Del erotismo estándar al libre “cachondeo”
Autor: Mtro. Psic. Aníbal Santoro
Autor: Mtro. Psic. Aníbal Santoro
La sexualidad es una expresión infinitamente más rica de nuestro ser en relación que el mero acto genital de penetrar o ser penetrado
Consideraciones
La sexualidad es quizás uno de los temas más urticantes para encarar debido a que puede caerse en sitios comunes, censuras propias proyectadas y ajenas introyectadas, emisión de juicios de valor, despertar respuestas defensivas en el lector, etc. También puede reducirse a una simple enumeración de datos explicativos que por su objetiva frialdad pueden ayudar más al fracaso en el ejercicio libre de la sexualidad que a su liberación.
Si bien se trata de un artículo que pretende aportar claridad, será interesante que cada lector haga un ejercicio de auto-conocimiento antes que intentar incorporar el contenido y sus posibles definiciones, para no quedar atrapado en un plano intelectual en el que toda fantasía debería pedir permiso.
Al aseverar lo irrelevante que es lograr un orgasmo en una relación sexual puntual debe tenerse en cuenta que no se minimizan las posibilidades de un problema psicológico u orgánico cuando la situación de anorgasmia se repite indefinidamente.
Romper con los absolutos: Multidimensión de la sexualidad humana
Aunque cultural y socialmente tanto hombres como mujeres pueden verse avasallados por estandarizaciones simplistas que realzan un tipo de conductas sexuales en desmedro de otras, la sexualidad humana presenta infinidad de matices que a veces se diluyen bajo las sábanas y en otras ocasiones se potencian generando conflictos muy profundos en la pareja.
Dentro de esta variedad de dimensiones deben considerarse, además de los normales altibajos en nuestros niveles instantáneos de salud psíquica, las distintas estructuras de personalidad que determinan la forma que cada quien tiene para responder a las carencias, ambiciones y frustraciones de cada etapa de su vida así como las estrategias que cada uno puede desarrollar para lograr sus objetivos o relacionarse.
No todos son lujuriosos. Y tampoco todos son “secos”. Lo mismo sucede con la fidelidad y la infidelidad, con el ser experto, atrevido o indeciso.
De lo que se trata es de romper con la satanización y con los absolutos que socialmente sirven tanto para la estandarización de comportamientos y de productividad como para las previsiones estadísticas.
Cuando se puede escapar de la simplificación externa que se hace de nuestra complejidad logramos hacer contacto con nuestro verdadero ser y respondemos con libertad.
El proceso educativo y la necesidad de inserción en un ámbito social condiciona las respuestas tras la costumbre de producir bienes, servicios, resultados, etc., para colaborar en la sociedad a cambio de una serie de garantías de subsistencia. De tan bien aprendido llegamos a creerlo, pensando falazmente que el coito es el fin mismo de la sexualidad humana sin que logremos diferenciar el momento en que somos exigidos a responder de aquel otro en el que somos llamados a volar en y con nuestra fantasía.
Sexualidad no es genitalidad
Habitualmente se produce una confusión al referirse a la sexualidad por considerar que dicho término involucra necesariamente el uso de los genitales, cuando en realidad lo sexual engloba a todo aquello que nos permite vincularnos con nosotros y con el otro sin que necesariamente implique que deba llegarse al coito.
El establecimiento de una amistad es el producto de un ejercicio de sexualidad, así como lo es un abrazo o el preparar una cena romántica.
Es justo destacar que este concepto puede llegar a hacer un poco de ruido en nuestro interior (dado que solemos tener amigos del mismo sexo) si es que no tenemos trabajado el proceso evolutivo personal en lo concerniente a que nuestra elección sexual es independiente de la necesaria coexistencia de características masculinas y femeninas en cada uno de nosotros, mismas que pondremos en juego en nuestra relación de pareja más allá de cuál sea nuestro género.
