InicioOfftopic¿Benedetti no estaba muerto?
Falleció el escritor Mario Benedetti. Dejé pasar unos días antes de mencionar el tema. En parte porque no es correcto ponerse a hacer observaciones triviales sobre una persona que acaba de morir (en todo caso no por el difunto, que ya está muerto y no se hará muchos problemas, sino porque puede importunar a personas que acaso estén tristes y no tienen por qué ser importunadas). Y en parte porque quería pensar cómo decir exactamente lo que pretendo decir.

Voy a hacer un rodeo. A fines del año pasado, el antropólogo Claude Lévi-Strauss cumplió 100 años. Muchas personas, con palabras muy parecidas, me hicieron la misma pregunta: ¿Lévi-Strauss sigue vivo? ¿Lévi-Strauss no estaba muerto? Las preguntas, evidentemente retóricas, afirmaban que quien preguntaba ignoraba el paradero (o el estado de los signos vitales) de Lévi-Strauss.

Hace unas semanas, cuando leí que Benedetti estaba internado en un hospital, la pregunta que me hice fue levemente similar. “Levemente similar”, pues no me pregunté si no se había muerto ya, sino que reparé en que el nombre Benedetti me sonaba simultáneamente familiar y ajeno (algo así como literatura latinoamericana de las décadas de 1950 ó 1960, o quizás de las décadas de 1920 ó 1930). Sabía que existía un escritor llamado Benedetti, sabía que formaba parte de un restringido panteón de celebridades literarias latinoamericanas, pero nunca me había detenido a pensar si estaba vivo o si se había muerto hacía diez, veinte o cuarenta años atrás, y, por lo que a mí respectaba, lo que había escrito era un misterio.


No, no un misterio. Simplemente algo que no me había interesado leer antes de enterarme de que estaba en un hospital, que no me interesó leer en ese momento, y que sigue sin interesarme leer ahora. No lo digo en ningún sentido despectivo, ni por ansias de remar contra la corriente, ni porque me desayuné un Fogwill y me quiero hacer el loco. Para nada. Lo digo con resignación, pero también con entereza. Benedetti y su obra sencillamente están fuera de mis “mapas mentales”. Digo “mapa mental” por decirlo de alguna manera, aunque lo más exacto sea, acaso, ponerlo en términos coloquiales de “bagaje cultural” o “formación cultural” o “base cultural” o algo así. Si alguien me detiene por la calle y me pide que le nombre cinco libros de Benedetti (o ya que estamos, de Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, cualquiera de los clásicos latinoamericanos), no sabría qué decirle. Hasta hace unos días, si alguien me preguntaba dónde había nacido Benedetti, qué orientación política tenía y a qué rostro correspondía su nombre, no hubiese sabido qué responder. Nunca se me había ocurrido pensar en eso y, si alguna vez tuve la información almacenada en algún compartimiento de mi memoria, hacía rato que el compartimiento había sido vaciado para guardar otra información que se me antojaba más significativa.

¿Cómo decirlo sin sonar como un cretino? Leer la obra de Benedetti no me parece importante, ni pertinente, ni necesario, ni deseable, ni prioritario. No estaría de más hacerlo, pues uno se enriquecería en más de un sentido, pero son tantas las cosas que no estarían de más hacer que uno no sabría por dónde empezar. Y yo no empezaría por Benedetti.

¿Sonó como una cretinada?

Lo único que puedo hacer es encogerme de hombros. Es lo que hay.









El “canon” es una cosa que empecé a escuchar “de viejo” (no se oye en las carreras “científicas”, y la crítica literaria no es una carrera científica, no importa cuánto se extienda el término). Casi siempre lo oí con un tono negativo, en boca de aspirantes a escritores o de escritores profesionales cuyo genio ―sostienen― no ha sido debidamente reconocido. El “canon” consiste en ese conjunto de obras o autores que cierta facción académica considera importante/ pertinente/ necesario/ deseable/ prioritario. Lo que uno debe conocer, sí o sí, en caso de que aspire a convertirse en escritor o en analista literario o en un miembro más o menos activo del mundo de las letras. Lo que funciona como parámetro. La base. El plan de estudios.

