
El Yermo despertó con una cálida mañana en la que tan solo podía verse la irregular llanura dorada por el sol y un flamante cielo azul.
La joven médico, caminando detrás de Reynd, sonrió y cerró los ojos mientras alzaba el rostro para recibir la calidez de la atmósfera en las mejillas.
-No podríamos tener un tiempo más desafortunado –masculló la ex-mercenaria.
Val dejó de sonreír al instante:
-¿Por qué dices eso?
-Porque las bestias salvajes están más activas cuando hace calor –dijo Montana.
-Y los saqueadores –añadió Khan, caminando en la retaguardia, detrás del silencioso necrófago Pierce-. Sólo se ocultan cuando cae la lluvia radiactiva, para no tener que lavarse.
Reynd se volvió hacia los dos cazarrecompensas sin detener la marcha:
-¿Qué clase de trato os ha ofrecido realmente Simms para que Piel Rasposa venga con nosotros?
-Una prima por exploración –dijo el francotirador, afable-. Acompañaros y traeros de vuelta a las dos solo es la parte que está sobre el papel. Por otro lado, tenemos el derecho a quedarnos con todo el material de utilidad que encontremos en el lugar de destino, exceptuando la famosa y supuesta arma mortal… Aparte de eso, al regresar con vosotras vivas podremos disfrutar de barra libre de servicios en Megatón durante un tiempo proporcional al invertido en el trayecto. En el fondo, ese sheriff venido a más no quiere tener al señorito Pierce en la ciudad por temor a posibles asaltos. Nuestro cowboy de los ordenadores es un caramelo demasiado dulce en estos días, donde las presas grandes ya no abundan. Algunos capullos cazadores de cabezas serían capaces de lanzarse a por él aunque estuviese entre rejas. La parte de que va a servirnos de necro-ganzúa es cierta, desde luego. En el fondo, está más seguro aquí que sentado en una celda.
Reynd sonrió con ironía:
-Un trato bajo cuerda. ¿Tan confiados sois?
-Lucas Simms parece un hombre de confianza –dijo Khan, con su voz siempre serena-. Sabemos ver esa cualidad en la gente.
-¿Ah, sí? A mí me pasa igual –dijo la chica-. Y sé que la amabilidad nunca es gratis. Exigid un recibo. Siempre. La que avisa no es traidora.
El francotirador negó con la cabeza y chasqueó la lengua:
-Nuestro mejor seguro es el miedo de esa gente. Si regresásemos y no nos quisieran pagar, diríamos que la amenaza todavía existe y que se ha desatado. Y si no cuela… El amigo Pierce nos ayudaría a cobrarnos la paga por nuestra cuenta, directamente de las cajas fuertes de la ciudad.
-Confiados, pero tontos no –puntualizó Khan.
Transcurrieron las primeras horas del día sin contratiempos ni sorpresas desagradables. El marrón polvoriento del paisaje no varió un ápice, ni se escuchó otro sonido que las pisadas de las botas del grupo y el eterno y casi imperceptible eco del campo abierto.
-¿De verdad no os gustaría poder disfrutar de este calor y esta luz sin pensar en nada más? –suspiró Val-. ¿Sin necesidad de tener que asociarlos inmediatamente a… tener miedo?
Todos pudieron oír la amarga y escueta risa del necrófago.
-Quizá en otro mundo. Un mundo que me cuesta mucho imaginar –contestó Reynd-. Dejando a un lado el equipaje y las medicinas, ¿has traído algún arma?
Val rebuscó bajo el chaleco y extrajo de la parte trasera de su cinturón un revólver de aspecto decente.
La ex-mercenaria lo examinó en un solo vistazo:
-¿Sabes dispararlo?
-Todo el mundo sabe disparar allí donde me crié –dijo la joven médico con sencillez-. Es una obligación cívica.
-¿Y dónde te criaste? –quiso saber Montana.
-Pasé toda mi niñez…
-Oh, toda su niñez, dice la señora mayor… -cuchicheó el francotirador.
-Pues… eso –Val intentó continuar-. A pesar de no haber nacido allí, viví en Big Town hasta que decidí marcharme por mí misma. Les escaseaba la comida, y ya tenían a una doctora, de modo que no quise seguir siendo una carga. Red, la que cuida a los pocos que permanecen allí, me regaló el revólver y me aconsejó probar suerte viajando a Megatón.
