InicioApuntes Y MonografiasLa chica irradiada capitulo 2

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Era tarde, y ya no quedaba nadie en el enorme comedor, salvo el personal de guardia y dos hombres con uniformes de oficial, que bebían juntos en la misma mesa.
La frente de uno de ellos tenía un brillo húmedo bajo la acogedora y metálica luz azulada de la sala, signo evidente de una borrachera en proceso.
-Mira esto –resopló, con la mirada vidriosa perdida en el líquido de su vaso-, ¿crees que es ese meado esterilizado y aprobado por la sección de higiene y alimentos? Eso… eso es veneno aguado que no le recomendaría ni a mi peor enemigo. No: yo estoy bebiendo licor casero confiscado a esos carroñeros de Yermo Capital. Al parecer, lo importa una mujer desde Point Lookout. Es un puñetazo en el estómago, ácido de batería... Un maldito artículo de lujo. Prefiero mil veces este matarratas irradiado antes que lo que nos obligan a beber aquí.
-Le creía de gustos más refinados… –sonrió su compañero. El mismo rango, sobrio y tranquilo, y con el vaso igual de empleado aquella noche.
El borracho se recolocó el flequillo de su anticuado y canoso peinado, lanzándole una mirada agresiva.
-No tengo el ánimo como para que me andes jodiendo, Hollbern –dijo.
-… y de lenguaje más educado.
-Me importa una mierda hablar mal, muy pronto nadie se atreverá a corregir mis modales –gruñó el primero-. Ni aquí ni en ningún rincón de ese vertedero de ahí fuera.
Hollbern volvió la cabeza a su alrededor muy despacio, buscando las omnipresentes esferas de acero y cristal, con sus visores y escáneres internos.
-Olvídate del peligro: esa tostadora parlante no nos oye –dijo el borracho-. Mi padre fue el científico jefe del Enclave, ¿crees que su hijo no sabe lograr total intimidad por unas horas cuando le hacen falta?
-Coronel Autumn –dijo Hollbern-, jamás se me ocurriría dudar de su compromiso para con el Enclave. En ese sentido somos hermanos, usted y yo. Lo sabemos nosotros, y lo sabe el presidente. ¿A qué viene esta reunión?
-John Henry Edén –masculló Autumn, apurando el último trago-. Esa consola de juguete tiene un discurso que suena tan rayado como sus propios ojobots de propaganda. Se avecinan nuevos tiempos, y en los nuevos tiempos debe haber discursos nuevos.
La tenue sonrisa de Hollbern decreció hasta convertirse en una mueca interrogativa:
-Con el alcohol suelen aflorar los peores pensamientos.
-No solo lo pienso: lo digo abiertamente –Autumn volvió a llenarse el vaso, sin ofrecerle la botella a su compañero-. Estoy a punto de capturar a ese científico vagabundo y a su hijo. En cuanto me consigan el G.E.C.K., la toma del Purificador de agua será puro trámite. Pero habrá guerra: ten por seguro que la Hermandad del Acero no se rendirá sin luchar.
-No habrá impedimentos en ese sentido.
-Nuestro amado presidente es el único y principal impedimento, Hollbern. ¿No lo entiendes? Su sistema está atrapado en un tiempo que hace siglos que no existe, y que nunca volverá; un bucle desfasado del que le es imposible escapar. Alguien debe liberarlo de su inconsciente sufrimiento para que podamos progresar en nuestras estrategias.
Hollbern se irguió en su asiento de manera marcial.
-Coronel, sabe que no voy a tomar parte en un golpe de estado –dijo. Su tono era tranquilo, al igual que su respiración. Sus pupilas, dos afiladas agujas clavadas en el rostro de su interlocutor-. No traicionaré al Enclave.
Autumn sonrió para sí mismo, enfrascado en encharcarse el estómago todavía un poco más. Una gota resbaló por su barbilla y se la limpió con el dorso de la mano. Otra gota diferente, de un sudor no provocado por el acaloramiento etílico, descendió por su sien.
-Sabes que todo el mundo te tiene miedo aquí… incluso yo, en ocasiones; debo reconocerlo. Tu trabajo en Raven Rock es arte. Y ese tratamiento experimental que has decidido seguir… No soy tan estúpido como para hacer que te enfades conmigo. No te pediré que traiciones al Enclave –dijo-. Porque el Enclave somos tú, y yo. Seres humanos. Tú y yo, Elías: no una vieja mentira digital. No lo olvides.

***

“No lo olvides. Fueron las últimas palabras que el jefe de nuestro desaparecido ejército, Augustus Autumn, me dirigió estando con vida. Poco tiempo después, su ambicioso plan se vino abajo. La querida e inexpugnable fortaleza de Raven Rock, bastión del progreso tecnológico y científico de la humanidad, fue destruida por las mentiras de un intruso y la locura del presidente. Sin el aliento de John Henry Edén, el fuego de la Hermandad del Acero y los renegados indígenas de Yermo Capital devoró por completo a nuestra imponente maquinaria bélica. Buenos hombres y buenas mujeres, fieles a su especie, masacrados por el sinsentido y la locura de una chusma sin esperanza ni moral. El coronel Autumn murió despedazado ante el Purificador, y su sangre tiñó el agua del que hoy disfrutan todos los miserables y criminales de las tierras baldías de la superficie. Es mi deseo que, al igual que yo, ninguno de vosotros lo olvide nunca: sois el legado del Enclave. Sois la Facción Hollbern. Sois la última esperanza de la raza humana”.
