A lo largo de su historia, la cultura
argentina
está llena de eslabones perdidos. Artistas que dejaron huellas profundas en las mentes y los corazones de nuestra gente, para luego perderse en las nieblas del olvido. Ramón Ayala es uno de ellos, un personaje singular, litoraleño hasta la médula, que compuso para la eternidad canciones como “El cosechero” y “El mensú”, himnos de la
Argentina
profunda que han ido atravesando generaciones sin perder un gramo de emoción.
Cronista de la selva misionera, de sus paisajes, de su gente y sus dolores, Ayala nació entre caminos de tierra roja, en el misionero pueblo de Guarupá, un 10 de marzo de 1937. Nació frente a las aguas del Paraná, en un paraje que por aquellos años era apenas una mancha de presencia humana en medio de la grandiosidad de la selva. Una tierra poblada por pioneros, hacheros y campesinos. Un universo que marcaría su espíritu para siempre y que con los años se convertiría en musa inspiradora de su música y su arte.

Aquella Misiones era un territorio fronterizo, asilado y duro, poblado de yerbatales en los que las condiciones de trabajo rozaban la esclavitud. Y es, precisamente, de esa tragedia de la cual Ramón Ayala da vida a “El mensú”, una canción que narra las desventuras de los trabajadores de los yerbatales, que se convertiría en una de las composiciones más emblemáticas de la canción de protesta de la década de 1960, interpretada por músicos de toda América y que –según le confesó a Ayala el propio Ché Guevara– era cantada por los guerrilleros cubanos en la Sierra Maestra.
Años más tarde, la voz de Mercedes Sosa daría fama global a “El cosechero” y a “El cachapecero”, otras dos piezas maestras de Ramón Ayala. Y ese sería de allí en más el destino del autor misionero: dejar mansamente que su figura desapareciera detrás de sus canciones, que lo superarían ampliamente en fama y reconocimiento.
Humanista, místico de la selva, de la naturaleza, de la existencia, Ayala continuó componiendo perlas de la música litoraleña, girando por la Argentina interior y por el mundo, y pintando cuadros en los que intentaba capturar con óleos los colores de su infancia, de su selva y su río. Lejos de los focos, envuelto en un universo propio de música y arte.



Algunos temas conocidos del mensu
Cronista de la selva misionera, de sus paisajes, de su gente y sus dolores, Ayala nació entre caminos de tierra roja, en el misionero pueblo de Guarupá, un 10 de marzo de 1937. Nació frente a las aguas del Paraná, en un paraje que por aquellos años era apenas una mancha de presencia humana en medio de la grandiosidad de la selva. Una tierra poblada por pioneros, hacheros y campesinos. Un universo que marcaría su espíritu para siempre y que con los años se convertiría en musa inspiradora de su música y su arte.

Aquella Misiones era un territorio fronterizo, asilado y duro, poblado de yerbatales en los que las condiciones de trabajo rozaban la esclavitud. Y es, precisamente, de esa tragedia de la cual Ramón Ayala da vida a “El mensú”, una canción que narra las desventuras de los trabajadores de los yerbatales, que se convertiría en una de las composiciones más emblemáticas de la canción de protesta de la década de 1960, interpretada por músicos de toda América y que –según le confesó a Ayala el propio Ché Guevara– era cantada por los guerrilleros cubanos en la Sierra Maestra.
Años más tarde, la voz de Mercedes Sosa daría fama global a “El cosechero” y a “El cachapecero”, otras dos piezas maestras de Ramón Ayala. Y ese sería de allí en más el destino del autor misionero: dejar mansamente que su figura desapareciera detrás de sus canciones, que lo superarían ampliamente en fama y reconocimiento.
Humanista, místico de la selva, de la naturaleza, de la existencia, Ayala continuó componiendo perlas de la música litoraleña, girando por la Argentina interior y por el mundo, y pintando cuadros en los que intentaba capturar con óleos los colores de su infancia, de su selva y su río. Lejos de los focos, envuelto en un universo propio de música y arte.



Algunos temas conocidos del mensu