Khan rumió aprobatoriamente:
-Tu altruismo es inaudito en Yermo Capital, Valerie. ¿Lo sabías?
-Bueno, yo no lo considero altruismo –dijo la chica, con las mejillas en erupción-. En ese momento era lo mejor para el bien común, y lo hice.
-Callad –intervino Reynd, deteniéndose en seco-. Nos acaban de pillar.
Delante de ellos se abría un amplio tramo de terreno completamente liso, sin accidentes geográficos en los que poder esconderse. Varias nubes de polvo se alzaban en la lejanía, provocadas por un grupo de pequeños e indefinibles puntos negros que se aproximaban a gran velocidad.
Reynd comprobó el cargador del rifle:
-Han debido olernos. Ya he dicho que el tiempo era malo.
-¿Pero qué son? –dijo Val, con el revólver bien sujeto.
Montana utilizó la mirilla de su arma para descubrirlo.
-Una manada de perros –suspiró-. Es demasiado pronto para empezar a malgastar munición con esas alimañas.
Pierce el necrófago se estremeció notablemente:
-Oh, Dios mío… Oh, Dios mío… ¿Por qué a mí?
Entonces vieron cómo Khan se avanzaba al grupo y se detenía a unos metros de distancia, dejando después la mochila en el suelo y quitándose el viejo guardapolvo.
-Ahorrad las balas –ordenó tranquilamente.
-¿Qué? –Reynd hizo una mueca de incredulidad-. Venga, apártate. ¡Están casi encima de nosotros!
El enorme barbudo, en cambio, permaneció en su sitio. Alzó el tono imperativo de su voz mientras se colocaba las gafas negras sobre los ojos:
-¡He dicho que no disparéis! ¡No quiero que nadie se mueva!
Nadie discutió las escasas opciones posibles. La manada de perros cargó contra Khan como un solo y musculoso ser en forma de cuña. Eran siete demacrados y enormes canes parduzcos, de raza mil veces mezclada. El líder, inconfundible por su tamaño, su actitud y el mar de cicatrices que adornaba su lomo tumefacto, voló en un salto prodigioso con las fauces abiertas contra la garganta humana. Khan usó el guardapolvo a modo de red para envolverlo y cegarlo, antes de apartarlo a un lado de una patada. El líder emitió un gañido de sorpresa mientras los dos perros más importantes en tamaño y escalafón después de él intentaban llevar a cabo un ataque lateral. Las manazas envueltas en vendas del cazarrecompensas, como si fuesen de roca viva, atraparon en el aire los dos cuellos peludos y estrellaron los cráneos de los animales entre sí, provocando un letal y sonoro crujido.
Las cuatro bestias restantes, desconcertadas, detuvieron el impulso de su carrera y formaron un apresurado círculo de manera instintiva, gruñendo con hambre y furia. Khan no se amedrentó. Lanzó un profundo rugido mientras tiraba la pareja de cadáveres sobre sus congéneres para forzar el enfrentamiento. Con aquello consiguió romper el círculo mortal que lo rodeaba y saltó sobre ellos. Cazó a uno y le retorció el pescuezo sin darle tiempo a escabullirse. Otro aprovechó para saltar sobre su espalda, y el hombre, girando sobre sí mismo a toda velocidad, terminó con su vida del mismo modo. Un tercero, raudo, consiguió hincar los dientes en la solapa del chaleco de cuero reforzado, tirando de ella con desquiciada ira para despedazar; Khan lanzó el codo, haciéndolo chillar al mismo tiempo que sus costillas crujían. Estiró las manos hacia atrás, lo sujetó de la cabeza, y con la poderosa inercia provocada al impulsarlo hacia delante acabó con él y con el último, aplastándolo bajo el mazazo de huesos de su hermano mientras trataba de embestir.
Khan ni siquiera tuvo tiempo de resollar. El líder de la manada logró liberarse de la trampa de tela y se abalanzó sobre Reynd, dispuesto a probar su carne. El hombre barbudo reaccionó sin pestañear: se hizo con una piedra mientras rodaba por el suelo hacia delante y la disparó con fuerza. La piedra reventó uno de los ojos del monstruoso perro y logró separarlo de la chica momentáneamente; herido y desorientado, se volvió de nuevo hacia él y su acuoso y amarillento ojo restante relució con un rencor más que humano.
