InicioApuntes Y MonografiasOlivera y la Vaga…cap 1
Pequeño prologo: Mientras releía "Rayuela" (y antes que el perro me robara el libro y se comiera desde la tapa hasta casi el final del capítulo tres) me sonaba vieja la palabra "tocadiscos" y cada vez que se repetía sonaba aún mas vieja, y me pregunté¿Como sería Rayuela si Cortázar la escribiera hoy cincuenta años después? ¿que cambiaría? Un verdadero delirio (y por supuesto salvando las distancias) que comienza como toda novela en su primer capítulo y en la ciudad de Buenos Aires...




"Cuando no estaba con ella o navegando por algún raro universo en los difusos límites de mi juicio, nos encontrábamos siempre a altas horas de la noche con “La logia del Rey Lagarto” en la costanera sur si el clima acompañaba, o en el bar de la esquina frente a la plaza Dorrego los fríos días de invierno o de lluvia, lugar que siempre se encuentra bien habitado por aquellos que les circula mayor cantidad de alcohol que de sangre por sus venas."


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Con la Vaga siempre tuvimos una regla básica y primordial, si bien sabíamos de nuestros domicilios no debíamos sofocarnos mutuamente golpeando uno la puerta del departamento del otro. Después de un tiempo de haberla conocido, de perseguirla y dejarla, y volver a perseguirla y volver a dejarla, afortunadamente o no y caminara hacia donde caminara, parecía inevitable pero ella siempre aparecía, aunque pensándolo más profundamente llegue a la conclusión que el circuito que recorríamos comparado con el tamaño de la ciudad de Buenos Aires quizás no era del todo extenso lo que lo convertía en una disimulada trampa para no evitarnos.

Su cabello castaño y sus grandes ojos se distinguían a cincuenta metros, a veces eran sus magnos lentes negros para evitar el sol irradiando un fino destello titilante, como si fuese una inevitable señal de satélite que decía aquí estoy, justo aquí. Nunca usamos teléfonos celulares, lo consideramos un verdadero fraude a la posibilidad de no encontrarnos y no vernos por un tiempo, y quizás reflexionar y a la vez correr el riesgo de llegar a la conclusión de que ya no nos necesitemos, o que ella o yo, o los dos, asumamos que meramente somos caprichos mutuos, apenas un simple pasatiempo el uno para el otro.

Lo hablamos hasta el empacho, lo nuestro no debe ser obligación, debe ser placer, solo placer; es que las obligaciones han sometido a nuestras pasadas generaciones y hoy someten a quienes no pueden o no saben interpretar como se mueven los engranajes de este mundo, que con el llanto de un bebé, sumado a una dosis de culpa y si con esto no alcanza le agregamos un simple examen de ADN, te condenan o al menos te condicionan a seguir un camino que no deseabas de antemano y que indefectiblemente no te conducirá a lo que entendemos por “felicidad” o “realización” o “plenitud” o “comoquierasllamarlo”.


Cuando realmente deseaba encontrarla, me movía en los horarios y las veredas que ella podría estar recorriendo para que parezca que todo mantenía un halo de simple casualidad y que el destino nos quería unidos, si no la encontraba era porque seguramente andaría por sus antiguos pagos en Adrogué, en la casa de su Madre que le cuidaba a Rebecca, su pequeña hija de dos años.

Cuando no estaba con ella o navegando por algún raro universo en los difusos límites de mi juicio, nos encontrábamos siempre a altas horas de la noche con “La logia del Rey Lagarto” en la costanera sur si el clima acompañaba, o en el bar de la esquina frente a la plaza Dorrego los fríos días de invierno o de lluvia, lugar que siempre se encuentra bien habitado por aquellos que les circula mayor cantidad de alcohol que de sangre por sus venas..

