Se llama Iván Pizaña, se le conoce como “El Ivancito”, así también refieren le llamaban “El Ceviche”, “El Chinguiñas”, “El Juliancito Bravo”.
Desde niño era parte de las bandas de la colonia Ermita Zaragoza: “Los Terribles de Iztapalapa”.
Su cualidad era el uso de armas y la inmisericordia para matar. Sujeto que jalaba el gatillo con facilidad.
En la comunidad de menores infractores se le mantenía en una celda aparte, para que no creara cotos de poder que pusiera en riesgo la seguridad institucional, aunque su estructura física es endeble, su cualidad de líder parece que sobresalía.
Sólo se le pudieron comprobar ocho homicidios, algunos medios refieres que seis, sin embargo, llega al centro acusado de casi veinte, el referirá que veinticuatro; “cien le había prometido a la Santa Muerte”, frase que se decía siempre que se preguntaba por su caso.
Ante la ley un menor infractor no puede pasar más de cinco años en prisión, por lo que de los 17 a los 22 años, edad en la que fue liberado, habría compurgado. Libertad que se da sin la anuencia de las autoridades, obligadas por ley, pero sabedoras de que existían probabilidades de que delinquiera.
Es en este punto donde las autoridades se regocijan, ya que de la perdida, la ganancia. Quizá busquen legislar para aumentar los años de prisión, la forma más fácil de enfrentar un problema, con el populismo penal.
Más allá de la historia del joven que quizá provenía de una familia disfuncional, con un padre en prisión y una madre permisiva, subyace a esta historia toda una estructura de poder, además de cuestionamiento social.
¿Quién es el sicario? ¿Por qué estos niño-jóvenes matan?
La respuesta más simple y sencilla sería voltear a ver su incapacidad para controlar impulsos adecuadamente, su entorno familiar y social, tal vez ahí podríamos encontrar algunas respuestas al enigma.
Claro que “El Ivancito” vive en un entorno criminógeno, mantiene contacto con grupos de riesgo, presenta capacidades para desarrollar acciones de alto impacto social; eso es incuestionable.
Sin embargo, es cuestionable el hecho de que durante cinco años no pudo realizarse un trabajo ad hoc con él. Es un ejemplo del fracaso del sistema penal “readaptador”, “reinsertor”, “rehabilitador”.
¿Cómo trabajar con estos jóvenes? ¿Qué tipo de programas se encuentran establecidos para ellos? ¿Alcanzan las manualidades, los cursos de valores, de ética, de autoestima, de violencia?
Digamos que alcanzan, sin embargo, la sociedad no daría cabida a una persona como él.
Supongamos que llega y nos pide empleo, quiere “llevársela por la derecha”, trabajar, porque en la Comunidad de menores le enseñaron a hacerlo. Cuando se le pregunta si tiene antecedentes referirá que sí, que por homicidio de X número de sujetos. ¿Lo contrataríamos?
He ahí uno de los primeros problemas, sin embargo, más allá de esta edificación ficticia del sujeto criminal, edificado por la biocracia, el biopoder, es donde se llega al centro neurálgico del problema.
El joven desechable que mata por encargo, que mata por dinero, y que en ese andar de muerte, llega a matar por placer y poder, perdidos y escindidos de la lógica de la vida encuentran sentido en la lógica de la muerte.
“Victimas inobjetables de la fractura de la modernidad y su castillo de ilusiones”, diría Juan Cajas.
Jóvenes que pululan de Chihuahua a Tabasco, producto “monstruoso” de un monstruo más grande, que es el capital y sus personeros, aquellos no usan armas para matar; matan a millones con su toma de decisiones viles.
El joven sicario no emerge ipso facto, claro que no, emerge derivado de un proceso económico-político-social. Sin embargo, para muchos, lo importante es conocer sus actos, su estructura biológica, el simbolismo de sus actos, cuando en el fondo esa comprensión será la de un mundo, una subjetividad, lo cual arrojará poco sobre la “masificación” de éstos.
“El Ivancito” es el resultado de un poder criminal, que es omiso e indiferente frente a la muerte de jóvenes, sean víctimas o victimarios, de una sociedad engañada y manipulada, de instituciones incompetentes, que no dan resultados, y de toda una descomposición estructural, donde todos tenemos cabida, pero donde unos son los artífices y otros los tontos reproductores.
Campos de exterminio de la economía global. Cementerios del capital. Estado de excepción. Lugar donde la ley es la excepción, no la regla.
