El mito de la caja de Pandora
Allí vivía el benefactor de los mortales junto a su hermano Epimeteo que, a pesar de estar advertido de que Zeus podría utilizar cualquier estrategia para vengarse, aceptó la llegada de Pandora y, enamorándose perdidamente de sus encantos, la tomó por esposa.
Pero Pandora traía algo consigo: una caja que contenía todos los males capaces de contaminar el mundo de desgracias y también todos los bienes. Uno de los bienes era la Esperanza, consuelo del que sufre, que también permanecía encerrada en aquella caja. Y es que, por aquel entonces, cuentan que la vida humana no conocía enfermedades, locuras, vicios o pobreza, aunque tampoco nobles sentimientos.
Pandora, víctima de su curiosidad, abrió un aciago día la caja y todos los males se escaparon por el mundo, asaltando a su antojo a los desdichados mortales. Cuentan que los bienes subieron al mismo Olimpo y allí quedaron junto a los dioses. Asustada, la muchacha cerró la caja de golpe quedando dentro la Esperanza, tan necesaria para superar precisamente los males que acosan al hombre.
Apresuradamente corrió Pandora hacia los hombres a consolarlos, hablándoles de la Esperanza, a la que siempre podrían acudir pues estaba a buen recaudo.
Este es el conocido como Mito de la caja de Pandora, que forma parte de la mitología griega.
El pescador Urashima, leyenda japonesa
Cuentan que hace muchos años vivía en Japón un joven pescador, hábil con los anzuelos y las redes aunque un poco olvidadizo, llamado Urashima. Dicen asimismo que una tarde en la que este había salido a faenar con su barca, al izar las redes encontró atrapada en ellas una gran tortuga verde. Aunque esta podía proporcionar alimento para él y sus padres durante varios días, Urashima se apiadó de ella y la devolvió al mar. Mientras lo hacía sintió que el sueño se apoderaba de él.
Al poco de cerrar el pescador los ojos, una hermosa doncella surgió de entre las olas y, tras subir a la barca, dijo:
―Soy hija del dios del mar. Fui yo quién, bajo la forma de una tortuga, se enredó en tus aparejos de pesca y a quién generosamente devolviste al agua. Esa acción tan noble no puede quedar sin recompensa, así que te invito a acompañarme al Palacio del Dragón, cuyo suelo de coral nunca ha sido hollado por un ser humano, y en donde vivo con mi padre.
La princesa se sentó entonces al lado de Urashima y cogió un remo; el pescador empuñó el otro y ambos comenzaron a remar. Remaron y remaron, adentrándose cada vez más en el océano, hasta que por fin pudieron divisar en el horizonte los altos torreones del Palacio del Dragón.
Este se alzaba en un solitario islote en mar abierto. Pétreos árboles con hojas de esmeralda jalonaban el camino que conducía a su entrada. Sus torres, puntiagudas y retorcidas, se perdían entre las nubes, y estaba hecho por entero de coral rojo, de tal manera que el coral parecía haber crecido voluntariamente de aquella forma para honrar a su señor. Tal era el magnífico palacio desde el cual el dios del mar gobernaba a las criaturas marinas.
Allí vivió Urashima agasajado por los súbditos del dios del mar. Él y la princesa se enamoraron y acabaron por casarse. Era muy feliz, pero no podía evitar sentir nostalgia de su pueblo, por lo que, poco a poco, fue madurando la idea de regresar a tierra firme para visitar a sus padres. Cuando contó a la princesa su proyecto, esta asintió apesadumbrada. Si ese era su deseo, ella no se lo impediría. Antes de partir, le dio una pequeña caja de madera con la advertencia de que si quería regresar algún día al Palacio del Dragón, nunca la abriese.
Nada más tocar la caja, Urashima sintió que su visión se nublaba y perdía la consciencia. Cuando despertó, ya no se encontraba en el Palacio del Dragón, sino en su barca, frente a la cala en la que solía pescar, justo en el lugar en el que se había quedado dormido aquella tarde durante la cual había pescado la gran tortuga verde. El sol estaba casi en la misma posición, él iba vestido con la misma ropa que cuando había salido a faenar y en su barca se encontraban todos sus aparejos, tal y como los tenía dispuestos aquella tarde. En apariencia, solo habían transcurrido unos minutos, y no meses.
Dudando de si su estancia en el Palacio del Dragón había sido un sueño, Urashima condujo la barca hacia la orilla y se dirigió a su casa.