La iluminación de la sala aumentó ligeramente, una pulcra penumbra azul. Suelos de metal. Paredes de hormigón reforzado. El eterno ronroneo eléctrico del sistema de aire y temperatura. Una fila perfecta de muchachos jóvenes de ambos sexos, vestidos de uniforme. Todo color negro, sin distintivos.
Los altavoces no volvieron a hablar, y en mitad del silencio uno de ellos no pudo reprimir la mueca de un bostezo.
Entonces la mano se posó en su hombro desde atrás, firme y helada.
-Te aburres.
Nadie le había oído entrar. El color desapareció del semblante del chico como si la sangre le acabase de ser drenada de golpe. Sus ojos se desencajaron y encogió los hombros por instinto, con un violento temblor que no duró más de un segundo. Como golpeada por una onda expansiva invisible, toda la fila enderezó las columnas vertebrales y comprimió los brazos, perfectamente rectos, contra los costados.
El coronel Elías Hollbern evitó que pudieran percibir su sonrisa enorgullecida. Traspasó la formación de inmaduras cabezas y a dos metros de distancia giró sobre sus talones para mirarlos a los ojos uno por uno. En aquellas grandes e inocentes pupilas se reflejó su altísima figura, vestida de negro impoluto al igual que ellos, con las enguantadas manos a la espalda. Sus brillantes botas, la larga gabardina, la gorra de oficial… nada de eso les hizo estremecer tanto como sus marcadas facciones de estatua antigua y sus pupilas semejantes al mármol viviente.
-No tendréis oportunidad de aburriros a continuación –les aseguró; su voz, extrañamente más poderosa en persona-. Hoy aprenderéis. Os daré una lección importante que debéis memorizar. La humanidad de vuestros corazones os abrirá cualquier puerta, pero no os servirá de nada contra las criaturas sin conciencia. Quiero que observéis sin perder detalle. El, o la que bostece, pasará una semana en aislamiento preventivo sin fuente de luz alguna, para que pueda descansar adecuadamente del tedio que supone escucharme.
Sonó un chasquido y un sistema hidráulico se puso en marcha. Elías Hollbern dio la espalda a la fila, y todos vieron un robusto brazo articulado haciendo descender un gran tubo cilíndrico en mitad de la sala, donde quedó limpiamente aposentado con un golpe sordo. Era de cristal y metal blindado, y estaba diseñado para albergar a criaturas mucho más grandes que una persona adulta. Cuando vieron lo que contenía, alguno de los niños dejó escapar un gemido de miedo.
Aún sumida en la parálisis neural provocada por los nódulos umbilicales sujetos a su cabeza, la criatura exudaba violencia y ansia caníbal. Era alta, mucho más que el propio coronel, y todos sus músculos parecían haber sufrido una violenta y repentina explosión de crecimiento desigual. Le habían quitado sus ropas confeccionadas a base de despojos humanos y trozos de neumático, y su piel gris verdosa se mostraba surcada por viejas cicatrices, dentelladas, abrasiones y agujeros de bala ennegrecidos. Su rostro, de labios y mejillas desgarradas, había sido congelado por la deformidad en un eterno gesto demoníaco.
-Esto, mis pupilos, antes una persona como cualquiera de vosotros, es una creación estándar del VEF –anunció Hollbern-, el virus de evolución forzada. Lo que comúnmente se denomina un supermutante. Su cerebros no abarcan nada más allá de un instinto carnívoro y un primitivo sentimiento de grupo, con la excepción de un pequeño porcentaje de ellos capaces de razonar e incluso articular un lenguaje elaborado. He aquí uno de esos excepcionales casos. Ahora os mostraré los cinco pasos mediante los cuales la Facción obtiene información de estas criaturas, estos monstruosos errores que asolan nuestra tierra desde mucho antes del nacimiento de vuestros abuelos.
Como si la misma voz del coronel tuviese el control sobre las instalaciones, al concluir su pedagógica exposición la cámara cilíndrica emitió un siseo de oxígeno. Dos secciones del cristal reforzado se replegaron hacia los costados, y los gruesos grilletes blindados se abrieron al unísono. Los nódulos umbilicales, como finos tentáculos con vida propia, se despegaron del cráneo de la cosa, y entonces esta abrió los ojos.
Su aullido de rabia inundó la estancia e hizo temblar las paredes, el techo, el suelo, y a cada uno de los chicos y chicas en formación. Solo Elías Hollbern permaneció ajeno a los efectos del grito. Aprovechó para deshacerse de la gabardina en un solo y rápido movimiento mientras el coloso surgía de su estrecha prisión, y la dejó en las manos del joven del bostezo. La perfecta línea de aprendices acabó por romperse; no pudieron evitar retroceder por instinto.
-Primer paso –dijo Hollbern-: detener su avance.
