Todo empezó un cruel lunes. Debía ser lunes, no podía ser de otra forma.
Habia dormido poco, casi nada. El domingo fue día de excesos, 18 horas en mi mmorpg favorito, dejando atrás niveles y niveles de experiencia, coleccionando migajas de bizcochos, alfajores, y cualquier snack que mi mano alcanzara.
Sumergido en el limbo del vicio, olvide mis pseudo obligaciones contractuales con mis padres, ese trato que informalmente hicimos, donde yo estudiaba (o al menos fingia hacerlo) y ellos me proveían de techo y comida. Y no iba a fallar. Al menos no un lunes.
Salio el sol, señal de que era hora de prepararse. Me puse un par de pantalones algo manchados con fanta y unas zapatillas que flotaban en el purgatorio del rincón. No me bañé.
Bajé, quise hacerme un café, para mezclarlo con pepsi, mi combinación favorita. Pero no había, iba a comenzar un día sin cafeína, sin energías, sin la emoción de la adrenalina liquida y negra.
Entonces lo vi. Las sobras de un tiempo mejor. Empotrado por el frío de la heladera en un tupper sellado casi al vacío, yacía el mas tierno guiso que mis pupilas comprendian. Era la respuesta a todas las preguntas de la existencia, y logicamente, debía ingerirlo.
Tome un pan, corte su bisectriz, y dispuse aquella ambrosía sobre el. Rocié mayonesa como una lluvia de verano, y complemente con ketchup y mostaza. Coroné con unas pepitos como amante de lo agridulce y me serví un mediano vaso de leche, porque era el desayuno.
Termine mi ritual, y me dispuse a ir a donde debía. Pasaron cosas mundanas, cotidianas, clases y enseñanzas que nunca iba a recordar, mientras ganaba y ganaba aburrimiento. Recostado en mi banco el sueño iba a vencer mis ojos, hasta que un puñal del demonio hincó mi abdomen.
Ahi lo supe. Ahi conocí mi error, mi fatal equivocación. Quise levantarme y excusarme, pero el tiempo a veces no nos concede la gracia y la virtud para los movimientos rapidos.
Levante una pierna, y ahí cayo. Todo.
Uno atras de otro, se iban deslizando por mis piernas, tanto derecha como izquierda. Resbalaban arrancándome los vellos. Dejaban su rastro, su innegable presencia. Eran brujos del aquelarre soretero. Nada iba a pararlos.
Por fortuna quizás, o quizás no, llevaba en ese entonces pantalones ajustados en los tobillos, y ahí quedaron presos todos y cada uno de los nuggets de caca que salieron de mi. Así que antes que se escaparan de aquel clandestino encierro, hice lo que pude, y me fui.
Atras mio quedaron algunos pequeños profugos, junto su característico olor y textura.
Sin mas decir, luego de intentar una fútil limpieza, embarque hacia mi casa. Llegué y pensé en que hacer para evitar cualquier consecuencia. Llegaron a mi teléfono algunos mensajes, algo inusual en mi vida. "Cagooon", "te cagaste guacho", "dr. mierda...llamando al dr. mierda" eran algunos de los menos crueles.
Quise teñirme el pelo, para camuflarme y promover el olvido. Pero no funciono. Ahora era el boludo de pelo verde que se hizo encima.
Dije a mis padres que era carrera no me gustaba mas, que quería cambiarme. Forcé algunas lagrimas, y al final, accedieron. A los 5 meses de mi cursado, deje atrás aquellas aulas, aquellos maestros, aquellos baños. Pero la leyenda quedó. Todavía se habla del mítico olor y de los bollitos marrones.
Y se que seguirán hablando, al menos por un tiempo, hasta que alguien mas sufra los apetitos de madrugada, y vuelva a inundar el salón de la mas mierdera peste que pueda existir.
Habia dormido poco, casi nada. El domingo fue día de excesos, 18 horas en mi mmorpg favorito, dejando atrás niveles y niveles de experiencia, coleccionando migajas de bizcochos, alfajores, y cualquier snack que mi mano alcanzara.
Sumergido en el limbo del vicio, olvide mis pseudo obligaciones contractuales con mis padres, ese trato que informalmente hicimos, donde yo estudiaba (o al menos fingia hacerlo) y ellos me proveían de techo y comida. Y no iba a fallar. Al menos no un lunes.
Salio el sol, señal de que era hora de prepararse. Me puse un par de pantalones algo manchados con fanta y unas zapatillas que flotaban en el purgatorio del rincón. No me bañé.
Bajé, quise hacerme un café, para mezclarlo con pepsi, mi combinación favorita. Pero no había, iba a comenzar un día sin cafeína, sin energías, sin la emoción de la adrenalina liquida y negra.
Entonces lo vi. Las sobras de un tiempo mejor. Empotrado por el frío de la heladera en un tupper sellado casi al vacío, yacía el mas tierno guiso que mis pupilas comprendian. Era la respuesta a todas las preguntas de la existencia, y logicamente, debía ingerirlo.
Tome un pan, corte su bisectriz, y dispuse aquella ambrosía sobre el. Rocié mayonesa como una lluvia de verano, y complemente con ketchup y mostaza. Coroné con unas pepitos como amante de lo agridulce y me serví un mediano vaso de leche, porque era el desayuno.
Termine mi ritual, y me dispuse a ir a donde debía. Pasaron cosas mundanas, cotidianas, clases y enseñanzas que nunca iba a recordar, mientras ganaba y ganaba aburrimiento. Recostado en mi banco el sueño iba a vencer mis ojos, hasta que un puñal del demonio hincó mi abdomen.
Ahi lo supe. Ahi conocí mi error, mi fatal equivocación. Quise levantarme y excusarme, pero el tiempo a veces no nos concede la gracia y la virtud para los movimientos rapidos.
Levante una pierna, y ahí cayo. Todo.
Uno atras de otro, se iban deslizando por mis piernas, tanto derecha como izquierda. Resbalaban arrancándome los vellos. Dejaban su rastro, su innegable presencia. Eran brujos del aquelarre soretero. Nada iba a pararlos.
Por fortuna quizás, o quizás no, llevaba en ese entonces pantalones ajustados en los tobillos, y ahí quedaron presos todos y cada uno de los nuggets de caca que salieron de mi. Así que antes que se escaparan de aquel clandestino encierro, hice lo que pude, y me fui.
Atras mio quedaron algunos pequeños profugos, junto su característico olor y textura.
Sin mas decir, luego de intentar una fútil limpieza, embarque hacia mi casa. Llegué y pensé en que hacer para evitar cualquier consecuencia. Llegaron a mi teléfono algunos mensajes, algo inusual en mi vida. "Cagooon", "te cagaste guacho", "dr. mierda...llamando al dr. mierda" eran algunos de los menos crueles.
Quise teñirme el pelo, para camuflarme y promover el olvido. Pero no funciono. Ahora era el boludo de pelo verde que se hizo encima.
Dije a mis padres que era carrera no me gustaba mas, que quería cambiarme. Forcé algunas lagrimas, y al final, accedieron. A los 5 meses de mi cursado, deje atrás aquellas aulas, aquellos maestros, aquellos baños. Pero la leyenda quedó. Todavía se habla del mítico olor y de los bollitos marrones.
Y se que seguirán hablando, al menos por un tiempo, hasta que alguien mas sufra los apetitos de madrugada, y vuelva a inundar el salón de la mas mierdera peste que pueda existir.