Existen cursos de sexo tántrico y de educación sexual para adultos que mezclan sexualidad, ritos y genitalidad, estableciendo recetas de masajes, posiciones y juegos tendientes a provocar e incrementar la excitación propia y del otro para culminar en el coito. Nada hay más alejado de la sexualidad debido a que el asistente puede anteponer intelectualmente el tener que cumplir con un plan o un programa de actividades en vez de permitirse sentir su propia piel y la del otro.
Paradójicamente a lo que pretendo expresar tengo que decir: analicemos esto. Cuantos más datos se pongan en el cerebro más se ocultará el sentimiento, y la sexualidad trata de eso: sentirse uno, fantasear, sentir al otro, fantasear su fantasía y desear. Todo este proceso no debería hacerse siguiendo un lista de aciertos múltiples sino dejándose fluir, soltando el control y fluyendo con el otro.
Si se busca responder sexualmente según indica la educación o el medio social probablemente ni el hombre al que se le dificulta tener una erección ni la mujer que no sienta su clítoris o los labios de su vulva húmedos o inflamados podrán responder al estímulo de su compañero/a.
Confianza: el bálsamo de los dioses
En una pareja a menudo existe un componente que, por básico, suele ser guardado en una gaveta y olvidado: la confianza.
Es tan importante que nos permite remontarnos internamente a los momentos más arcaicos de nuestro desarrollo. Precisamente, es la que sustenta toda posibilidad de fantasear libremente con el otro dentro de la pareja sin que algo de lo que hagamos provoque una censura, una crítica o un juicio de valor, sea lo que fuere.
La confianza es la que sana y saludablemente permite surgir tanto un “quiero” como un “no” sin que aparezcan sensaciones amenazantes ante el haber pedido o el haber denegado, abriendo la puerta para acceder a la fantasía sexual tan sólo con una mirada, un suspiro, un gesto, un aroma.
Nuestra sexualidad infantil tuvo que pagar el precio de la represión para permitirnos la incorporación de la aceptación y el respeto a la ley externa. Estando en pareja y habiendo podido sentir, alimentar y desarrollar la confianza en el otro, asistimos a una oportunidad única para levantar esas barreras de la niñez y saciar con el compañero la sed de piel que nuestra fantasía exige.
Lo físico es sólo un medio de satisfacción pero nunca el único. Más aún, sin el vuelo de la fantasía propia y la complicidad del otro, el coito se torna en una acción mecánica que puede ser olvidada ante la necesidad de un posterior cigarro o programa de televisión.
Cuando la fantasía fluye dentro de y entre ambos, lo erótico no es buscado porque ya está instalado en la existencia del momento mismo. Sugerir una pista o descubrir un área especial en el cuerpo del compañero, genera placer a los dos participantes de la relación por haberse acercado más al animal interior que al cumplimiento del rendimiento social y sexual esperado.
Tras la vivencia lúdica del compartir las fantasías, cuando la pareja llega al coito, la confianza habilita la posibilidad de pedir que se interrumpa el acto, sea porque el hombre se ha cansado o porque falta lubricación y la mujer está siendo lastimada, sin que ello presuponga que la relación hubo concluido por haber sido no placentera.
La cultura popular puede simplificar y sugerir que lo esperado de toda relación sexual es llegar al orgasmo. Pero esa instancia es consecuencia de muchos factores, tan cambiantes como variadas son las vivencias de cada integrante de la pareja al momento de cada encuentro.
La estigmática frase “Donde el hombre trabaja la mujer goza” debería poder ser transformada en la pareja para que desaparecieran tanto la idea de trabajo como de la exclusividad femenina del goce. Así, la exigencia productiva del hombre puede ceder terreno para que el mismo descubra y alcance otras modalidades placenteras, a la vez que la mujer puede acceder a la parte activa sin que eso la condene a no gozar.
