A 70 años de su exilio, los refugiados polacos tienen el corazón en su patria, ‘el Paraíso perdido’; y su gratitud perpetua a nuestra ciudad, ‘el Paraíso encontrado’
Mil 500 exiliados encuentran en León ‘la tierra prometida’ * 1 de julio, 70 años de la llegada de los refugiados * La Hacienda de Santa Rosa, ‘vergel’ que los amparó de las balas y al horror de la guerra
El 1 de julio de 1943, la ciudad se pintó de blanco y rojo para recibir al contingente de mil 500 exiliados polacos que encontraron en León “la tierra prometida”.
Dejaban atrás la desolación y cruentos estragos que había dejado en su patria la Segunda Guerra Mundial.
Hoy, setenta años después, siguen resonantes las notas del himno polaco que los leoneses hicieron tocar en la Estación Ferroviaria, como bienvenida al grupo de sobrevivientes que encontró en León la paz y los regresó a la vida.
Porras, gritos, notas de mariachi, aquel primer día juliano del 43: una verbena popular al estilo leonés para recibir al convoy de cuatro camiones que trasladaron al grupo inicial de refugiados polacos hasta el campo agrícola denominado “Santa Anita” (área del ex Instituto Lux), antes de ser trasladados a la ex Hacienda de Santa Rosa de Lima.
A su paso, los ojos claros de los polacos asomaron entre las ventanillas de los camiones para observar atentos y admirados a los leoneses, que ondeaban banderitas rojiblancas y ofrecían regalos, entre flores y dulces.
Fue el día que León se transformó en “la Pequeña Polonia”, con la llegada de este primer grupo compuesto por 726 personas, entre ellas un grupo de 264 niños sin padres.
Iniciaba así una etapa de paz y tranquilidad interior para ellos, que vivieron los horrores de los campos de concentración y que fueron privados de su libertad tras el embate de la invasión del ejército alemán a Polonia en 1939.
Ya instalados en León, los denominados “refugiados” encontraron una nueva era en sus vidas compartidas bajo el calor y refugio de nuestro pueblo, que los proveyó de la confianza y seguridad para rehacer sus vidas con la fusión de lealtad, nobleza y trabajo.
‘MI NIÑEZ CON CALIDAD HUMANA’
Valentina Grycuk Bribucka tenía seis años cuando llegó a León junto con el contingente de exiliados.
Sin padres. Su madre (Ana Bronicka) había fallecido en un campo de concentración y su papá (Wladystaw Grycuk) había sido forzado a ir a la guerra; nunca más supo de ellos.
Llegó a León con el arropo de sus compatriotas y con la figura protectora de su abuelito Jan Grycuk. Eligieron a León como su segunda patria, su hogar.
“El pueblo leonés nos recibió con mucho entusiasmo. Recuerdo muy bien nuestra llegada a León. Fue un recibimiento hermoso: la gente salía con flores, nos daban dulces, compartían su pan, había música en las calles. Yo venía en el primer grupo que llegó el primero de julio. Hace ya setenta años… cuando vi el paraíso”.
Valentina, desde su hogar leonés, evoca los escenarios de su llegada a León y sobre todo los pasajes de la vida que vivió en la colonia Santa Rosa, donde el grupo se hospedó en el antiguo Molino, luego transformado en escuela de los niños.
“Entramos a México por Ciudad Juárez, procedentes de los Ángeles, luego de estar tres años en Siberia en un campo de concentración. Ahí nos dividieron: a unos los mandaron a África; a nosotros, afortunadamente, nos trajeron a México”.
Con voz entrecortada por la emoción del recuerdo, Valentina justifica su término “afortunadamente” porque México es un país cálido, humano… “y aquí hicimos nuestra vida”.
Se casó en León con Francisco González Torres , en 1957 y con él procreó ocho hijos, de los cuales viven seis. “Es la vida la que nos da la pauta para seguir viviendo”.
