El Día De Muertos En México
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El rol de la muerte en México .
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Ante la creencia de que los muertos “regresan” cada año, los mexicanos nos preparamos con coloridas ofrendas para halagarlos. Conoce los elementos que han dado vida a esta bella tradición.
En México, el fenómeno de la muerte ha traído un conjunto de creencias, ritos y tradiciones. Actualmente, y sobre todo en las regiones rurales y semiurbanas, aún se siguen realizando ceremonias para el Día de Muertos. Se elaboran y adornan bellos altares en los hogares y se llevan ofrendas a las tumbas en los cementerios.
Con el advenimiento de la cultura occidental empezaron a conjugarse las antiguas creencias con la idea de una vida posterior, una transmutación del alma de los finados que esperaría el Día del juicio final, mientras sus despojos mortales permanecerían en las tumbas. De ahí surge la práctica del entierro en sepulcros que es, a su vez, una tradición que tiene origen en la época de las catacumbas.
En un inicio, los mexicanos sepultaron a los difuntos en tumbas en el interior y en los atrios de las iglesias. Una muestra palpable de estos enterramientos puede observarse, profusamente, en los costados de la nave mayor de la catedral de Mérida, Yucatán. En el piso se encuentra una multitud de lápidas de mármol y ónix con la identificación de las personas ahí enterradas. Esta costumbre llegó a considerarse insana, por lo que se le prohibió durante el régimen juarista, dando origen a los cementerios civiles.
En el cristianismo, los sepulcros han sido concebidos como lugares de tránsito donde los restos mortales esperan pacientemente el Día del juicio final. Es por ello que las tumbas han sido revestidas de variadas formas artísticas (escultura, epitafios con diversas formas literarias, pintura, entre otras) que conllevan un simbolismo respecto al fenómeno de la muerte y sobre el destino final del alma de los finados.
Este arte tumbal ha evolucionado. De formas un tanto paganas (columnas y obeliscos rotos, árboles -sauces- y ramas tronchadas, urnas cinerarias, dolientes, calaveras) se pasó a la profusión de ángeles y almas, cruces y problemas de redención. El apogeo del arte escultórico y literario referente a este tema se dio en los cementerios del país desde mediados del siglo pasado hasta las primeras décadas del presente. Actualmente se dan sólo casos aislados, debido a que los enterramientos se han estandarizado y empobrecido en cuanto a expresiones plásticas.
Estas representaciones tienen un valor estético, pero son también formas testimoniales que nos remiten al cuerpo de ideas y creencias de los grupos sociales que las produjeron.
La muerte en nuestros días
La ceremonia actual de velación de la Noche de Muertos se deriva de la conquista espiritual que llevaron a cabo los encomenderos españoles y colonizadores en Michoacán. Entre los antiguos mexicanos se realizaban significativos rituales alrededor de la muerte, los cuales impresionaron tanto a los primeros conquistadores que, a través de la evangelización, introdujeron nuevas ideas, dando lugar a un sincretismo religioso muy marcado.
Antiguamente, Tirepitío era un importante centro religioso dedicado a los antepasados. Ahí se ofrendaban flores amarillas (cempásúchil) y, en el día consagrado a los muertos, los mexicas subían al techo de su casa y gritaban el nombre de sus antepasados (dioses primigenios) mirando hacia el norte para que recibieran los alimentos que habían puesto en la puerta.
Durante la Colonia la costumbre se fue arraigando poco a poco en Michoacán, a tal punto que actualmente es el centro de atención de turistas nacionales y extranjeros. Un altar de muerto, su color, su aroma, su luz y su contraste motivan a no quitar la vista de cada uno de sus elementos. En cada región el altar representa la bienvenida a los 'muertitos' que vienen de visita después de un largo recorrido desde el Más Allá.
Los elementos que conforman un altar no son casuales. El agua, que simboliza la fuente de la vida, se ofrece a las almas para mitigar su sed y que se fortalezca para el viaje de regreso; anteriormente se utilizaban rajas de ocote prendidas, pero hoy -especialmente por la noche- se encienden velas, veladoras o cirios cuya flama representa la fe y esperanza e ilumina el camino para que los difuntos encuentren su antigua casa terrenal.
El petate ofrece descanso y el banquete se complementa con pan de muerto, panes redondos y de color rosado, que junto con las cañas simbolizan los huesos de los occisos. En cada altar se suele colocar, además, una foto y ropa del muertito para que éste lo identifique fácilmente.
En México, el fenómeno de la muerte ha traído un conjunto de creencias, ritos y tradiciones. Actualmente, y sobre todo en las regiones rurales y semiurbanas, aún se siguen realizando ceremonias para el Día de Muertos. Se elaboran y adornan bellos altares en los hogares y se llevan ofrendas a las tumbas en los cementerios.
Con el advenimiento de la cultura occidental empezaron a conjugarse las antiguas creencias con la idea de una vida posterior, una transmutación del alma de los finados que esperaría el Día del juicio final, mientras sus despojos mortales permanecerían en las tumbas. De ahí surge la práctica del entierro en sepulcros que es, a su vez, una tradición que tiene origen en la época de las catacumbas.
En un inicio, los mexicanos sepultaron a los difuntos en tumbas en el interior y en los atrios de las iglesias. Una muestra palpable de estos enterramientos puede observarse, profusamente, en los costados de la nave mayor de la catedral de Mérida, Yucatán. En el piso se encuentra una multitud de lápidas de mármol y ónix con la identificación de las personas ahí enterradas. Esta costumbre llegó a considerarse insana, por lo que se le prohibió durante el régimen juarista, dando origen a los cementerios civiles.
En el cristianismo, los sepulcros han sido concebidos como lugares de tránsito donde los restos mortales esperan pacientemente el Día del juicio final. Es por ello que las tumbas han sido revestidas de variadas formas artísticas (escultura, epitafios con diversas formas literarias, pintura, entre otras) que conllevan un simbolismo respecto al fenómeno de la muerte y sobre el destino final del alma de los finados.
Este arte tumbal ha evolucionado. De formas un tanto paganas (columnas y obeliscos rotos, árboles -sauces- y ramas tronchadas, urnas cinerarias, dolientes, calaveras) se pasó a la profusión de ángeles y almas, cruces y problemas de redención. El apogeo del arte escultórico y literario referente a este tema se dio en los cementerios del país desde mediados del siglo pasado hasta las primeras décadas del presente. Actualmente se dan sólo casos aislados, debido a que los enterramientos se han estandarizado y empobrecido en cuanto a expresiones plásticas.
Estas representaciones tienen un valor estético, pero son también formas testimoniales que nos remiten al cuerpo de ideas y creencias de los grupos sociales que las produjeron.
La muerte en nuestros días
La ceremonia actual de velación de la Noche de Muertos se deriva de la conquista espiritual que llevaron a cabo los encomenderos españoles y colonizadores en Michoacán. Entre los antiguos mexicanos se realizaban significativos rituales alrededor de la muerte, los cuales impresionaron tanto a los primeros conquistadores que, a través de la evangelización, introdujeron nuevas ideas, dando lugar a un sincretismo religioso muy marcado.
Antiguamente, Tirepitío era un importante centro religioso dedicado a los antepasados. Ahí se ofrendaban flores amarillas (cempásúchil) y, en el día consagrado a los muertos, los mexicas subían al techo de su casa y gritaban el nombre de sus antepasados (dioses primigenios) mirando hacia el norte para que recibieran los alimentos que habían puesto en la puerta.
Durante la Colonia la costumbre se fue arraigando poco a poco en Michoacán, a tal punto que actualmente es el centro de atención de turistas nacionales y extranjeros. Un altar de muerto, su color, su aroma, su luz y su contraste motivan a no quitar la vista de cada uno de sus elementos. En cada región el altar representa la bienvenida a los 'muertitos' que vienen de visita después de un largo recorrido desde el Más Allá.
Los elementos que conforman un altar no son casuales. El agua, que simboliza la fuente de la vida, se ofrece a las almas para mitigar su sed y que se fortalezca para el viaje de regreso; anteriormente se utilizaban rajas de ocote prendidas, pero hoy -especialmente por la noche- se encienden velas, veladoras o cirios cuya flama representa la fe y esperanza e ilumina el camino para que los difuntos encuentren su antigua casa terrenal.
El petate ofrece descanso y el banquete se complementa con pan de muerto, panes redondos y de color rosado, que junto con las cañas simbolizan los huesos de los occisos. En cada altar se suele colocar, además, una foto y ropa del muertito para que éste lo identifique fácilmente.
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“Calaveritas”, una hermosa y casi desaparecida tradición
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Cuando hablamos de la vida, la muerte siempre tiene lugar. Pero no son el temor ni la tristeza las compañeras de la “calaca” en esta ocasión. Son la escritura en verso y los grabados que dan vida a imágenes divertidas y jocosas, transformadas en una alternativa de desahogo cuando se vive una pena.
Una de las tradiciones mexicanas en peligro de extinción son las “calaveras”, antiguamente llamadas “panteones”.
Las calaveras son como un epitafio-epigrama lacónico, dice el zamorano Eduardo del Río “Rius”, y están escritas en forma de verso dedicado a los amigos, familiares o conocidos sólo en Día de Muertos. Una de sus características es que constituye una oportunidad para expresar lo que se piensa acerca del otro, de espacios, funciones o cosas, de un régimen del pasado y del presente. No es fácil decir lo que uno piensa de los demás, por eso las calaveras constituyen una forma de literatura valiente.
Quienes escriben panteones son personas que ven la muerte con un sentido del humor, combinado con ingenio que le imprimen a sus escritos. Gustan desarrollar su imaginación para decir lo que piensan, aceptando el reto de comunicarse en verso, octavas o décimas de todos los sabores y gustos.
Esta forma de escritura se desarrolló desde el siglo XIX. Al cobrar fuerza en el siglo pasado, las calaveras comenzaron a ser censuradas por los gobiernos en turno debido a que una gran cantidad sirvió como crítica a los funcionarios, pues en ellas se manifestaba la inconformidad que imperaba entre los gobernados. La policía llegó a confiscar o destruir muchas de éstas, por eso no es fácil encontrarlas en las hemerotecas. A pesar de la censura, en el Día de Muertos se ejerce -ahora muy poco- esta forma de escribir, con el consentimiento de las autoridades.
Hay quienes hicieron periodismo atrevido con las calaveras dedicadas a magistrados, maestros, poetas, militares, artistas y otros personajes, mismas que publicaban en hojas sueltas, en periódicos o revistas y se vendían al público el 2 de noviembre. Entre estas publicaciones está La Patria Ilustrada, semanario decimonónico que registra algunas de las calaveras más antiguas.
También hay quienes se manifestaron con gran fuerza en el arte sobre el tema de la muerte. El más reconocido por sus grabados e ilustraciones de calaveras fue el artista José Guadalupe Posada. Sus calacas de Francisco Villa, de Zapata, sus famosas catrinas, don Quijote de la Mancha y calaveras ciclistas, entre otras, dieron la vuelta al mundo.
Después del gran movimiento de masas e ideas que significó la Revolución Mexicana, arreció el control de escritos sobre la vida política y, como consecuencia, las calaveras abundaron sobre personajes famosos como Diego Rivera, Tata Nacho, Rodolfo Gaona, Joaquín Pardavé, Guty Cárdenas y otros.
A Diego Rivera: Este pintor eminente cultivador del feísmo se murió instantáneamente cuando se pintó a sí mismo.
A Guty Cárdenas: Este joven trovador se nos volvió vanidoso y de purito hablador yace olvidado en el foso.
