El libro de los abrazos - Galeano
Indice
El mundo
El origen del mundo
La función del arte/1
La uva y el vino
La pasión de decir
La pasión de decir/2
La casa de las palabras
La función del lector/1
La función del lector/2
Celebración de la voz humana/1
Celebración de la voz humana/2
Definición del arte
El lenguaje del arte
La frontera del arte
La función del arte/2
Profecías/1
Celebración de la voz humana/3
Crónica de la ciudad de Santiago
Neruda/1
Neruda/2
Profecías/2
Celebración de la fantasía
El arte para los nińos
El arte desde los nińos
Los sueńos de Helena
Viaje al país de los sueńos
El país de los sueńos
Los sueńos olvidados
El adiós de los sueńos
Celebración de la realidad
El arte y la realidad/1
El arte y la realidadl2
La realidad es una loca de remate
Crónica de la ciudad de La Habana
La diplomacia en América Latina
Crónica de la ciudad de Quito
El Estado en América Latina
La burocracia/1
La burocracia/2
La burocracia/3
Sucedidos/1
Sucedidos/2
Sucedidos/3
Nochebuena
Los nadies
El hambre/1
Crónica de la ciudad de Caracas
Avisos
Crónica de la ciudad de Río
Los numeritos y la gente
El hambre/2
Crónica de la ciudad de Nueva York
Dicen las paredes/1
Amares
Teología/1
Teología/2
Teología/3
La noche/1
El diagnóstico y la terapéutica
La noche/2
Los llamares
La noche/3
La pequeńa muerte
La noche/4
El devorador devorado
Dicen las paredes/2
La vida profesiona/1
Crónica de la ciudad de Bogotá
Elogio del arte de la oratoria
La vida profesional/2
La vida profesional/3
Mapamundi/l
Mapamundi/2
La desmemoria/1
La desmemoria/2
El miedo
El río del Olvido
La desmemoria/3
La desmemoria/4
Celebración de la subjetividad
Celebración de las bodas de la razón y el corazón
Divorcios
Celebración de las contradicciones/ 1
Celebración de las contradicciones/2
Crónica de la ciudad de México
Contrasímbolos
Paradojas
El sistema/1
Elogio del sentido común
Los indios/1
Los indios/2
Las tradiciones futuras
El reino de las cucarachas
Los indios/3
Los indios/4
La cultura del terror/1
La cultura del terror/2
La cultura del terror/3
La cultura del terror/4
La cultura del terror/5
La cultura del terror/6
La televisión/1
La televisión/2
La cultura del espectáculo
La televisión/3
La dignidad del arte
La televisión/4
La televisión/5
Celebración de la desconfianza
La cultura del terror/7
La alienación/1
La alienación/2
La alienación/3
Dicen las paredes/3
Nombres/1
Nombres/2
Nombres/3
La máquina de retroceder
La pálida
La mala racha
Onetti
Arguedas
Celebración del silencio/1
Celebración del nacer incesante
El parto
Resurrecciones/2
Resurrecciones/3
Los tres hermanos
Las dos cabezas
Resurrecciones/4
La maromera
Las flores
Las hormigas
La abuela
El abuelo
Fuga
Celebración de la amistad/1
Celebración de la amistad/2
Gelman
El arte y el tiempo
Profesión de fe
Cortázar
Crónica de la ciudad de Montevideo.
La alambrada
El cielo y el infierno
Crónica de la ciudad de Managua
El desafío
Celebración del coraje/1
Celebración del coraje/2
Celebración del coraje/3
Celebración del coraje/4
Un músculo secreto
Otro músculo secreto
La fiesta
Las huellas digitales
El aire y el viento
La ventolera
El mundo
Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia,
pudo subir al alto cielo.
A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la
vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
- El mundo es eso reveló -. Un montón de gente, un mar de
fuegultos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay
dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de
todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del
viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos
fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la
vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y
quien se acerca, se enciende.
El origen del mundo
acia pocos ańos que había terminado la guerra de Espańa y
la cruz y la espada reinaban sobre las ruinas de la República.
Uno de los vencidos, un obrero anarquista, recién salido de
la cárcel, buscaba trabajo. En vano revolvía cielo y tierra. No había
trabajo para un rojo. Todos le ponían mala cara, se encogían de
hombros o le daban la espalda. Con nadie se entendía, nadie lo
escuchaba. El vino era el único amigo que le quedaba. Por las
noches, ante los platos vacíos, soportaba sin decir nada los
reproches de su esposa beata, mujer de misa diaria, mientras el hijo,
un nińo pequeńo, le recitaba el catecismo.
Mucho tiempo después, Josep Verdura, el hijo de aquel obrero
maldito, me lo contó. Me lo contó en Barcelona, cuando yo llegué al
exilio. Me lo contó: él era un nińo desesperado que quería salvar a su
padre de la condenación eterna y el muy ateo, el muy tozudo, no
entendía razones.
U
H
- Pero papá - le dijo Josep, llorando -. Si Dios no existe, quién hizo el
mundo?