Me parece bien. Tanto que el canon se discuta, como que exista este canon. Hay algunos rudimentos básicos que todo profesional debe manejar, y aunque el contenido de estos rudimentos cambie (es natural, y deseable, que así sea), la existencia misma del corpus es inevitable. Pero si uno no se dedica a dicha actividad, y aún así ocupa algún tangencial cubículo en la industria cultural, en la industria del entretenimiento, ¿debería haber leído a Benedetti? ¿Debería haber sabido de su paradero antes de que los periódicos anunciaran su internación y, luego, su fallecimiento?

Evitemos las respuestas fáciles y sonsas, enarbolando la ensangrentada bandera de la cultura, la literatura y (joder) la hermandad latinoamericana. Pensémoslo durante un minuto. ¿Forma parte Benedetti de algún corpus de conocimiento básico que uno debe manejar para ser un miembro pleno de la sociedad? No digo ya de algún canon literario, del cual, sospecho, Benedetti es socio con medalla de honor. Digo del corpus cotidiano que alguien debería manejar para ser un miembro estándar de la sociedad (argentina, sudamericana, de primeros años del siglo XXI). Lo que uno debería saber, en todo momento, en todo lugar.










La noticia de la muerte de Benedetti generó todos los lamentos mediáticos esperables. En diarios, radio, televisión. Y uno se daba cuenta, sobre todo en radio y televisión, no sólo que esas personas jamás se habían tropezado con un texto de Benedetti en sus vidas, sino que el único mérito que ―como un meme― encontraban en su obra, era que se trataba de un “poeta popular”. Las palabras “poeta” y “popular” no faltaron en ninguna evocación, y lo único que aprendí escuchando estas evocaciones fue que sus obras dieron pie a películas y canciones “populares”. Curiosamente, o no tanto, los especialistas en presentar las crónicas y dar sus emotivas opiniones son quienes se ocupan de la sección chimentos y espectáculos. Pensé que los noticieros televisivos y radiales no suelen tener expertos “culturales”. No sé por qué, pero me alegré.

El mismo día, o el posterior, estos mismos medios revelaron los resultados de una encuesta que decía que “la gente” (¿quién diablos es “la gente”?) no sabe qué se vota en las elecciones legislativas del 28 de junio, ni quiénes son los candidatos, ni cuáles sus propuestas. Lo decían horrorizados, con el mismo tono que habrían puesto si, unos días antes, sacaban sus cámaras para preguntar quién es Benedetti y qué cosa hizo en sus 88 años de vida.

―¿Benedetti? ¿Una marca de ropa?

El truco es conocido. A algún astuto productor televisivo se le ocurre que quiere probar que “la gente” no sabe nada, así que pone en la calle a algún astuto entrevistador a preguntar de golpe y porrazo: ¿Cuándo nació San Martín? ¿Cómo se llama el Ministro de Educación? ¿Qué argentinos ganaron el Premio Nobel? ¿Quién fue el primer Presidente del país? ¿Quién escribió “Cambalache”? ¿Cuál es la capital de Formosa?

Entonces uno, que va por la calle, pensando en conseguir monedas para el colectivo, en pagar los impuestos, en buscar los análisis médicos, en tomar un examen, en rendir uno, en la perra que le rompió el corazón y no le devuelve los DVD de Lost, en conseguir trabajo, en no perderlo, en si lloverá, en si saldrá el sol, se convierte en ejemplo andante de ignorancia humana cuando no puede responder las preguntas de “interés general” que le planta un astuto productor de televisión.

Pero de nuevo, ¿cuál es la base? ¿Cuál es el conocimiento estándar que todos deberíamos manejar en todo momento y en todo lugar? ¿Y quiénes somos “todos”? ¿”Todos” se define por edad, profesión, actividad, sexo, ciudad, país, región, estrato socioeconómico? ¿”Todos” somos “todos”? ¿O hay “todos” y “todos”?

Si hace un mes me detenían por la calle para importunarme con preguntas de este tipo, no hubiese podido nombrar ni una (ni una, de veras) sola cosa escrita por Benedetti; ahora diré La tregua y Gracias por el fuego, pues es difícil escaparle al noticiero y los periódicos de la mañana.