A inicios de la década de 1940, el Taller de Gráfica Popular (donde colaboraban grabadores como Zalce, O’Higgins, Anguiano y Yampolski) impulsó, entre otras actividades, las calaveras. En ellas podemos medir el descontento social, escolar o laboral. Por ejemplo, ésta que refleja el ingenio mexicano sobre la salud, hecha en 1942, sacada de la extinta revista Los Agachados:
"Listas van y listas vienen, y las medicinas tienen precios exorbitantes. Cualquier dolor de barriga cuesta un dolor de cabeza y total nadie se alivia. La muerte que no es tan tonta ya puso su botiquita que es una preciosidad... Por supuesto con licencia de los de salubridad."
Con el surgimiento de su periódico El Apretado, en 1950, Renato Leduc impulsó las calaveras sobre políticos y otros personajes de la vida pública, que aún circulan en el ambiente.
En la actualidad, las calaveritas anónimas languidecen. Cada vez que se festeja el Día de Muertos, su producción es menor y escasos sus escritores.
Una de las tradiciones mexicanas en peligro de extinción son las “calaveras”, antiguamente llamadas “panteones”.
Las calaveras son como un epitafio-epigrama lacónico, dice el zamorano Eduardo del Río “Rius”, y están escritas en forma de verso dedicado a los amigos, familiares o conocidos sólo en Día de Muertos. Una de sus características es que constituye una oportunidad para expresar lo que se piensa acerca del otro, de espacios, funciones o cosas, de un régimen del pasado y del presente. No es fácil decir lo que uno piensa de los demás, por eso las calaveras constituyen una forma de literatura valiente.
Quienes escriben panteones son personas que ven la muerte con un sentido del humor, combinado con ingenio que le imprimen a sus escritos. Gustan desarrollar su imaginación para decir lo que piensan, aceptando el reto de comunicarse en verso, octavas o décimas de todos los sabores y gustos.
Esta forma de escritura se desarrolló desde el siglo XIX. Al cobrar fuerza en el siglo pasado, las calaveras comenzaron a ser censuradas por los gobiernos en turno debido a que una gran cantidad sirvió como crítica a los funcionarios, pues en ellas se manifestaba la inconformidad que imperaba entre los gobernados. La policía llegó a confiscar o destruir muchas de éstas, por eso no es fácil encontrarlas en las hemerotecas. A pesar de la censura, en el Día de Muertos se ejerce -ahora muy poco- esta forma de escribir, con el consentimiento de las autoridades.
Hay quienes hicieron periodismo atrevido con las calaveras dedicadas a magistrados, maestros, poetas, militares, artistas y otros personajes, mismas que publicaban en hojas sueltas, en periódicos o revistas y se vendían al público el 2 de noviembre. Entre estas publicaciones está La Patria Ilustrada, semanario decimonónico que registra algunas de las calaveras más antiguas.
También hay quienes se manifestaron con gran fuerza en el arte sobre el tema de la muerte. El más reconocido por sus grabados e ilustraciones de calaveras fue el artista José Guadalupe Posada. Sus calacas de Francisco Villa, de Zapata, sus famosas catrinas, don Quijote de la Mancha y calaveras ciclistas, entre otras, dieron la vuelta al mundo.
Después del gran movimiento de masas e ideas que significó la Revolución Mexicana, arreció el control de escritos sobre la vida política y, como consecuencia, las calaveras abundaron sobre personajes famosos como Diego Rivera, Tata Nacho, Rodolfo Gaona, Joaquín Pardavé, Guty Cárdenas y otros.
A Diego Rivera: Este pintor eminente cultivador del feísmo se murió instantáneamente cuando se pintó a sí mismo.
A Guty Cárdenas: Este joven trovador se nos volvió vanidoso y de purito hablador yace olvidado en el foso.
A inicios de la década de 1940, el Taller de Gráfica Popular (donde colaboraban grabadores como Zalce, O’Higgins, Anguiano y Yampolski) impulsó, entre otras actividades, las calaveras. En ellas podemos medir el descontento social, escolar o laboral. Por ejemplo, ésta que refleja el ingenio mexicano sobre la salud, hecha en 1942, sacada de la extinta revista Los Agachados:
"Listas van y listas vienen, y las medicinas tienen precios exorbitantes. Cualquier dolor de barriga cuesta un dolor de cabeza y total nadie se alivia. La muerte que no es tan tonta ya puso su botiquita que es una preciosidad... Por supuesto con licencia de los de salubridad."
Con el surgimiento de su periódico El Apretado, en 1950, Renato Leduc impulsó las calaveras sobre políticos y otros personajes de la vida pública, que aún circulan en el ambiente.
En la actualidad, las calaveritas anónimas languidecen. Cada vez que se festeja el Día de Muertos, su producción es menor y escasos sus escritores.
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La Flor de Cempasúchil
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Conocida sobre todo por ser uno de los adornos más populares en las tumbas y ofrendas de Día de Muertos, la "flor de veinte pétalos" (por sus raíces en lengua náhuatl cempoal-xochitl, veinte-flor) sólo florece después de la época de lluvias. Por esta razón se ha convertido, junto con las calaveritas de azúcar y el pan de muerto, en uno de los íconos de las fiestas de muertos (celebradas en México durante los días 1 y 2 de noviembre).
De color amarillo intenso, el tallo de la cempasúchil puede llegar a medir hasta un metro de altura, mientras que sus botones pueden alcanzar los cinco centímetros de diámetro. Por ello los mexicas, durante la época prehispánica, la eligieron para tupir con cientos de ejemplares los altares, ofrendas y entierros dedicados a sus muertos. Esta hermosa tradición se mantiene hasta nuestros días, cuando podemos admirarla convertida en una de las protagonistas de nuestros Días de Muertos.
Aparte de su función decorativa, la cempasúchitl -conocida en Estados Unidos como Mary Gold-, también ha sido aprovechada para fabricar insecticidas y ciertos medicamentos que nos recuerdan el uso que los antiguos mexicanos también le dieron como parte integral de su medicina tradicional. Por ejemplo: ha sido una aliada para aplacar los cólicos estomacales, pues es sabido que un té preparado con los botones y tallos de esta flor puede hacer maravillas por el estómago.
Así pues, la flor de cempasúchitl no es sólo un deleite a la vista, sino también uno de los elementos representativos de una tradicional festividad mexicana que cautiva y llama la atención en el mundo entero.
De color amarillo intenso, el tallo de la cempasúchil puede llegar a medir hasta un metro de altura, mientras que sus botones pueden alcanzar los cinco centímetros de diámetro. Por ello los mexicas, durante la época prehispánica, la eligieron para tupir con cientos de ejemplares los altares, ofrendas y entierros dedicados a sus muertos. Esta hermosa tradición se mantiene hasta nuestros días, cuando podemos admirarla convertida en una de las protagonistas de nuestros Días de Muertos.
Aparte de su función decorativa, la cempasúchitl -conocida en Estados Unidos como Mary Gold-, también ha sido aprovechada para fabricar insecticidas y ciertos medicamentos que nos recuerdan el uso que los antiguos mexicanos también le dieron como parte integral de su medicina tradicional. Por ejemplo: ha sido una aliada para aplacar los cólicos estomacales, pues es sabido que un té preparado con los botones y tallos de esta flor puede hacer maravillas por el estómago.
Así pues, la flor de cempasúchitl no es sólo un deleite a la vista, sino también uno de los elementos representativos de una tradicional festividad mexicana que cautiva y llama la atención en el mundo entero.
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La Tradición del Pan de Muerto
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Esta tradición, vigente desde los primeros años de la Colonia, está cargada de muchos simbolismos; incluso de varios que ni los propios expertos han logrado a esclarecer por completo.
Existen diferentes teorías sobre los elementos que componen esta deliciosa y especial pieza de la panadería mexicana. Por ejemplo, unos dicen que los huesos hechos de masa hacen referencia a los del difunto a quien se recuerda, otros que representan los cuatro puntos cardinales. Incluso en algunos lugares está la creencia de que sus ingredientes están asociados a los frutos de la tierra y la vida.
La gran variedad de este bocadillo ha dado pie a numerosas líneas de investigación para los historiadores. En México, el Pan de Muerto se elabora de diversas maneras dependiendo de la región; en algunas se realiza en formas de animales, mientras que en otras se le agrega azúcar roja para asemejar la sangre.
Existen diferentes teorías sobre los elementos que componen esta deliciosa y especial pieza de la panadería mexicana. Por ejemplo, unos dicen que los huesos hechos de masa hacen referencia a los del difunto a quien se recuerda, otros que representan los cuatro puntos cardinales. Incluso en algunos lugares está la creencia de que sus ingredientes están asociados a los frutos de la tierra y la vida.
La gran variedad de este bocadillo ha dado pie a numerosas líneas de investigación para los historiadores. En México, el Pan de Muerto se elabora de diversas maneras dependiendo de la región; en algunas se realiza en formas de animales, mientras que en otras se le agrega azúcar roja para asemejar la sangre.
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El papel picado de San Salvador Huixcolotla
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Atravesando el valle de Tepeaca, en el estado de Puebla, se encuentra San Salvador Huixcolotla, pueblo de clima templado y semiárido, con lluvias en verano, que favorece la presencia de una vegetación baja. Ahí crece el huixtle o uña de gato, arbusto con espinas anchas y torcidas, que le da nombre al poblado. En efecto, la palabra náhuatl huixcolotla se compone de los vocablos huitz (de huitztli, espina), colo (de cólotl, ganchuda o curva) y tla (abundancia, lugar), es decir, “lugar donde abundan espinas torcidas o encorvadas”. Hoy en día los huixtles no son tan abundantes pero aún se pueden encontrar.
Huixcolotla en la historia
La región fue ocupada por grupos nahuas y popolocas. Estas poblaciones fueron sojuzgadas por la Triple Alianza (Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan). Aunque no cuenta con importantes sitios arqueológicos, se han descubierto en el área tumbas y restos humanos.
Tiempo después arribaron los españoles y dominaron la región, dando inicio a la encomienda. Erigieron una pequeña congregación que dio lugar al pueblo de San Salvador, fundado por fray Juan de Rivas en 1539. Poco a poco los peones y trabajadores de las haciendas construyeron sus casas y una ermita. En 1750 se fundó la iglesia principal que tomó como santo patrón a El Divino Salvador.
En 1779 San Salvador Huixcolotla alcanza la categoría de pueblo, y el 15 de abril de 1930, por decreto gubernamental, Huixcolotla es declarado Municipio Libre.
Por las calles del pueblo desfilaron los revolucionarios y así, al grito de ¡Viva Madero!, muchos pobladores se unieron a la causa.
Actualmente, San Salvador Huixcolotla se dedica a la agricultura de riego y de temporal; produce maíz, frijol y hortalizas, jitomates y chile verde. El municipio también es conocido por su central de abastos. Localizado estratégicamente en el centro del país, este mercado es uno de los más grandes y prósperos.
Origen de la artesanía del papel picado
El origen del trabajo del papel proviene de la cultura china (el nombre del papel que se usa es, precisamente, papel de China) y fue trabajado en Europa desde el siglo XVI con el nombre de papel cortado.
En México, a mediados del siglo XIX, los peones eran obligados a comprar los productos en las tiendas de las haciendas. Entre estos productos se encontraba el papel de China. Con su habilidad, creatividad y destreza, los pobladores, además de las labores inherentes al campo, trabajaron este papel hasta lograr una verdadera artesanía poblana: el papel picado.
En Huixcolotla el papel picado tiene únicamente uso ornamental, específicamente con motivos religiosos para las festividades del Día de Muertos. Con el tiempo la técnica se fue refinando, pasando de las tijeras al uso de los cinceles de hierro forjado, con lo que se logró un trabajo más detallado y elegante.