-Me tienes aquí –susurró Khan-. No esperes más: ven a por tu plato.
El líder pareció percibir el desafío. Hizo chasquear sus terribles fauces rezumantes en el aire y galopó hacia él, olvidándose de Reynd por completo. Fue mucho más rápido que Khan, evitando primero su contundente puño para luego hundir los colmillos en su antebrazo derecho. Ejerció presión, tratando de partir huesos lo antes posible. Khan gritó, pero no por el dolor: tuvo que recurrir a todo el esfuerzo de su musculatura para poder levantar el brazo con el demoníaco animal todavía enganchado a su carne, y contempló aquella pupila dorada, que lo miraba sin pestañear. Luego cerró el puño que le quedaba libre con tal fuerza que sus nudillos empalidecieron con un crujido, y golpeó dos veces seguidas contra el pecho del perro. Dos mazazos directos y precisos.
Reynd, Val y el necrófago contuvieron la respiración al ver cómo la gran mole peluda, sin emitir sonido alguno, se desplomaba con laxitud a los pies del cazarrecompensas. Montana se limitó a encender un nuevo cigarro.
Superando la tensión petrificante, la joven médico corrió junto a Khan:
-Déjame ver ese brazo. Vaya desastre…
-Me han hecho cosas mucho peores –dijo el gran barbudo, con el ceño ligeramente fruncido.
Reynd se acercó, admirando el caos de cuerpos sucios que apenas unos segundos antes había sido una salvaje jauría hambrienta.
-Jamás había visto algo así, y menos sin armas –dijo-. Ha sido impresionante, tío. Hemos ahorrado cantidad de munición con esto. Ojalá pudieses repetirlo cada vez que nos encontremos con otro de estos ataques por sorpresa.
-Ojalá no tenga que volver a repetirse nunca –contestó Val con expresión seria, mientras desinfectaba y vendaba la profunda dentellada. Terminó la cura con una jeringuilla desechable de cóctel antirrábico-. Es una suerte que tengas un brazo de músculos tan duros, Khan. Podría haber sido peor en una persona más endeble… como yo misma.
El hombre sonrió con un asentimiento.
-Pierdes reflejos, socio –dijo Montana-. La edad no perdona.
Khan se puso enérgicamente en pie y volvió a subirse las gafas hasta la frente:
-Lo sé. Vamos a seguir.
-Está bien. Con cuidado y en silencio, y nada de charlas hasta que nos detengamos a descansar –Reynd miró al necrófago, que no había osado mover un solo músculo desde el inicio del enfrentamiento-. En marcha, Boquita de Piñón. Por si no te has fijado, estás solo a unos pasos de la madre de todos los dolores de cabeza.
***
Al mediodía buscaron el escaso consuelo de la sombra bajo unos árboles muertos, y encendieron un pequeño fuego para calentar comida enlatada.
-Tal vez nos habría venido bien cargar con alguno de esos perros –comentó Khan.
A Val se le cayó el cuchador al suelo:
-¿Un perro muerto? ¿Para qué?
-No. No comeremos del Yermo a no ser que no quede más remedio –dijo Reynd-. Más vale pasar un poco de hambre que tener que gastar un RadAway.
-No es posible. Comer perro… -Val se abrazó el estómago-. ¿De verdad habéis hecho eso alguna vez?
-Y cocido con arroz está bastante aceptable –contestó la ex-mercenaria-. Lo malo es que comerlo muchas veces puede hacer que el pelo se te empiece a caer. Yo he visto eso. ¿Nunca has probado el costillar canino, niña? No me lo creo –añadió, jovial.
La jovencísima chica terminó por dejar el bote de comida en el suelo, con un gesto de renuncia. Los hombres y Reynd se echaron a reír.
-De verdad, ¿ todo eso no os parece cosa de animales? –dijo la médico-. Leí en las viejas revistas de Big Town que antes los perros no eran salvajes. Se criaban en casa, y servían de mascotas dóciles para los niños. Incluso se hacían concursos de belleza y se les teñía de colores. He visto fotos de perritos de pelo rosa.
Reynd resopló:
-Menudo mundo más terrorífico debió ser ese. No me extraña que se autodestruyera.