Al llegar al pueblo, notó que algo extraño sucedía. Las calles le resultaban familiares, pero no todo respondía exactamente a sus recuerdos: aquí y allá se levantaban casas que antes no existían, otras que recordaba con claridad se habían convertido en solares o en edificaciones nuevas. La casa de sus padres era una de estas.
Desconcertado, paró a un viandante y le preguntó por sus padres.
―No los conozco, lo siento ―respondió al principio el viandante, aunque después su rostro pareció iluminarse con la chispa de un recuerdo―. ¡Oh, espera! Tu te refieres a los padres del pescador. Su hijo salió una tarde a faenar y nunca regresó. Pero eso tuvo lugar hace mucho tiempo, mucho antes de que yo naciese. Han pasado ya, por lo menos, 300 años desde que los padres del pescador murieron.
Urashima comprendió entonces que su estancia en el Palacio del Dragón no había sido un sueño y que es cierto lo que dicen algunos: en las tierras habitadas por las hadas y los seres feéricos el tiempo transcurre más despacio que en el mundo de los humanos.
Nada había ya que lo retuviese en tierra firme. Urashima echaba ahora de menos el Palacio del Dragón y la compañía de la princesa. En la cesta de mimbre que llevaba habitualmente cuando salía a pescar, encontró la pequeña caja de madera que ella le había dado. Sin recordar su advertencia, la abrió. De su interior brotó una nube blanca que, cuando ganó altura suficiente, comenzó a avanzar hacia el horizonte.
Urashima la persiguió, pidiéndole a gritos que lo esperase, pero esta no cambió de rumbo. Al pescador le costaba cada vez más correr. Sentía crecer la debilidad de sus piernas, y a cada poco tenía que pararse a recobrar el resuello. En una de estas ocasiones miró sus manos: estaban arrugadas como las de un anciano. La terrible verdad era que, según la nube se alejaba, los años que habían transcurrido en el mundo mortal se echaban encima de él, dispuestos a cobrar su tributo.
A duras penas, Urashima logró llegar a la playa. Pero ya no le quedaban fuerzas para más. Cayó rendido sobre la arena, en donde murió, mientras veía cómo la nube se alejaba sobre el mar.
La leyenda del conejo de la luna
Si miramos al cielo en una noche despejada y con una buena visibilidad nocturna, observando atentamente a nuestro astro natural, podremos visualizar, ayudándonos con nuestra imaginación, la imagen de un conejo saltando en él. Una vieja leyenda maya intenta explicar el por qué de esta figura: es la Leyenda del Conejo en la Luna o la del Conejo Lunar.
Esta leyenda cuenta que un día el gran dios maya Quetzalcóatl decidió salir a dar una vuelta por la tierra disfrazado en forma humana. Tras caminar mucho y durante todo el día, a la caída del sol sintió hambre y cansancio, pero sin embargo no se detuvo. Cayó la noche, salieron a brillar las estrellas y se asomó la luna en el horizonte, y ese fue el momento en que el gran Dios decidió tomar asiento a la vera del camino para descansar.
En ello estaba cuando observó que se le acercaba un conejo, que había ido a cenar. Quetzalcóatl le preguntó qué estaba comiendo, y el conejo le respondió que comía zacate, y humildemente le ofreció un poco. Sin embargo, la deidad contestó que él no comía aquello, y que probablemente su fin fuera morir de hambre y de sed. Horrorizado ante tal posibilidad, el conejo se le acercó aún más y le dijo que, por más que él sólo fuera una nimia y pequeña criatura, bien podría servir para satisfacer las necesidades del Dios, y se auto ofreció para ser su alimento.
El corazón de Quetzalcóatl se ensanchó de gozo, y acarició amorosamente a la pequeña criatura. Tomándolo entre sus manos, le dijo que no importaba cuán pequeño fuese, a partir de aquél día todos lo recordarían por aquella acción de ofrecer desinteresadamente su vida para salvar otra. Luego lo levantó alto, tan alto, que la figura del conejo quedó estampada sobre la superficie lunar. Luego volvió a bajarlo cuidadosamente y le mostró aquella imagen suya, retratada para siempre en luz y plata, que quedaría allí por todos los tiempos y para todos los hombres.
Esta leyenda también tiene su versión japonesa, donde el conejo recibe el nombre de Tsuki no Usagi. Según esta versión, apareció un día en un poblado de Japón un viejo que al parecer estaba pasando muchas necesidades, y le pidió ayuda y alimento a tres animales: un mono, que subió a un árbol y le bajó algunas frutas; un zorro, que cazó para él un ave; y una liebre, que no pudo más que regresar sin nada.
