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Martin Glynn, el hombre que escribió en 1919 sobre un holocausto de 6 millones de judíos


El holocausto de 1919


Henry Martin Glynn (27 septiembre 1871 a 14 diciembre 1924) fue un político estadounidense. Él era el gobernador número 40 de Nueva York desde 1913 hasta 1914, el primer americano irlandés católico jefe de gobierno de lo que entonces era el estado más poblado de la EE.UU.



judios

La crucifixión de los judíos debe detenerse


Por Martin Glynn

Desde el otro lado del mar, seis millones de hombres y mujeres nos piden ayuda, y ochocientos mil niños pequeños lloran por pan.

Estos niños, estos hombres y mujeres son nuestros hermanos de la familia humana, con el mismo derecho a la vida que nosotros, la misma sensibilidad al frío del invierno, la misma propensión a la muerte ante los colmillos del hambre. Dentro de ellos residen las ilimitadas posibilidades para el avance de la raza humana como naturalmente residirían en seis millones de seres humanos. No podemos ser sus guardianes sino que debemos ser sus auxiliadores.

En la cara de la muerte, en la angustia del hambre no hay sitio para distinciones mentales de credo, no hay sitio para diferenciaciones físicas de raza. En esta catástrofe, cuando seis millones de seres humanos están yendo hacia la tumba por un destino cruel y despidadado, sólo los impulsos más idealistas de la naturaleza humana deberían mecer el corazón y mover la mano.

Seis millones de hombres y mujeres están muriendo por falta de lo necesario para vivir; ochocientos mil niños lloran por pan. Y este destino está sobre ellos sin tener culpa, sin transgredir las leyes de Dios o el hombre, sino por la espantosa tiranía de la guerra y una fanática sed de sangre judía.

En este amenazante holocausto de vida humana, olvidados están los refinamientos de distinción filosófica, olvidados están las diferencias de interpretación histórica; y la determinación de ayudar al desamparado, de cobijar al sin-hogar, de vestir al desnudo y de alimentar al hambriento se transforma en una religión en cuyo altar los hombres de cada raza pueden adorar y las mujeres de cada credo pueden arrodillarse. (*) En esta calamidad las pequeñeces de las modas del hombre se apartan ante las verdades eternas de la vida, y despertamos al hecho de que de las manos de un Dios venimos todos y ante el tribunal de un Dios debemos estar en el día del juicio final. Y cuando ese juicio venga la mera palabrería no valdrá un penique; sino las obras, las simples obras intangibles, obras que secan la lágrima del afligido y alivian la pena de la angustia, obras que con el espíritu del buen samaritano vierte aceite y vino en las heridas y encuentra sustento y cobijo para el que sufre y el afligido, superarán todas las estrellas en los cielos, todas las aguas en los mares, todas las rocas y metales en todos los astros celestes que giran en el firmamento sobre nosotros.

La raza es un asunto de accidente, credo, parcialmente un asunto de herencia, parcialmente un asunto del ambiente, parcialmente el método de raciocinio de uno; pero nuestras necesidades físicas y necesidades corporales están implantadas en todos nosotros por la mano de Dios, y el hombre y la mujer que puede, y no lo hace, oir el grito del hambre; que puede, y no lo hace, atender el gemido del moribundo; que puede, y no lo hace, extender una mano de ayuda a aquellos que se hunden bajo las olas de la adversidad es un asesino de los mejores instintos de la naturaleza, un traidor a la causa de la familia humana y un abjuro de la ley natural escrita sobre las tablillas de cada corazón humano por el dedo de Dios mismo.

Y así en el espíritu que cambió el voluntario ofrecimiento de la pobre viuda de cobre en plata, y la plata en oro al colocarlo en el altar de Dios, la gente de este país es llamada a santificar su dinero donando 35.000.000 de dólares en el nombre de la humanidad de Moisés para seis millones de hombres y mujeres.

Seis millones de hombres y mujeres están muriendo — ochocientos mil niños pequeños están llorando por pan.

¿Y por qué?.
Por culpa de una guerra para arrojar la autocracia al polvo y dar a la democracia el cetro del justo.

Y en esa guerra por la democracia 200.000 muchachos judíos de los Estados Unidos lucharon bajo las barras y estrellas. Solamente en la 77ª Division había 14.000 de ellos, y en el bosque de Argonia esta división capturó 54 armas alemanas. Esto muestra que en Argonia los chicos judíos de los Estados Unidos lucharon por la democracia como Joshua luchó contra los Amalekitas en las llanuras de Abraham. En un discurso en el así llamado “Batallón perdido”, liderado por el coronel Whittlesey de Pittsfield, el general-mayor Alexander muestra el espíritu combativo del que están hechos estos chicos judíos. De una manera u otra, el mandato de Whittlesey se apagó. Estaban faltos de comida. Intentaron dar la espalda a sus apuros. Intentaron y lo volvieron a intentar, pero sus hombres no sobrevivieron. La parálisis y la estupefacción y la desesperación estaban en el aire. Y cuando el momento era el más oscuro y todo parecía perdido, un muchacho soldado apareció, y le dijo al coronel Whittlesey: “Intentaré pasar”. Lo intentó, y fue herido, tuvo que arrastrase, pero pasó. Hoy lleva la Cruz al Mérito de Servicio y su nombre es Abraham Krotoshansky.

Por culpa de esta guerra por la democracia seis millones de hombres y mujeres judíos están famélicos al otro lado del mar; ochocientos mil bebés judíos están llorando por pan.


http://en.wikipedia.org/wiki/The_American_Hebrew
http://en.wikipedia.org/wiki/Martin_H._Glynn
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