***
Siguieron metódicamente la señal en el mapa del pipboy hacia el sur, caminando hasta que el azul del cielo empezó a degradarse dentro de un ocre oscuro. No hubo más ataques de perros ni otras criaturas, aunque no rompieron el silencio ni dejaron de vigilar el horizonte y el camino que dejaban atrás en ningún momento. El calor diurno comenzó a ser barrido por unas sutiles manos en forma de brisa y neblina a ras de suelo.
-¿Qué tenemos ahí? –dijo Reynd.
Una especie de extraño desnivel les cortó el paso, una larga e irregular pared de roca, tierra y asfalto, levantada hacia ellos.
Montana se rascó la rapada cabeza mientras observaba las formas del muro:
-¿Una carretera vuelta del revés?
-¿Es posible eso? –dijo Val.
-Con una bomba lo bastante grande, todo es posible –la ex-mercenaria encogió los hombros.
-Mirad –Khan estudió un boquete negro y profundo abierto en la roca, al nivel de sus cabezas-. Por aquí cabe un hombre perfectamente. Hay lodo fresco en el borde…
-Un nido de alimañas –dijo Reynd, asomándose al interior-. Se hace tarde, deberíamos pasar la noche aquí. Pero antes hay que limpiar este agujero por precaución.
Montana sacó una granada de fragmentación de su mochila y se la pasó a Khan:
-Toda tuya, socio. Ya sabes -esbozó una sonrisa, guiñándole un ojo a Reynd-: hasta el fondo.
Khan quitó la anilla, y la lanzó con la energía de uno de sus puñetazos dentro de la alcantarilla reconvertida en caverna. Acto seguido todo el grupo se puso a cubierto apartándose de la entrada.
Dos segundos después, el profundo latigazo de un gigante los ensordeció, y el suelo se convulsionó bajo sus botas. El agujero vomitó una andanada de cascotes triturados junto a una inmensa bocanada de polvo, perfumada por una indefinible mezcla de tierra subterránea y olores sépticos.
Mientras se preguntaban si la caverna estaba vacía, un coro de agudos chillidos les confirmó lo contrario. Magulladas, quemadas, y aún ensangrentadas y mordiéndose los pedazos de carne desgarrada unas a otras, decenas de ratas-topo salieron hacia el exterior con el frenesí del miedo como guía. Val lanzó un grito y se apretó contra la pared, al igual que Pierce. Alguno de los últimos roedores mutantes, enormes como los propios perros pero infinitamente más grotescos, con bultos cancerosos en lugar de pelaje y dientes como puñales cubiertos de sarro y sangre, decidieron no huir de su madriguera sin más. Sordas y doloridas, se detuvieron ante la entrada mientras la diezmada colonia se dispersaba por los alrededores, y buscaron culpables.
Reynd se adelantó y su rifle empezó a descabezar a las de aspecto más peligroso y hambriento. Montana la imitó sin necesidad de recurrir a la mirilla de precisión, y Khan mató de un puntapié a la que osó acercársele para morderle los tobillos.
Al final todo quedó convertido en un humeante silencio.
-Andar callados todo el camino para nada –suspiró Reynd-. Si hay algo con ojos y orejas a diez kilómetros a la redonda ya sabrá dónde encontrarnos.
-Venga ya, tía –protestó Montana-. Esta vez era demasiado trabajo para mi socio. ¿Cómo pretendías que limpiásemos esto sin…? ¿Qué es ese ruido?
Val se volvió hacia la arrasada entrada de la caverna y percibió algo más extraño que los chillidos de las ratas-topo. Un sonido muy similar al de las últimas piedras que se desprendían del techo del agujero, pero siniestramente acompasado.
De repente una inesperada figura surgió de entre el polvo. Una figura bípeda y erguida, sin relación alguna con la silueta humana. Los hipnotizados ojos de la chica intuyeron un cuerpo compacto, sin cuello ni cabeza visibles, un torso el doble de ancho que el del propio Khan, y varios racimos de miembros articulados. Miembros cuyos extremos chasquearon con ansia depredadora.
Pierce dejó escapar un agudo alarido de pánico mientras sacudía los brazos:
-¡Apartaos del agujero! ¡Cazador de hombres-pinza!
El grupo salió disparado hacia la voz del necrófago como si fuese la salvación, seguido por el estremecedor y crujiente siseo del ser. En su ciega huída, Val plantó el pié en mitad de un amplio charco de materia cerebral de rata-topo, y la suela resbaló hacia atrás con violencia, provocando que trastabillase.