- Tonto -- dijo el obrero, cabizbajo, casi en secreto -. Tonto. Al mundo
lo hicimos nosotros, los albańiles.
La función del arte/1
IEGO no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadioff, lo
llevó a descubrirla.
Viajaron al sur.
Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.
Cuando el nińo y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de
arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue
tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el nińo quedó
mudo de hermosura.
Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando,
pidió a su padre
- Ayúdame a mirar!
La uva y el vino
n hombre de las vińas habló, en agonía, al oído de Marcela.
Antes de morir, le reveló su secreto: -La uva -le susurró- está
hecha de vino.
Marcela Pérez-Silva me lo contó, y yo pensé: Si la uva está hecha de
vino, quizá nosotros somos las palabras que cuentan lo que somos.
La pasión de decir/1
ARCELA estuvo en las nieves del Norte. En Oslo, una
noche, conoció a una mujer que canta y cuenta. Entre
canción y canción, esa mujer cuenta buenas historias, y las
cuenta vichando papelitos, como quien lee la suerte de soslayo.
D
U
M
Esa mujer de Oslo viste una falda inmensa, toda llena de bolsillos. De
los bolsillos va sacando papelitos, uno por uno, y en cada papelito
hay una buena historia para contar, una historia de fundación y
fundamento, y en cada historia hay gente que quiere volver a vivir
por arte de brujería. Y así ella va resucitando a los olvidados y a los
muertos; y de las profundidades de esa falda van brotando los
andares y los amares del bicho humano, que viviendo, que diciendo
va.
La pasión de decir/2
se hombre, o mujer, está embarazado de mucha gente. La
gente se le sale por los poros. Así lo muestran, en figuras de
barro, los indios de Nuevo México: el narrador, el que cuenta
la memoria colectiva, está todo brotado de personitas.
La casa de las palabras
la casa de las palabras, sońó Helena Villagra, acudían los
poetas. Las palabras, guardadas en viejos frascos de cristal,
esperaban a los poetas y se les ofrecían, locas de ganas de
ser elegidas: ellas rogaban a los poetas que las miraran, que las
olieran, que las tocaran, que las lamieran. Los poetas abrían los
frascos, probaban palabras con el dedo y entonces se relamían o
fruncían la nariz. Los poetas andaban en busca de palabras que no
conocían, y también buscaban palabras que conocían y habían
perdido. En la casa de las palabras había una mesa de los colores. En
grandes fuentes se ofrecían los colores y cada poeta se ser~ vía del
color que le hacía falta: amarillo limón o amarillo sol, azul de mar o
de humo, rojo lacre, rojo sangre, rojo vino...
La función del lector/I
uando Lucía Peláez era muy nińa, leyó una novela a
escondidas. La leyó a pedacitos, noche tras noche,
ocultándola bajo la almohada. Ella la había robado de la
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A
C
biblioteca de cedro donde el tío guardaba sus libros preferidos.
Mucho caminó Lucía, después, mientras pasaban los ańos.
En busca de fantasmas caminó por los farallones sobre el río
Antioquia, y en busca de gente caminó por las calles de las ciudades
violentas.
Mucho caminó Lucía, y a lo largo de su viaje iba siempre
acompańada por los ecos de los ecos de aquellas lejanas voces que
ella había escuchado, con sus ojos, en la infancia.
Lucía no ha vuelto a leer ese libro. Ya no lo reconocería. Tanto le ha
crecido adentro que ahora es otro, ahora es suyo.
La función del lector/2
ra el medio siglo de la muerte de César Vallejo, y hubo
celebraciones. En Espańa, Julio Vélez organizó conferencias,
seminarios, ediciones y una exposición que ofrecía imágenes
del poeta, su tierra, su tiempo y su gente.
Pero en esos días julio Vélez conoció a José Manuel Castańón; y
entonces todo homenaje le resultó enano.
José Manuel Castańón había sido capitán en la guerra espańola.
Peleando por Franco había perdido una mano y había ganado
algunas medallas.
Una noche, poco después de la guerra, el capitán descubrió, por
casualidad, un libro prohibido. Se asomó, leyó un verso, leyó dos
versos, y ya no pudo desprenderse. El capitán Castańón, héroe del
ejército vencedor, pasó toda la no~ che en vela, atrapado, leyendo y
releyendo a César Vallejo, poeta de los vencidos. Y al amanecer de
esa noche, renunció al ejército y se negó a cobrar ni una peseta más
del gobierno de Franco.
Después, lo metieron preso; y se fue al exilio.
Celebración de la voz humana/1
os indios shuar, los llamados jíbaros, cortan la cabeza del
vencido. La cortan y la reducen, hasta que cabe en un puńo,
para que el vencido no resucite. Pero el vencido no está del
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todo vencido hasta que le cierran la boca. Por eso le cosen los labios
con una fibra que jamás se pudre.
Celebración de la voz humana/2
enian las manos atadas, o esposadas, y sin embargo los dedos
danzaban, volaban, dibujaban palabras. Los presos estaban
encapuchados; pero inclinándose alcanzaban a ver algo,
alguito, por abajo. Aunque hablar estaba prohibido, ellos
conversaban con las manos.
