Lucas Omar Jiménez - Un personaje muy especial En La Banda, Santiago del Estero.
El maestro que lleva la docencia (y unos 800 tatuajes) en la piel.
Es un docente con 18 años de servicio. Su rostro cubierto de figuras y mensajes en tinta china parece un atropello al inmaculado delantal blanco que se pone cada mañana para enseñar en la Escuela 677 de La Banda.
Pero no es así, porque para sus alumnos no tiene nada de extraño. Y él asegura que su apariencia nunca le impidió ejercer la docencia, que ama “con toda el alma.
Un cuerpo y personalidad que recrean el resabio adolescente de los `80, sazonados con una férrea provocación a los modelos preestablecidos, pero también cuan innegable alegoría al deporte, al rock y al amor de una madre un tanto ausente.
Imagínense, desde una concepción prejuiciosa, a Lucas Omar Jiménez puede decírsele de todo; menos que su humanidad resulta intrascendente a la superficial percepción.
De lunes a viernes, como estampa estrambótica, lleva incorporados 800 tatuajes con las imágenes de su madre, una hermana, escudos de Sarmiento, Arsenal de Sarandí; rostros del legendario grupo de rock Iron Maiden, un oso panda y de El Principito.
Así, cumple religiosamente su labor de docente en la escuela Nº 677, barrio San Martín.
De arraigado apego a la coherencia entre palabras y actos, de lunes a viernes instruye a los chicos del 5to. grado C (Matemáticas); también asiste a los otros 5to. “A” y “B”.
Cuenta que nació el 4 de abril de 1968: “Accidentalmente, mi madre (santiagueña) dio a luz en el Hospital Regional; mi padre es un paraguayo. Los médicos no la dejaron salir del país, porque el embarazo asomaba de alto riesgo”.
Rodeado por el bullicio de sus alumnos, el maestro ahonda: “Me llevaron a Buenos Aires; a los 2 años me trajeron para acá; de aquí me deportaron a los 7; y mi madre me corrió a los 17 porque abandoné los estudios”.[/size]
Bautismo y obnubilado.
Con diez años, el pequeño Lucas se topó con un ex presidiario tumbero que le llamó la atención: “Tenía una mariposa gigante en el pecho. Le llamé `mariposa` y el vago se me vino encima y me golpeó. Que se yo, habrá pensado que me mofaba de su sexualidad”.
Esa aparición de un tatuaje gravitó para siempre en su vida. “Con el tiempo averigüé que cuando ibas al servicio militar y te encontraban una marca en el cuerpo, cobrabas de una. No hice la colimba por número bajo; cuando me firmaron la libreta juré tatuarme cuanto más pudiera. Esa actitud quizá fue un mecanismo de defensa nada extremista”.
Los años de la dictadura modelaron en él un temperamento provocativo. “Aún en medio de tanto miedo, censura y mentira, también tuve profesores que cerraban la puerta y nos hablaban con mucho esmero; nos sacaban las anteojeras para asumir la realidad”.
En forma paralela, a los 18 arrancó su romance con los tatuajes y poco después, con la docencia. “Ingresé el 4 de mayo de 1990 a la escuela doctor Carlos Coronel. Desde abril de 1992 que estoy en esta institución; es una profesión que amo con el alma”.
¿Cómo hace para que su apariencia no le reste efectividad a su tarea? “Si vamos a lo que cuenta la historia, grandes personalidades fueron considerados locos. Era gente que buscaba en el alcohol, o lo inadecuado, para crear su propio mundo”.
Jiménez explica que su relación con los chicos “es lo más natural y espontánea. Hay gente que los reta y después dice que tienen conducta excelente (¿?); cuando entrego libretas, los primeros que saben las calificaciones son los chicos; si vienen sus padres, también los niños están presentes. Si vamos a hablar de ellos, pues tienen que escuchar lo que el maestro revela de ellos. Eso es sinceridad y respeto a todos”, enfatiza. [/size]
“El primer día de clase les digo a los chicos: `este es un lugar de trabajo, trabajemos todos`. A mí no me gustaba que me griten, no les grito, no me gustaban que me impongan, no les impongo”.
“En teoría, los docentes debemos intentar ser guías; yo creo que debemos intentar ser compinches de ellos: muchos chicos hoy no tienen un canal abierto con los padres”.
“Cuando un chico se lleva una materia o repite, yo fracasé, porque no pude ayudarlo a superarse. Cuando veo a ex alumnas niñas, con un hijo, o embarazadas, me duele muchísimo. Yo me avergüenzo al cruzarlas en la calle y ellas agachan en la cabeza”.
“Soy de la época en que me hacían arrodillar en el maíz. Mi psicóloga era una goma alargada de un lavarropas viejo”
Definiciones del hombre.
Mi vieja me educó con dos preceptos básicos: no mentir, algo que a veces es difícil, y no levantar lo ajeno. Y en menor medida, el respeto hacia la mujer. Ella lo vivió en carne propia. En Paraguay los hombres puedan tener más de una mujer”.
Tuve la suerte de amar a personas que me hicieron sentir amado; conocí la cancha de Boca. Vi jugar a Maradona con las camisetas de Boca y Argentinos Junior. Vi descender y ascender a Sarmiento y a Arsenal; Éste, es campeón de la Sudamericana”.
Me veías hace cinco años y no sabías que estaba tatuado. No tenía nada en las manos o en la cabeza. Con la titularización masiva de hace 4 ó 5 años, me largué. Me fui a las piernas y avancé a todo el cuerpo; plantas del pie y palmas de la mano”.
Somos producto de una época
“A todos nos pasa que nos llega un clic que golpea feo. A mí me tocó a los 18 años”. Jiménez desgrana su historia, con pinceladas de tinta china y destellos afectivos.
“Para los tatuajes hay que tener plata. En el profesorado de La Banda, en tiempos de estudiante, me contacté con dos muchachos con quienes acordamos un tatuaje. Un día me tatuaron en la tribuna de Sarmiento. Como escuchábamos heavy metal, me tatué la tapa del disco de Iren Maiden. Somos producto de una época”.
En 1988, en Buenos Aires vistió su cuerpo con tatuajes en colores. Invertí mis ahorros en un tatuaje en el brazo. Algunos lo consideran una adicción. Yo creo que no”.
Confiesa que últimamente dejó de visitar a su artista porque no le queda un espacio para otro tatuaje. No me arrepiento de ninguno. Alguno tiene el rostro de mi madre; de mi hermana bebé; el de Arsenal; Patoruzú con la camiseta de Sarmiento; El Principito y frases como “Morir es fácil, vivir es difícil”; o “Lo esencial es invisible a los ojos”;
Desliza también nombres de tres mujeres que pasaron por su vida, con una de las cuales se casó en 1990, pero luego terminó separándose.
“Muchas veces, producto de la falta de cultura o prejuicios, asociamos los tatuajes con drogas, cárcel y alcohol. Por estar tatuado me metieron preso en Salta cuando fuimos a verlo a Sarmiento. Cuando el sumariante me preguntó: ¿profesión? `docente`, le respondí. `¿Qué, sos canchero o pícaro vos?, se burló y dejó asentado en el libro de guardia como estudiante”.
También cayó preso en Buenos Aires, antes de ingresar a presenciar un partido de fútbol entre Arsenal de Sarandí con Deportivo Morón.
Gustavo Gallardo para El Liberal.
Fuente y más fotos: http://www.elliberal.com.ar/secciones.php?nombre=home&file=ver&id_noticia=081008KX7&seccion=La%20Banda