Ayer era “El Ponchis”, hoy fue “El Ivancito”, esperemos con ansías una historia similar mañana.
Desde niño era parte de las bandas de la colonia Ermita Zaragoza: “Los Terribles de Iztapalapa”.
Su cualidad era el uso de armas y la inmisericordia para matar. Sujeto que jalaba el gatillo con facilidad.
En la comunidad de menores infractores se le mantenía en una celda aparte, para que no creara cotos de poder que pusiera en riesgo la seguridad institucional, aunque su estructura física es endeble, su cualidad de líder parece que sobresalía.
Sólo se le pudieron comprobar ocho homicidios, algunos medios refieres que seis, sin embargo, llega al centro acusado de casi veinte, el referirá que veinticuatro; “cien le había prometido a la Santa Muerte”, frase que se decía siempre que se preguntaba por su caso.
Ante la ley un menor infractor no puede pasar más de cinco años en prisión, por lo que de los 17 a los 22 años, edad en la que fue liberado, habría compurgado. Libertad que se da sin la anuencia de las autoridades, obligadas por ley, pero sabedoras de que existían probabilidades de que delinquiera.
Es en este punto donde las autoridades se regocijan, ya que de la perdida, la ganancia. Quizá busquen legislar para aumentar los años de prisión, la forma más fácil de enfrentar un problema, con el populismo penal.
Más allá de la historia del joven que quizá provenía de una familia disfuncional, con un padre en prisión y una madre permisiva, subyace a esta historia toda una estructura de poder, además de cuestionamiento social.
¿Quién es el sicario? ¿Por qué estos niño-jóvenes matan?
La respuesta más simple y sencilla sería voltear a ver su incapacidad para controlar impulsos adecuadamente, su entorno familiar y social, tal vez ahí podríamos encontrar algunas respuestas al enigma.
Claro que “El Ivancito” vive en un entorno criminógeno, mantiene contacto con grupos de riesgo, presenta capacidades para desarrollar acciones de alto impacto social; eso es incuestionable.
Sin embargo, es cuestionable el hecho de que durante cinco años no pudo realizarse un trabajo ad hoc con él. Es un ejemplo del fracaso del sistema penal “readaptador”, “reinsertor”, “rehabilitador”.
¿Cómo trabajar con estos jóvenes? ¿Qué tipo de programas se encuentran establecidos para ellos? ¿Alcanzan las manualidades, los cursos de valores, de ética, de autoestima, de violencia?
Digamos que alcanzan, sin embargo, la sociedad no daría cabida a una persona como él.
Supongamos que llega y nos pide empleo, quiere “llevársela por la derecha”, trabajar, porque en la Comunidad de menores le enseñaron a hacerlo. Cuando se le pregunta si tiene antecedentes referirá que sí, que por homicidio de X número de sujetos. ¿Lo contrataríamos?
He ahí uno de los primeros problemas, sin embargo, más allá de esta edificación ficticia del sujeto criminal, edificado por la biocracia, el biopoder, es donde se llega al centro neurálgico del problema.
El joven desechable que mata por encargo, que mata por dinero, y que en ese andar de muerte, llega a matar por placer y poder, perdidos y escindidos de la lógica de la vida encuentran sentido en la lógica de la muerte.
“Victimas inobjetables de la fractura de la modernidad y su castillo de ilusiones”, diría Juan Cajas.
Jóvenes que pululan de Chihuahua a Tabasco, producto “monstruoso” de un monstruo más grande, que es el capital y sus personeros, aquellos no usan armas para matar; matan a millones con su toma de decisiones viles.
El joven sicario no emerge ipso facto, claro que no, emerge derivado de un proceso económico-político-social. Sin embargo, para muchos, lo importante es conocer sus actos, su estructura biológica, el simbolismo de sus actos, cuando en el fondo esa comprensión será la de un mundo, una subjetividad, lo cual arrojará poco sobre la “masificación” de éstos.
“El Ivancito” es el resultado de un poder criminal, que es omiso e indiferente frente a la muerte de jóvenes, sean víctimas o victimarios, de una sociedad engañada y manipulada, de instituciones incompetentes, que no dan resultados, y de toda una descomposición estructural, donde todos tenemos cabida, pero donde unos son los artífices y otros los tontos reproductores.
Campos de exterminio de la economía global. Cementerios del capital. Estado de excepción. Lugar donde la ley es la excepción, no la regla.
Ayer era “El Ponchis”, hoy fue “El Ivancito”, esperemos con ansías una historia similar mañana.