Pinio Ungerfeld me enseńó el alfabeto de los dedos, que en prisión
aprendió sin profesor:
- Algunos teníamos mala letra- me dijo-. Otros eran unos artistas de
la caligrafia.
La dictadura uruguaya quería que cada uno fuera nada más que
uno, que cada uno fuera nadie: en cárceles y cuarteles, y en todo el
país, la comunicación era delito.
Algunos presos pasaron más de diez ańos enterrados en solitarios
calabozos del tamańo de un ataúd, sin escuchar más voces que el
estrépito de las rejas o los pasos de las botas por los corredores.
Fernández Huidobro y Mauricio Rosencof, condenados a esa
soledad, se salvaron porque pudieron hablarse, con golpecitos, a
través de la pared. Así se contaban sueńos y recuerdos, amores y
desamores; discutían, se abrazaban, se peleaban; compartían
certezas y bellezas y también compartían dudas y culpas y preguntas
de esas que no tienen respuesta.
Cuando es verdadera, cuando nace de la necesidad de decir, a la
voz humana no hay quien la pare. Si le niegan la boca, ella habla por
las manos, o por los ojos, o por los poros, o por donde sea. Porque
todos, toditos, tenemos algo que decir a los demás, alguna cosa que
merece ser por los demás celebrada o perdonada.
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Definición del arte
ORTINARI no está --decía Portinari. Por un instante asomaba la
nariz, daba un portazo y desaparecía.
Eran los ańos treinta, ańos de cacería de rojos en Brasil, y
Portinarl se había exiliado en Montevideo.
Iván Krnald no era de esos ańos, ni de ese lugar; pero mucho
después, él se asomó por lós agujeritos de la cortina del tiempo y me
contó lo que vio:
Cándido Portinarl pintaba de la mańana a la noche, y de noche
también.
- Portínarino está - decía.
En aquel entonces, los intelectuales comunistas del Uruguay iban a
tomar posición ante el realismo socialista y pedían la opinión del
prestigioso camarada.
- Sabemos que usted no está, maestro - le dijeron, y le suplicaron:
- Pero, no nos permitiría un momento? Un momentito.
Y le plantearon el asunto.
-Yo no sé - dijo Portinari.
Y dijo:
- Lo único que yo sé, es esto: el arte es arte, o es mierda.
El lenguaje de] arte
l Chínolope vendía diarios y lustraba zapatos en La Habana.
Para salir de pobre, se marchó a Nueva York.
Allá, alguien le regaló una vieja cámara de fotos. El Chinolope nunca
había tenido una cámara en las manos, pero le dijeron que era fácil.
-Tú miras por aquí y apríetas allí.
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E
Y se echó a las calles. Y a poco andar escuchó balazos y se metió en
una barbería y alzó la cámara y miró por aquí y apretó allí.
En la barbería habían acribillado al gangster Joe Anastasial que se
estaba afeitando, y esa fue la primera foto de la vida profesional de]
Chinolope.
Se la pagaron una fortuna. Esa foto era una hazańa. El Chinolope
había logrado fotografiar a la muerte. La muerte estaba allí: no en el
muerto, ni en el matador. La muerte estaba en la cara del barbero
que la vio.
La frontera del arte
ue la batalla más larga de cuantas se pelearon en Tuscatlán o
en cualquier otra región de El Salvador. Empezó a la
medianoche, cuando las primeras granadas cayeron desde la
loma, y duró toda la noche y hasta la tarde de] día siguiente. Los
militares decían que Cinquera era inexpugnable. Cuatro veces la
habían asaltado los guerrilleros, y cuatro veces habían fracasado. La
quinta vez, cuando se alzó la bandera blanca en el mástil de la
comandancia, los tiros al aire empezaron los festejos.
Julio Ama, que peleaba y fotografiaba la guerra, andaba caminando
por las calles. Llevaba su fusil en la mano y la cámara, también
cargada y lista para disparar, colgada del cuello, Andaba julio por las
calles polvorientas, en busca de los hermanos gemelos. Esos
gemelos eran los únicos sobrevivientes de una aldea exterminada
por el ejército. Tenían dieciséis ańos. Les gustaba combatir junto a
julio; y en las entreguerras, él les enseńaba a leer y a fotografiar. En
el torbellino de esta batalla, julio había perdido a los gemelos, y
ahora no los veía entre los vivos ni entre los muertos.
Caminó a través del parque. En la esquina de la iglesia, se metió en
un callejón. Y entonces, por fin, los encontró. Uno de los gemelos
estaba sentado en el suelo, de espaldas contra un muro. Sobre sus
rodillas, yacía el otro, bańado en sangre; y a los pies, en cruz,
estaban los dos fusiles. Julio se acercó, quizá dijo algo. El gemelo que
vivía no dijo nada, ni se movió: estaba allí, pero no estaba. Sus ojos,
que no pestańeaban, miraban sin ver, perdidos en alguna parte, en
ninguna parte; y en esa cara sin lágrimas estaba toda la guerra y
estaba todo el dolor. Julio dejó su fusil en el suelo y empuńó la
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cámara. Corrió la película, calculó en un santiamén la luz y la
distancia y puso en foco la imagen. Los hermanos estaban en el
centro del visor, inmóviles, perfectamente recortados contra el muro
recién mordido por las balas.