Esta tradición se ha transmitido de padres a hijos, impidiendo así que desaparezca. Los artesanos empezaron a vender sus trabajos en los pueblos vecinos y entre la gente que trabajaba en las haciendas. Tiempo después, alrededor de 1930, se difundió a otras partes como Puebla y Tlaxcala. A partir de los años sesenta empezaron a difundirlo en la ciudad de México, convirtiéndose así en una artesanía reconocida no sólo a nivel nacional sino internacional (se montaron exposiciones en Estados Unidos y en Europa).
La difusión la hacen los artesanos por medio de las muestras en las casas de artesanías, en fiestas populares y decoraciones de restaurantes. Hoy los artesanos trabajan para grandes empresas picando sus logotipos; el papel picado se vuelve un nuevo medio de comunicación.
Técnica del papel picado
Los dibujos y las figuras tienen gran diversidad y el papel picado está siempre presente no sólo en las fiestas patrias, navideñas y el Día de Muertos, sino también en bodas, XV años y bautizos. No se puede imaginar una fiesta popular sin estas banderitas de papel con vivos colores colgadas y movidas por el viento. Podemos decir que el papel picado es la artesanía de todas las fiestas.
¿Pero cuál es el procedimiento tradicional utilizado por los artesanos?
Una fase esencial es el dibujo original, que una vez puesto sobre las hojas de papel de China servirá de guía. Se trabajan fajos de 50 hojas clavadas y superpuestas; no se necesita mucha herramienta: cinceles, martillo, planchuela de plomo y, más que nada, ingenio y habilidad.
Los artesanos han dado nombres a sus cinceles (de formas y tamaños diferentes, según las necesidades); así, los curvos se llaman media caña, uñetas, sacabocas o cuadras. La plancha de plomo impide que se maltrate el hilo de los cinceles. Y es así, con golpeteos manuales directos sobre el paquete de hojas a cortar, que aparecen en el papel calado verdaderas obras de arte.
Para este oficio se necesitan muchas cualidades: hay que ser paciente, ingenioso, dedicado y tener mucha fe en él. Esta atención se nota, se siente en la obra. Al tocar el papel se pone de manifiesto la sensibilidad y cuidado del artista. El papel picado es frágil, delicado y ligero.
El papel picado, patrimonio cultural del estado de Puebla
Frente a los éxitos del papel picado en los diferentes eventos y muestras, esta artesanía ha sido reconocida y apoyada por las secretarías de Turismo y de Cultura. En 1998, artesanos y responsables de la cultura pensaron editar un decreto para preservar esta artesanía, y fue así que el 22 de septiembre de 1998 el Ejecutivo del estado de Puebla lanzó un decreto que declara Patrimonio Cultural del Estado de Puebla la artesanía del papel picado a mano que se elabora en el Municipio de San Salvador Huixcolotla. Confortan el hecho de que Huixcolotla sea considerado la verdadera cuna del papel picado.
Huixcolotla en la historia
La región fue ocupada por grupos nahuas y popolocas. Estas poblaciones fueron sojuzgadas por la Triple Alianza (Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan). Aunque no cuenta con importantes sitios arqueológicos, se han descubierto en el área tumbas y restos humanos.
Tiempo después arribaron los españoles y dominaron la región, dando inicio a la encomienda. Erigieron una pequeña congregación que dio lugar al pueblo de San Salvador, fundado por fray Juan de Rivas en 1539. Poco a poco los peones y trabajadores de las haciendas construyeron sus casas y una ermita. En 1750 se fundó la iglesia principal que tomó como santo patrón a El Divino Salvador.
En 1779 San Salvador Huixcolotla alcanza la categoría de pueblo, y el 15 de abril de 1930, por decreto gubernamental, Huixcolotla es declarado Municipio Libre.
Por las calles del pueblo desfilaron los revolucionarios y así, al grito de ¡Viva Madero!, muchos pobladores se unieron a la causa.
Actualmente, San Salvador Huixcolotla se dedica a la agricultura de riego y de temporal; produce maíz, frijol y hortalizas, jitomates y chile verde. El municipio también es conocido por su central de abastos. Localizado estratégicamente en el centro del país, este mercado es uno de los más grandes y prósperos.
Origen de la artesanía del papel picado
El origen del trabajo del papel proviene de la cultura china (el nombre del papel que se usa es, precisamente, papel de China) y fue trabajado en Europa desde el siglo XVI con el nombre de papel cortado.
En México, a mediados del siglo XIX, los peones eran obligados a comprar los productos en las tiendas de las haciendas. Entre estos productos se encontraba el papel de China. Con su habilidad, creatividad y destreza, los pobladores, además de las labores inherentes al campo, trabajaron este papel hasta lograr una verdadera artesanía poblana: el papel picado.
En Huixcolotla el papel picado tiene únicamente uso ornamental, específicamente con motivos religiosos para las festividades del Día de Muertos. Con el tiempo la técnica se fue refinando, pasando de las tijeras al uso de los cinceles de hierro forjado, con lo que se logró un trabajo más detallado y elegante.
Esta tradición se ha transmitido de padres a hijos, impidiendo así que desaparezca. Los artesanos empezaron a vender sus trabajos en los pueblos vecinos y entre la gente que trabajaba en las haciendas. Tiempo después, alrededor de 1930, se difundió a otras partes como Puebla y Tlaxcala. A partir de los años sesenta empezaron a difundirlo en la ciudad de México, convirtiéndose así en una artesanía reconocida no sólo a nivel nacional sino internacional (se montaron exposiciones en Estados Unidos y en Europa).
La difusión la hacen los artesanos por medio de las muestras en las casas de artesanías, en fiestas populares y decoraciones de restaurantes. Hoy los artesanos trabajan para grandes empresas picando sus logotipos; el papel picado se vuelve un nuevo medio de comunicación.
Técnica del papel picado
Los dibujos y las figuras tienen gran diversidad y el papel picado está siempre presente no sólo en las fiestas patrias, navideñas y el Día de Muertos, sino también en bodas, XV años y bautizos. No se puede imaginar una fiesta popular sin estas banderitas de papel con vivos colores colgadas y movidas por el viento. Podemos decir que el papel picado es la artesanía de todas las fiestas.
¿Pero cuál es el procedimiento tradicional utilizado por los artesanos?
Una fase esencial es el dibujo original, que una vez puesto sobre las hojas de papel de China servirá de guía. Se trabajan fajos de 50 hojas clavadas y superpuestas; no se necesita mucha herramienta: cinceles, martillo, planchuela de plomo y, más que nada, ingenio y habilidad.
Los artesanos han dado nombres a sus cinceles (de formas y tamaños diferentes, según las necesidades); así, los curvos se llaman media caña, uñetas, sacabocas o cuadras. La plancha de plomo impide que se maltrate el hilo de los cinceles. Y es así, con golpeteos manuales directos sobre el paquete de hojas a cortar, que aparecen en el papel calado verdaderas obras de arte.
Para este oficio se necesitan muchas cualidades: hay que ser paciente, ingenioso, dedicado y tener mucha fe en él. Esta atención se nota, se siente en la obra. Al tocar el papel se pone de manifiesto la sensibilidad y cuidado del artista. El papel picado es frágil, delicado y ligero.
El papel picado, patrimonio cultural del estado de Puebla
Frente a los éxitos del papel picado en los diferentes eventos y muestras, esta artesanía ha sido reconocida y apoyada por las secretarías de Turismo y de Cultura. En 1998, artesanos y responsables de la cultura pensaron editar un decreto para preservar esta artesanía, y fue así que el 22 de septiembre de 1998 el Ejecutivo del estado de Puebla lanzó un decreto que declara Patrimonio Cultural del Estado de Puebla la artesanía del papel picado a mano que se elabora en el Municipio de San Salvador Huixcolotla. Confortan el hecho de que Huixcolotla sea considerado la verdadera cuna del papel picado.
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Mixquic
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Un poco de historia
Pocos lugares tienen tanto poder de convocatoria durante el Día de Muertos como San Andrés Mixquic, población situada en el extremo sureste del Distrito Federal. A finales de octubre y principios de noviembre, recibe a miles de visitantes dispuestos a admirar, como cada año, la magia que demuestra su gente cuando de festejar a sus difuntos se trata. Pero más allá de esta celebración, Mixquic posee otros valores histórico-culturales que es necesario difundir.
Para empezar, la palabra Mixquic significa “en el mezquite”, árbol que produce cierto tipo de goma. Originalmente, la población era una isla rodeada por las aguas del lago de Chalco. Tribus chichimecas, chalcas y cuitlahuacas fundaron este pueblo alrededor del año 1168 y, debido a su situación geográfica, hicieron de la pesca su actividad principal junto con una forma especial de cultivo: las chinampas.
Durante el Virreinato, Mixquic nunca tuvo autoridades españolas, aunque sí colaboraba con la mano de obra para la construcción de la primera catedral de la Ciudad de México. Los frailes agustinos fueron los encargados de evangelizar a esta comunidad, y para ello construyeron el Templo y Convento de San Andrés Apóstol. Mixquic proveía a la Ciudad de México de pescado blanco, frijol, maíz y productos de sus hortalizas.
A principios del siglo XIX, en 1813, Mixquic y otros pueblos aledaños sufrieron las llamadas cocoliztlis o epidemias. En 1910 sus habitantes decidieron formar una alianza con las tropas zapatistas y luchar por su derecho sobre los terrenos del ya extinto lago de Chalco. Todavía hace unos sesenta años, Mixquic conservaba el patrón de los antiguos pueblos basado en una economía de chinampas; un buen número de turistas acudía aquí los domingos o días festivos para dar un paseo en las quince canoas que recorrían lo que restaba de su manantial principal. A pesar de los años transcurridos, éste no ha perdido su aire de pueblo gracias a los espacios verdes y las tierras agrícolas que aún posee y que lo mantienen un tanto aislado de la mancha urbana.
Anécdotas del lugar
La celebración del Día de Muertos es la atracción principal de Mixquic. Doña Juanita Suárez nos cuenta qué hacía ese día: “Cuando yo crecí poníamos el altar para nuestros difuntitos, teníamos un lugar especial para ellos. Era una mesa de un metro o metro y medio de largo, y se le colocaban las frutas que les gustaban en vida; también la cera, y se compraba el sahumador para el incienso. Cuando llegaban los niños difuntos se tendía una tira de flores de color para que entraran, y si eran los difuntos grandes se tendía una tira de flores amarillas (cempasúchil). Y salía uno a encontrarles, a darles el paso para que entraran. Ese día se les ponía un farol de colores en forma de estrella, de barril, para que supieran dónde llegar, porque antes no había luz. Ahora ya casi no se usa eso, muy pocos ponen los faroles”.
Tómalo en cuenta
La celebración del Santo Jubileo se efectúa en la primera semana de marzo, y es organizado por los habitantes de los seis barrios de Mixquic. Este acto se significa por la integración social y el sentido de pertenencia de los seis barrios cuyos pobladores desayunan, comen y cenan durante los cuatro días. Cada barrio realiza seis tapetes de aserrín pintado de colores para los cuales participan niños, jóvenes y adultos. El sacerdote recorre las cuatro capillas con el Santísimo expuesto; ahí, la gente reza y canta. A lo largo de los tapetes de aserrín las calles se adornan con papeles, motivos religiosos, luces y flores de mucho colorido. El Santo Jubileo se realiza año con año y es el evento más importante después del Día de muertos.
