ya un Cosmos sino un Caos.
11.- MUERTE Y RESURRECCION
Só1o la inercia –fuerza que transciende con mucho el ámbito físico– sostiene a Occidente en la existencia. Espiritualmente hablando, Occidente murió tras el Romanticismo; físicamente subsiste, sin duda, pero no como civilización, sino como innovadora y refinada forma de barbarie. Su desaparición física es ya una mera cuestión de trámites con la historia. Los signos de los tiempos revelan a quien sepa leerlos que, desde un punto de vista cualitativo –el único que, en última instancia, importa– estamos viviendo ya el final de un mundo, que la agonía se prolongue durante más o menos tiempo no pasa de ser un asunto secundario.
Los problemas a que Occidente se enfrenta en la actualidad no son difíciles, sino absurdos. Sus datos, distorsiones que los siglos convirtieron en pautas, sólo suscitan, a modo de soluciones, diversas modalidades de hundimiento. Ahí, todo posibilismo es matemática de la destrucción, y cualquier utopía que ignore el Espíritu, ensoñación vana, susceptible de coagularse en cualquier momento en pesadilla.
Con todo lo que tengan de lúgubre amenaza, no son los problemas medioambientales o la guerra nuclear –síntomas, a fin de cuentas– los que determinan las postrimerías de Occidente. El cataclismo ecológico o nuclear puede acaecer, por supuesto, pero Occidente moriría igual si así no fuese; y moriría, sobre todo, por falta de entidad, por carencia de ser, engullido por su vaciedad interior. Lo que comúnmente se llama «realidad» no es sino un colosal entramado de ficciones, mantenido en pie por el terrorismo de la publicidad y los medios de información, y alimentado por el «ciudadano medio», entregado a la superstición de la noticia y el culto a la exterioridad. Transcendiendo el orden de la individualidad, nada hay en el siglo XX digno de perdurar. Somos, sencillamente, superfluos. Una sociedad que hace de la gastronomía, la moda y el deporte sus divinidades domésticas, no supera los mínimos necesarios que confieren derecho a la existencia. Como ya hacía presagiar la caída del Imperio romano, Occidente será la primera civilización que muera de frivolidad.
Pero el trance no será leve, pues Occidente perecerá como ha vivido la historia de su decadencia: sin dignidad, sin la callada entereza de quien en soledad asume su destino, sino entre aspavientos y clamores, presa de convulsiones de posesión y tratando de arrastrar cuanto pueda en su caída. Con todo, no ha lugar al pesimismo. Que el mundo moderno se desmorone no puede ser sino motivo de gratulación, aun con el terrible dolor que la conmoción implique, para quienes mantienen viva su esperanza en la humanidad. y si era preciso consumar la Caída y llegar al punto más bajo en el descenso, habrá que convenir en que también la anomalía se integra de algún modo en el ordenamiento cósmico; cabe esperar, pues , que hasta las substancias más sórdidas que el progreso rezuma se transmuten, cual materia prima de la Obra alquímica, en las piedras preciosas que cimentarán los muros de la Jerusalén celestial.
A menos que lo. remedie la intervención divina, deberán pasar siglos, tal vez milenios, para que el planeta que habitamos se recupere de las heridas infligidas por el salvajismo moderno. No cabe sino asumir la responsabilidad en nombre de la humanidad, comprender el sentido profundo de la devastación y aceptar nuestra actual realidad de seres desarraigados y enajenados de la Tierra. Después, conjurando la arrogancia de los tecnólatras y la ignara sapiencia de los científicos, pedir perdón al Señor del Cosmos y, en silencio y con humildad, dirigir a la Naturaleza una mirada de amor en la que pueda reflejarse de nuevo, como en un espejo, el brillo empañado pero todavía mágico de su intrínseco Misterio.
En definitiva, habría que recuperar el antiguo espíritu geosófico. No es preciso inventar nada: la geosofía es una ciencia tan antigua como el hombre, ciencia soteriológica –que contemplaba la Naturaleza en su triple dimensión, física, sutil y espiritual– arrojada al olvido por la rebelión prometeica de la modernidad y su cientifismo vacuo. Tampoco se trata de desenterrar cadáveres. La trama oculta del mundo ya no es la misma que la de hace apenas unos siglos. La estructura del psiquismo cósmico se ha visto substancialmente alterada y el mundo físico es cada vez más impermeable a las energías superiores. Las leyes geosóficas de la antigüedad, así como sus aplicaciones, deberán ser actualizadas y reelaboradas en mayor o menor medida, pero el fin que la geosofía persiguió siempre no debe ni puede ser modificado: alcanzar la comunión espiritual con el Cosmos, recuperar el sentido de lo sagrado, aprehender la dimensión de eternidad que devuelva al ser humano ya la Naturaleza su pureza paradisíaca.
12.- EPILOGO
Aspirantes crónicos al Apocalipsis , tan sólo la catástrofe rutinaria parece a nuestro alcance. Y así seguimos, quitando el polvo a los muebles mientras esperamos la llegada anunciada del huracán que no dejará piedra sobre piedra. De la actitud interior depende que ésa sea una manifestación de cándida necedad, o el acto cabal del adorador que, con la seguridad de quien conoce la clave para restituir el hacer al ámbito del ser, lleva a cabo, con rigor implacable, la acción sacrificial que encierra en sí misma su razón de existir, única posibilidad de transcendencia sobre la compulsión pragmática y el imperativo ético.
Aunque la higuera no florezca,
ni en las vides haya frutos,
aunque falte la cosecha del olivo,
y los labrados no den mantenimiento,
aunque se acaben las ovejas del aprisco
y en los corrales no haya vacas,
con todo, yo me alegraré en Jehová
y me gozaré en el Dios de mi salvación.
Jehová el Señor es mi fortaleza,
Él hace mis pies como de ciervas
y en mis alturas me hace andar.
(Habacuc)
ni en las vides haya frutos,
aunque falte la cosecha del olivo,
y los labrados no den mantenimiento,
aunque se acaben las ovejas del aprisco
y en los corrales no haya vacas,
con todo, yo me alegraré en Jehová
y me gozaré en el Dios de mi salvación.
Jehová el Señor es mi fortaleza,
Él hace mis pies como de ciervas
y en mis alturas me hace andar.
(Habacuc)
Octubre de 1992.
Axis Mundi y «Cuadernos de la Naturaleza». Apartado nº. 25, 05400 Arenas de San Pedro, Ávila, (España).
http://***/geosofia/manifiesto.htm