Julio iba a tomar la foto de su vida, pero el dedo no quiso. Julio lo
intentó, volvió a intentarlo, y el dedo no quiso. Entonces ba)ó la
cámara, sin apretar el disparador, y se retiró en silencio.
La cámara, una Minolta, murió en otra batalla, ahogada en lluvia, un
ańo después
La función del arte/2
EL pastor Míguel Brun me contó que hace algunos ańos estuvo con
los indios del Chaco paraguayo. Él formaba parte de una misión
evangelizadora. Los misioneros visitaron a un cacique que tenía
prestigio de muy sabio. El cacique, un gordo quieto y callado,
escuchó sin pestańear la propaganda religiosa que le leyeron en
lengua de los indios. Cuando la lectura terminó, los misioneros se
quedaron esperando.
El cacique se tomó su tiempo. Después, opinó: -Eso rasca. Y rasca
mucho, y rasca muy bien.
Y sentenció:
- Pero rasca donde no pica.
Profecías/1
n el Perú, una maga me cubrió de rosas rojas y después me
leyó la suerte. La maga me anunció:
- Dentro de un mes, recibirás una distinción.
Yo me reí. Me reí por la infinita bondad de esa mujer desconocida,
que me regalaba flores y augurios de éxito, y me reí por la palabra
distinción, que tiene no sé qué de cómica, y porque me vino a la
cabeza un vicio amigo del barrio, que era muy bruto pero certero, y
que solía decl r, sentenciando, levantando el dedito: «A la corta o a
E
la larga, los escritores se hamburguesan.» Así que me reí; y la maga
se rió de mi risa.
Un mes después, exactamente un mes después, recibí en
Montevideo un telegrama. En Chile, decía el telegrama, me habían
otorgado una distinción. Era el premio José Carrasco.
Celebración de la voz humana/3
José Carrasco era un periodista de la revista Análisis. Una
madrugada, en la primavera de 1986, lo arrancaron de su casa.
Pocas horas antes había ocurrido el atentado contra el general
Augusto Pinochet. Y pocos días antes, el dictador había dicho:
- A ciertos seńores los tenemos en engorde.
Al pie de un muro, en las orillas de Santiago, le metieron catorce
balazos en la cabeza. Fue al amanecer, y nadie se asomó. El cuerpo
estuvo allí, tirado, hasta el mediodía.
Los vecinos nunca lavaron la sangre. El lugar se convirtió en
santuario del pobrerío, siempre cubierto de velas y flores, y José
Carrasco se hizo ánima milagrera. En el muro, mordido por los tiros,
se leen las gracias por los favores recibidos.
A principios de 1988, viajé a Chile. Hacía quince ańos que no iba. Me
recibió, en el aeropuerto, Juan Pablo Cárdenas, el director de
Análisis.
Condenado por agravios al poder, Cárdenas dormía en la cárcel.
Todas las noches, a las diez en punto, entraba en prisión, y salía con
el sol.
Crónica de la ciudad de Santiago
ANTIAGO de Chile muestra, como otras ciudades
latinoamericanas, una imagen resplandeciente. A menos de un
dólar por día, legiones de obreros le lustran la máscara.
En los barrios altos, se vive como en Miami, se vive en Miami, se
miamiza la vida, ropa de plástico, comida de plástico, gente de
S
plástico, mientras los vídeos y las computadoras se convierten en las
perfectas contraseńas de la felicidad.
Pero cada vez son menos estos chilenos, y cada vez sor más los otros
chilenos, los subchilenos: la economía los mal dice, la policía los
corre y la cultura los niega.
Unos cuantos se hacen mendigos. Burlando las prohibiciones, se las
arreglan para asomar bajo el semáforo rojo en cualquier portal. Hay
mendigos de todos los tamańos colores, enteros y mutilados,
sinceros y simulados: alguno en la desesperación total, caminando a
la orilla de la locura y otros luciendo caras retorcidas y manos
tembleques por obra de mucho ensayo, profesionales admirables,
verdaderos artistas del buen pedir.
En plena dictadura militar, el mejor de los mendigos chilenos era
uno que conmovía diciendo:
- Soy civil.
Neruda/1
stuve en Isla Negra, en la casa que fue, que es, de Pablo
Neruda.
Estaba prohibida la entrada. Una empalizada de madera
rodeaba la casa. Allí, la gente había grabado sus mensajes al poeta.
No habían dejado ni un pedacito de madera sin cubrir. Todos le
hablaban como si estuviera vivo. Con lápices o puntas de clavos,
cada cual había encontrado su manera de decirle - gracias.
Yo también encontré, sin palabras, mi manera. Y entré sin entrar. Y
en silencio estuvimos conversando vinos, el poeta y yo,
calladamente hablando de mares y de amares y de alguna pócima
infalible contra la calvicie. Compartimos unos camarones al pil-pil y
un prodigioso pastel de jaibas y otras maravillas de esas que alegran
el alma y la barriga, que son, como él bien sabe, dos nombres de la
misma cosa.
