Los Espejos
Cuento Ecológico
Por Zadí Desmé

Nunca sospeché que mi vida iba a cambiar tanto en un viaje de vacaciones forzado por nuestra madre, Martina y yo fuimos llevados a la casa en donde creció mi padre, lejos de la ciudad, en un pequeño valle al norte llamado “Los Espejos” sitio donde la palabra civilización parecía tener otro significado.
Luego de algunas horas por la carretera, tomamos un camino de tierra que nos llevaba por una comarca desértica que llegaba hasta una explanada que terminaba en lo alto de un acantilado, con una bajada junto a ésta, donde se podía apreciar la forma de herradura que tenía la playa que se encontraba abajo, Se podía escuchar el constante retumbar de las olas y el inconfundible olor a mar. La vieja casa de la tía Carmen estaba pegada el cerro, una pequeña pista atravesaba entre el frontis de la casa y un malecón destruido por los años que servía de paseo para los habitantes de las treinta casas que aun quedaban en pie. No entendía por qué, mi madre nos torturaba llevándonos de vacaciones a tan aburrido lugar, prefería quedarme en casa, pero era mi padre era él quien insistía.
Nuestra situación económica no era buena, a diferencia de otros niños de nuestro colegio, ellos viajaban a Disney o al Caribe, mi padre siempre nos decía “las cosas ya mejoraran, el próximo año será”. A nuestra corta edad no entendíamos de problemas de dinero, estábamos en la época en la que pensábamos que todo lo que existía en el mundo era para nosotros y creíamos que era obligación de nuestros padres dárnoslo.
-¡Llegaron mis niños!, ¿Cómo les fue en el viaje?- gritaba alegremente la tía Carmen, ella era muy feliz recibiendo a los hijos de su sobrino favorito, la tía crió a mi padre desde muy niño y siempre lo escuchaba decir que gracias a ella, él había podido salir adelante. Luego de instalarnos en nuestra habitación el almuerzo fue servido como siempre a la una de la tarde. Cuando Juan el mayordomo, terminaba de recoger los platos, Martina y yo pedimos permiso para ir a jugar a la playa.
-“Mucho cuidado con ir a las peñas o a los acantilados, son muy peligrosos”- nos advirtieron. Era mitad de año, vacaciones de invierno, a simple vista, imposible de encontrar amigos aquí. Yo tenía nueve años y mi hermanita siete, estábamos resignados, sabíamos que papá se había quedado trabajando durante sus vacaciones en la ciudad, para ganar más dinero y poder pagar algunas cuentas.
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