El hombre desapareció en el aire. O los niños creyeron verlo desaparecer. Sonó un tremendo crujido, y la ira emitida por la garganta del supermutante se transformó en pura agonía. Cayó de costado al suelo, haciéndolo retumbar como si se hubiese desplomado un edificio entero. Su gruesa rodilla derecha, tan dura como una roca, acababa de partirse hacia atrás formando un sangrante ángulo recto, con un vértice hecho a base de astillas de hueso y negra médula derramada.
El coronel hizo crujir sus nudillos erguido junto al monstruo, observando a este sin ninguna clase de emoción:
-Segundo paso: conseguir que nos escuche.
Los engarfiados dedos verdosos trataron de agarrar sus tobillos, y entonces Hollbern golpeó de nuevo. Dos rápidos y acompasados puñetazos descargados de arriba a abajo con la fuerza de una maza. Los hombros de la criatura se resquebrajaron sin resistencia.
-¡Para ya! ¡Para! –gimió el ser entre alaridos, con su escalofriante y gutural voz humana-. ¡Detén dolor!
La sonrisa de Hollbern alcanzó su punto álgido. Volvió la cabeza para mirar a sus chicos, que habían pegado las espaldas a la compuerta de entrada a pesar del temor reverente que le tenían a él y a desobedecer sus órdenes.
-Formad, mis pupilos –dijo con amabilidad.
Recuperando la compostura a marchas forzadas, el grupo de asustados niños vestidos de negro volvió a sus puestos. Había terror en sus caras empalidecidas, pero por encima del terror sobresalían otras cosas: concentración y expectación.
-Tercer paso –continuó el coronel-: hacerle saber qué es lo que necesitamos de su inmunda existencia.
Se agachó al lado de la postrada y sollozante cabeza calva del engendro, y posó sobre ella una de sus enguantadas manos:
-Háblanos, pobre alimaña carroñera. ¿Dónde está ese al que llamáis Razor?
El balbuceo del supermutante no se hizo esperar:
-¡Razzo, no conocemos! ¡En mi tribu no Razzo! ¡Solo oír hablar de él! ¡Por favor, detén el dolor!
Hollbern palmeó afectuosamente su cabeza. Con la mano libre atenazó uno de los grandes pulgares de aquellas manos inertes, y empezó a retorcerlo. Lo giró sobre sí mismo, lo desencajó y tiró con insistencia, como si fuese una vieja raíz muerta anclada a las entrañas de tierra seca del Yermo. Finalmente, con un desagradable sonido de desgarro, el dedo cayó al suelo empapado en sangre.
-¡Para! ¡Para! ¡Para! –lloró el engendro-. ¡Dime qué querer saber de Razzo! ¡Yo no sé nada, pero diré todo!
-Eso está mejor –dijo Hollbern-. Observad que ya hemos llegado al cuarto paso: conseguir que colabore por sí mismo. Ya puedes empezar, pon en marcha ese pequeño cerebro que tienes: ¿hacia dónde viste dirigirse al grupo de Razor por última vez?
-¡No sé seguro! ¡Ellos y nosotros compartiendo carne de hombres con armadura, última vez en ruinas de ciudad grande! ¡Nosotros nos quedamos criando hermano mayor para poder entrar en torre de hombre habla mucho! ¡Ellos partir hacia el oeste! ¡Razzo, da miedo, sin cara ni ojos, todo ser negro! ¡Grande misión en el oeste! ¡Cassy! ¡Secreto en Esmi Cassy, eso es!
El hombre pareció por fin satisfecho. Se irguió de nuevo y caminó hasta los aprendices para recoger y ponerse la gabardina otra vez. El humor reflejado en su semblante era excelente.
-Ya está, mis pupilos: la clase de métodos de interacción con el Yermo ha terminado por hoy. Me alegra ver que no habéis perdido detalle, y que no os habéis aburrido con la lección. Podéis volver a vuestras actividades de la mañana.
Los chicos y las chicas, firmes y quietos como piedras, tenían la auténtica actitud de unos alumnos colmados por algo más que la información.
-¡Por favor! ¡Ven aquí y detén ya mi dolor! ¡No aguantaré dolor más!
-¿Señor? –susurró uno de los jóvenes mirando a Hollbern-. ¿Cuál era el quinto?
El coronel interrogó al aprendiz con la mirada:
-¿El quinto?
-El quinto y último paso –dijo una niña.
Hollbern meditó durante un segundo.
-Ah, sí. Tenéis toda la razón, jovencitos. Toda la razón.
Caminó hasta el convulso y descoyuntado cuerpo del supermutante.
-Por favor… -repitió éste, agotado-. He hablado todo lo que querías. Detén el do…
El talón de la bota de Hollbern descendió en seco sobre la base de su nuca, triturando las vértebras y acallando su voz de forma definitiva.
-Quinto y último paso –dijo el coronel-: concluir la conversación. Buenos días, mis pupilos.
Un minuto después la estancia del interrogatorio quedó vacía de vida, excepto por él mismo. Cuando estuvo solo se colocó un diminuto y estilizado intercomunicador en la oreja, y habló dirigiéndose a la acogedora penumbra de color azul metalizado:
-Topografía del sector oeste de Washington D.C. Analizad la grabación de voz del sujeto VEF, si es necesario. Revisad los informes ojobot de migraciones sospechosas de tribus en esa dirección durante el último período de búsqueda, por pequeñas que sean. Quiero mi vertibird listo: en cuanto tengáis algo, partiré en persona.