Varias veces alzamos nuestros vasos de buen vino, y un viento
salado nos golpeaba la cara, y todo fue una ceremonia de maldición
de la dictadura, aquella lanza negra clavada en su costado, aquel
dolor de la gran puta, y todo fue también una ceremonia de
E
celebración de la vida, bella y efímera como los altares de flores y los
amores de paso.
Neruda/2
currió en La Sebastiana, otra casa de Neruda, recostada en
la montańa, sobre la bahía de Valparaíso. La casa estaba
cerrada a cal y canto, con tranca y candado y bajo siete
llaves, habitada por nadie, desde hacía mucho tiempo.
Ya los militares habían usurpado el poder, ya había corrido la sangre
por las calles, ya Neruda había muerto de cáncer o de pena.
Entonces unos ruidos raros, en el interior de la casa clausurada,
llamaron la atención de los vecinos.
Alguien se asomó, por una alta ventana, y vio los ojos brillantes y las
garras en ataque de un águila inexplicable.
El águila no podía estar allí, no podía haber entrado, no tenía por
dónde, pero adentro estaba; y adentro daba violentos aletazos.
Profecías/2
elena sońó con las que habían guardado el fuego. Lo habían
guardado las viejas, las viejas muy pobres, en las cocinas de
los suburbios; y para ofrecerlo les bastaba con soplarse,
suavecito, la palma de la mano.
Celebración de la fantasía
ue a la entrada deÿ pueblo de Ollantaytarnbo, cerca del
Cuzco. Yo me había desprendido de un grupo de turistas y
estaba Solo, mirando de lejos las ruinas de piedra cuando un
nińo del lugar, enclenque, haraposo se acercó a pedirme que le
regalara una lapicera. No podía darle la lapicera que tenía, porque la
estaba usando en no sé qué aburridas anotaciones, pero le ofrecí
dibujarle un cerdito en la mano.
O
H
F
Súbitamente, se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré
rodeado de un enjambre de nińos que exigían, a grito pelado, que
yo les dibujara bichos en sus manitos cuarteadas de mugre y frío,
pieles, de cuero quemado. había quien queria un cóndor y quién
una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas, y no faltaban los
que pedían un fantasma o un dragón.
Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no
alzaba más de un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con
tinta negra en su muńeca:
- Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima --dijo.
- Y anda bien? - le pregunté.
- Atrasa un poco - reconoció.
El arte para los nińos
lla estaba sentada en una silla alta, ante un plato de sopa que
le llegaba a la altura de los ojos. Tenía la nariz fruncida y los
dientes apretados y los brazos cruzados. La madre pidió
auxilio:
- Cuéntale un cuento, Onelio pidió -. Cuéntale, tú que eres escritor.
Y Onello Jorge Cardoso, esgrimiendo una cucharada de sopa,
comenzó su relato:
- Había una vez una pajarita que no quería comer la comidita. La
pajarita tenía el piquito cerradito, cerradito, y la mamita le decía: «Te
vas a quedar enanita, pajarita, si no comes la comídita.» Pero la
pajarita no hacía caso a la mamita y no abría su piquito...
Y entonces la nińa lo interrumpió:
- Qué pajarita de mierdita - opinó.
El arte desde los nińos
ario Montenegro canta los cuentos que sus hijos le
cuentan.
Él se sienta en el suelo, con su guitarra, rodeado por un
círculo de hijos, y esos nińos o conejos le cuentan la historia de los
setenta conejos que se subieron uno encima del otro para poder
besar a la Jirafa, o le cuentan la historia del conejo azul que estaba
solo en medio del cielo: una estrella se llevó al conejo azul a pasear
por el cielo, y visitaron la luna, que es un gran país blanco y redondo
y todo lleno de agujeros, y anduvieron girando por el espacio, y
brincaron sobre las nubes de algodón, y después la estrella se cansó
y se volvió al país de las estrellas, y el conejo se volvió al país de los
conejos, y allí comió maíz y cagó y se fue a dormir y sońó que era un
conejo azul que estaba solo en medio del cielo.
Los sueńos de Helena
quella noche hacían cola los sueńos, queriendo ser sońados,
pero Helena no podía sońarlos a todos, no había manera.
Uno de los sueńos, desconocido, se recomendaba:
- Suéńeme, que le conviene. Suéńeme, que le va a gustar.
Hacían la cola unos cuantos sueńos nuevos, jamás sońados, pero
Helena reconocía al sueńo bobo, que siempre volvía, ese pesado, y a
otros sueńos cómicos o sombríos que eran viejos conocidos de sus
noches de mucho volar.
Viaje al país de los sueńos
elena acudía, en carro de caballos, al país donde se sueńan
los sueńos. A su lado, también sentada en el pescante, iba la
perrita Pepa Lumpen. Pepa llevaba, bajo el brazo, una
gallina que iba a trabajar en su sueńo. Helena traía un inmenso baúl
lleno de máscaras y trapos de colores.