No obstante, abordado de imprevisto, puedo enumerar la discografía completa de Ramones y la formación de Independiente en 1993 (incluyendo suplentes y cuerpo técnico). Puedo detallar con bastante confianza los cuatro millones de años de zarandeos homínidos que van desde el Australopithecus anamensis hasta el Homo Sapiens, y también puedo recitar de memoria el comienzo de Viaje al fin de la noche de Louis Ferdinand Céline; puedo nombrar al poeta nacional rumano, al menos cien marcas de cerveza, los ingredientes para preparar chimichurri y la estructura celular de una bacteria procariota. No tengo problemas en dibujar la disposición de las letras en un teclado, ni en bosquejar la tabla periódica de los elementos, ni en detallar la filmografía de Quentin Tarantino, ni todas las formaciones de The Clash. Soy capaz de nombrar diez obras de Copi, diez canciones de Sandro, diez libros de Lévi-Strauss, diez películas con Meg Ryan, diez autores dadaístas y diez autores surrealistas, diez guionistas y diez dibujantes de Batman. Y si me apuran, también sé unas cuantas cosas más.








La noticia de la muerte de Benedetti generó todos los lamentos mediáticos esperables. En diarios, radio, televisión. Y uno se daba cuenta, sobre todo en radio y televisión, no sólo que esas personas jamás se habían tropezado con un texto de Benedetti en sus vidas, sino que el único mérito que ―como un meme― encontraban en su obra, era que se trataba de un “poeta popular”. Las palabras “poeta” y “popular” no faltaron en ninguna evocación, y lo único que aprendí escuchando estas evocaciones fue que sus obras dieron pie a películas y canciones “populares”. Curiosamente, o no tanto, los especialistas en presentar las crónicas y dar sus emotivas opiniones son quienes se ocupan de la sección chimentos y espectáculos. Pensé que los noticieros televisivos y radiales no suelen tener expertos “culturales”. No sé por qué, pero me alegré.

El mismo día, o el posterior, estos mismos medios revelaron los resultados de una encuesta que decía que “la gente” (¿quién diablos es “la gente”?) no sabe qué se vota en las elecciones legislativas del 28 de junio, ni quiénes son los candidatos, ni cuáles sus propuestas. Lo decían horrorizados, con el mismo tono que habrían puesto si, unos días antes, sacaban sus cámaras para preguntar quién es Benedetti y qué cosa hizo en sus 88 años de vida.

―¿Benedetti? ¿Una marca de ropa?

El truco es conocido. A algún astuto productor televisivo se le ocurre que quiere probar que “la gente” no sabe nada, así que pone en la calle a algún astuto entrevistador a preguntar de golpe y porrazo: ¿Cuándo nació San Martín? ¿Cómo se llama el Ministro de Educación? ¿Qué argentinos ganaron el Premio Nobel? ¿Quién fue el primer Presidente del país? ¿Quién escribió “Cambalache”? ¿Cuál es la capital de Formosa?

Entonces uno, que va por la calle, pensando en conseguir monedas para el colectivo, en pagar los impuestos, en buscar los análisis médicos, en tomar un examen, en rendir uno, en la perra que le rompió el corazón y no le devuelve los DVD de Lost, en conseguir trabajo, en no perderlo, en si lloverá, en si saldrá el sol, se convierte en ejemplo andante de ignorancia humana cuando no puede responder las preguntas de “interés general” que le planta un astuto productor de televisión.

Pero de nuevo, ¿cuál es la base? ¿Cuál es el conocimiento estándar que todos deberíamos manejar en todo momento y en todo lugar? ¿Y quiénes somos “todos”? ¿”Todos” se define por edad, profesión, actividad, sexo, ciudad, país, región, estrato socioeconómico? ¿”Todos” somos “todos”? ¿O hay “todos” y “todos”?

Si hace un mes me detenían por la calle para importunarme con preguntas de este tipo, no hubiese podido nombrar ni una (ni una, de veras) sola cosa escrita por Benedetti; ahora diré La tregua y Gracias por el fuego, pues es difícil escaparle al noticiero y los periódicos de la mañana.

