La vergüenza y la esencia del odio a uno mismo
La vergüenza de la que uno no se puede desprender, poco .i poco se convierte en odio a uno mismo. Es como si hubiera un "pozo negro" en el alma de la persona por el que desapareciera para siempre todo lo bueno de ella dejando un residuo de disgusto y desprecio. Cuando se piensa únicamente en lo malo que existe dentro de uno, se pierde la belleza de la propia humanidad. Estas personas ven fealdad en lugar de belleza, vergüenza en vez de benevolencia y debilidad en lugar de fuerza.
El odio a uno mismo no es sutil ni sofisticado, Los mensajes a los que nos estamos refiriendo son básicos y crudos. Quizá incluyan palabras obscenas y desaprobatorias: "No eres más que una mierda", o "nunca servirás para nada".
Todos podemos experimentar la vergüenza y el odio a uno mismo, no son exclusivos de las personas profundamente avergonzadas. La mayor parte de nosotros podemos aprender a equilibrar nuestra vergüenza con mensajes internos que nos afirman en nuestro valor como seres humanos.
Ejercicios
Ejercicio uno
Pensamientos que las personas avergonzadas por lo general se dicen a sí mismas. Léelos muy despacio y haz un círculo alrededor de cada palabra que hayas usado para avergonzarte a ti mismo.
. Estoy lleno de defectos (dañado, incompleto, mutilado, envejecido).
. Soy sucio (feo, mugroso, asqueroso, impuro, repulsivo).
. Soy estúpido (tonto, torpe, loco, idiota).
. Soy incompetente (no soy lo suficientemente bueno, soy inepto, incapaz, no sirvo para nada).
. No soy digno de amor (nadie me aprecia, nadie me quiere, a nadie le importo).
. Merezco que me abandonen (que se olviden de mí, que no me quieran, que me dejen fuera),
. Soy malo (atroz, terrible, maldito, despreciable, horrible).
. Doy lástima (soy despreciable, miserable, insignificante),
. No soy nada (estoy vacío, no valgo nada, soy invisible, paso desapercibido, soy irrelevante).
. Merezco las críticas (la condenación, la desaprobación, la destrucción),
. Me siento avergonzado (abochornado, humillado, mortificado, deshonrado).
. Soy débil (chiquito, impotente, diminuto).
. No debería estar vivo (existir, tener un espacio).
Lista tres o cuatro mensajes contra los que más luchas, o con los que quieres trabajar primero. En la parte opuesta de la hoja anota la nueva aseveración que necesitas aprender. Por ejemplo:
Aseveración anterior Aseveración nueva
No merezco que me quieran Merezco que me quieran
Soy débil Soy fuerte
Decídete a darte los nuevos mensajes regularmente. Escríbelos en tu mano, Anótalos en una hoja de papel que guardes en tu cartera. Cuélgalos del espejo retrovisor de tu coche. Pégalos al espejo de tu baño y en el refrigerador. Cada vez que los veas, los sientas o los recuerdes, hazte la misma aseveración. Cuando los veas y estés solo, repítelos en voz alta. Sé persistente y dilos tan frecuentemente como puedas, por lo menos durante dos semanas, Después anota los resultados en una hoja diferente.
Ejercicio dos
La próxima vez que sientas que tienes que alejarte avergonzado, hazlo, pero sólo por cinco minutos. Toma el tiempo con el reloj y después de los cinco minutos, oblígate a ponerte en contacto con los otros, ya sea en persona o haciendo una llamada telefónica. (Si estás en alguna situación en la que no puedas hacer ninguna de estas cosas, escribe una carta.) Mantén este contacto por lo menos durante 10 minutos. Aunque el contacto con los otros se te dificulte, no lo dejes. Aprende a usar esta técnica cada vez que sientas que la vergüenza te obliga a alejarte. Cuando encuentres a alguien con quien hacer el contacto en dichas situaciones, no escojas al que generalmente te hace sentir avergonzado. Continúa tratando, aunque al principio este proceso se te haga incómodo.