Una voz inflexible y eficiente respondió en su oído:
-Recibido, señor.
Elías Hollbern sacó entonces de su bolsillo un compacto inyector con una cápsula de líquido rojo en su interior, y hundió la aguja en su muñeca izquierda mientras permanecía allí de pie, profundamente pensativo, junto a los restos del supermutante.

***

El doctor Church estaba revisando unos viejos documentos de papel en el escritorio cuando ella entró en la consulta.
-Por fin estás aquí, Val. Hace rato que te esperaba –dijo.
La chica se apresuró a dejar todo el cargamento que llevaba en brazos sobre una estantería de aluminio oxidado, señalizada con desigual letra acrílica de color negro como “dispensario”: jeringuillas de estimulantes, centenarios paquetes de gasas, bolsas de suero RadAway y antibióticos. Habló en tono de disculpa mientras lo ordenaba todo con rapidez y eficiencia en los distintos compartimentos:
-Siento el retraso, doctor Church. Ese caravanero no tenía todo lo que necesitábamos, y además nos ha cobrado más de la cuenta. Creo que no formaba parte de los comerciantes asociados de Canterbury Commons. El precio de las dosis antiradiación está por las nubes, qué rabia. Solo he podido traer cuatro; creo que no nos bastarán ni para atender a los miembros de los Hijos de Átomo durante esta semana…
Church guardó, sin mirarlo, el recibo que la joven le dio en mano:
-Olvídate de eso, Val. Yo me encargaré a partir de ahora. Tengo que encomendarte una misión muy importante.
-¿Hay que sacrificar otro brahmán enfermo? –dijo ella, preocupada.
-No. ¿Has oído algo acerca de la forastera recién llegada?
-¿La que usted atendió ayer, doctor? Dicen que se llama Reynd. Hay mucho revuelo en la cantina de Moriarty desde que está aquí. ¿Le ha pasado algo?
-Pronto va a salir de viaje –dijo Church-. Necesitará a gente que sepa usar armas para que la acompañe. Quiero que vayas al negocio de Jenny Stahl y que traigas aquí a esos dos que no hacen más que malgastar chapas a diestro y siniestro.
Las cejas de la chica se alzaron solas.
-¿Se refiere a… Montana Jr. y Khan?
-Esos mismos. Y mejor si te das prisa.
-Sí, doctor –asintió Val, antes de volver a salir a la plaza de barro de Megatón.

***

Semanas antes, un solitario Khan atravesaba el arrasado perímetro de entrada que conducía hacia el monte Raven Rock.
En su ascenso se topó con vallas destrozadas y restos calcinados de vertibirds, los mortíferos vehículos de ataque aéreo del Enclave. Vio también servoarmaduras negras semienterradas en el fango y la ceniza, despedazadas y con algún hueso asomando todavía de su interior. Solo quedaba aquello que las sabandijas terrestres del Yermo no habían podido llevarse con los dientes.
Con los brazos cruzados bajo el raído guardapolvo gris, subió por los erosionados senderos hasta que el terreno no le dejó avanzar más. Llegó a lo que parecía haber sido la entrada a una cueva hecha por la mano del hombre, y aunque estaba completamente taponado por un antiguo derrumbe, todavía podían discernirse las ruinas de un pórtico acorazado.
En lugar de los centinelas armados de la desaparecida base, ahora una pequeña banda de supermutantes patrullaba la explanada, con varias hogueras encendidas y sacos de carroña sangrante como símbolos territoriales.
Khan se deslizó sin ser visto de un montículo de basura bélica a otro, hasta alcanzar el hogar del engendro jefe: cuatro estacas de acero clavadas en el suelo que sostenían una enorme y deshilachada lona verde, toda ella salpicada de sangre y trazas de vísceras ya endurecidas al sol. El supermutante, cobijado a su sombra, permanecía sentado en el suelo y con las piernas cruzadas, mientras empleaba toda su atención en eviscerar con sus manos a un pequeño animal todavía vivo. Los últimos chillidos de la criatura ocultaron el sonido de las botas del hombre al aproximarse.
-Hola, amigo –saludó Khan, tocándole un hombro.
El sobredimensionado monstruo se levantó al instante y lo encaró con un profundo rugido, soltando la informe masa roja que apretaba entre sus dedos. Era dos veces más ancho que una persona, y su excepcional altura sumía a Khan completamente en su sombra. El pecho y los brazos del inhumano caníbal estaban libres de la típica armadura hecha de retales de acero, y solo lucía arcaicos brazaletes de cuero humano y correajes robados a sus víctimas.
El hombre sonrió de manera afable:
-Por tus pintas, tú debes de ser el que manda aquí.