Con el libre fluir de la fantasía individual se da sustancia a la fantasía colectiva de la pareja en donde cada cuerpo es un elemento para la obtención del placer.
Fuente: Revista Yo - Junio 2005
Consideraciones
La sexualidad es quizás uno de los temas más urticantes para encarar debido a que puede caerse en sitios comunes, censuras propias proyectadas y ajenas introyectadas, emisión de juicios de valor, despertar respuestas defensivas en el lector, etc. También puede reducirse a una simple enumeración de datos explicativos que por su objetiva frialdad pueden ayudar más al fracaso en el ejercicio libre de la sexualidad que a su liberación.
Si bien se trata de un artículo que pretende aportar claridad, será interesante que cada lector haga un ejercicio de auto-conocimiento antes que intentar incorporar el contenido y sus posibles definiciones, para no quedar atrapado en un plano intelectual en el que toda fantasía debería pedir permiso.
Al aseverar lo irrelevante que es lograr un orgasmo en una relación sexual puntual debe tenerse en cuenta que no se minimizan las posibilidades de un problema psicológico u orgánico cuando la situación de anorgasmia se repite indefinidamente.
Romper con los absolutos: Multidimensión de la sexualidad humana
Aunque cultural y socialmente tanto hombres como mujeres pueden verse avasallados por estandarizaciones simplistas que realzan un tipo de conductas sexuales en desmedro de otras, la sexualidad humana presenta infinidad de matices que a veces se diluyen bajo las sábanas y en otras ocasiones se potencian generando conflictos muy profundos en la pareja.
Dentro de esta variedad de dimensiones deben considerarse, además de los normales altibajos en nuestros niveles instantáneos de salud psíquica, las distintas estructuras de personalidad que determinan la forma que cada quien tiene para responder a las carencias, ambiciones y frustraciones de cada etapa de su vida así como las estrategias que cada uno puede desarrollar para lograr sus objetivos o relacionarse.
No todos son lujuriosos. Y tampoco todos son “secos”. Lo mismo sucede con la fidelidad y la infidelidad, con el ser experto, atrevido o indeciso.
De lo que se trata es de romper con la satanización y con los absolutos que socialmente sirven tanto para la estandarización de comportamientos y de productividad como para las previsiones estadísticas.
Cuando se puede escapar de la simplificación externa que se hace de nuestra complejidad logramos hacer contacto con nuestro verdadero ser y respondemos con libertad.
El proceso educativo y la necesidad de inserción en un ámbito social condiciona las respuestas tras la costumbre de producir bienes, servicios, resultados, etc., para colaborar en la sociedad a cambio de una serie de garantías de subsistencia. De tan bien aprendido llegamos a creerlo, pensando falazmente que el coito es el fin mismo de la sexualidad humana sin que logremos diferenciar el momento en que somos exigidos a responder de aquel otro en el que somos llamados a volar en y con nuestra fantasía.
Sexualidad no es genitalidad
Habitualmente se produce una confusión al referirse a la sexualidad por considerar que dicho término involucra necesariamente el uso de los genitales, cuando en realidad lo sexual engloba a todo aquello que nos permite vincularnos con nosotros y con el otro sin que necesariamente implique que deba llegarse al coito.
El establecimiento de una amistad es el producto de un ejercicio de sexualidad, así como lo es un abrazo o el preparar una cena romántica.
Es justo destacar que este concepto puede llegar a hacer un poco de ruido en nuestro interior (dado que solemos tener amigos del mismo sexo) si es que no tenemos trabajado el proceso evolutivo personal en lo concerniente a que nuestra elección sexual es independiente de la necesaria coexistencia de características masculinas y femeninas en cada uno de nosotros, mismas que pondremos en juego en nuestra relación de pareja más allá de cuál sea nuestro género.