M
A
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Estaba el camino muy lleno de gente. Todos marchaban hacia el
país de los sueńos, y hacían mucho lío y metían mucho ruido
ensayando los sueńos que iban a sońar, así que Pepa andaba
refunfuńando, porque no la dejaban concentrarse como es debido.
El país de los sueńos
ra un inmenso campamento al aire libre.
De las galeras de los mago, brotaban lechugas cantoras y ajíes
luminosos, y por todas partes había gente ofreciendo sueńos
en canje. Había quien quería cambiar un sueńo de viajes por un
sueńo de amores, y había quien ofrecía un sueńo para reír en
trueque por un sueńo para llorar un llanto bien gustoso.
Un seńor andaba por ahí buscando los pedacitos de su sueńo,
desbaratado por culpa de alguien que se lo había llevado por
delante: el seńor iba recogiendo los pedacitos y los pegaba y con
ellos hacía un estandarte de colores.
El aguatero de los sueńos llevaba agua a quienes sentían sed
mientras dormían, Llevaba el agua a la espalda, en una vasija, y la
brindaba en altas copas.
Sobre una torre había una mujer, de túnica blanca, peinándose la
cabellera, que le llegaba a los pies. El peine desprendía sueńos, con
todos sus personajes: los sueńos salían del pelo y se iban al aire.
Los sueńos olvidados
elena sońó que se dejaba los sueńos olvidados en una isla.
Claribel Alegría recogía los sueńos, los ataba con una cinta y
los guardaba bien guardados. Pero los nińos de la casa
descubrían el escondite y querían ponerse los sueńos de Helena, y
Claribel, enojada, les decía:
- Eso no se toca.
Entonces Claribel llamaba a Helena por teléfono y le preguntaba:
- Qué hago con tus sueńos?
E
H
El adiós de los sueńos
os sueńos se marchaban de viaje. Helena iba hasta la estación
del ferrocarril. Desde el andén, les decía adiós con un pańuelo.
Celebración de la realidad
i la tía de Dárnaso Murúa hubiera contado su historia a García
Márquez, quizá la Crónica de una muerte anunciada hubiera
tenido otro final.
Susana Contreras, que así se llama la tía de Dárnaso, tuvo en sus
buenos tiempos el culo más incendiario de cuantos se hayan visto
llamear en el pueblo de Escuinapa y en todas las comarcas del golfo
de California.
Hace muchos ańos, Susana se casó con uno de los numerosos
galanes que sucumbieron a sus meneos. En la noche de bodas, el
marido descubrió que ella no era virgen. Entonces se desprendió de
la ardiente Susana como si contagiara la peste, dio un portazo y se
marchó para siempre.
El despechado se metió a beber en las cantinas, donde los invitados
de su fiesta estaban siguiendo la juerga. Abrazado a sus amigotes, él
se puso a mascullar rencores y a proferir amenazas, pero nadie se
tomaba en serio su tormento cruel. Con benevolencia lo
escuchaban, mientras él se tragaba a lo macho las lágrimas que a
borbotones pujaban por salir, pero después le decían que chocolate
por la noticia, que claro que Susana no era virgen, que todo el
pueblo lo sabía menos él, y que al fin y al cabo ése era un detalle
que no tenía la menor importancia, y que no seas pendejo, mano,
que nomás se vive una vez. Él insistía, y en lugar de gestos de
solidaridad recibía bostezos.
Y así fue avanzando la noche, a los tumbos, en triste bebedera cada
vez más solitaria, hacia el amanecer. Uno tras otro, los invitados se
fueron yendo a dormir. El alba encontró al ofendido sentado en la
calle, completamente solo y bastante fatigado de tanto quejarse sin
que nadie le llevara el apunte.
Ya el hombre estaba aburriéndose de su propia tragedia, y las
primeras luces le desvanecieron las ganas de sufrir y de vengarse. A
media mańana se dio un buen bańo y se tomó un café bien caliente
y al mediodía volvió, arrepentido, a los brazos de la repudiada.
L
S
Volvió desfilando, a paso de gran ceremonia, desde la otra punta de
la calle principal. Iba cargando un enorme ramo de rosas, y
encabezaba una larga procesión de amigos, parientes y público en
general. La orquesta de serenatas cerraba la marcha. La orquesta
sonaba a todo dar, tocando para Susana, a modo de desagravio, La
negra consentida y Vereda tropical. Con esas musiquitas, tiempo
atrás, él se le había declarado.
El arte y la realidad/1
ernando Birri iba a filmar el cuento del ángel, de García
Márquez, y me llevó a ver los escenarios. En la costa cubana,
Fernando había fundado un pueblito de cartón y lo había
llenado de gallinas, de cangrejos gigantes y de actores. Él iba a
hacer el papel principal, el papel del ángel desplumado que cae a
tierra y queda encerrado en un gallinero.
Marcial, un pescador de por allí, había sido solemnemente
designado Alcalde Mayor de aquel pueblo de película. Después de la
formal bienvenida, Marcial nos acompańó.