Los ojillos del supermutante, casi enterrados entre los tensos pómulos y un entrecejo macizo, lo estudiaron con detenimiento; valoraron su estatura, enorme para ser humano, y sus robustos brazos. Se fijaron en sus ropas de cuero color marrón bajo el guardapolvo, y en sus puños vendados y sin armas. Finalmente se centraron en el rostro de Khan, ancho y de nariz escueta y poderosa, rematado por un cráneo rapado, unas gafas industriales de cristales negros sujetas a su frente y una voluminosa barba oscura.
-¡Oh, humano estúpido! –gruñó y rió a la vez, dominado por un eterno cóctel de furia y estupefacción-. ¿Cómo te atreves a entrar aquí? ¿Y cómo se atreven los imbéciles a dejarte entrar?
Khan ignoró su ensordecedor y apestoso chorro de voz.
-Sólo necesito unas indicaciones y me iré por donde he venido –dijo-. ¿Por casualidad has visto a un zombi parlanchín deambulando por aquí últimamente?
El cacique supermutante apretó los puños al instante:
-¡Yo sí, pero tú lo único que vas a ver es el fondo de un caldero!
Khan negó con la cabeza mientras retrocedía un paso:
-Esa no es la respuesta que quería oír.
El monstruo abrió los brazos y los descargó sobre él con toda su fuerza… aunque no logró golpear más que al aire. Habiendo flexionado las piernas previamente, Khan se impulsó hacia arriba y la palma de su mano impactó contra la mandíbula de la bestia, provocando con ello una lluvia de dientes rotos. Sin darle tiempo a gritar de dolor, el hombre plantó los pies firmemente en el suelo y hundió los nudillos en la sien del líder.
Este se desplomó sin queja alguna, muerto antes de tocar tierra. Fue el ruido que causó al caer lo que alertó al resto de sus congéneres.
Khan vio cómo aullaban al cielo, echando mano de sus anticuados rifles de caza.
-¡Maldito sea mi mal karma!
Acorralado por él mismo en mitad de la explanada, no pudo hacer nada más que prepararse para recibir los balazos. El único supermutante sin armas de fuego empuñó una bestial maza de hierro y corrió directamente hacia él, bramando y babeando. Khan inspiró con fuerza, posicionándose para un último y desesperado ataque cuerpo a cuerpo.
Entonces comenzaron los disparos, uno tras otro, frenéticamente seguidos… Ninguno de ellos surgido de los rifles de las criaturas.
-Ya era hora… -susurró Khan.
La frente del supermutante de la maza se convirtió en pulpa atomizada al viento, y mientras caía atropelladamente aún en carrera, los cráneos de sus compañeros sufrieron una reacción parecida. Ninguno de sus precarios cascos remachados evitó los estallidos de masa encefálica ni la aparición de surtidores de sangre a presión.
Tan rápido empezó el caos como terminó. Khan observó la masacre, mientras se quitaba una esquirla de cráneo de la mejilla con una mueca asqueada.
-¡Parece que esta vez te han pillado con los calzones en los tobillos, socio! –dijo una voz, áspera por el efecto del tabaco.
Se desprendieron unos cascotes, y un segundo hombre bajó hasta la explanada desde su escondite en la acumulación de rocas. Era un tipo delgado y más bajo que Khan, de peinado similar aunque con una cuidada perilla en lugar de barba, pertrechado con un mono de trabajo modificado una y mil veces para la vida en el Yermo. Empuñaba con soltura un poderoso rifle de francotirador, de cuyo cañón todavía brotaba un hilo de humo.
-Unos segundos más y me hubieran crujido el espinazo, Montana –aseguró Khan.
Su compañero, con una reluciente sonrisa socarrona, negó con la cabeza:
-Conmigo asegurando la zona, eso no pasará nunca. ¿Ha llegado a decirte dónde está Pierce?
-No ha dicho nada de utilidad –resopló el enorme guerrero.
Oyeron un gemido ahogado, procedente de la ruinosa y ensangrentada tienda de campaña. Ambos miraron en dirección al ruido al mismo tiempo, y Montana apuntó con el rifle hacia las sombras del interior:
-¿La rata topo de la merienda del jefe?
-No creo –aventuró Khan-. Revisemos la pocilga.
Escudriñaron dentro del refugio del cacique supermutante muerto e inmediatamente hallaron la procedencia de aquellos sonidos: atado de pies y manos, amordazado y con uno de sus amarillentos ojos feamente hinchado de un puñetazo, el necrófago yacía encerrado dentro de una improvisada jaula hecha a base de carritos de aluminio encadenados entre sí.
Los dos hombres se agacharon para observarlo más de cerca.
-Vaya, por fin nos encontramos, señor Pierce –sonrió Montana-. Ahora, caminata hacia Paradise.
-No, espera –dijo Khan-. Ya viste cómo nos pagó ese malnacido de Grouse por devolver al tal Escudo al redil. Con la excusa de que había sido parte de su organización y no un tipejo al uso, nos dieron solo la mitad de chapas. Esta vez haremos subasta.
Montana arrugó el ceño.
-¿Subasta?
-Seguiremos el camino del lecho del río hasta la Ciudadela –explicó el gigantón-. Este trozo de magro arrugado ha reventado ordenadores y robado información de una punta a otra del Yermo. Creo que hasta la Hermandad del Acero está cabreada con él. Veremos qué nos ofrecen. Si no nos convence el trato, probamos suerte en Megatón.