No obstante, abordado de imprevisto, puedo enumerar la discografía completa de Ramones y la formación de Independiente en 1993 (incluyendo suplentes y cuerpo técnico). Puedo detallar con bastante confianza los cuatro millones de años de zarandeos homínidos que van desde el Australopithecus anamensis hasta el Homo Sapiens, y también puedo recitar de memoria el comienzo de Viaje al fin de la noche de Louis Ferdinand Céline; puedo nombrar al poeta nacional rumano, al menos cien marcas de cerveza, los ingredientes para preparar chimichurri y la estructura celular de una bacteria procariota. No tengo problemas en dibujar la disposición de las letras en un teclado, ni en bosquejar la tabla periódica de los elementos, ni en detallar la filmografía de Quentin Tarantino, ni todas las formaciones de The Clash. Soy capaz de nombrar diez obras de Copi, diez canciones de Sandro, diez libros de Lévi-Strauss, diez películas con Meg Ryan, diez autores dadaístas y diez autores surrealistas, diez guionistas y diez dibujantes de Batman. Y si me apuran, también sé unas cuantas cosas más.









La pregunta es: ¿quién decide qué conocimiento es redundante y qué conocimiento es indispensable? ¿Un productor de televisión? ¿Las viudas lloronas de Benedetti? ¿Un lector crónico de revistas culturales? Se dirá que la escuela, pero como respuesta es demasiado trivial.

A su vez, ¿cuál es el conocimiento mínimo indispensable para anotarse un punto como miembro informado de la sociedad? ¿Qué hay que saber para aprobar el examen de los medios masivos de comunicación y de las viudas lloronas de la cultura? ¿Quién es el 7 de Huracán? ¿Quién es el arquero de Boca? ¿Quién escribió Matar un ruiseñor? ¿Qué poeta se jactaba de ser un desertor de 17 naciones? ¿En qué año murió Raúl Scalabrini Ortiz? ¿En qué año fue el Cordobazo? ¿Quién era el Vicepresidente de Arturo Frondizi? ¿Qué es el ADN? ¿Y las proteínas? ¿Quién vino primero, Platón, Sócrates o Aristóteles? ¿Beethoven, Mozart o Bach? ¿Quién escribió “La Bamba”? ¿Qué dice el artículo 15 de la Constitución? ¿Qué dice el artículo 15 BIS? ¿Hay un artículo 15 BIS? ¿Se escribe BIS o bis? ¿En qué año se fundó Mongolia? ¿Y Tierra del Fuego? ¿Y Buenos Aires?

El problema con esta clase de planteos es el carácter profundamente pacato y esnob que impregnan nuestras concepciones coloquiales de “cultura”. Se asocia “cultura” con “literatura”, “arte”, “poesía”; se asocia “cultura” con una suerte de canon parido no en los cerrados claustros académicos sino en los desabridos medios de comunicación, en los aún más desabridos ámbitos donde “la cultura” se diseca y muere.

Estoy convencido de que uno pierde mucho al elegir un camino y no otro. Pero elegir un camino y no otro es parte de la vida, es parte de la gestación del conocimiento, parte de la manutención de la riqueza cultural. Si todos supiésemos lo mismo, el mundo sería un lugar bastante más huraño de lo que ya es. El día en que los programas de televisión emitan segmentos donde todos los sorprendidos peatones contestan todas las preguntas correctamente, el día en que todos parezcan saber las mismas cosas triviales, ese día habrá que preocuparse mucho más que hoy.

Mientras uno pueda seguir diciendo que leer un libro de Benedetti, por más bueno que sea, no le resulta importante/ pertinente/ necesario/ deseable/ prioritario, las cosas marcharán bien. Mientras uno pueda elegir, mientras tenga las herramientas conceptuales básicas para elegir (y aquí sí podemos apuntar a la escuela, entre otras instituciones), las cosas marcharán bien.

Estimo que algún gran defensor de la cultura no estará de acuerdo. Lo único que puedo hacer es encogerme de hombros. Es lo que hay.





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