En el segundo que necesitó para recuperar la velocidad, las pinzas del monstruo llegaron hasta ella.
-¡Agáchate, Val! –gritó Montana.
La chica se dejó caer como si el control de sus piernas ya no estuviese conectado a su cerebro, y el francotirador apretó el gatillo hasta vaciar el cargador. Las balas de gran calibre del rifle de precisión arrancaron varias de las patas hipertróficas del pecho de la cosa y la empujaron hacia atrás, pero no pudieron detenerla por completo. Val gateó de espaldas al grupo, observando ahora demasiado cerca las fauces verticales del imponente monstruo, sus ojillos negros desprovistos de piedad, y su impenetrable coraza cenagosa.
De repente Khan embistió contra el gigante. Sus nudillos buscaron el minúsculo rostro semienterrado por placas esmaltadas, y mientras evitaba el mortal agarre de las pinzas consiguió acertar una vez. La criatura-cangrejo trastabilló y rodó hacia atrás sobre su propio caparazón.
-¡Montana! ¡¿Queda alguna granada?! –dijo el hombre barbudo, sacudiendo el enrojecido puño.
El francotirador recargó a toda prisa:
-¡Mierda, no! ¡Me quedé solo una y vendí las demás!
Khan se sorprendió de tal manera que pareció olvidar al cazador de hombres-pinza por un segundo:
-¡¿Cómo que las vendiste?! ¡¿Para qué?!
Montana negó con la cabeza y gesticuló a toda prisa a modo de disculpa:
-¡Oye, que las putas retiradas ni son baratas ni se dejan convencer fácilmente! ¡A esa Nova no le bastó mi belleza y tuve que invitarla a cenar!
Entonces Val vio cómo Reynd corría hacia el barbudo y escalaba su espalda, impulsándose con ambos pies como si fuese un montículo de tierra, para a continuación caer sobre el monstruo. Hubo una explosión líquida y un agudo chirriar mecánico, y después brotó un hediondo géiser de color rojo oscuro.
Al cabo de pocos segundos el cazador de hombres-pinza, sometido bajo las piernas de Reynd, tembló por última vez y dejó de moverse.
El grupo se reunió en torno a ella y a su presa recién masacrada, en completo silencio. Descubrieron el destripador en su mano, totalmente empapado. El estrecho rostro del crustáceo no era más que rosada pulpa.
-Los hombres, Val –dijo Reynd respirando cansadamente-. Los hombres son lo peor. Yo tendría que haber sido una saqueadora del clan de saqueadoras lesbianas de Evergreen Mills. Ahora mismo le cortaría los huevos a más de uno, lo juro.
Montana apretó los labios y apartó la mirada.
La ex-mercenaria se acercó a la ayudante del doctor Church, limpiándose las salpicaduras de sangre de la cara:
-¿Estás bien, Val?
La niña asintió sin hablar. Reynd le pellizcó la mejilla:
-Eh, dime algo. No me des un disgusto tú también.
-¿Qué… qué era esa cosa? – susurró Val; se esforzó por levantarse y a duras penas logró que las piernas no le temblasen-. ¿Cómo es posible que exista algo así?
-¿Un cazador de hombres-pinza? Quién sabe de qué pesadilla se escaparon esos bichos. Los cazadores son especialmente viciosos, unos caníbales que se comen a los de su propia especie. Lo único bueno que tienen es que sus cuerpos filtran casi toda la radiación que absorben del agua, y por eso son considerados un manjar.
-Un manjar solitario, por suerte para nosotros –añadió Khan, mirando el enorme cadáver-. Si hubiésemos molestado a una colonia en vez de solo a esta, el viaje habría terminado aquí.
-¿Has dicho “esta”? –preguntó Reynd. Sus tripas rugieron como si tuviesen vida y carácter propio-. ¿Es hembra?
El gran barbudo asintió:
-Y en celo. No puede tener más caviar pegado entre las patas.
El humor de Reynd hacia Montana mejoró notablemente cuando sus miradas volvieron a cruzarse.
-Al final no te cortaré los huevos a ti – le dijo al francotirador-. Pero si quieres que perdone tu cagada con las granadas tendrás que encender tú el fuego. Y calentar un cazo de agua para mi cena.