Existen cursos de sexo tántrico y de educación sexual para adultos que mezclan sexualidad, ritos y genitalidad, estableciendo recetas de masajes, posiciones y juegos tendientes a provocar e incrementar la excitación propia y del otro para culminar en el coito. Nada hay más alejado de la sexualidad debido a que el asistente puede anteponer intelectualmente el tener que cumplir con un plan o un programa de actividades en vez de permitirse sentir su propia piel y la del otro.
Paradójicamente a lo que pretendo expresar tengo que decir: analicemos esto. Cuantos más datos se pongan en el cerebro más se ocultará el sentimiento, y la sexualidad trata de eso: sentirse uno, fantasear, sentir al otro, fantasear su fantasía y desear. Todo este proceso no debería hacerse siguiendo un lista de aciertos múltiples sino dejándose fluir, soltando el control y fluyendo con el otro.
Si se busca responder sexualmente según indica la educación o el medio social probablemente ni el hombre al que se le dificulta tener una erección ni la mujer que no sienta su clítoris o los labios de su vulva húmedos o inflamados podrán responder al estímulo de su compañero/a.
Confianza: el bálsamo de los dioses
En una pareja a menudo existe un componente que, por básico, suele ser guardado en una gaveta y olvidado: la confianza.
Es tan importante que nos permite remontarnos internamente a los momentos más arcaicos de nuestro desarrollo. Precisamente, es la que sustenta toda posibilidad de fantasear libremente con el otro dentro de la pareja sin que algo de lo que hagamos provoque una censura, una crítica o un juicio de valor, sea lo que fuere.
La confianza es la que sana y saludablemente permite surgir tanto un “quiero” como un “no” sin que aparezcan sensaciones amenazantes ante el haber pedido o el haber denegado, abriendo la puerta para acceder a la fantasía sexual tan sólo con una mirada, un suspiro, un gesto, un aroma.
Nuestra sexualidad infantil tuvo que pagar el precio de la represión para permitirnos la incorporación de la aceptación y el respeto a la ley externa. Estando en pareja y habiendo podido sentir, alimentar y desarrollar la confianza en el otro, asistimos a una oportunidad única para levantar esas barreras de la niñez y saciar con el compañero la sed de piel que nuestra fantasía exige.
Lo físico es sólo un medio de satisfacción pero nunca el único. Más aún, sin el vuelo de la fantasía propia y la complicidad del otro, el coito se torna en una acción mecánica que puede ser olvidada ante la necesidad de un posterior cigarro o programa de televisión.
Cuando la fantasía fluye dentro de y entre ambos, lo erótico no es buscado porque ya está instalado en la existencia del momento mismo. Sugerir una pista o descubrir un área especial en el cuerpo del compañero, genera placer a los dos participantes de la relación por haberse acercado más al animal interior que al cumplimiento del rendimiento social y sexual esperado.
Tras la vivencia lúdica del compartir las fantasías, cuando la pareja llega al coito, la confianza habilita la posibilidad de pedir que se interrumpa el acto, sea porque el hombre se ha cansado o porque falta lubricación y la mujer está siendo lastimada, sin que ello presuponga que la relación hubo concluido por haber sido no placentera.
La cultura popular puede simplificar y sugerir que lo esperado de toda relación sexual es llegar al orgasmo. Pero esa instancia es consecuencia de muchos factores, tan cambiantes como variadas son las vivencias de cada integrante de la pareja al momento de cada encuentro.
La estigmática frase “Donde el hombre trabaja la mujer goza” debería poder ser transformada en la pareja para que desaparecieran tanto la idea de trabajo como de la exclusividad femenina del goce. Así, la exigencia productiva del hombre puede ceder terreno para que el mismo descubra y alcance otras modalidades placenteras, a la vez que la mujer puede acceder a la parte activa sin que eso la condene a no gozar.
Con el libre fluir de la fantasía individual se da sustancia a la fantasía colectiva de la pareja en donde cada cuerpo es un elemento para la obtención del placer.
Fuente: Revista Yo - Junio 2005