Pocos lugares tienen tanto poder de convocatoria durante el Día de Muertos como San Andrés Mixquic, población situada en el extremo sureste del Distrito Federal. A finales de octubre y principios de noviembre, recibe a miles de visitantes dispuestos a admirar, como cada año, la magia que demuestra su gente cuando de festejar a sus difuntos se trata. Pero más allá de esta celebración, Mixquic posee otros valores histórico-culturales que es necesario difundir.
Para empezar, la palabra Mixquic significa “en el mezquite”, árbol que produce cierto tipo de goma. Originalmente, la población era una isla rodeada por las aguas del lago de Chalco. Tribus chichimecas, chalcas y cuitlahuacas fundaron este pueblo alrededor del año 1168 y, debido a su situación geográfica, hicieron de la pesca su actividad principal junto con una forma especial de cultivo: las chinampas.
Durante el Virreinato, Mixquic nunca tuvo autoridades españolas, aunque sí colaboraba con la mano de obra para la construcción de la primera catedral de la Ciudad de México. Los frailes agustinos fueron los encargados de evangelizar a esta comunidad, y para ello construyeron el Templo y Convento de San Andrés Apóstol. Mixquic proveía a la Ciudad de México de pescado blanco, frijol, maíz y productos de sus hortalizas.
A principios del siglo XIX, en 1813, Mixquic y otros pueblos aledaños sufrieron las llamadas cocoliztlis o epidemias. En 1910 sus habitantes decidieron formar una alianza con las tropas zapatistas y luchar por su derecho sobre los terrenos del ya extinto lago de Chalco. Todavía hace unos sesenta años, Mixquic conservaba el patrón de los antiguos pueblos basado en una economía de chinampas; un buen número de turistas acudía aquí los domingos o días festivos para dar un paseo en las quince canoas que recorrían lo que restaba de su manantial principal. A pesar de los años transcurridos, éste no ha perdido su aire de pueblo gracias a los espacios verdes y las tierras agrícolas que aún posee y que lo mantienen un tanto aislado de la mancha urbana.
Anécdotas del lugar
La celebración del Día de Muertos es la atracción principal de Mixquic. Doña Juanita Suárez nos cuenta qué hacía ese día: “Cuando yo crecí poníamos el altar para nuestros difuntitos, teníamos un lugar especial para ellos. Era una mesa de un metro o metro y medio de largo, y se le colocaban las frutas que les gustaban en vida; también la cera, y se compraba el sahumador para el incienso. Cuando llegaban los niños difuntos se tendía una tira de flores de color para que entraran, y si eran los difuntos grandes se tendía una tira de flores amarillas (cempasúchil). Y salía uno a encontrarles, a darles el paso para que entraran. Ese día se les ponía un farol de colores en forma de estrella, de barril, para que supieran dónde llegar, porque antes no había luz. Ahora ya casi no se usa eso, muy pocos ponen los faroles”.
Tómalo en cuenta
La celebración del Santo Jubileo se efectúa en la primera semana de marzo, y es organizado por los habitantes de los seis barrios de Mixquic. Este acto se significa por la integración social y el sentido de pertenencia de los seis barrios cuyos pobladores desayunan, comen y cenan durante los cuatro días. Cada barrio realiza seis tapetes de aserrín pintado de colores para los cuales participan niños, jóvenes y adultos. El sacerdote recorre las cuatro capillas con el Santísimo expuesto; ahí, la gente reza y canta. A lo largo de los tapetes de aserrín las calles se adornan con papeles, motivos religiosos, luces y flores de mucho colorido. El Santo Jubileo se realiza año con año y es el evento más importante después del Día de muertos.
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5 destinos para vivir el día de muertos
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1. El Día de Muertos en Jarácuaro, Arocutín y Cuanajo, Michoacán
Tres encantadoras poblaciones de la entidad michoacana te esperan para vivir la magia y el color de las fiestas dedicadas a los muertos. ¡Anímate a conocerlas!
En todo México se celebra la fiesta de Día de Muertos y uno de los lugares de mayor tradición es Michoacán, donde el ritual de la velación se lleva a cabo por los pueblos purépechas que rodean el lago de Pátzcuaro y la isla de Janitzio. Ya se han publicado muchos reportajes de esta zona, pero lo que más sorprende es que siempre es posible descubrir algo nuevo, además de disfrutar numerosos eventos culturales como el Concurso Estatal de Artesanías, conciertos al aire libre y en edificios históricos (la noche del 1 de noviembre, en la Basílica de Pátzcuaro se presentan piezas musicales alusivas a la muerte, por ejemplo), obras de teatro en escenarios naturales (Don Juan Tenorio en la Capilla Abierta del Convento Franciscano de Tzintzuntzan, la noche del 1 de noviembre), instalación de ofrendas y concursos en espacios públicos, y presentación de juegos prehispánicos de pelota encendida
UNA RUTA MORTUORIA MUY ALEGRE
Jarácuaro. Antes una isla, actualmente está unida a tierra firme con un puente vehícular, por lo que es de fácil acceso. Llegué de noche directo al templo de San Pedro y a la capilla de la Natividad, ambas del siglo XVI, y estaban adornadas con un gran arco de flores, fuera de ellas se colocaron numerosas ofrendas donde la gente se sentó a rezar. A un lado se acomodan puestos de comida donde venden ponche y tamales, y del otro lado se instala el escenario, donde se lleva a cabo la Danza de los Viejitos (T’arche Uarakua), frente a un gran número de espectadores. Ésta forma parte de las danzas huehues.
Los danzantes se visten con el traje tradicional de los campesinos de la región con camisa y pantalón de manta con finos bordados en la parte inferior, también llevan un jorongo, sombrero adornado con listones y una máscara hecha de pasta de caña de maíz, madera o barro, la cual está tallada con gestos sonrientes de ancianos desdentados, de piel rozagante y sonrosada. Inicia con movimientos achacosos y encorvados y cuando la música aumenta de ritmo, los viejitos transforman sus movimientos en una verdadera explosión de vigor y agilidad, realizando estruendosos zapateados y brincos que contrastan con ataques de tos y temblores que provocan caídas y jocosos intentos de sus compañeros por revivir al afectado.
Arócutin. Después de divertirme con esa grandiosa danza, y al filo de la medianoche, me fui a conocer este poblado localizado a 7 km de Pátzcuaro.
En el centro del pueblo está el templo de Nuestra Señora de la Natividad, el cual data de finales del siglo XVI y tiene la peculiaridad, que dentro del perímetro bardeado, se localiza el panteón, justo enfrente de la iglesia. Afuera de ésta, el 31 de octubre se coloca un gran arco de flores con forma de iglesia iniciando así los festejos de Día de Muertos. Cuando llegamos, no podía creer lo que estaba viendo, ¡todo el panteón era color naranja! Totalmente cubierto de flores de cempasúchil y velas que cada familia había llevado a sus difuntos, además acompañaban sus ofrendas con música, rezando y muchos más guardando silencio. Era un espectáculo conmovedor en el que el olor a incienso perfumaba la noche michoacana.
Durante el día pudimos conocer y comprar artesanías típicas, como bordados de punto de cruz, deshilados, figuras de madera y utensilios de barro.
Cuanajo. Al día siguiente, aún desvelado, pero con ganas de seguir conociendo y fotografiando, me fui al poblado de Cuanajo, localizado a 14 km de Pátzcuaro. Es muy conocido por sus muebles artesanales y para el Día de Muertos conservan una tradición muy especial, la cual consiste en hacer unos caballitos de madera en los que se “montan” las ofrendas. Antes de ver esto, fuimos al panteón ubicado al pie de las montañas. Estaba muy concurrido, la gente visitaba a sus difuntos llevándoles flores y música; por aquí y por allá se escuchaban corridos norteños. Durante la tarde comencé a visitar las casas, en donde sus habitantes muy amablemente me invitaban a pasar para que conociera sus altares conocidos en la región como ketzitakua (ofrendar). Son especiales ya que son únicamente para quienes murieron durante el año en curso. Se realiza para adultos o para “angelitos”, en días diferentes, como sucede en el caso de la ceremonia más conocida de Michoacán, la Velación. La mayor parte de los pueblos que la realizan, lo hacen el 1 de noviembre.
Así, tuve la oportunidad de visitar la casa de Bertha Vázquez, quien había preparado la ofrenda en honor a su mamá, doña Petra Andrés Santana. Toda la familia participa en el festejo: los hombres cortan la carne, mientras las mujeres cocinan y preparan los tamales y atole para los invitados. La familia del difunto dispone de un lugar para recibir las ofrendas que les llevan durante todo el día y toda la noche. Se trata de un caballo de madera sobre cuyo lomo se montan flores, velas, panes, frutas, hortalizas y otros elementos que conforman la ofrenda. Las figuras del pan de muerto son femeninas y masculinas. Unas se distinguen por su corte ovalado que trata de imitar una falda, mientras que las otras muestran un corte vertical a manera de pantalones. Los invitados comienzan a llegar a partir de las 16:00 horas y hasta la media noche. Antes de entrar, anuncian su llegada tronando un cuete e ingresan a la casa cargando el caballito y lo colocan frente al altar, en donde rezan y cantan unas alabanzas. La familia ofrece tamales y atole de diferentes sabores: guayaba, tamarindo, pinole, piña, leche con canela. Después de cenar, familiares e invitados disfrutan tranquilamente de una copa de aguardiente.
2. El culto a los muertos en San Andrés Mixquic, Distrito Federal
Mientras que para algunos pueblos las festividades de difuntos son “tema macabro”, al sur de la Ciudad de México sucede exactamente lo contrario. ¡Descubre por qué!
Como en ningún otro país, en México festejamos a la muerte en medio de vistosas ceremonias que son una verdadera explosión de colores y sentimientos.
Entre sabores dominados principalmente por el mole, el pan y el dulce; entre los olores de incienso, cera y por supuesto, entre las flores naranjas que, mientras, intensifican su color con la flama de los cirios y las veladora sirven para dar la bienvenida a las almas de los difuntos. Así los mexicanos rendimos culto a nuestros muertos mientras suena la música que alegra los corazones de los vivos.
Gracias a que México es un gran mosaico de tradiciones y manifestaciones artísticas, durante estas celebraciones a los muertos lo mismo podemos encontrar solemnidad y burla, que silencio y algarabía, reflejados en la música y en las oraciones. Por si esto pareciera sorprendente, lo será aún más el saber que en San Andrés Mixquic es precisamente su panteón, el que ha hecho famoso a este pueblo localizado al sur de la Ciudad de México.
En efecto, año con año se dan cita en el camposanto de San Andrés, miles de personas para decorar las tumbas de sus difuntos, las cuales, durante el 1 y 2 de noviembre se visten con flores de cempasúchil, calaveras de azúcar y algunos platillos en honor a los fieles difuntos.
Durante el primer día del mes, cuando llega la noche, el júbilo permea el ambiente con la música de grupos tropicales y mariachis que amenizan los concursos de calaveras de cartón con leyendas satíricas, mientras, otras personas acompañan a un cortejo fúnebre escenificado, en donde la viuda lanza frases picarescas a la gente por la pérdida de su esposo quien se halla dentro de un ataúd simulando su muerte; algunas de esas frases picarescas son: el muerto al pozo y el vivo al gozo... o tan bueno y tan fiel..., etc.
Durante su trayecto hacia el panteón estos personajes van solicitando apoyo económico para la sepultura, haciendo bromas a los concurrentes y, una vez que arriban y que están a punto de enterrar al supuesto "cadáver", éste salta del ataúd y corre despavorido entre la multitud ocasionando la risa de los asistentes.
Así, con un aire de burla muy mexicano, el culto a los muertos comienza para después tomar un aire más solemne: las ofrendas siguen realizándose y las veladoras y cirios le dan ya al panteón de Mixquic un toque mágico, mientras que en las casas las puertas se abren para que las ánimas de los muertos saluden a sus deudos, y los visitantes puedan disfrutar de las coloridas ofrendas del lugar.