-¡Venga ya, Megatón es una zanja de fulanas viejas! ¡Y encima tienen esa bomba! –se quejó el francotirador.
-No quiero ir hasta Canterbury Commons –dijo Khan-, está demasiado al nordeste, y ya sabes las leyendas que se cuentan sobre aquella zona.
-Justamente en Canterbury tengo un par de tetas esperándome. Me haces la puñeta, socio.
Khan levantó las palmas de las manos en gesto conciliador:
-Tenemos que ser realistas. No podemos perder la oportunidad de entregar a este en un buen sitio. Podrían echársenos encima los demás buitrones.
-Esta es una maldita profesión al alza, maldita sea –dijo Montana, escupiendo en el polvo-. Vale: Megatón como opción ”b”. Pero como nos insinúen menos de dos mil chapas cojo a este idiota y lo estrello en Paradise Falls de una patada en el culo, y me da igual si te gusta aquello o no.
-Trato hecho, socio –asintió Khan.
-Trato hecho entonces.
El tembloroso y magullado necrófago, aún dentro de su incómoda jaula individual, los observó chocando un puño contra el otro en señal de camaradería. Luego tragó saliva al ver el collarín de acero que iban a ponerle.

***

“Tienda de recambios Craterside”, leyó Reynd en la pared de viejo aluminio de la tienda. Entró y lo primero que percibió fue el olor a combustible quemado, entre otros aromas químicos poco recomendables para los pulmones. Oyó a alguien toser, y de pronto una mujer con ropas de mecánico surgió de entre una vaharada de vapor, procedente de una pequeña habitación cerrada.
-¡Ah, hola! –dijo, mientras daba manotazos para dispersar la nube blanca que la rodeaba-. Tranquila, puedes respirar normalmente, te lo aseguro… No eres asmática, ¿verdad?
Parecía algo mayor que Reynd; llevaba el rojo cabello muy estirado hacia atrás, sujeto en un improvisado moño, y sus ojos, curiosos en extremo y ligeramente fanáticos, la miraban con una jovialidad natural.
-¿Eres Moira Brown? –preguntó la ex-mercenaria.
La chatarrera asintió con una última tos, frotándose la grasa negra de las manos con un trapo viejo; Reynd observó unas cuantas quemaduras y cortes cicatrizados a lo largo de sus antebrazos.
-Esa soy yo. ¿Qué necesitas? Tengo de casi todo, y puedo arreglar casi cualquier arma.
-¿También podrías devolverle la vida a esta cosa? –dijo Reynd, mostrándole el brazalete.
El rostro de Moira se iluminó por la sorpresa:
-¡Anda, un pipboy! Hacía años que no veía uno rondando por Megatón. No desde que… Un momento, ¿te lo has quitado tú misma? ¿Procedes de un Refugio?
-No es mío –respondió Reynd-. Era de mi... pareja. Se quitó la vida y me dejó a mi suerte. Yo decidí llevarme al menos esto como compensación.
La sorpresa de la dueña de la tienda se esfumó, sustituida por la consternación.
-Cientouno, ¿no es así?
-El mismo –dijo Reynd-. Ya me han contado que estuvo aquí hace unos tres años, poco antes de que estallase la guerra entre la Hermandad y el Enclave. Al parecer era más famoso de lo que me había dado a entender.
Moira estudió el pipboy y pasó un dedo lentamente por su pequeña y polvorienta pantalla. Parecía estar recordando viejos tiempos:
-Yo lo conocí muy bien, fui de las primeras personas de Megatón con las que trató nada más salir del Refugio Ciento Uno. Era un chaval despistado, fuera de lugar, pero voluntarioso como ningún otro. Él fue el que me ayudó a terminar mi “Guía de Supervivencia del Yermo”. Aprendió rápido a desenvolverse solo. Supongo… supongo que la desesperanza pudo con él al final.
-No lo compadezcas demasiado –dijo Reynd con gesto amargo-. Fue un mal padre.
-¿Llegó a tener algún hijo?
-Por lo menos a mí me dejó uno en la recámara sin saberlo, antes de matarse.
-Vaya…
-¿Podrías reparar su pipboy, Moira? Va a tener que redimirse con eso desde la otra vida: el sheriff Simms me ha contratado para una búsqueda que parece importante para esta ciudad. Y solo puedo hacerlo con este aparatejo.
La chatarrera pareció comprender instantáneamente:
-Las coordenadas en la holocinta de ese Burke… ¡El pipboy va a ser el radar! Dalo por hecho. Necesito solo un par de cosas…
Moira rebuscó bajo el mostrador de la tienda. Chasqueó con la lengua. Movió cajas y embalajes en las estanterías, y luego subió a la segunda planta:
-¡Ah, aquí está!
Regresó con la ex-mercenaria llevando en brazos un cajón de madera. Lo dejó en el suelo para arrastrar una vieja mesa de jardín redonda hasta allí, junto a un par de sillas desconchadas.
-Siéntate mientras preparo todo esto, por favor. Por cierto, ¿cómo te llamas?
-Soy Reynd.
-Es un nombre chulo, no abundan las Reynds.
