Se llama Pablo. Este chico, Pablo, nació en el 74. Pablo es un tipo feo. No está mal decirlo, es feo y con eso no se puede. F E O. Vive en el barrio de Sáenz Peña y es mi amigo porque me lo demostró. Yo vi su amistad, la vi con los ojos. Me fui de casa con una mochila, un domingo a la tarde en el que lo único que pasaba en el mundo era que yo me estaba yendo de casa, caminando y fumando un porro. Me fui a su casa, a la casa de Pablo, porque lo llamé y le dije, “Pablo, me voy a tu casa”, y él me preguntó por qué, y yo le dije, “Pablo”, “me voy a tu casa”, y él me dijo “bueno, vení”.
La casa de Pablo es un caserón de los viejos, de esos que los buitres depredadores de barrio se relamen cuando los ven porque piensan en edificar para arriba y para arriba, otra que la torre de babel. Así de grande, así de vieja y así de sucia y así de hermosa. Pablo, mi amigo, me recibió con elementos. Me recibió en cuero, con el mate y la estufa del fondo prendida. A partir de entonces viví allí, con mi amigo que se despertaba cuando el despertador sonaba por enésima vez, y salía disparado porque llegaba tarde al laburo. A mi amigo Pablo le gustan seis cosas: el volley, el fútbol, la birra, el mate, sus amigos, y ahora, su novia. La conoció por una amiga de una amiga de una amiga, y se hizo amigo; es muy buen amigo, mi amigo Pablo. Ella es una chica normal y está muy bien. Él llegó una mañana de sábado y entre ruidos me despertó. Lo miré, se acostó, mitad del cuerpo dentro de la cama, mitad fuera y empezó a roncar. Probé mi puntería y le tiré con todo lo que tenía a mí alrededor hasta que se despertó y me dijo “careta”. “¿Qué te pasa careta?” Me dijo específicamente. Se dio vuelta y observé un agujero en su campera de jean que adjudiqué a una quemadura, y me figuré la noche que, después, él paso a explicarme: la llevó a un bar, que en realidad es una casa, en Ramos Mejía, se acodó en la barra y empezó a tomar; de repente una humareda brotó a sus espaldas producto del contacto entre el fuego de una vela y los hilos de su campera y empezó a correr.
Mi amigo tiene dos dientes de lata, fuma, toma mate, cerveza y rara vez lo he visto cepillándose; y sin embargo, la besó. Sí. En la boca. Sí, eso que es la boca de mi amigo Pablo, le dio un beso a esa chica, que es su novia, en su boca. Y me ganó la sonrisa, la felicidad y la alegría.
Mi amigo Pablo, fanático de Los Redondos. Mi amigo Pablo, que hace lo que quiere hace un tiempo y al que unos pocos pesos le alcanza, que puede faltarle todo pero seguro un mate te convida, y si te quiere, te banca a muerte, y si lo querés, mínimo, le escribís algo, le decís gracias, le das un abrazo, y te lo llevas para siempre en el corazón. Mi amigo Pablo, un tipazo.











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