Ejercicio tres
Las personas dominadas por la vergüenza tienen mucha dificultad para aceptarse a sí mismas. Cuando somos niños, generalmente encontramos una muñeca, un muñeco de peluche o una mascota que nos acepta como somos. Nos sentimos más seguros queriendo a este objeto o a este animal, porque sabemos que no nos criticará ni estará fijándose en nuestros defectos. Como adultos, frecuentemente dejamos atrás estas partes aceptantes de nosotros mismos. Ve de compras esta semana y deja que una muñeca o un muñeco de peluche "te escoja" como amigo. Llévatelo a casa, contémplalo, abrázalo y hasta platícale. Hazlo en privado. Permítete actuar tontamente con el animal de peluche, porque este no te criticara. Después anota todas las formas de ser que reconoces como tuya
Cualquier forma de odio hacia uno mismo es veneno para el autoestima
"Nadie tiene una buena opinión de un hombre con una opinion pobre de sí mismo."
Anthony Trollope
Aunque la mayoría de las personas dirían por supuesto que me agrado! muchas de ellas revelan lo contrario de diversas maneras . El hecho de vestirse desaliñadamente y no arreglarse revela una hostilidad pasiva hacia uno mismo y hacia los demás. El descuido de la salud denota falta de respeto por uno mismo. Las "bromas" hirientes que hacemos contra nosotros mismos para nulificarnos en realidad son insultos que preferimos propiciar que recibir.
Obviamente , cualquier forma de odio hacia nosotros mismos es venenosa para la autoestima. Sin importar lo sutil que sea, debemos evitar cualquier actitud o comportamiento que menoscabe nuestra valía . Quien dice que no le importa la ropa de cualquier forma necesita comprarse una camisa. Quién siente que no se merece gastar dinero en un nuevo corte de pelo necesita ir al salon de belleza de inmediato . En el preciso momento en el que nos demos cuenta de cualquier forma de descuido personal debemos contraatacar con un acto de amor.
Sin excepción , el odio hacia uno mismo tiene profundas raices en el pasado . Si hoy en día estamos tratando de hacer las cosas como se debe , tenemos toda la razón para tener una buena opinión de nosotos. Cada día podemos aprender a concentrarnos en lo que estamos llegando a ser y no en lo que éramos o en lo que hacíamos antes.
Envidia e inferioridad
El Diccionario de la Real Academia dice de la envidia que es "la tristeza o pesar del bien ajeno", pero esta definición parece algo pálida si consideramos las múltiples manifestaciones de este fenómeno psicológico. Para empezar, señalemos que de la tristeza del bien ajeno a la alegría por el mal ajeno sólo hay un paso, y a esta última también la categorizaríamos como envidia. Hay muchas formas de envidia y los sentimientos de inferioridad constituyen su piedra angular. La envidia no puede ser entendida en todo su espectro sin considerar las sensaciones de precariedad narcisista y las vicisitudes de las pulsiones agresivas en la infancia, dentro del seno familiar. En efecto, las diversas modalidades de envidia no son sino un eco de los sentimientos de inferioridad y rivalidad sufridos por el niño en su desarrollo psicológico, con padres, hermanos y otras figuras significativas. La envidia instaurada en el carácter del adulto es, por lo general, una reacción ante las experiencias de pequeñez y desvalimiento de la infancia. Esto da cuenta de su universalidad y su frecuente irracionalidad. En cada persona, la intensidad de la envidia estará en función de sus sensaciones reprimidas de insignificancia. Las manifestaciones de la envidia generalmente nos dirán más de los sentimientos de inseguridad del envidioso que de la personalidad del envidiado.
La envidia es maladaptativa porque estropea y, en ocasiones, anula completamente el placer de la admiración, el gozo de la amistad, la utilidad del compañerismo y la solidaridad, el júbilo por los logros de otros, la contemplación de la belleza, de la habilidad, del ingenio y, también a veces, el simple deseo de emular al mejor. La envidia, pues, puede suponer un impedimento psicológico muy serio y siempre es fuente de sufrimiento. En boca de Don Quijote, "Todos los vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo; pero el de la envidia no tal, sino disgusto, rencores y rabias". Otros "vicios" conllevan ese "no sé qué de deleite" porque satisfacen alguna pulsión instintiva (aunque después pueda esto resultar reprobable a la conciencia). Sin embargo, la envidia es en sí una defensa; a saber, una defensa contra la percepción de la propia inferioridad: se odia a otro para no sentir odio contra uno mismo. Astuta y algo cínicamente, Unamuno dijo que en nuestra tierra de envidia proverbial bien podría existir un precepto que rezase, "Odia a tu prójimo como a ti mismo". Así pues, por una parte, tenemos la mortificación narcisista inherente a la sensación de inferioridad; por otra, el odio a los semejantes, que es censurable para el Superyó. Aquí no hay deleite. En palabras de Antonio Machado, el envidioso "Guarda su presa y llora lo que el vecino alcanza; / Ni pasa su infortunio ni goza su riqueza".