Al día siguiente continúa la danza de las almas de los muertos en la tierra, pero ahora toca lugar a las de los adultos: el panteón sigue dominado por ofrendas y comienzan a llegar hombres, mujeres y niños con cubetas, escobas y ramos de flores con la intención de barrer y arreglar las tumbas correspondientes esperando a que el párroco del pueblo llegue para dar la bendición a los asistentes y a las tumbas de los "difuntitos".
De esta manera, en medio de una gran solemnidad y alegría, los días de celebración a los muertos transcurren en Mixquic para recordarle al mundo que entre los mexicanos, la convivencia con la muerte, es algo común...
3. Día de Muertos en Ocotepec, Morelos
En los alrededores de la ciudad de Cuernavaca, las celebraciones de muertos son sumamente emotivas.
Las tradiciones mexicanas se alimentan de creencias, rituales, fe, humor y sueños. Una de las más importantes y de mayor arraigo popular es, sin duda, la celebración del Día de Muertos, en los diferentes panteones del país, y el estado de Morelos, no es la excepción.
Ocotepec, cuyo significado es "en el cerro de los ocotes", se encuentra separado por una delgada, casi imperceptible, franja de tierra: la Montaña de los Ocotes. Es un poblado antiguo que se ubica a sólo tres minutos de Cuernavaca por la carretera federal a Tepoztlán. Esta comunidad se divide en cuatro barrios con sus respectivas capillas, las cuales conservan la forma de administración heredada del Virreinato de la Nueva España, estructura que les ha permitido conservar la mayoría de sus costumbres y tradiciones indígenas, mismas que datan desde tiempos prehispánicos.
El Día de Muertos es una de las cuatro fiestas más importantes de Ocotepec, junto con Navidad, la representación de la Pasión de Cristo y el Corpus Cristi. Además su cercanía con la capital morelense, ha favorecido la visita de turistas y lugareños, al grado tal que esta celebración es la más concurrida de las 30 que se realizan en el estado.
A la salida de Cuernavaca, lo primero que se observa es el cementerio de Ocotepec. Se trata de un buen ejemplo de arquitectura funeraria mexicana: sus innumerables casitas, iglesias y catedrales, decoradas en colores llamativos, confirman su creencia en la continuidad de la vida después de la muerte. El cementerio es precisamente el lugar donde inician los preparativos para la celebración pues, diez días antes del 2 de noviembre, familias enteras comienzan a arreglar sus tumbas, las pintan y las redecoran.
Una de las tradiciones en Ocotepec consiste en levantar ofrendas en honor a quienes fallecieron durante el año; a estos altares también se les conoce como “Ofrendas Nuevas”. Éstas se montan sobre una mesa y se recreael cuerpo del difunto, el cual se viste con ropa nueva, huaraches y sombrero o rebozo; a la altura de la cabeza se colocan las tradicionales calaveras de azúcar. Una vez vestido, el cuerpo se rodea de las bebidas y los platillos que fueron los favoritos del difunto. En el caso de los altares de los niños se incluyen juguetes y golosinas.
Los elementos tradicionales de una ofrenda son el pan, el cual es elaborado con productos de la Tierra; el agua, considerada la fuente de la vida y por la que lucha el espíritu en contra de la muerte, además de que sirve para calmar la sed durante el camino; el fuego, el cual purifica y llega a los muertos por medio de las velas del altar; y el viento, que da movimiento al papel picado del altar, alegrando así el espíritu.
Otros elementos que también encontramos en las ofrendas son las flores de cempasúchil y el incienso, que ayudan a los difuntos a encontrar el camino a casa y a sus familiares. Algunos encienden cuatro velas y las colocan en forma de cruz, orientada hacia los cuatro puntos cardinales, que sirven para bendecir los caminos por donde llegará el espíritu del difunto.
Las casas con ofrenda nueva se reconocen por un camino de flores que se extiende desde el altar hasta la banqueta. Es una forma de avisar que ahí se espera la llegada de un difunto y que la gente puede pasar, si así lo desea, para admirar la ofrenda. A los visitantes se les invita a pasar y son recibidos amablemente con panes, ponche, café y tamales. A cambio de esto, las personas otorgan respeto, afecto y algunas veces llevan velas o flores para el altar, en agradecimiento a las atenciones recibidas.
Aunque algunas de las casas con Ofrendas Nuevas son muy humildes, el honor a sus difuntos es grandioso, pues se entregan a ellos por completo, tanto en el aspecto económico como en el tiempo que les dedican.
La noche del 31 de octubre repican las campanas de la iglesia anunciando la llegada próxima de los niños difuntos; por la mañana del 1 de noviembre se visita el panteón, el cual está adornado con flores de muchos colores, y se oficia una misa en honor a los pequeños. Por la noche también se tocan las campanas, ahora en espera de los difuntos mayores; entonces se realizan los preparativos para la ofrenda y en la mañana del 2 de noviembre se acude al panteón y se ofrece una misa.
Así, durante dos días, se espera con gusto y tristeza la llegada de los difuntos; mientras tanto, también los vecinos de lugar realizan visitas y van a comer a las casas donde se colocaron Ofrendas Nuevas.
Durante estos días, en las calles del pueblo se instalan puestos que ofrecen el tradicional pan de muerto, recién preparado y horneado. Además, a la vista de los paseantes se encuentra puestos donde se puede adquirir todo lo necesario para adornar los altares: calabazas artesanales, calaveras de azúcar y chocolate, veladoras, velas, incienso, flores.
Otra de las peculiaridades del poblado de Ocotepec es la procesión que se realiza durante las noches del 31 octubre y 1 de noviembre. Todo el pueblo acude al panteón, llevan ofrendas a sus difuntos y más tarde se sientan todos a comer a un lado de las tumbas.
Aunque Ocotepec no es un lugar muy conocido por los turistas, su particular forma de celebrar el Día de Muertos lo convierte en un sitio muy atractivo; ya que los visitantes gozarán de los sabores, aromas y colores de esta tradicional festividad mexicana.
4. Huaquechula: la magnificencia de la muerte en Puebla
En la capital poblana y en otros pueblos de la entidad tienen lugar impresionantes fiestas llenas de flores y color.
En esta interesante población indígena, ubicada entre las estribaciones de la Sierra Mixteca y el volcán Popocatépetl, a 45 km al suroeste, la fiesta de muertos es la más importante de Mesoamérica y tiene una raíz fundamentalmente prehispánica, a decir del arqueólogo Eduardo Merlo, experto en el tema.
Se trata de un antiguo rito de cosecha cuyo tiempo de celebración se hizo coincidir, por los frailes españoles, con la de los fieles difuntos del 2 de noviembre en el calendario católico. Pero los muertos conservaron su representación milenaria y han sido el pretexto de la comunidad para fortalecer su identidad y compartir los frutos obtenidos de la tierra. Los difuntos son la semilla de la que ha de germinar simbólicamente la planta de sus descendientes.
Sus ofrendas mortuorias
Éstas definen un peculiar estilo que distingue a Huaquechula de otros lugares en donde se lleva a cabo esta festividad, y es el resultado de fusionar la tradición ornamental prehispánica de la región con la estética de los altares de Jueves Santo de la tradición católica; de ahí su sorprendente aspecto monumental predominantemente blanco. Nos referimos a los altares de “cabo de año”, dedicados a aquellos individuos de la comunidad que fallecieron durante los meses previos a la celebración del primero de noviembre.
Es importante distinguir entre las ofrendas tradicionales y los altares de muerto recientes. Son estos últimos estructuras piramidales de entre tres y cuatro niveles (semejantes a un pastel de bodas) erigidas generalmente en el recibidor de las casas, a donde han de llegar las ánimas para disponer del banquete que se les ofrece.
Los altares están constituidos en:
Primer nivel, que representa el mundo terrenal, en éste se ubica la foto del familiar fallecido reflejada en un espejo, por lo que no se le ve sino indirectamente. Tal disposición recibe diversas interpretaciones. Para algunos lugareños el espejo representa la entrada al más allá, o al inframundo, según la explicación prehispanista de los guías de la localidad.
Queda asumirlo también como la expresión simbólica de eternidad y de aquellos que “fueron pero ya no son”, en palabras del arqueólogo Eduardo Merlo, para utilizar una convencional forma cristiana de aludir a los muertos. En torno a la foto se reparten alimentos y objetos afines al difunto cuando este vivía; así, tenemos frutas, comida variada (no falta el mole) y bebidas tales como tequila y cerveza. La imagen del finado suele estar flanqueada por figurillas de cerámica conocidas como “lloroncitos”, que representan a los deudos sufrientes y cuyo origen también es prehispánico.
De igual forma encontramos canastillas de flores y animalitos de azúcar hechos por la gente del pueblo y a los que se conoce como “alfeñiques”. Dichas figuras, entre las que se aprecian borregos, patos y burritos de delicada factura, se ofrendan especialmente para los llamados “muertos chiquitos”, los niños difuntos a quienes se recuerda especialmente el 31 de octubre. Los panes forman parte importante de la ofrenda, como las infaltables hojaldras pringadas de ajonjolí tostado que representan la calavera cruzada por un par de tibias.
También hay piezas semejantes a un muerto yacente, cubiertas de azúcar colorada que simboliza la sangre (¡riquísimas!), así como otros más en forma de moño que simula una calavera muy simplificada vista de frente. Todos los elementos de azúcar y panadería enriquecieron a las ofrendas durante la Colonia.
El segundo nivel representa el cielo, en donde es posible reconocer angelitos, y a la Virgen María . La tela de satín blanco suele estar dispuesta en forma de caprichosos pliegues que semejan nubes. Con frecuencia se observa la incorporación de elementos diversos de la liturgia católica como el cáliz con la hostia y ceras de diversos tamaños. La modernidad ha llevado a sustituir las velas por luces de neón blancas.
El tercero o cuarto nivel simboliza la cúspide celestial, con la presencia invariable de un crucifijo que preside desde lo alto toda la estructura, rematando un espectáculo visual de indudable belleza.
Los distintos niveles están soportados generalmente por columnas de estilo barroco estípite (pilastra en forma de pirámide truncada, con la base menor hacia abajo). Es admirable el lujo de detalle propio de una mentalidad que adaptó las expresiones plásticas de la herencia colonial para manifestar un abarrocado gusto estético.
Son los “altareros” los encargados de confeccionar la ofrenda. Es a estos especialistas a quienes se contrata para hacer la instalación y en quienes se sedimenta la tradición material de las características formales de estos altares y cuyos precios oscilan entre los 3, 000 y 15,000 pesos, dependiendo del tamaño y la riqueza del ornato.
5. El Xantolo, fiesta de los muertos en San Luis Potosí
Para todos los mexicanos, los días de muertos representan las festividades de mayor arraigo en el folclor popular y en el ideario colectivo de nuestra cultura, por su carácter de simbólica “restauración” de la vida material, que permite a vivos y muertos reencontrarse durante unos días para recordar con emoción y alegría, la vida y sus más secretos encantos.
En todo el país, el 31 de octubre marca el inicio de estas festividades, y en el estado de San Luis Potosí, esta fecha marca el inicio del Xantolo, cuerpo univoco de regocijo y bienvenida que durante cinco días envuelve el ambiente solemne del día de los Fieles Difuntos, transformándolo en un evento festivo donde la música, las danzas, los cantos y la comida, marcan el ritmo de la vida de los habitantes de la Huasteca Potosina.