Cuando vio el sufrimiento del pobre hombre, sintió mucha pena y culpa; por lo que encendió una hoguera y se introdujo en ella como sacrificio. Al ver esto, el viejo descubrió su verdadera identidad, ya que era un poderoso dios. Apenado por el fin del animalillo, quiso inmortalizar su sacrificio dejando para siempre su estampa en la luna.
Esta versión suele contársele a los niños japoneses, explicándoles luego que los conejos hoy saltan en la tierra intentando alcanzar a su héroe en la luna.
El mito de Orfeo y Eurídice
Orfeo, hijo de Apolo (y nieto de Zeus) y de Calíope, musa de la poesía épica y de la elocuencia, poseía el don de la música y de la poesía.
Enamorado perdidamente de Eurídice, una ninfa de los valles de Tracia, la convierte felizmente en su esposa. Pero un nefasto día, tratando ella de huir de Aristeo, hijo de Apolo y que pretendía poseerla, pisó una serpiente venenosa y, mordida por ésta, murió.
La pena invadió entonces a Orfeo, y llorando desconsoladamente a las orillas del río Estrimón, entonó canciones tan tristes que todos los dioses y todas las ninfas le incitaron a descender al inframundo, donde, con la ayuda inestimable de su música, consiguió sortear mil y un peligros, conmoviendo a demonios y tormentos.
Una vez hubo llegado ante Hades y Perséfone, dioses regentes del Inframundo, utilizó de nuevo su música consiguiendo convencerlos de dar a Eurídice la oportunidad de regresar al mundo de los vivos. Pero pusieron una condición: Orfeo debía caminar siempre delante de ella y no mirarla hasta que ambos hubieran llegado arriba, y los rayos del sol hubieran bañado por completo a Eurídice.
El camino de regreso se hizo terriblemente largo. Orfeo se mantenía sus ojos al frente a pesar de las enormes ansias que le invadían de admirar a su amada. No se volvió ni aún cuando los peligros del Inframundo los acechaban.
Ya en la superficie, Orfeo, al borde de la desesperación, giró la cabeza creyendo que todo había pasado, pero Eurídice aún tenía un pie a la sombra y, en ese preciso instante, se desvaneció en el aire, ya sin posibilidad de volver de nuevo.
Espero que lo disfruten. No se olviden de comentar. gracias
Allí vivía el benefactor de los mortales junto a su hermano Epimeteo que, a pesar de estar advertido de que Zeus podría utilizar cualquier estrategia para vengarse, aceptó la llegada de Pandora y, enamorándose perdidamente de sus encantos, la tomó por esposa.
Pero Pandora traía algo consigo: una caja que contenía todos los males capaces de contaminar el mundo de desgracias y también todos los bienes. Uno de los bienes era la Esperanza, consuelo del que sufre, que también permanecía encerrada en aquella caja. Y es que, por aquel entonces, cuentan que la vida humana no conocía enfermedades, locuras, vicios o pobreza, aunque tampoco nobles sentimientos.
Pandora, víctima de su curiosidad, abrió un aciago día la caja y todos los males se escaparon por el mundo, asaltando a su antojo a los desdichados mortales. Cuentan que los bienes subieron al mismo Olimpo y allí quedaron junto a los dioses. Asustada, la muchacha cerró la caja de golpe quedando dentro la Esperanza, tan necesaria para superar precisamente los males que acosan al hombre.
Apresuradamente corrió Pandora hacia los hombres a consolarlos, hablándoles de la Esperanza, a la que siempre podrían acudir pues estaba a buen recaudo.
Este es el conocido como Mito de la caja de Pandora, que forma parte de la mitología griega.
El pescador Urashima, leyenda japonesa
Cuentan que hace muchos años vivía en Japón un joven pescador, hábil con los anzuelos y las redes aunque un poco olvidadizo, llamado Urashima. Dicen asimismo que una tarde en la que este había salido a faenar con su barca, al izar las redes encontró atrapada en ellas una gran tortuga verde. Aunque esta podía proporcionar alimento para él y sus padres durante varios días, Urashima se apiadó de ella y la devolvió al mar. Mientras lo hacía sintió que el sueño se apoderaba de él.
Al poco de cerrar el pescador los ojos, una hermosa doncella surgió de entre las olas y, tras subir a la barca, dijo:
―Soy hija del dios del mar. Fui yo quién, bajo la forma de una tortuga, se enredó en tus aparejos de pesca y a quién generosamente devolviste al agua. Esa acción tan noble no puede quedar sin recompensa, así que te invito a acompañarme al Palacio del Dragón, cuyo suelo de coral nunca ha sido hollado por un ser humano, y en donde vivo con mi padre.