Por consiguiente, el penoso sentimiento de la envidia ha de ser objeto, a su vez, de otra defensa psicológica. Una de ellas es la proyección. Por medio de ésta, el sujeto logra convencerse de que el sentimiento envidioso le es ajeno y de que él es el envidiado; pero, ¡ay!, entonces temerá que los males que le deseó al prójimo se vuelvan a modo de bumerán contra él. A propósito de este mecanismo, Sigmund Freud (1919) hizo la siguiente reflexión: "Quien posee algo precioso, pero perecedero, teme la envidia ajena, proyectando a los demás la misma envidia que habría sentido en lugar del prójimo”. No significa esto que a veces no se tengan razones realistas para temer las consecuencias de la envidia del prójimo; lo que significa es que, frecuentemente, ésta se debe a razones idiosincrásicas y, por lo general, inconscientes.
Envidia y odio
Es odio lo que, de forma natural, sentimos hacia aquéllos que nos maltratan o nos humillan. El odio es, o así nos parece, una pasión reactiva a una ofensa y, como tal, nos resulta más admisible que la envidia. Así, con frecuencia, procuramos hacer pasar a ésta por aquél, del modo en que Yago, alférez de Otelo, intentó disfrazar su envidia al gran moro de Venecia de odio "justificado". Los malos deseos resultan entonces mucho más tolerables al Superyó y se reducen los sentimientos de culpa.
En el odio puede haber un componente muy importante de placer, sobre todo si se perpetra una venganza que creemos que reparará alguna situación de indignidad. La envidia, sin embargo, como se ha visto, no constituye nunca una experiencia placentera: nos pone en contacto con nuestras sensaciones de inferioridad de forma demasiado directa. La envidia siempre supone sufrimiento. En su Sueño de la muerte, Ouevedo (1622) retrata así a la envidia: "[Estaba] en ayunas de todas las cosas, cebada en si misma, magra y exprimida. Los dientes, con andar siempre mordiendo de lo mejor y de lo bueno, los tenía amarillos y gastados. Y es la causa de lo bueno y lo santo, para morderlo, lo llega a los dientes; mas nada bueno le puede entrar de los dientes adentro". Quevedo estaba señalando una de las características que hacen tan dolorosa y maladaptativa a la reacción envidiosa: no resulta en provecho o, en terminología psicoanalítica, no consigue la incorporación del objeto bueno; antes bien, aspira a aniquilarlo. Sin embargo, a pesar de su naturaleza eminentemente destructiva, la envidia es parte de la condición humana y, de un modo u otro, y en mayor o menor grado, se manifestará por doquier. Su presentación puede variar mucho en cuanto a forma y a consecuencias en la práctica, pero es completamente utópico el anhelo de no ser "Ni envidiado ni envidioso", de que hablara Fray Luis de León en una célebre décima.
Ocurre, tanto con el odio como con la envidia, que tienden a ser más intensos cuanto más conocidas o próximas son las personas objeto de dichos sentimientos.
“Acerrima proximorum odia", dijo Tácito en una frase que por la contundencia peculiar del latín suena mejor sin traducir. Es entre familiares que suelen darse las pasiones más fervientes, y no sólo las amorosas, sino, efectivamente, también las rencorosas y envidiosas. Vienen aquí a la memoria las estrofas lorquianas del Romancero gitano (1924-27), " ¿Quién te ha quitado la vida / Cerca del Guadalquivir? /-Mis cuatro primos Heredias, / Hijos de Benameji./ Lo que en otros no envidiaban,/ Ya lo envidiaban en mí".