La Huasteca Potosina, hogar de etnias como los teenek y los nahuas, celebra a sus muertos con el tradicional altar, que aquí se le llama “arco”, ya que su atributo central consiste en 4 varas de madera que se colocan en cada esquina de la mesa, representando las etapas de la vida de una persona, las cuales se doblan para formar dos arcos cubiertos por travesaños que simbolizan los ríos mitológicos por los que el alma debe pasar para purificarse.
El camino para llegar al “arco” es señalado por la flor de Cempasúchil o Cempoalxochitl, cuyo aroma y color es inconfundible, colocándose desde los cementerios hasta los hogares donde los difuntos regresarán a convivir con sus familiares y a disfrutar de las ofrendas de comida, bebida y placeres tal como lo hacían antes de su partida.
El primer día de Xantolo es el 31 de octubre, fecha en que se considera que las almas de los niños son las primeras en visitar a sus familias, por lo que las ofrendas de los arcos son alimentos que ellos acostumbraban comer, como atole, chocolates, dulces, tamales y otros elementos simbólicos que tienen que ver con el bautismo y la vida.
El día siguiente, 1º de noviembre, se hace una velación con rezos y alabanzas, se inciensan las imágenes y el altar, además de tocarse música de son, dedicada a la muerte.
El 2 de noviembre, los pobladores de la huasteca llevan ofrendas a los panteones, adornando las tumbas con flores, las cuales son renovadas hasta el último día del mes para despedir a las almas que han venido de visita.
Adicionalmente a esta manera de celebrar a los muertos en la Huasteca Potosina, cada población de la misma añade elementos que le dotan de mayor o menor sacralizad a la fiesta, aunque todas mantienen un respeto muy especial hacia dicha celebración.
En Axila de Terrazas, se lleva a cabo una ceremonia de cambio de bastón de mando entre los ancianos de la región, mientras que en Coxcatlán se añaden juguetes a los arcos para el 31 de octubre. En San Antonio, se emplea la música de viento para aderezar la velada de los 3 días de difuntos.
En San Martin Chalchicuatla se hace la ochavada, es decir, una tamalada para toda la comunidad ocho días después del fin de las festividades, mientras que en Tamazunchale, Tanlajas y Tancahuitz convergen distintos tipos de danzas y adornos en los altares, matizados con la particularidad de las lenguas que se hablan en cada comunidad.
Tres encantadoras poblaciones de la entidad michoacana te esperan para vivir la magia y el color de las fiestas dedicadas a los muertos. ¡Anímate a conocerlas!
En todo México se celebra la fiesta de Día de Muertos y uno de los lugares de mayor tradición es Michoacán, donde el ritual de la velación se lleva a cabo por los pueblos purépechas que rodean el lago de Pátzcuaro y la isla de Janitzio. Ya se han publicado muchos reportajes de esta zona, pero lo que más sorprende es que siempre es posible descubrir algo nuevo, además de disfrutar numerosos eventos culturales como el Concurso Estatal de Artesanías, conciertos al aire libre y en edificios históricos (la noche del 1 de noviembre, en la Basílica de Pátzcuaro se presentan piezas musicales alusivas a la muerte, por ejemplo), obras de teatro en escenarios naturales (Don Juan Tenorio en la Capilla Abierta del Convento Franciscano de Tzintzuntzan, la noche del 1 de noviembre), instalación de ofrendas y concursos en espacios públicos, y presentación de juegos prehispánicos de pelota encendida
UNA RUTA MORTUORIA MUY ALEGRE
Jarácuaro. Antes una isla, actualmente está unida a tierra firme con un puente vehícular, por lo que es de fácil acceso. Llegué de noche directo al templo de San Pedro y a la capilla de la Natividad, ambas del siglo XVI, y estaban adornadas con un gran arco de flores, fuera de ellas se colocaron numerosas ofrendas donde la gente se sentó a rezar. A un lado se acomodan puestos de comida donde venden ponche y tamales, y del otro lado se instala el escenario, donde se lleva a cabo la Danza de los Viejitos (T’arche Uarakua), frente a un gran número de espectadores. Ésta forma parte de las danzas huehues.
Los danzantes se visten con el traje tradicional de los campesinos de la región con camisa y pantalón de manta con finos bordados en la parte inferior, también llevan un jorongo, sombrero adornado con listones y una máscara hecha de pasta de caña de maíz, madera o barro, la cual está tallada con gestos sonrientes de ancianos desdentados, de piel rozagante y sonrosada. Inicia con movimientos achacosos y encorvados y cuando la música aumenta de ritmo, los viejitos transforman sus movimientos en una verdadera explosión de vigor y agilidad, realizando estruendosos zapateados y brincos que contrastan con ataques de tos y temblores que provocan caídas y jocosos intentos de sus compañeros por revivir al afectado.
Arócutin. Después de divertirme con esa grandiosa danza, y al filo de la medianoche, me fui a conocer este poblado localizado a 7 km de Pátzcuaro.
En el centro del pueblo está el templo de Nuestra Señora de la Natividad, el cual data de finales del siglo XVI y tiene la peculiaridad, que dentro del perímetro bardeado, se localiza el panteón, justo enfrente de la iglesia. Afuera de ésta, el 31 de octubre se coloca un gran arco de flores con forma de iglesia iniciando así los festejos de Día de Muertos. Cuando llegamos, no podía creer lo que estaba viendo, ¡todo el panteón era color naranja! Totalmente cubierto de flores de cempasúchil y velas que cada familia había llevado a sus difuntos, además acompañaban sus ofrendas con música, rezando y muchos más guardando silencio. Era un espectáculo conmovedor en el que el olor a incienso perfumaba la noche michoacana.
Durante el día pudimos conocer y comprar artesanías típicas, como bordados de punto de cruz, deshilados, figuras de madera y utensilios de barro.
Cuanajo. Al día siguiente, aún desvelado, pero con ganas de seguir conociendo y fotografiando, me fui al poblado de Cuanajo, localizado a 14 km de Pátzcuaro. Es muy conocido por sus muebles artesanales y para el Día de Muertos conservan una tradición muy especial, la cual consiste en hacer unos caballitos de madera en los que se “montan” las ofrendas. Antes de ver esto, fuimos al panteón ubicado al pie de las montañas. Estaba muy concurrido, la gente visitaba a sus difuntos llevándoles flores y música; por aquí y por allá se escuchaban corridos norteños. Durante la tarde comencé a visitar las casas, en donde sus habitantes muy amablemente me invitaban a pasar para que conociera sus altares conocidos en la región como ketzitakua (ofrendar). Son especiales ya que son únicamente para quienes murieron durante el año en curso. Se realiza para adultos o para “angelitos”, en días diferentes, como sucede en el caso de la ceremonia más conocida de Michoacán, la Velación. La mayor parte de los pueblos que la realizan, lo hacen el 1 de noviembre.
Así, tuve la oportunidad de visitar la casa de Bertha Vázquez, quien había preparado la ofrenda en honor a su mamá, doña Petra Andrés Santana. Toda la familia participa en el festejo: los hombres cortan la carne, mientras las mujeres cocinan y preparan los tamales y atole para los invitados. La familia del difunto dispone de un lugar para recibir las ofrendas que les llevan durante todo el día y toda la noche. Se trata de un caballo de madera sobre cuyo lomo se montan flores, velas, panes, frutas, hortalizas y otros elementos que conforman la ofrenda. Las figuras del pan de muerto son femeninas y masculinas. Unas se distinguen por su corte ovalado que trata de imitar una falda, mientras que las otras muestran un corte vertical a manera de pantalones. Los invitados comienzan a llegar a partir de las 16:00 horas y hasta la media noche. Antes de entrar, anuncian su llegada tronando un cuete e ingresan a la casa cargando el caballito y lo colocan frente al altar, en donde rezan y cantan unas alabanzas. La familia ofrece tamales y atole de diferentes sabores: guayaba, tamarindo, pinole, piña, leche con canela. Después de cenar, familiares e invitados disfrutan tranquilamente de una copa de aguardiente.
2. El culto a los muertos en San Andrés Mixquic, Distrito Federal
Mientras que para algunos pueblos las festividades de difuntos son “tema macabro”, al sur de la Ciudad de México sucede exactamente lo contrario. ¡Descubre por qué!
Como en ningún otro país, en México festejamos a la muerte en medio de vistosas ceremonias que son una verdadera explosión de colores y sentimientos.
Entre sabores dominados principalmente por el mole, el pan y el dulce; entre los olores de incienso, cera y por supuesto, entre las flores naranjas que, mientras, intensifican su color con la flama de los cirios y las veladora sirven para dar la bienvenida a las almas de los difuntos. Así los mexicanos rendimos culto a nuestros muertos mientras suena la música que alegra los corazones de los vivos.
Gracias a que México es un gran mosaico de tradiciones y manifestaciones artísticas, durante estas celebraciones a los muertos lo mismo podemos encontrar solemnidad y burla, que silencio y algarabía, reflejados en la música y en las oraciones. Por si esto pareciera sorprendente, lo será aún más el saber que en San Andrés Mixquic es precisamente su panteón, el que ha hecho famoso a este pueblo localizado al sur de la Ciudad de México.
En efecto, año con año se dan cita en el camposanto de San Andrés, miles de personas para decorar las tumbas de sus difuntos, las cuales, durante el 1 y 2 de noviembre se visten con flores de cempasúchil, calaveras de azúcar y algunos platillos en honor a los fieles difuntos.
Durante el primer día del mes, cuando llega la noche, el júbilo permea el ambiente con la música de grupos tropicales y mariachis que amenizan los concursos de calaveras de cartón con leyendas satíricas, mientras, otras personas acompañan a un cortejo fúnebre escenificado, en donde la viuda lanza frases picarescas a la gente por la pérdida de su esposo quien se halla dentro de un ataúd simulando su muerte; algunas de esas frases picarescas son: el muerto al pozo y el vivo al gozo... o tan bueno y tan fiel..., etc.
Durante su trayecto hacia el panteón estos personajes van solicitando apoyo económico para la sepultura, haciendo bromas a los concurrentes y, una vez que arriban y que están a punto de enterrar al supuesto "cadáver", éste salta del ataúd y corre despavorido entre la multitud ocasionando la risa de los asistentes.
Así, con un aire de burla muy mexicano, el culto a los muertos comienza para después tomar un aire más solemne: las ofrendas siguen realizándose y las veladoras y cirios le dan ya al panteón de Mixquic un toque mágico, mientras que en las casas las puertas se abren para que las ánimas de los muertos saluden a sus deudos, y los visitantes puedan disfrutar de las coloridas ofrendas del lugar.
Al día siguiente continúa la danza de las almas de los muertos en la tierra, pero ahora toca lugar a las de los adultos: el panteón sigue dominado por ofrendas y comienzan a llegar hombres, mujeres y niños con cubetas, escobas y ramos de flores con la intención de barrer y arreglar las tumbas correspondientes esperando a que el párroco del pueblo llegue para dar la bendición a los asistentes y a las tumbas de los "difuntitos".
De esta manera, en medio de una gran solemnidad y alegría, los días de celebración a los muertos transcurren en Mixquic para recordarle al mundo que entre los mexicanos, la convivencia con la muerte, es algo común...
3. Día de Muertos en Ocotepec, Morelos
En los alrededores de la ciudad de Cuernavaca, las celebraciones de muertos son sumamente emotivas.
Las tradiciones mexicanas se alimentan de creencias, rituales, fe, humor y sueños. Una de las más importantes y de mayor arraigo popular es, sin duda, la celebración del Día de Muertos, en los diferentes panteones del país, y el estado de Morelos, no es la excepción.