Los miembros de la logia no eran siempre los mismos, con el tiempo iban llegando unos y se retiraban otros, pero todos teníamos algo en común, éramos aficionados de una u otra manera a los Doors. Estábamos de acuerdo que debíamos abrir todas “las puertas” cerradas, para bien o para mal, y a patadas si fuese necesario.

Además de la música eran esenciales, la literatura, la filosofía, las ideas acerca de la vida misma que cada uno tenía, la logia no era para cualquiera, si se acercaba por casualidad un sujeto con distintas características, cosa que pasó más de una vez, automáticamente no encajaba y se iba de la misma forma que llegó, sin nada.


Caminamos las calles cuando ya las grandes hordas reposan para en pocas horas volver a su ritual diario de trabajo y más trabajo, cabe señalar que ninguno de los miembros de la logia nunca fue un adicto al mismo, y cada uno tenía su manera de conseguir dinero sin caer en la rutina diaria de “ser empleados de…” o “trabajar para…”, ya que en nuestra filosofía la definición de palabra trabajar es la que encontró el Albino en un viejo diccionario que decía:

Trabajar: Las palabras castellanas trabajo y trabajar, del castellano antiguo trebejare (esfuerzo, esforzarse), no derivan de la usual latina labor (que da las castellanas labor y laborar), sino de una tortura de la antigua Roma cuyo nombre era “tripalĭum” (tres palos) y del verbo tripaliāre que significa torturar o torturarse. Tripalium ‘tres palos’ es un vocablo del bajo latín del siglo VI de nuestra era, época en la cual los reos eran atados al tripalium, una especie de cepo formado por tres maderos cruzados donde quedaban inmovilizados mientras se les azotaba.
La relación entre trabajo y tripalium no es de pegar sino de sufrir. Cuando se inventó esta palabra la mayoría de la población trabajaba en el campo realizando esfuerzo físico y los hacía sentir como si hubieran sido apaleados.

Debería agregar que además de una tortura la consideramos como una pérdida de tiempo vital, sí, así como suena, “trabajar además de ser una tortura, es perder el tiempo…”.



La Vaga se sustenta con un dinero aportado mensualmente por parte de su madre (de allí su apodo impuesto por su propia progenitora) que además cuida de su hija Rebecca porque pesar de los veintitantos años de edad de la Vaga su madre no la considera lo suficientemente madura como para que otra vida dependa de ella.

Yo cobro una pensión municipal que me consiguió alguna vez mi estimado Tío Arnoldo, (médico oftalmólogo) al falsificar un certificado de salud que me acreditaba de padecer ceguera total y cada tres meses cruzo los dedos cuando voy a firmar la planilla de supervivencia al que por las dudas voy camuflado con mis anteojos negros y mi bastón de madera, dejando que la empleada me tome de la mano y me indique dónde debo hacer el garabato, y todos los meses cumplo con mi ritual (a pesar de ser ateo) de persignarme antes de introducir la tarjeta al cajero automático para que aparezca el dios dinero, que no es un gran caudal pero me alcanza para pagar el alquiler, los servicios y comprar algunos enseres básicos y libros usados y muy baratos en mis recorridos por las librerías de la ciudad, la última gran adquisición fue el “Fausto” de Goethe al precio de un paquete de pastillas de menta.

Para comer no gasto demasiado, ya que la fruta y la verdura la consigo gratis y para esto tengo mi propia estrategia, día por medio recorro a pie distintos barrios buscando alguna verdulería de esas que tienen los cajones en la vereda, ante el menor descuido de su dueño mientras atiende algún cliente me hago rápidamente de algún tesoro de la naturaleza y me pierdo en el anonimato de la ciudad, secando la gota de sudor y buscando la próxima víctima que de a poco me permitirá llenar la bolsa plástica de supermercado con mercadería fresca, alimento sano, ejercicio físico y una pequeña dosis de adrenalina provocada por un cuasi insignificante atraco que indefectiblemente pasará inadvertido para el ocasional damnificado.




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