La princesa se sentó entonces al lado de Urashima y cogió un remo; el pescador empuñó el otro y ambos comenzaron a remar. Remaron y remaron, adentrándose cada vez más en el océano, hasta que por fin pudieron divisar en el horizonte los altos torreones del Palacio del Dragón.
Este se alzaba en un solitario islote en mar abierto. Pétreos árboles con hojas de esmeralda jalonaban el camino que conducía a su entrada. Sus torres, puntiagudas y retorcidas, se perdían entre las nubes, y estaba hecho por entero de coral rojo, de tal manera que el coral parecía haber crecido voluntariamente de aquella forma para honrar a su señor. Tal era el magnífico palacio desde el cual el dios del mar gobernaba a las criaturas marinas.
Allí vivió Urashima agasajado por los súbditos del dios del mar. Él y la princesa se enamoraron y acabaron por casarse. Era muy feliz, pero no podía evitar sentir nostalgia de su pueblo, por lo que, poco a poco, fue madurando la idea de regresar a tierra firme para visitar a sus padres. Cuando contó a la princesa su proyecto, esta asintió apesadumbrada. Si ese era su deseo, ella no se lo impediría. Antes de partir, le dio una pequeña caja de madera con la advertencia de que si quería regresar algún día al Palacio del Dragón, nunca la abriese.
Nada más tocar la caja, Urashima sintió que su visión se nublaba y perdía la consciencia. Cuando despertó, ya no se encontraba en el Palacio del Dragón, sino en su barca, frente a la cala en la que solía pescar, justo en el lugar en el que se había quedado dormido aquella tarde durante la cual había pescado la gran tortuga verde. El sol estaba casi en la misma posición, él iba vestido con la misma ropa que cuando había salido a faenar y en su barca se encontraban todos sus aparejos, tal y como los tenía dispuestos aquella tarde. En apariencia, solo habían transcurrido unos minutos, y no meses.
Dudando de si su estancia en el Palacio del Dragón había sido un sueño, Urashima condujo la barca hacia la orilla y se dirigió a su casa.
Al llegar al pueblo, notó que algo extraño sucedía. Las calles le resultaban familiares, pero no todo respondía exactamente a sus recuerdos: aquí y allá se levantaban casas que antes no existían, otras que recordaba con claridad se habían convertido en solares o en edificaciones nuevas. La casa de sus padres era una de estas.
Desconcertado, paró a un viandante y le preguntó por sus padres.
―No los conozco, lo siento ―respondió al principio el viandante, aunque después su rostro pareció iluminarse con la chispa de un recuerdo―. ¡Oh, espera! Tu te refieres a los padres del pescador. Su hijo salió una tarde a faenar y nunca regresó. Pero eso tuvo lugar hace mucho tiempo, mucho antes de que yo naciese. Han pasado ya, por lo menos, 300 años desde que los padres del pescador murieron.
Urashima comprendió entonces que su estancia en el Palacio del Dragón no había sido un sueño y que es cierto lo que dicen algunos: en las tierras habitadas por las hadas y los seres feéricos el tiempo transcurre más despacio que en el mundo de los humanos.
Nada había ya que lo retuviese en tierra firme. Urashima echaba ahora de menos el Palacio del Dragón y la compañía de la princesa. En la cesta de mimbre que llevaba habitualmente cuando salía a pescar, encontró la pequeña caja de madera que ella le había dado. Sin recordar su advertencia, la abrió. De su interior brotó una nube blanca que, cuando ganó altura suficiente, comenzó a avanzar hacia el horizonte.
Urashima la persiguió, pidiéndole a gritos que lo esperase, pero esta no cambió de rumbo. Al pescador le costaba cada vez más correr. Sentía crecer la debilidad de sus piernas, y a cada poco tenía que pararse a recobrar el resuello. En una de estas ocasiones miró sus manos: estaban arrugadas como las de un anciano. La terrible verdad era que, según la nube se alejaba, los años que habían transcurrido en el mundo mortal se echaban encima de él, dispuestos a cobrar su tributo.
A duras penas, Urashima logró llegar a la playa. Pero ya no le quedaban fuerzas para más. Cayó rendido sobre la arena, en donde murió, mientras veía cómo la nube se alejaba sobre el mar.
La leyenda del conejo de la luna
Si miramos al cielo en una noche despejada y con una buena visibilidad nocturna, observando atentamente a nuestro astro natural, podremos visualizar, ayudándonos con nuestra imaginación, la imagen de un conejo saltando en él. Una vieja leyenda maya intenta explicar el por qué de esta figura: es la Leyenda del Conejo en la Luna o la del Conejo Lunar.