-Fue cosa de mi madre. De ser por mi padre, me habría tenido que contentar con un número tatuado en la nuca.
Moira terminó de colocar el contenido del cajón sobre la mesa. Había una maraña de cables, dos baterías modificadas, y un panel de control, peligrosamente parecido a un detonador, conectado a todo el conjunto. La chatarrera apretó un par de tuercas y comprobó los parches de cinta aislante de aquél pastiche mecánico.
-Perfecto –dijo -. Empecé a trabajar en ello justo después de editar la Guía. La verdad es que siempre he envidiado a la gente de los Refugios: poder ir por ahí con un mapa holográfico portátil en tiempo real… ¡y además con sintonizador de radio!
-¿Para qué sirve todo esto? –preguntó Reynd.
-Es un terminal de recarga. Artesanal, claro. La increíble tecnología de la empresa Vault-Tec me ha fascinado desde niña, aunque por desgracia no hay casi nada de ella en venta por el Yermo; construí este aparato a partir de unos planos incompletos que le compré a Wolfgang el Loco, completamente originales, y le añadí una gran dosis de imaginación. Esperaba poder utilizarlo como base para después intentar construir un pipboy casero, pero parece que eso queda bastante lejos de mi habilidad como inventora. Como mínimo debería servir para reactivar el tuyo. ¿Quieres que lo probemos?
-Adelante.
Moira desplegó una colección de destornilladores, y tras un par de minutos y unas tuercas nuevas logró ajustar el brazalete al antebrazo izquierdo de Reynd.
-Una vez colocado, no puede quitarse –dijo-. Los pipboy 3000 son sumergibles, y resisten tanto a los cambios de presión como de temperatura, pero deben estar en permanente contacto con el portador para poder mantener la configuración de activación y permitir una actualización constante de los signos vitales del mismo. ¿Lo entiendes?
-No mucho.
-Resumiendo –Moira conectó los cables del cacharro de la mesa con los bornes del brazalete-: que si decides quitártelo, o por alguna razón… pierdes el brazo, se desconectará por sí solo como medida antirrobo.
-Alentador. Gracias, Vault-Tec.
Moira hizo crujir sus dedos, y luego se puso a los mandos del ominoso panel con forma de detonador:
-¿Lista? ¡Insuflando energía, primer intento!
Accionó las palancas. No sucedió nada.
-El paciente sigue en coma, doctora –dijo Reynd.
Moira reajustó los diales de potencia, se mordió la lengua y probó de nuevo.
Reynd la miró y negó con la cabeza:
-Y seguimos igu… ¡Ahh! ¡Joder!
Sonó un chispazo, y los mechones rubios sueltos de la chica se alzaron como serpientes durante unos segundos.
-¡Lo siento! ¡Lo siento! –la chatarrera subió las palancas. Revisó cables, diales, y la temperatura de las baterías. Lo reajustó todo cuidadosamente-. Tiene que salir en este intento. O ahora, o nunca.
Reynd cerró los ojos con fuerza, con todos los músculos en tensión. Moira volvió a probar suerte.
Entonces sonó un dulce pitido digital. La pantalla rectangular del brazalete se iluminó con un resplandor verde, mostrando un texto de bienvenida sobre la utilización básica del pipboy modelo 3000, cortesía de la empresa Vault-Tec.
La chatarrera saltó de la silla:
-¡Ha funcionado, sabía que lo haría!
-Me creía manca –Reynd sonrió-. Parece que ha resucitado, qué suerte.
Entre las dos trastearon con los botones y el pequeño dial del pipboy, hasta que encontraron el menú de opciones del mapa virtual y la manera de introducir nuevas coordenadas.
Cuando estuvo satisfecha con las pruebas, la joven ex-mercenaria se puso en pie:
-Ahora solo me falta volver con Simms y probar las cifras de la holocinta. ¿Cuántas chapas te debo por tu tiempo?
-No me debes nada –dijo Moira, recogiendo las partes del terminal de recarga-. Vaya, por la ayuda que me prestó en su día Cientouno. Además, me has permitido entretenerme un rato con algo que me encanta: una no tiene la oportunidad de resucitar buena tecnología todos los días. Espero sinceramente que el pipboy te ayude a encontrar ese sitio; mucha gente en Megatón tiene un miedo terrible a lo que se insinúa en la holocinta, no sé porqué. Lo único que sé es que el miedo siempre es un impedimento para los avances en cualquier campo de investigación. Así que si los libras de ese miedo, me estarás ayudando a mí también.
Reynd volvió a cargar con la mochila y las armas, y después le estrechó la mano antes de salir de la tienda.
-Gracias por todo, Moira –dijo-. Si tengo la suerte de regresar de una pieza, acudiré a ti para redecorar la choza que Simms y los otros me han prometido como pago.

***

Un pequeño y coqueto barrio residencial, distribuido alrededor de un diminuto parque de césped en forma de círculo. Todo teñido de los colores sepia de las películas antiguas: casas, asfalto, hierba, cielo, y la niña. Una niña solitaria, con vestido de faldones y flores en el pelo, únicamente acompañada por la infinita tonadilla infantil reinante en el aire del lugar.
