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De la pataleta al papelón

Humor9/8/2009


Un amigo estaba comiendo con su enamorada en la barra de un restaurante, cuando empezaron a discutir sobre un asunto X. Al parecer ella se había empecinado en algo y con mucho convencimiento –y algo de terquedad- quería hacer valer su punto de vista. La discusión empezó a tomar matices de pelea y ella fastidiada dejó de lado su plato, en un gesto que demostraba que estaba molesta y que por eso no quería comer más.

Al costado, una pareja de adultos mayores había presenciado y escuchado todo. Sinceramente no sé qué dimensiones habrá tenido la escena, pero al parecer la situación fue lo suficientemente evidente como para que la señora decidiera meter su cuchara. De pronto, el clásico silencio que se genera entre rounds verbales fue interrumpido: “Deberías hacer que te envuelvan eso (refiriéndose al plato de comida casi intacto) para que cuando llegues a tu casa y se te pase el berrinche, te lo comas”. ¡Imagínense!

Esta inesperada intromisión hizo que el chico soltara la carcajada y que la chica se tragara la lengua, ¡totalmente mutis!

Cuando me contaron esta historia no pude evitar reírme porque en el fondo no terminaba de creerlo. Me pongo en el lugar de la chica y no sé cómo habría reaccionado. Muchas pensarán que lo que harían sería decirle a la señora que se meta en sus propios asuntos y no en los ajenos. Eso fue lo que a mí también se me vino primero a la cabeza, pero luego recordé algo:

Hace unos años, el que era mi enamorado fue a buscarme a mi casa. Estábamos peleados y quería conversar. Para no hacer muy evidente la situación en mi casa, salí para hablar con él en su carro. Ya ni me acuerdo por qué estábamos peleando, ni cómo lo que se suponía iba a ser una conversación para arreglar las cosas terminó en una nueva discusión. La cosa es que, sin darnos cuenta, las palabras que nos decíamos se fueron endureciendo, el tono de voz se puso cada vez más fuerte y el volumen se fue elevando hasta que escuchamos una voz calmada y femenina: “¡Ay, chicos! Ya dejen de pelear”. Sorprendida volteé y vi a mi vecina que nos sonreía mientras regaba su jardín. Y, en vez de responderle impulsiva y malcriadamente de que a ella qué le importaba lo que hacíamos, me quedé callada, me sentí avergonzada por la escenita que estaba protagonizando y le pedí a mi enamorado que entrara a mi casa para seguir conversando.

Es cierto, a veces se nos da por volver a tener cinco años y tenemos un berrinche o una pataleta. Obviamente no me refiero a que literalmente nos tiramos al piso a patalear y chillar hasta ahogarnos en nuestros propios gritos y llanto; sino a cuando queremos algo con tanta fuerza que estamos dispuestas a todo con tal de darnos el gusto o estamos tan seguras de nuestra opinión en determinado tema que nos entercamos y es imposible que demos nuestro brazo a torcer porque realmente creemos (sea así o no) tener la razón. Capricho le llaman. Y ojo: no es exclusivo de las mujeres.

Pero eso no dura para siempre, son solo momentos y reacciones motivadas por algo que nos molestó, nos dolió o nos dio celos. La impotencia, la frustración y el orgullo pueden cegarnos, hacer que nos cerremos y que demos vueltas en lo mismo una y otra vez.

Sé que no todas somos iguales. No todas tienden a gritar e insultar cuando una pelea se sale de control, no todas se enfrentan cara a cara (y a cachetadas) cuando descubren a su novio sacándoles la vuelta con otra chica, no todas dicen fastidiadas “¡ya no quiero nada!” cuando lo que se les ofrece nos exactamente lo que deseaban. Las reacciones, así como sus causas y consecuencias son sumamente relativas, pero ¿a quién no le ha sucedido algo similar por lo menos una vez?

A inicios del verano presencié algo lamentablemente patético. Eran como las seis de la mañana, yo estaba sentada en una de las banquitas del Boulevard de Asia y a pocos metros noté que una pareja estaba peleando. El chico tenía el rostro calmado, solo la miraba, la escuchaba y no decía ni hacía nada. Ella estaba aparentemente borracha y ofuscada. “¡Acéptalo! ¡Sé hombre y acéptalo!”, le reclamaba golpeando el piso con uno de sus pies como un toro que se prepara para embestir al torero, mientras que con su mano derecha daba puñetes a la palma de su otra mano. La chica gritaba y caminaba dando vueltas alrededor de él, se le acercaba amenazándolo para luego alejarse desafiante. Él musitaba algo que no logré escuchar y trataba de cubrirse de los manotazos.

La gente, que como yo se había convertido involuntariamente en público expectante, había empezado a murmurar y a pasarse la voz, y no faltó el grupo de chicos que en son de burla le empezó a hacer barra. Al final, el chico se fue y la dejó ahí, parada.

Personalmente detesto los escándalos. Si estoy en la calle, rodeada de gente –conocidos o desconocidos- y pasa algo por lo que quiero gritar o llorar amargamente prefiero mil veces callarme, aguantarme y esperar a estar en mi casa, en mi cuarto o en un ambiente privado para ser libre de descargar mi ira. Por supuesto que me cambia el humor, la expresión en el rostro y, en general, todo mi lenguaje corporal transmite mi fastidio, pero hago lo posible respirar y tratar de calmarme. Si hay algo de lo que me siento orgullosa es que con el paso de los años he ido controlando mi impulsividad (¡claro que todavía me falta!).

He aprendido –no porque alguna vez lo haya hecho- que protagonizar alguna escena de las que se ven en las telenovelas mexicanas solo empeora las cosas. Si esto les ha pasado alguna vez, estoy segura que, cuando se calmaron las aguas, se sintieron peor por el papelón que por el hecho que lo motivó. Quizás me equivoco…

MP4: Este es un clip hecho con escenas de la película “Just married”, con Ashton Kuthcer y Brittany Murphy, en las que se les ve en una serie de arranques y pataletas, que al final no logran terminar su relación sino fortalecerla . La canción es “I hate myself for loving you” de Joan Jett



link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=vJeB0iEXMBI


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