Fernando quería mostrarme una obra maestra del envejecimiento
artificial: una jaula destartalada, leprosa, mordida por el óxido y la
mugre antigua, Esa iba a ser la prisión del ángel, después de su fuga
del gallinero. Pero en lugar de aquel escracho sabiamente arruinado
por los especialistas, encontramos una jaula limpia y bien plantada,
con sus barrotes perfectamente alineados y recién pintados de color
oro. Marcial se hinchó de orgullo al mostrarnos esta preciosidad.
Fernando, mitad atónito, mitad furioso, casi se lo come crudo:
- Qué es esto, Marcial?, Qué es esto?
Marcial tragó saliva, se puso colorado, agachó la cabeza y se rascó la
barriga. Entonces confesó:
- Yo no podía permitirlo. Yo no podía permitir que metieran en
aquella jaula cochina a un hombre bueno como usted.
F
El arte y la realidad/2
raclio Zepeda hizo el papel de Pancho Villa en México
insurgente, la película de Paul Leduc, y lo hizo tan bien que
desde entonces hay quien cree que Eraclio Zepeda es el
nombre que Pancho Villa usa para trabajar en cine.
Estaban en plena filmación de esa película, en un pueblito
cualquiera, y la gente participaba en todo lo que ocurría, de muy
natural manera, sin que el director tuviera arte ni parte. Hacía medio
siglo que Pancho Villa había muerto, pero a nadie le sorprendió que
se apareciera por allí. Una noche, después de una intensa jornada
de trabajo, unas cuantas mujeres se reunieron ante la casa donde
Eraclio dormía, y le pidieron que intercediera por los presos. A la
mańana siguiente, bien tempranito, él fue a hablar con el alcalde.
- Tenía que venir el general Villa, para que se hiciera Justicia -
comentó la gente.
La realidad es una loca de remate
ígame una cosa, Dígame si el marxismo prohibe comer
vidrio. Quiero saber.
Fue a mediados de 1970, en el oriente de Cuba. El hombre
estaba ahí, plantado en la puerta, esperando. Me disculpé. Le dije
que poco entendía yo de marxismo, algo nomás, alguito, y que
mejor consultaba a un especialista en La Habana.
- Ya me llevaron a La Habana - me dijo -.Allá me vieron los médicos. Y
me vio el comandante. Fidel me preguntó: Oye, y lo tuyo no será
ignorancía?
Por comer vidrio, le habían quitado el carnet de la juventud
Comunista:
- Aquí, en Baracoa, me hicieron el proceso.
Trígimo Suárez era miliciano ejemplar, machetero de avanzada y
obrero de vanguardia, de esos que trabajan veinte horas y cobran
ocho, siempre el primero en acudir a voltear cańa o tirar tiros, pero
tenía pasión por el vidrio:
- No es vicio - me explicó -. Es necesidad.
E
D
Cuando Trígimo era movilizado por cosecha o guerra, la madre le
llenaba la mochila de comida: le ponía algunas botellas vacías, para
el almuerzo y la cena, y para los postres, tubos de luz en desuso.
También le ponía unas cuantas lámparas quemadas, para las
meriendas.
Trígimo me llevó a la casa, en el reparto Camilo Cienfuegos, de
Baracoa. Mientras charlábamos, yo bebía café y el comía lámparas.
Después de acabar con el vidrio, chupaba, goloso, los filamentos.
- El vidrio me llama. Yo amo al vidrio como amo a la revolución.
Trígimo afirmaba que no había ninguna sombra en su pasado. Él
nunca había comido vidrio ajeno, salvo una vez, una sola vez,
cuando estando muy loco de hambre le había devorado los anteojos
a un compańero de trabajo.
Crónica de la ciudad de La Habana
os padres habían huido al norte. En aquel tiempo, la revolución
y él estaban recién nacidos. Un cuarto de siglo después, Nelson
Valdés viajó de Los Angeles a La Habana, para conocer su país.
Cada mediodía, Nelson tomaba el ómnibus, la guagua 68, en la
puerta deÿ hotel, y se iba a leer libros sobre Cuba. Leyendo pasaba
las tardes en la biblioteca José Martí, hasta que caía la noche.
Aquel mediodía, la guagua 68 pegó un frenazo en una bocacalle.
Hubo gritos de protesta, por el tremendo sacudón, hasta que los
pasajeros vieron el motivo del frenazo: una mujer muy rumbosa, que
había cruzado la calle.
- Me disculpan, caballeros --dijo el conductor de la guagua 68, y se
bajó. Entonces todos los pasajeros aplaudieron y le desearon buena
suerte.
El conductor caminó balanceándose, sin apuro, y los pasajeros lo
vieron acercarse a la muy salsosa, que estaba en la esquina,
recostada a la pared, lamiendo un helado. Desde la guagua 68, los
pasajeros seguían el ir y venir de aquella lengüita que besaba el
helado mientras el conductor hablaba y hablaba sin respuesta, hasta
que de pronto ella se rió, y le regaló una mirada. El conductor alzó el
pulgar y todos los pasajeros le dedicaron una cerrada ovación.
L
Pero cuando el conductor entró en la heladería, produjo cierta
inquietud general. Y cuando al rato salió con un helado en cada
mano, cundió el pánico en las masas.