Ocotepec, cuyo significado es "en el cerro de los ocotes", se encuentra separado por una delgada, casi imperceptible, franja de tierra: la Montaña de los Ocotes. Es un poblado antiguo que se ubica a sólo tres minutos de Cuernavaca por la carretera federal a Tepoztlán. Esta comunidad se divide en cuatro barrios con sus respectivas capillas, las cuales conservan la forma de administración heredada del Virreinato de la Nueva España, estructura que les ha permitido conservar la mayoría de sus costumbres y tradiciones indígenas, mismas que datan desde tiempos prehispánicos.
El Día de Muertos es una de las cuatro fiestas más importantes de Ocotepec, junto con Navidad, la representación de la Pasión de Cristo y el Corpus Cristi. Además su cercanía con la capital morelense, ha favorecido la visita de turistas y lugareños, al grado tal que esta celebración es la más concurrida de las 30 que se realizan en el estado.
A la salida de Cuernavaca, lo primero que se observa es el cementerio de Ocotepec. Se trata de un buen ejemplo de arquitectura funeraria mexicana: sus innumerables casitas, iglesias y catedrales, decoradas en colores llamativos, confirman su creencia en la continuidad de la vida después de la muerte. El cementerio es precisamente el lugar donde inician los preparativos para la celebración pues, diez días antes del 2 de noviembre, familias enteras comienzan a arreglar sus tumbas, las pintan y las redecoran.
Una de las tradiciones en Ocotepec consiste en levantar ofrendas en honor a quienes fallecieron durante el año; a estos altares también se les conoce como “Ofrendas Nuevas”. Éstas se montan sobre una mesa y se recreael cuerpo del difunto, el cual se viste con ropa nueva, huaraches y sombrero o rebozo; a la altura de la cabeza se colocan las tradicionales calaveras de azúcar. Una vez vestido, el cuerpo se rodea de las bebidas y los platillos que fueron los favoritos del difunto. En el caso de los altares de los niños se incluyen juguetes y golosinas.
Los elementos tradicionales de una ofrenda son el pan, el cual es elaborado con productos de la Tierra; el agua, considerada la fuente de la vida y por la que lucha el espíritu en contra de la muerte, además de que sirve para calmar la sed durante el camino; el fuego, el cual purifica y llega a los muertos por medio de las velas del altar; y el viento, que da movimiento al papel picado del altar, alegrando así el espíritu.
Otros elementos que también encontramos en las ofrendas son las flores de cempasúchil y el incienso, que ayudan a los difuntos a encontrar el camino a casa y a sus familiares. Algunos encienden cuatro velas y las colocan en forma de cruz, orientada hacia los cuatro puntos cardinales, que sirven para bendecir los caminos por donde llegará el espíritu del difunto.
Las casas con ofrenda nueva se reconocen por un camino de flores que se extiende desde el altar hasta la banqueta. Es una forma de avisar que ahí se espera la llegada de un difunto y que la gente puede pasar, si así lo desea, para admirar la ofrenda. A los visitantes se les invita a pasar y son recibidos amablemente con panes, ponche, café y tamales. A cambio de esto, las personas otorgan respeto, afecto y algunas veces llevan velas o flores para el altar, en agradecimiento a las atenciones recibidas.
Aunque algunas de las casas con Ofrendas Nuevas son muy humildes, el honor a sus difuntos es grandioso, pues se entregan a ellos por completo, tanto en el aspecto económico como en el tiempo que les dedican.
La noche del 31 de octubre repican las campanas de la iglesia anunciando la llegada próxima de los niños difuntos; por la mañana del 1 de noviembre se visita el panteón, el cual está adornado con flores de muchos colores, y se oficia una misa en honor a los pequeños. Por la noche también se tocan las campanas, ahora en espera de los difuntos mayores; entonces se realizan los preparativos para la ofrenda y en la mañana del 2 de noviembre se acude al panteón y se ofrece una misa.
Así, durante dos días, se espera con gusto y tristeza la llegada de los difuntos; mientras tanto, también los vecinos de lugar realizan visitas y van a comer a las casas donde se colocaron Ofrendas Nuevas.
Durante estos días, en las calles del pueblo se instalan puestos que ofrecen el tradicional pan de muerto, recién preparado y horneado. Además, a la vista de los paseantes se encuentra puestos donde se puede adquirir todo lo necesario para adornar los altares: calabazas artesanales, calaveras de azúcar y chocolate, veladoras, velas, incienso, flores.
Otra de las peculiaridades del poblado de Ocotepec es la procesión que se realiza durante las noches del 31 octubre y 1 de noviembre. Todo el pueblo acude al panteón, llevan ofrendas a sus difuntos y más tarde se sientan todos a comer a un lado de las tumbas.
Aunque Ocotepec no es un lugar muy conocido por los turistas, su particular forma de celebrar el Día de Muertos lo convierte en un sitio muy atractivo; ya que los visitantes gozarán de los sabores, aromas y colores de esta tradicional festividad mexicana.
4. Huaquechula: la magnificencia de la muerte en Puebla
En la capital poblana y en otros pueblos de la entidad tienen lugar impresionantes fiestas llenas de flores y color.
En esta interesante población indígena, ubicada entre las estribaciones de la Sierra Mixteca y el volcán Popocatépetl, a 45 km al suroeste, la fiesta de muertos es la más importante de Mesoamérica y tiene una raíz fundamentalmente prehispánica, a decir del arqueólogo Eduardo Merlo, experto en el tema.
Se trata de un antiguo rito de cosecha cuyo tiempo de celebración se hizo coincidir, por los frailes españoles, con la de los fieles difuntos del 2 de noviembre en el calendario católico. Pero los muertos conservaron su representación milenaria y han sido el pretexto de la comunidad para fortalecer su identidad y compartir los frutos obtenidos de la tierra. Los difuntos son la semilla de la que ha de germinar simbólicamente la planta de sus descendientes.
Sus ofrendas mortuorias
Éstas definen un peculiar estilo que distingue a Huaquechula de otros lugares en donde se lleva a cabo esta festividad, y es el resultado de fusionar la tradición ornamental prehispánica de la región con la estética de los altares de Jueves Santo de la tradición católica; de ahí su sorprendente aspecto monumental predominantemente blanco. Nos referimos a los altares de “cabo de año”, dedicados a aquellos individuos de la comunidad que fallecieron durante los meses previos a la celebración del primero de noviembre.
Es importante distinguir entre las ofrendas tradicionales y los altares de muerto recientes. Son estos últimos estructuras piramidales de entre tres y cuatro niveles (semejantes a un pastel de bodas) erigidas generalmente en el recibidor de las casas, a donde han de llegar las ánimas para disponer del banquete que se les ofrece.
Los altares están constituidos en:
Primer nivel, que representa el mundo terrenal, en éste se ubica la foto del familiar fallecido reflejada en un espejo, por lo que no se le ve sino indirectamente. Tal disposición recibe diversas interpretaciones. Para algunos lugareños el espejo representa la entrada al más allá, o al inframundo, según la explicación prehispanista de los guías de la localidad.
Queda asumirlo también como la expresión simbólica de eternidad y de aquellos que “fueron pero ya no son”, en palabras del arqueólogo Eduardo Merlo, para utilizar una convencional forma cristiana de aludir a los muertos. En torno a la foto se reparten alimentos y objetos afines al difunto cuando este vivía; así, tenemos frutas, comida variada (no falta el mole) y bebidas tales como tequila y cerveza. La imagen del finado suele estar flanqueada por figurillas de cerámica conocidas como “lloroncitos”, que representan a los deudos sufrientes y cuyo origen también es prehispánico.
De igual forma encontramos canastillas de flores y animalitos de azúcar hechos por la gente del pueblo y a los que se conoce como “alfeñiques”. Dichas figuras, entre las que se aprecian borregos, patos y burritos de delicada factura, se ofrendan especialmente para los llamados “muertos chiquitos”, los niños difuntos a quienes se recuerda especialmente el 31 de octubre. Los panes forman parte importante de la ofrenda, como las infaltables hojaldras pringadas de ajonjolí tostado que representan la calavera cruzada por un par de tibias.
También hay piezas semejantes a un muerto yacente, cubiertas de azúcar colorada que simboliza la sangre (¡riquísimas!), así como otros más en forma de moño que simula una calavera muy simplificada vista de frente. Todos los elementos de azúcar y panadería enriquecieron a las ofrendas durante la Colonia.
El segundo nivel representa el cielo, en donde es posible reconocer angelitos, y a la Virgen María . La tela de satín blanco suele estar dispuesta en forma de caprichosos pliegues que semejan nubes. Con frecuencia se observa la incorporación de elementos diversos de la liturgia católica como el cáliz con la hostia y ceras de diversos tamaños. La modernidad ha llevado a sustituir las velas por luces de neón blancas.
El tercero o cuarto nivel simboliza la cúspide celestial, con la presencia invariable de un crucifijo que preside desde lo alto toda la estructura, rematando un espectáculo visual de indudable belleza.
Los distintos niveles están soportados generalmente por columnas de estilo barroco estípite (pilastra en forma de pirámide truncada, con la base menor hacia abajo). Es admirable el lujo de detalle propio de una mentalidad que adaptó las expresiones plásticas de la herencia colonial para manifestar un abarrocado gusto estético.
Son los “altareros” los encargados de confeccionar la ofrenda. Es a estos especialistas a quienes se contrata para hacer la instalación y en quienes se sedimenta la tradición material de las características formales de estos altares y cuyos precios oscilan entre los 3, 000 y 15,000 pesos, dependiendo del tamaño y la riqueza del ornato.
5. El Xantolo, fiesta de los muertos en San Luis Potosí
Para todos los mexicanos, los días de muertos representan las festividades de mayor arraigo en el folclor popular y en el ideario colectivo de nuestra cultura, por su carácter de simbólica “restauración” de la vida material, que permite a vivos y muertos reencontrarse durante unos días para recordar con emoción y alegría, la vida y sus más secretos encantos.
En todo el país, el 31 de octubre marca el inicio de estas festividades, y en el estado de San Luis Potosí, esta fecha marca el inicio del Xantolo, cuerpo univoco de regocijo y bienvenida que durante cinco días envuelve el ambiente solemne del día de los Fieles Difuntos, transformándolo en un evento festivo donde la música, las danzas, los cantos y la comida, marcan el ritmo de la vida de los habitantes de la Huasteca Potosina.
La Huasteca Potosina, hogar de etnias como los teenek y los nahuas, celebra a sus muertos con el tradicional altar, que aquí se le llama “arco”, ya que su atributo central consiste en 4 varas de madera que se colocan en cada esquina de la mesa, representando las etapas de la vida de una persona, las cuales se doblan para formar dos arcos cubiertos por travesaños que simbolizan los ríos mitológicos por los que el alma debe pasar para purificarse.
El camino para llegar al “arco” es señalado por la flor de Cempasúchil o Cempoalxochitl, cuyo aroma y color es inconfundible, colocándose desde los cementerios hasta los hogares donde los difuntos regresarán a convivir con sus familiares y a disfrutar de las ofrendas de comida, bebida y placeres tal como lo hacían antes de su partida.
El primer día de Xantolo es el 31 de octubre, fecha en que se considera que las almas de los niños son las primeras en visitar a sus familias, por lo que las ofrendas de los arcos son alimentos que ellos acostumbraban comer, como atole, chocolates, dulces, tamales y otros elementos simbólicos que tienen que ver con el bautismo y la vida.
El día siguiente, 1º de noviembre, se hace una velación con rezos y alabanzas, se inciensan las imágenes y el altar, además de tocarse música de son, dedicada a la muerte.
El 2 de noviembre, los pobladores de la huasteca llevan ofrendas a los panteones, adornando las tumbas con flores, las cuales son renovadas hasta el último día del mes para despedir a las almas que han venido de visita.