Esta leyenda cuenta que un día el gran dios maya Quetzalcóatl decidió salir a dar una vuelta por la tierra disfrazado en forma humana. Tras caminar mucho y durante todo el día, a la caída del sol sintió hambre y cansancio, pero sin embargo no se detuvo. Cayó la noche, salieron a brillar las estrellas y se asomó la luna en el horizonte, y ese fue el momento en que el gran Dios decidió tomar asiento a la vera del camino para descansar.
En ello estaba cuando observó que se le acercaba un conejo, que había ido a cenar. Quetzalcóatl le preguntó qué estaba comiendo, y el conejo le respondió que comía zacate, y humildemente le ofreció un poco. Sin embargo, la deidad contestó que él no comía aquello, y que probablemente su fin fuera morir de hambre y de sed. Horrorizado ante tal posibilidad, el conejo se le acercó aún más y le dijo que, por más que él sólo fuera una nimia y pequeña criatura, bien podría servir para satisfacer las necesidades del Dios, y se auto ofreció para ser su alimento.
El corazón de Quetzalcóatl se ensanchó de gozo, y acarició amorosamente a la pequeña criatura. Tomándolo entre sus manos, le dijo que no importaba cuán pequeño fuese, a partir de aquél día todos lo recordarían por aquella acción de ofrecer desinteresadamente su vida para salvar otra. Luego lo levantó alto, tan alto, que la figura del conejo quedó estampada sobre la superficie lunar. Luego volvió a bajarlo cuidadosamente y le mostró aquella imagen suya, retratada para siempre en luz y plata, que quedaría allí por todos los tiempos y para todos los hombres.
Esta leyenda también tiene su versión japonesa, donde el conejo recibe el nombre de Tsuki no Usagi. Según esta versión, apareció un día en un poblado de Japón un viejo que al parecer estaba pasando muchas necesidades, y le pidió ayuda y alimento a tres animales: un mono, que subió a un árbol y le bajó algunas frutas; un zorro, que cazó para él un ave; y una liebre, que no pudo más que regresar sin nada.
Cuando vio el sufrimiento del pobre hombre, sintió mucha pena y culpa; por lo que encendió una hoguera y se introdujo en ella como sacrificio. Al ver esto, el viejo descubrió su verdadera identidad, ya que era un poderoso dios. Apenado por el fin del animalillo, quiso inmortalizar su sacrificio dejando para siempre su estampa en la luna.
Esta versión suele contársele a los niños japoneses, explicándoles luego que los conejos hoy saltan en la tierra intentando alcanzar a su héroe en la luna.
El mito de Orfeo y Eurídice
Orfeo, hijo de Apolo (y nieto de Zeus) y de Calíope, musa de la poesía épica y de la elocuencia, poseía el don de la música y de la poesía.
Enamorado perdidamente de Eurídice, una ninfa de los valles de Tracia, la convierte felizmente en su esposa. Pero un nefasto día, tratando ella de huir de Aristeo, hijo de Apolo y que pretendía poseerla, pisó una serpiente venenosa y, mordida por ésta, murió.
La pena invadió entonces a Orfeo, y llorando desconsoladamente a las orillas del río Estrimón, entonó canciones tan tristes que todos los dioses y todas las ninfas le incitaron a descender al inframundo, donde, con la ayuda inestimable de su música, consiguió sortear mil y un peligros, conmoviendo a demonios y tormentos.
Una vez hubo llegado ante Hades y Perséfone, dioses regentes del Inframundo, utilizó de nuevo su música consiguiendo convencerlos de dar a Eurídice la oportunidad de regresar al mundo de los vivos. Pero pusieron una condición: Orfeo debía caminar siempre delante de ella y no mirarla hasta que ambos hubieran llegado arriba, y los rayos del sol hubieran bañado por completo a Eurídice.
El camino de regreso se hizo terriblemente largo. Orfeo se mantenía sus ojos al frente a pesar de las enormes ansias que le invadían de admirar a su amada. No se volvió ni aún cuando los peligros del Inframundo los acechaban.
Ya en la superficie, Orfeo, al borde de la desesperación, giró la cabeza creyendo que todo había pasado, pero Eurídice aún tenía un pie a la sombra y, en ese preciso instante, se desvaneció en el aire, ya sin posibilidad de volver de nuevo.
Espero que lo disfruten. No se olviden de comentar. gracias