Le tocaron bocina. Alguien se afirmó en la bocina con alma y vida, y
sonó la bocina como alarma de robos o sirena de incendios; pero el
conductor, sordo, como si nada, seguía pegado a la muy sabrosa.
Entonces avanzó, desde los asientos de atrás de la guagua 68, una
mujer que parecía una gran bala de cańón y tenía cara de mandar.
Sin decir palabra, se sentó en el asiento del conductor y puso el
motor en marcha. La guagua 68 continuó su recorrido, parando en
sus paradas habituales, hasta que la mujer llegó a su propia parada y
se bajó. Otro pasajero ocupó su lugar, durante un buen tramo, de
parada en parada, y después otro, y otro, y así siguió la guagua 68
hasta el final.
Nelson Valdés fue el último en bajar. Se había olvidado de la
biblioteca.
La diplomacia en América Latina
hat is that? -preguntaban los turistas.
Balmaceda sonreía, disculpándose, y negaba con la
cabeza. Él llevaba, como todos, guirnaldas de flores en el
pescuezo, anteojos de sol y camisa con palmeras, pero estaba todo
empapado de sudor por culpa de un paquete muy pesado.
Parecía condenado a carga perpetua. Había intentado abandonar el
enorme bulto en el bańo de un hotel de Manila y en el mostrador de
la aduana de Papeete; había intentado arrojarlo por la borda del
barco y había intentado olvidarlo en varios frondosos parajes de las
islas del archipiélago de Tahití. Pero siempre había alguien que lo
alcanzaba corriendo:
- Seńor, seńor, que se ha dejado algo!
Esta triste historia había empezado cuando el dictador Marcos invitó
al dictador Pinochet a visitar las Filipinas. Entonces la cancillería
chilena había enviado un busto en bronce del general O’Hlggins
desde Santiago a Manila. Pinochet iba a inaugurar esa efigie del
prócer nacional en una plaza central de la ciudad. Pero Marcos,
asustado por las furias de su pueblo, canceló súbitamente la
W
invitación. Pinochet tuvo que volverse a Chile sin aterrizar. Entonces
el funcionario Balmaceda recibió categóricas instrucciones en la
embaíada chilena en Manila. Por teléfono, le ordenaron desde
Santiago:
- Basta de papelones. Deshágase de ese busto como pueda. Si
vuelve a Chile con él, pierde el empleo.
Crónica de la ciudad de Quito
n las manifestaciones de izquierda, desfila a la cabeza. Suele
asistir a los actos culturales, aunque lo aburren, porque sabe
que después hay farra. Le gusta el ron, sin hielo ni agua, pero
que sea cubano.
Respeta los semáforos. Camina Quito de punta a punta, al derecho y
al revés, recorriendo amigos y enemigos. En las subidas, prefiere el
ómnibus, y se cuela sin pagar boleto. Algunos choferes le tiran la
bronca: cuando se baja, le gritan tuerto de mierda.
Se llama Choco y es buscabronca y enamorado. Pelea hasta con
cuatro a la vez; y en las noches de luna llena, se escapa a buscar
novias. Después cuenta, alborotado, las locas aventuras que viene
de vivir. Mishy no le entiende los detalles, aunque le capta el sentido
general.
Una vez, hace ańos, se lo llevaron muy fuera de Quito. La comida no
alcanzaba, y resolvieron dejarlo en el lejano pueblo donde había
nacido. Pero volvió. Al mes, volvió. Llegó a la puerta de su casa y se
quedó ahí tirado, sin fuerza para celebrarlo moviendo el rabo, ni
para anunciarlo ladrando. Había andado por muchas montańas y
avenidas y llegó en las últimas, hecho una piltrafa, los huesos a la
vista, el pellejo sucio de sangre seca. Desde entonces odia los
sombreros, los uniformes y las motocicletas.
El Estado en América Latina
ace ya unos ańos, ańares, que el coronel Amen me lo contó.
Resulta que a un soldado le llegó la orden de cambiar de
cuartel. Por un ańo lo mandaron a otro destino, en algún
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H
cuartel de frontera, porque el Superior Gobierno del Uruguay había
contraído una de sus periódicas fiebres de guerra al contrabando.
Al irse, el soldado le dejó su mujer y otras pertenencias al mejor
amigo, para que se las tuviera en custodia.
Al ańo, volvió. Y se encontró con que el mejor amigo, también
soldado, no le quería entregar la mujer. No había problema en
devolver las demás cosas; pero la mujer, no. El litigio iba a resolverse
mediante el veredicto del cuchillo, en duelo criollo, cuando el
coronel Amen paró la mano:
- Que se expliquen - exigió.
- Esa mujer es mía - dijo el ausentado.
- De él? Habrá sido. Pero ya no es - dijo el otro.
- Razones - dijo el coronel -. Quiero razones.
Y el usurpador razonó:
- Pero coronel, żcómo se la voy a devolver?, con lo que ha sufrido la
pobre!. Si viera cómo la trataba este animal... La trataba, coronel...
como si fuera del Estado!
1era Parte...