Una niña que rugió con voz de viejo en cuanto descubrió al visitante, provocando una ensordecedora onda eléctrica a su alrededor.
Al ver que la violenta descarga ni siquiera había movido la gabardina del desconocido, dio un paso atrás, asustada.
-¡¿Quién demonios eres tú?! –chilló con repelente voz de niña.
-Soy un admirador suyo, un estudioso de sus logros a lo largo de la historia –dijo Elías Hollbern-. Jamás hubiese podido imaginar que me encontraría con el Refugio Ciento Doce aquí abajo, y mucho menos con el legendario “Hechicero de Vault-Tec”: el ilustre Stanislaus Braun.
-¡Bastardo! –rugió ella, retornando a la cascada voz masculina-. ¡Yo ya no me llamo así! ¡Mi nombre es Betty! ¡Largo de mi mundo! ¡Déjame sola!
Hubo un segundo estallido de electricidad. De nuevo, el coronel ni siquiera se inmutó.
-No se esfuerce, doctor Braun –dijo-. Estoy conectado desde un nódulo unidireccional seguro: tranquilícese o me veré obligado a congelar su memoria y llevármela para diseccionarla en nuestros propios ordenadores.
La criatura con forma de niña comenzó a temblar de pies a cabeza, y cayó de rodillas en el césped. Su mirada era demoníaca, desacorde a su disfraz:
-¿Qué es lo que quieres de mí, miserable?
-Verá, doctor, en realidad no voy tras usted, sino tras cualquier información de utilidad que pueda darme –respondió Hollbern-. Aquí, en el subsuelo del Yermo, está cómodo y dispone del inmenso regalo de la soledad. Sus robots vigilan el Refugio en caso de que intrusos menos hábiles que yo sean capaces, con un milagro, de abrir la compuerta principal. Los humanos están a salvo de su genio, y su genio a salvo de la vulgaridad humana. Dígame: ¿por casualidad ha recibido en algún momento la visita de un tal Razor? Acabó con varios de mis operativos más valiosos hace tiempo, y siento que debo devolvérselo en persona.
El gesto de desprecio de la niña no cambió:
-Aquí no ha entrado nadie jamás. Soy dueña y señora de Tranquility Lane, y puedo hacer lo que quiera. ¡Soy dueña y señora de la vida y la muerte de todos sus habitantes!
Hollbern reprimió una apacible risa.
-Por desgracia, todos sus huéspedes murieron, ¿verdad? –dijo-. Dueña y señora de la vida y la muerte… De la vida y la muerte de todos sus reos, pero no de la suya propia, ¿me equivoco? Veo que sus procedimientos neurales están deteriorados. La vida eterna debe ser una carga muy pesada de llevar.
La niña bajó la cabeza y sollozó con voz infantil, derrotada.
Hollbern caminó hasta ella, puso una rodilla en tierra y le alzó el rostro con una de sus enguantadas manos. El humor en las angulosas facciones de Hollbern se convirtió en frialdad absoluta:
-Sé que miente, doctor Braun. No tengo nada personal contra los fósiles de Vault-Tec, así que nada me motiva para bombardear este laboratorio y la obscenidad virtual que lo mantiene vivo. Me es indiferente si al final Razor no ha encontrado este lugar o ha pasado de largo: ya me ocuparé de él. Deme algo de información con la que pueda enfrentarme a la acción de un G.E.C.K., y me iré sin más.
Al oír aquella última frase, la niña gritó de nuevo con su verdadera voz de científico:
-¡El G.E.C.K.! ¡Dios mío! Al final dio con él, ese maldito bastardo…
-Sabía que mentía, ¿lo ve? –Hollbern volvió a sonreír-. Su artefacto fue robado hace tres años por un oportunista que se alió con la Hermandad del Acero. Lo utilizaron para dar vida al quimérico “Proyecto Pureza”, con el mezquino objetivo de crear agua limpia y hacerse con el poder total distribuyéndola solo a quienes ellos considerasen oportuno. Así sigue siendo hasta el día de hoy.
Lo ojos llorosos de la pequeña ardían con furia homicida. Miró a Hollbern, con la vista perdida más allá de él:
-Me las pagarán… ¡Me las pagarán!
-Por eso necesito su ayuda –insistió el coronel-. Usted fue el mayor genio de su época, y aún nadie ha sido capaz de igualarle. Deme una llave con la que pueda llegar hasta el Purificador de agua, y yo me vengaré por usted.
La criatura con forma de niña guardó silencio durante un largo instante, mientras hundía los dedos en el césped y sus lágrimas caían sin parar.
La tonadilla seguía en el aire, repetitiva, imparable.
Finalmente ella habló de nuevo. Su voz no era la de la niña ni tampoco la del anciano científico, sino una caótica mezcla de ambas:
-La llave que me pides… es la Termita… La Termita… atimreT al se. Te diré átse ednód… Dónde está. Pero tienes que… solle sodot noc rabaca… solle sodot noc rabaca euq seneit… ¡Tienes que acabar con todos ellos!
Stanislaus Braun emitió un chillido de locura, y su último y gigantesco torbellino eléctrico iluminó una feroz sonrisa en el rostro del coronel.


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