En Argentina el 36 por ciento de los jóvenes de entre 19 y 25 años que estudian el ciclo secundario no lo finalizó. Muchos aducen cansancio o desgano, pero entre quienes analizan el fenómeno hay quienes no dudan: a estudiar se aprende. Sólo es cuestión de poner en práctica ciertas metodologías.
A la cifra del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) acerca de que el 36% de los jóvenes de entre 19 y 25 años no completó la educación secundaria se le agregan las nacionales, que indican que el grado de abandono es del 10% en los primeros años del ciclo y del 20 en los últimos tres. En tanto, un estudio de la Universidad de La Matanza señaló que gran parte de los alumnos secundarios cuentan con serias dificultades para organizarse, escribir, expresarse, memorizar o asimilar consignas y comprender textos.
Pero como contrapartida, la solución a este problema por demás preocupante puede estar en una afirmación realizada por diversos estudiosos del tema: estudiar es algo que se aprende; y para aprender a estudiar hay que organizarse.
En este sentido, la experiencia indica que lo complejo no es enseñar al que no sabe, sino al que no quiere; o que los jóvenes que salen adelante son los que hacen culto al esfuerzo. Es cierto que el resultado final depende de las aptitudes personales, pero, también, de principios como la constancia y el orden. “Estudiar es una actitud de la mente y de la voluntad decidida a aprender de manera inteligente, decidiendo metas, seleccionando métodos, recogiendo la información pertinente, solucionando problemas, sopesando las opiniones, y criticando las propias ideas, como la de los demás. Estudiar es un oficio y un arte; hallar la manera correcta de emprender esta empresa batallará al fracaso escolar que nos domina”, opina Bernabé Tierno, psicólogo, pedagogo y autor del libro “Cómo estudiar con éxito”.
Sentido común, algo que no sobra
Coordinadora del Departamento de Familia y Aprendizaje de la Sociedad Argentina de Terapia Familiar (SATF) la psicopedagoga y profesora Lyliam Kunzi señala: “Si bien es cierto que, por condiciones personales, algunos apenas leen un texto, pueden expresarlo y explicarlo; hay, en cambio, quienes necesitan tiempo y estrategias para desarrollarlo”.
Profundizando en similar sentido, la profesora de Filosofía y directora del Instituto Elba Menecier, Belén de Marcos Menecier, opina: “En el ABC del estudio, tendríamos que empezar apelando al sentido común, que hoy nos está faltando. El primer requisito es un cuerpo en forma”. Y agrega a manera de ejemplo: “En un colegio de nivel medio se analizó el rendimiento del alumnado. Se les tomaron pruebas a nivel físico e intelectual, y se le preguntó qué habían desayunado. Muchos estaban en ayunas. Al tiempo, se repitió la prueba, pero con todos desayunados. Los resultados fueron impactantes. El estudiante no rinde bien si no satisface las necesidades básicas de alimento requeridas por el cuerpo”.
Para ella además es importante que el lugar en que se estudia no tenga elementos que distraigan, como teléfonos celulares o equipos de música, por nombrar algunos ejemplos.
Una base de tres puntas
Un ejemplo común a estos tiempos tiene que ver con el abuso del chateo o Internet, que influyen para que los adolescentes se queden despiertos durante la madrugada y comiencen la mañana cansados. “¿Cómo pretender que atiendan y entiendan las explicaciones? Es muy importante que duerman, mínimo, ocho horas. La reposición de energías es clave para recordar informaciones. Allí, los orígenes de los inconvenientes de memoria”, dice Menecier.
Pero como contrapartida a lo que no debe hacerse existe aquello que sí es recomendable, como tomar baños de agua tibia, caminar, no llevar a la cama preocupaciones personales, suprimir alimentos excitantes (chocolate, té, café, alcohol, especias), cenar liviano y temprano (no más allá de las 21), y no ingerir sedantes, somníferos o tranquilizantes.
Además es vital preparar los exámenes desde el principio del curso, estar al día con el temario y esquematizarse con resúmenes y apuntes.
El papel de los más allegados, como profesores o maestros y padres, tiene su importancia. La base del aprendizaje podría, entonces, constar de tres puntas: los alumnos, aplicando técnicas, y motivados; quienes educan, unificando criterios que colaboren con el estudiante y disfrutando al impartir su asignatura; y los padres, con su presencia activa.
Sólo así, con organización y unión, se podrán alcanzar de manera contundente y sencilla objetivos de vital importancia para estos tiempos que corren.
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