***
Mientras la hoguera ardía y calentaba la entrada de la cueva, el grupo entero se preparó para pasar la noche. Los dos cazarrecompensas arrastraron los despojos de las ratas-topo y del engendro anfibio lejos del improvisado campamento, y luego ocultaron los charcos de sangre y vísceras con tierra para evitar atraer a los seres nocturnos carroñeros. Val y Pierce guardaron los equipajes y las armas dentro de la cueva, y Reynd se dedicó a preparar comida; con el agua previamente calentada por Montana, hirvió los pedazos de la criatura-cangrejo que más le gustaron, relamiéndose.
-Odio tener antojos, no lo puedo evitar –dijo-. Siempre me han dado asco estos bichos, pero hoy no. ¿Alguien quiere probarlo?
La mueca de repugnancia fue general.
-Yo sería incapaz de comerme a un monstruo –murmuró Val.
-Lo harías, créeme –Reynd removió su cuchador entre el humeante caviar mutante de su cuenco-. El hambre es la fuerza más poderosa de la naturaleza. Por mucho que te resistas, acabarás haciendo lo que el hambre te ordene.
Los ojos grises de la joven médico reflejaban su profundo resentimiento hacia aquella manera de pensar, tan normalizada en el Yermo:
-¿Seríais capaces de comer carne humana para sobrevivir?
Val estudió las reacciones de todos, uno por uno. Las expresiones de Khan y Montana eran graves. Pierce el necrófago tragó saliva, se colocó unas gafas de lectura de cristales redondos y comenzó a leer una pequeña y decrépita novela pulp, de hojas anaranjadas y portada casi irreconocible. Reynd fue la única que se atrevió a contestar a aquella cuestión:
-Yo no sé si comería carne humana. No lo he hecho nunca, y nunca me he visto en la necesidad. Supongo que lo haría, si seguir viviendo después me mereciese la pena.
-Eso es de bárbaros –Val negó con la cabeza, incrédula-. Lo hacen los supermutantes, y también muchos saqueadores. Es inhumano.
-Es lo que hay en este mundo.
La joven médico dejó escapar un suspiro demasiado amargo para sus dieciséis años:
-Pues yo no pertenezco a este mundo. Perteneces a un mundo cuando ya no lo cuestionas.
Reynd siguió masticando crías muertas:
-Ser idealista no te llenará el estómago.
-No –respondió la niña-. Pero me permitirá dormir por las noches.
La ex-mercenaria no quiso seguir discutiendo.
Val se dio cuenta entonces de que Khan la miraba pensativamente.
-Yo nunca comería humano –dijo el hombretón barbudo-. Prefiero morir de hambre antes que vivir sin alma. En ese sentido estoy contigo, Valerie.
La joven sonrió.
-Yo a quien nunca me comería es a Pierce –gruñó Montana-. Debe estar más duro que la suela de bota.
Los cuatro se echaron a reír mientras el necrófago ocultaba el rostro entre sus manos:
-¿Por qué a mí, Señor?
Al terminar de cenar, recogieron la basura y avivaron las llamas con varios tablones podridos que hallaron dentro de la cueva. Después empezaron a preparar un rincón a salvo del frío para dormir.
-¿Puedo pediros algo a todos? –dijo Val con vehemencia-. ¿Si muero me… me enterraréis bien, en un sitio donde los animales no alcancen?
De repente notó cómo Reynd le pasaba un brazo alrededor del cuello y le susurraba al oído:
-Mujer, no sé… ¿Quién sabe a cuántas chapas ascendería el litro de sangre y la carne de una doncella sana y joven? Hay científicos locos en el Yermo capaces de pagar fortunas por materia prima fresca. Pero me pones en un gran dilema moral, porque con buena salsa barbacoa tal vez una costillita tuya estaría… para chuparse los dedos.
La médico se estremeció como azotada por un rayo:
-¿No... No lo dices en serio, verdad?
Reynd le revolvió los pálidos rizos hasta que se mareó.
-Claro que no, niña –suspiró, soltándola para recuperar el rifle-. Además, ¿quién te ha dicho a ti que te vas a morir? El que se atreva a ponerle una mano encima a la única que puede suturarme una herida en condiciones, sabrá lo buena que soy metiendo astillas bajo las uñas antes de morir. Yo haré la primera guardia. Échate a dormir y descansa. Hoy no te preocupes más por salvar el mundo.
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