Tras un emotivo suspiro, Valentina regresa al relato de su niñez en la ex-hacienda de Santa Rosa:
“Yo tengo muy gratos recuerdos porque, aunque veníamos de haber vivido una tragedia, a mí no me faltaba nada en mi niñez: yo estaba con mis abuelitos, iba al colegio… yo era feliz en Santa Rosa”
Recordó que cuando llegaron a Santa Rosa hubo mucha organización porque venía el sacerdote Jozeft Jarzem, quien lideró la armonía del grupo junto con la maestra directora de la escuela Sofía Orlowaska: la ex Hacienda se transformó en un vergel; los niños más grandes tenían sus parcelas agrícolas para sembrar cebolla y rabanitos”.
Valentina rememora que, aun cuando se respiraba tristeza porque había perdido seres queridos, fue una etapa de felicidad. Estaba viva, a pesar de la guerra.
Y reflexiona: “De todos los males siempre se saca algo bueno; ojalá que todas estas vivencias sirvan para hacer un exhorto al mundo, porque las guerras no dejan nada positivo; que esto nos sirva para buscar siempre la paz. Las guerras dejan familias desunidas; yo, de mi mamá no sé absolutamente nada. Tampoco supe más de mi papá”.
Luego, sus ojos se cristalizan al narrar el destino de su abuelito, quien durante años cuidó de una granja en el Barrio del Coecillo, y quien murió en un trágico accidente al ser atropellado por un vehículo, aquí en León.
Pero su familia, fuerte y valerosa, la apoyó para continuar con su vida y, hace cinco años, tuvo la oportunidad de visitar su pueblo natal: Grycówka Novogrodek, Polonia, a donde acudió acompañada por sus familiares… “Para mí fue un espacio de vida”.
- Pero León -dice convencida- es mi segunda patria. Estudié en el Instituto América, donde hice mi carrera comercial, en el área de Contador Privado. Toda mi vida de estudiante llevé en mi mente el recuerdo de ese Molino de Santa Rosa, donde fue mi primera escuela.
Finaliza su charla con un convencimiento: se siente una mujer muy afortunada porque la vida le ha quitado, pero también le ha dado mucho: sus hijos.
“Estamos en paz, y estoy muy agradecida. Soy una mujer feliz”.
ALEKSANDRA, UNA REFLEXIÓN
Aleksandra Grzybowicz Brishka es otra polaca que hizo su vida a León, su segunda patria:
“En 1943, cuando llegamos a Santa Rosa, yo recuerdo que nos recibieron muy bonito los mexicanos”.
Llegar a León, aseguró, ella y sus compatriotas confirmaron su buena decisión: venir a México, “porque antes del viaje preguntaban a los papás y a la gente mayor a dónde querían ser llevados. Nos dieron como opciones México, Inglaterra y Africa. Pero por la guerra, en Inglaterra había mucha pobreza y África no nos gustaba”. Continúa:
“Yo, cuando salí de Polonia tenía ocho años y cuando llegué a Santa Rosa cumplía once años”.
Aleksandra recuerda aquel momento en que -luego de tres años de vivir en Santa Rosa- se disolvió el campamento polaco, cuando debieron todos tomar la decisión de dónde continuar sus vidas: unos se fueron a Chicago, otros a Canadá, otros nos quedamos en México.
“Quise quedarme en León. Cuando tenía 17 años decidí casarme con un leonés (a pesar de la oposición de mi mamá, porque yo era una menor de edad. Luego, con la asistencia de un sacerdote polaco, logré mi objetivo pues yo estaba enamorada y gracias a Dios me casé con Juan José Villalobos Escalante (+). Él falleció hace once años. Hoy tengo diez hijos, veinte nietos y diez biznietos”.
Dice por tanto no arrepentirse “para nada” por haberse quedado en León, su “segunda patria”, donde está su familia. Aleksandra conmemorará el 70 aniversario de su llegada a León con una reunión familias: “la villaloboada”, la llaman.
Una tercera polaca es Francesca Peter de Luna, que también hizo de León su casa “por siempre”.
SANTA ROSA, ‘LA OTRA POLONIA’
Si sus muros hablaran, ¿cuántas historias contarían?
La vieja ex-hacienda y casco de El Molino santarrosino atesoran el llanto inicial que se transformó pronto en sonoras risas de alegría de los aproximadamente mil 500 exiliados de Polonia.