Soluciones
La mente humana tiene que recurrir a diversos mecanismos de defensa inconscientes, para restaurar la autoestima lesionada en las comparaciones envidiosas y equilibrar así la homeostasis narcisista. Estos mecanismos pueden ser más o menos adaptativos. Llamamos patológicos a aquellos patentemente maladaptativos. Un caso extremo de éstos puede ser el de los individuos que cometen actos "grandiosos" de terrorismo o el de aquéllos que atentan contra celebridades admiradas/envidiadas.
En el estudio de las múltiples formas de presentación de la envidia es crucial comprender que todos los seres humanos tenemos que negociar intrapsíquicamente de alguna manera el dolor de nuestra vanidad herida en las comparaciones desfavorables. Ninguno nos libramos. El refrán "Si los envidiosos volaran, no nos daba nunca el sol" es inexacto; la conclusión correcta seria, "¡No quedaría nadie con los pies en la tierra!". Aquéllos que aseguran no haber sentido nunca envidia están afirmando lo imposible. Como mucho, puede que no hayan estado conscientes de ella.
Odiarte a ti mismo
Odiarte a sí mismo es una de las cosas más destructivas que puedes hacer. Va a afectar tus relaciones, tu confianza y de hecho vas a tener la autoestima muy baja. En efecto, es una receta para el fracaso y la miseria. Si tú o alguien quien conoces sufre de odio hacia sí mismo entonces sabrás de que se trata.El odio hacia un mismo puede iniciarse debido a:
* Que has hecho algo que no deberías y te castigas por ello
* Que no te guste algo de ti, que crece hasta llegar a fuertes sentimientos de odio
* Te sientes culpable
* Te sientes inseguro
* Que has sufrido abusos y en el interior de alguna manera te sientes con culpa
* Te sientes un fracaso
* No tienes amigos
* Eres demasiado autocrítico
* No te gusta tu apariencia
¿Por qué te odias a ti mismo?
Todos en algún momento tienen sentimientos negativos sobre sí mismos.
El odio hacia uno mismo va de un disgusto de algún aspecto de sí mismo (tales como el aspecto físico o carácter), para un auto odio intenso. En el extremo de esta escala es posible que te sienta enojado y deprimido. Es importante buscar ayuda y empezar a cambiar la manera de cómo te ves .
Odiarte a ti mismo no sirve para nada. Si sufres de una mentalidad de víctima a causa de tu situación, esto garantizara que sigas siendo una víctima, ya que confirmaras tus pensamientos negativos justificándolos.
Complejo de superioridad e inferioridad
“El complejo de superioridad es un mecanismo inconsciente, neurológico, en el cual tratan de compensarse los sentimientos de inferioridad de los individuos, resaltando aquellas cualidades en las que sobresalen. Es lógico pensar que cada individuo posea aspectos positivos y otros negativos. Posiblemente los aspectos negativos del ser son obviados por su psiquis para obcecarse sólo con los positivos." El término fue establecido por Alfred Adler (7 de febrero de 1870 – 28 de mayo de 1937).
La exhibición del complejo de superioridad, generalmente, se proyecta hacia los sentimientos de inferioridad con respecto a los demás. Las razones más comunes de estos complejos con sentirse “apartado” de los grupos sociales, por no presentar las mismas características que el resto de las personas. En el resto de las personas, al estar con una persona con este tipo de complejos, se puede llegar a pensar que son arrogantes o que quieren hacerse destacar por aspectos banales.
La conducta relacionada con este mecanismo puede incluir una opinión exageradamente positiva sobre el valor y las habilidades de uno mismo, expectativas muy altas y poco realistas (aunque con frecuencia las personas altamente dotadas poseen este complejo) con respecto a los logros de uno mismo y de los demás, vanidad, estilo extravagante en la forma de vestir (con la intención de llamar la atención), orgullo, sentimientalismo y facilidad de ser herido, una tendencia a rechazar las opiniones de los demas (a veces con fundamentos racionales), comportamiento snob, entre otras.
El alejamiento social y el “soñar despierto” puede ser también asociado al complejo de superioridad, ya que es una forma de evadir el temor al fracaso relacionado con los sentimientos de incapacidad de enfrentar el mundo real.
Los complejos de superioridad e inferioridad son a menudo presentados ambos en las mismas personas, y se manifiestan de maneras diferentes. Sin embargo, los dos complejos pueden existir el uno sin el otro.”