Adicionalmente a esta manera de celebrar a los muertos en la Huasteca Potosina, cada población de la misma añade elementos que le dotan de mayor o menor sacralizad a la fiesta, aunque todas mantienen un respeto muy especial hacia dicha celebración.
En Axila de Terrazas, se lleva a cabo una ceremonia de cambio de bastón de mando entre los ancianos de la región, mientras que en Coxcatlán se añaden juguetes a los arcos para el 31 de octubre. En San Antonio, se emplea la música de viento para aderezar la velada de los 3 días de difuntos.
En San Martin Chalchicuatla se hace la ochavada, es decir, una tamalada para toda la comunidad ocho días después del fin de las festividades, mientras que en Tamazunchale, Tanlajas y Tancahuitz convergen distintos tipos de danzas y adornos en los altares, matizados con la particularidad de las lenguas que se hablan en cada comunidad.
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Festival de calaveras 2012
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Como un homenaje al ilustre grabador y dibujante José Guadaluoe Posada, enmarcado por las celebraciones propias del Día de Muertos, la ciudad de Aguascalientes se prepara para festejar a los difuntos con la realización del XVIII Festival de las Calaveras, del 26 de octubre al 4 de noviembre.
Para darle su justa dimensión a esta fiesta, será anfitriona la célebre Catrina, figura inconfundible del "tiempo de muertos" creada por el artista mexicano José Guadalupe Posada a principios del siglo XX y que este 2012 cumple 100 años. Los convidados podrán participar de las numerosas actividades que encantarán a los aficionados de la música, el cine y el teatro, así como de la colocación de los tradicionales altares en honor a los fieles difuntos.
Para esta edición se contará con más de 80 eventos donde destacan diversas compañías teatrales y musicales del estado, como la Orquesta Sinfónica de Aguascalientes y el concierto de Serrat & Sabina, además del tradicional Desfile de Calaveras, con comparsas y carros alegóricos que atraviesan la Avenida Madero. Tampoco te puedes perder las callejuelas por la ciudad, el panteón de Posada, los recorridos de leyenda, el ciclo de cine de terror, la exhibición de catrinas y el magnífico espectáculo de pirotecnia.
Otros imperdibles son las muestras gastronómicas y de artesanías, así como los macabros recorridos en tranvía con los que los muertos volverán a la vida para engalanar con su visita las festividades que año con año se realizan no sólo en Aguascalientes, sino en todo México.
Para darle su justa dimensión a esta fiesta, será anfitriona la célebre Catrina, figura inconfundible del "tiempo de muertos" creada por el artista mexicano José Guadalupe Posada a principios del siglo XX y que este 2012 cumple 100 años. Los convidados podrán participar de las numerosas actividades que encantarán a los aficionados de la música, el cine y el teatro, así como de la colocación de los tradicionales altares en honor a los fieles difuntos.
Para esta edición se contará con más de 80 eventos donde destacan diversas compañías teatrales y musicales del estado, como la Orquesta Sinfónica de Aguascalientes y el concierto de Serrat & Sabina, además del tradicional Desfile de Calaveras, con comparsas y carros alegóricos que atraviesan la Avenida Madero. Tampoco te puedes perder las callejuelas por la ciudad, el panteón de Posada, los recorridos de leyenda, el ciclo de cine de terror, la exhibición de catrinas y el magnífico espectáculo de pirotecnia.
Otros imperdibles son las muestras gastronómicas y de artesanías, así como los macabros recorridos en tranvía con los que los muertos volverán a la vida para engalanar con su visita las festividades que año con año se realizan no sólo en Aguascalientes, sino en todo México.
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Cómo hacer tu propia ofrenda de Día de Muertos
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La tradicional ofrenda de Día de Muertos tiene sus orígenes en los antiguos altares precolombinos, los cuales estaban dedicados a diferentes dioses y cuya temporalidad variaba de acuerdo a las fechas en que nuestros antepasados les festejaban.
De acuerdo con el calendario prehispánico, cada deidad patrocinaba un espacio de tiempo determinado. Así, las ofrendas pertenecientes a Mictlantecuchtli, señor de los muertos, coincidían con el mes de noviembre en el calendario gregoriano. Los españoles, en su misión por institucionalizar el cristianismo en tierras mesoamericanas, decidieron empatar ambas visiones, engendrando un sincretismo muy complejo, que dio vida a algunas fiestas como las del Día de Muertos. La concepción de los antiguos mexicanos sobre las almas que nunca se van del todo y que conviven con los vivos, se emparejó con una concepción muy similar a la de los europeos, la cual heredaron de los egipcios y los chinos. Es por esta mezcla cultural que hoy no se puede imaginar la cruz cristiana en una ofrenda sin la foto del difunto y unas flores de cempasúchitl.
Según la tradición, el altar comienza a montarse desde el 30 o 31 de octubre y permanece hasta el 2 o 3 de noviembre (dependiendo la región de México). Se dice que el 31 de octubre llegan las almas de los niños y se van al medio día del 1 de noviembre, justo cuando llegan las de los adultos para disfrutar de los ofrecimientos levantados en su memoria y retirarse al siguiente día.
Los elementos que debes tomar en cuenta para instalar tu propia ofrenda y dedicársela a aquellos difuntos que tanto quieres son los siguientes :
Niveles
En muchos lugares de México se acostumbra levantar ofrendas de siete, tres o dos niveles, cada uno con un significado diferente. Se dice que éstos dependen del número de ofrendas que se le han dedicado al occiso. Otras versiones afirman que cada nivel simboliza algo distinto; por ejemplo, el primero (en algunos casos un primer escalón y en otros el piso) lleva elementos referentes a la tierra como frutos o un petate, mientras que en el último se coloca el retrato del difunto para simbolizar el lugar donde se encuentra: el cielo. Los niveles se pueden realizar con cajas resistentes, mesas, tablas, entre otros materiales.
Elementos que no pueden faltar en tu ofrenda
Flor de cempasúchil: o “flor de veinte pétalos” es probablemente el principal elemento. Su lugar en los altares se debe a su florecimiento después de la temporada de lluvias. Sus pétalos son utilizados para trazar caminos que dirigen a las almas de la entrada del hogar a la ofrenda, además de colocarse en floreros y arcos.
Arcos: representa la puerta que da la bienvenida a los fieles difuntos. Por la ubicación actual de las ofrendas dentro de los hogares, hoy en día es raro ver una con un gran arco elaborado de flor de cempasúchil. En diversas regiones del país los elaboran con carrizos de bambú atados con lazos.
Calaveritas de azúcar: aunque en un inicio eran de amaranto (pues el azúcar no existía como tal entre los antiguos mexicanos), estas figurillas dulces evolucionaron como una representación de los difuntos a quienes se dedica la ofrenda, es por esto que se les agrega su nombre en la frente.
Pan de muerto: otro de los elementos infaltables en las ofrendas.
Papel picado: Se dice que representa al aire, uno de los cuatro elementos omnipresentes en la ofrenda. En San Salvador Huixcolotla, Puebla puedes encontrar el mejor papel picado del país.
Agua: se colocan vasos con agua para la sed de las almas viajeras y como representación de uno de los cuatro elementos básico de la naturaleza.
Retrato del difunto: Generalmente éste se coloca en el nivel superior de la ofrenda.
Incienso o copal: otra representación del aire y guía olfativa para los fieles difuntos que "nos visitan".
Color morado: si la ofrenda de muertos en sí ya es colorida, no debe faltar este tono, tradicional del luto.
Veladoras: en representación del fuego, una por cada difunto para iluminar su camino a casa.
Platillos y bebidas preferidas del difunto: lo dice todo.
Dulces mexicanos: para las almas de los más pequeños.
Frutos: principalmente la caña; en varias regiones de México se dice que su vaina representa a los huesos de los difuntos.
De acuerdo con el calendario prehispánico, cada deidad patrocinaba un espacio de tiempo determinado. Así, las ofrendas pertenecientes a Mictlantecuchtli, señor de los muertos, coincidían con el mes de noviembre en el calendario gregoriano. Los españoles, en su misión por institucionalizar el cristianismo en tierras mesoamericanas, decidieron empatar ambas visiones, engendrando un sincretismo muy complejo, que dio vida a algunas fiestas como las del Día de Muertos. La concepción de los antiguos mexicanos sobre las almas que nunca se van del todo y que conviven con los vivos, se emparejó con una concepción muy similar a la de los europeos, la cual heredaron de los egipcios y los chinos. Es por esta mezcla cultural que hoy no se puede imaginar la cruz cristiana en una ofrenda sin la foto del difunto y unas flores de cempasúchitl.
Según la tradición, el altar comienza a montarse desde el 30 o 31 de octubre y permanece hasta el 2 o 3 de noviembre (dependiendo la región de México). Se dice que el 31 de octubre llegan las almas de los niños y se van al medio día del 1 de noviembre, justo cuando llegan las de los adultos para disfrutar de los ofrecimientos levantados en su memoria y retirarse al siguiente día.
Los elementos que debes tomar en cuenta para instalar tu propia ofrenda y dedicársela a aquellos difuntos que tanto quieres son los siguientes :
Niveles
En muchos lugares de México se acostumbra levantar ofrendas de siete, tres o dos niveles, cada uno con un significado diferente. Se dice que éstos dependen del número de ofrendas que se le han dedicado al occiso. Otras versiones afirman que cada nivel simboliza algo distinto; por ejemplo, el primero (en algunos casos un primer escalón y en otros el piso) lleva elementos referentes a la tierra como frutos o un petate, mientras que en el último se coloca el retrato del difunto para simbolizar el lugar donde se encuentra: el cielo. Los niveles se pueden realizar con cajas resistentes, mesas, tablas, entre otros materiales.
Elementos que no pueden faltar en tu ofrenda
Flor de cempasúchil: o “flor de veinte pétalos” es probablemente el principal elemento. Su lugar en los altares se debe a su florecimiento después de la temporada de lluvias. Sus pétalos son utilizados para trazar caminos que dirigen a las almas de la entrada del hogar a la ofrenda, además de colocarse en floreros y arcos.
Arcos: representa la puerta que da la bienvenida a los fieles difuntos. Por la ubicación actual de las ofrendas dentro de los hogares, hoy en día es raro ver una con un gran arco elaborado de flor de cempasúchil. En diversas regiones del país los elaboran con carrizos de bambú atados con lazos.
Calaveritas de azúcar: aunque en un inicio eran de amaranto (pues el azúcar no existía como tal entre los antiguos mexicanos), estas figurillas dulces evolucionaron como una representación de los difuntos a quienes se dedica la ofrenda, es por esto que se les agrega su nombre en la frente.
Pan de muerto: otro de los elementos infaltables en las ofrendas.
Papel picado: Se dice que representa al aire, uno de los cuatro elementos omnipresentes en la ofrenda. En San Salvador Huixcolotla, Puebla puedes encontrar el mejor papel picado del país.
Agua: se colocan vasos con agua para la sed de las almas viajeras y como representación de uno de los cuatro elementos básico de la naturaleza.
Retrato del difunto: Generalmente éste se coloca en el nivel superior de la ofrenda.
Incienso o copal: otra representación del aire y guía olfativa para los fieles difuntos que "nos visitan".
Color morado: si la ofrenda de muertos en sí ya es colorida, no debe faltar este tono, tradicional del luto.
Veladoras: en representación del fuego, una por cada difunto para iluminar su camino a casa.
Platillos y bebidas preferidas del difunto: lo dice todo.
Dulces mexicanos: para las almas de los más pequeños.
Frutos: principalmente la caña; en varias regiones de México se dice que su vaina representa a los huesos de los difuntos.