Complejo de Inferioridad
Muchas personas se pueden sentir inferiores en un momento dado, pero eso no quiere decir que tengan un complejo de inferioridad. Cuando decimos que alguien tiene sentimientos de inferioridad nos referimos a una persona que se siente inferior ante los demás de un modo más o menos permanente, no sólo en determinadas situaciones en las que su sensación de inferioridad puede deberse a algún motivo circunstancial y pasajero. Un complejo de inferioridad es algo más complicado: las personas que lo padecen son sujetos que, aun sintiéndose profundamente inferiores a los demás en uno o varios terrenos, no son capaces de admitirlo, y rechazan la idea de su inferioridad, relegándola, desde la esfera de lo consciente, a la del inconsciente, donde permanece la mayor parte del tiempo para volver al mundo consciente de forma más o menos esporádica.
Para que se establezca un sentimiento o un complejo de inferioridad no es necesario que esa persona tenga un defecto real, sino tan sólo que crea tenerlo. Con frecuencia, la causa es que en alguna ocasión se sintió rechazado por los demás, pensó —acertadamente o no— que se estaban burlando de él y la experiencia marcó decisivamente su personalidad. Los defectos se suelen adscribir a uno de estos tres ámbitos fundamentales: el terreno físico (defecto corporal, fealdad, obesidad, talla demasiado baja o alta, impotencia sexual, características propias del sexo contrario, etc.); el intelectual (inteligencia mediocre, poca cultura, etc.); y el social (falta de simpatía, desconocimiento de normas de cortesía, procedencia de un nivel social más modesto, nacimiento ilegítimo, poca facilidad de palabra, familia que provoca vergüenza, etcétera).
Los sentimientos de inferioridad pueden provocar inhibición y retraimiento, dando lugar a que se vaya constituyendo una personalidad tímida e insegura, dentro de un marco de escasa actividad social. Sin embargo, si el sentimiento de inferioridad no es demasiado intenso puede llegar a estimular el afán de superación desde la misma infancia. Adler estudió a fondo este problema, proponiendo un enfoque del mismo basado en el sistema de compensaciones psicológicas. Cuando alguien se siente inferior, puede optar por la «resignación», lo que da lugar a una actitud de modestia y timidez exageradas, inseguridad e inhibición, con lo que esta persona parece actuar como si se disculpase constantemente por el mero hecho de su propia presencia. Pero si no se resigna, intenta compensar su defecto de tres modos que no se excluyen totalmente entre sí, y que serían las compensaciones psicológicas.
Las compensaciones denominadas de primer grado consistirían en intentar disminuir o suprimir el defecto o sus consecuencias. Por ejemplo, una persona que se sienta inferior por considerarse demasiado obesa, intentaría adelgazar y cuidar su aspecto externo para resultar más atractiva. Las compensaciones de segundo grado consisten en intentar compensar el presunto defecto destacando en un plano diferente, como es el caso del niño que saca malas notas en el colegio y lo intenta compensar siendo un gran deportista. Por último, estarían las compensaciones de tercer grado, con las que se intenta adoptar un falso sentimiento de superioridad que sirva para ocultar el problema de fondo ante uno mismo y ante los demás.
Cuando el individuo adopta esta última vía de compensación, se muestra altanero, presuntuoso, arrogante, inflexible y vanidoso, aparentando, a simple vista, un cierto complejo de superioridad.
Se muestra indiferente ante las actitudes y opiniones de los demás, pero en realidad es muy susceptible ante las mismas, ya que hieren fácilmente su sensibilidad, influyendo notablemente sobre su exagerada necesidad de autoestima. Se ha forjado una imagen idealizada de sí mismo, mediante la cual pretende demostrar su supremacía sobre los demás y ocultar el profundo desprecio que siente hacia sí mismo.
Este seria el genuino complejo de inferioridad. El problema principal surge como consecuencia de su falta de adaptación al medio social que los rodea, ya que ante fracasos o críticas severas de los demás, se rompe este esquema compensatorio y surge de nuevo la inferioridad de fondo, lo que constituye una intensa fuente de angustia y sufrimiento, que imposibilita el amor y las relaciones interpersonales francas y sinceras.