Una placa colocada en el pórtico principal de la ex Hacienda en julio de 1993 reza:
“Hace 50 años llegaron a esta Hacienda mil 400 polacos refugiados de la Segunda Guerra Mundial, entre ellos 285 niños huérfanos. Polonia y la colonia polaca en México agradecen a las autoridades mexicanas y al pueblo de León su hospitalidad”.
Como se puede apreciar, la placa habla de mil 400 refugiados, aunque un documento de la embajada de Polonia contabiliza 1456, más maestros y asesores. Así se redondea el número de los mil 500.
Y, ¿qué ha sido de ellos?
De manera ocasional algunos polacos sobrevivientes de esa época regresan a León, como relata la maestra Gloria Macías Torres -actual directora del área Psicopedagógica de la Escuela Don Bosco, ubicada hoy en la ex Hacienda-.
En el año 2000 regresó a Santa Rosa el señor Chester Sawko, quien radica en Chicago donde se convirtió en un acaudalado inventor. A su llegada, orientó la mirada hacia el viejo Molino y dijo con voz entre cortada:
“Aquí aprendí a leer y escribir… Es mi pequeña Polonia”. Luego lloró. (Ver nota anexa)
Chester convivió con los niños alumnos de la Casa Hogar Don Bosco y pidió a la dirección -encabezada en ese año por el padre Antonio Martínez- organizar una comida “de todo lujo”, con meseros, cristalería y servicio integral de banquetes para los niños estudiantes. Todo pagado por él como una forma de agradecer la hospitalidad que de niño recibió de los leoneses. Durante la comida, Chester proyectó una expresión su felicidad y la de su esposa Estelita, quien también parte del grupo exiliado en León.
Otro grupo de polacos envió un gran retablo de la Virgen de Czestochowa, que hoy se conserva en la capilla de la ex Hacienda de Santa Rosa, hogar de la hacendada Antonia del Moral viuda de Jiménez.
La imagen de la virgen de advocación polaca reposa en un recinto lateral de esa joya arquitectónica que es la capilla, construida en el siglo XVI, y remodelada en 1996, cuando afloraron entre sus muros valiosos retablos, hoy restaurados.
Y el viejo Molino, con su vistosa torre a base de ladrillo rojo, fue la morada de los polacos, su “paraíso perdido”. Este viejo Molino después fue dormitorio de los niños de la Escuela Don Bosco, con un dramático episodio: se incendió en junio de 2011. Luego fue restaurdo.
UN LEONÉS HABLA POLACO
Otro personaje determinante en la historia es Juanito Almaguer , quien falleció hace dos años. Su papá era un trabajador de la hacienda a quien Juanito acompañaba todos los días. Tuvo así oportunidad de convivir y ser amigo de los niños y niñas polacas. Don Juanito fue entrevistado para el documental sobre el exilio. Cuando los productores le mostraron fotografías, recordó con lágrimas en sus ojos a sus amigos polacos. Incluso aprendió algunas palabras en polaco, que pronunciaba con claridad. Fue su lección durante los tres años de estancia de los exiliados en León.
Los servicios de que fueron dotados ellos eran proporcionados por ellos mismos. Esto contribuyó a que conservaran tradiciones, idioma, costumbres, identidad…
Agniezka Zygadlo, agregada cultural de la embajada de Polonia, describe que el fin de la historia de los refugiados es afortunada, tras su encuentro con tierra leonesa.
En la guerra fallecieron 38 millones de personas, pero mil 500 polacos sobrevivieron en la tierra de Santa Rosa, financiados por un préstamo al Gobierno polaco en el exilio por el Consejo Polaco de los Estados Unidos, y por la National Catholic Welfares Conference and War Relief Services
Ellos pudieron así, en León, orientar sus trabajos a la siembra de hortalizas, una granja con vacas, cerdos, cabras y gallinas; pequeños talleres artesanales y hasta gustos recreativos: la conservación de la cultura.
Agnieszka describe que la colonia Santa Rosa llegó a tener 397 cuartos; un hospital con salas para mujeres, niños y hombres, un pabellón para enfermos contagiosos, un ambulatorio, dos salas de consulta, una botica, un gabinete dental, una sala de desinfección y una cámara mortuoria, una capilla y un pequeño mercado.
Contaban con dos vehículos: una camioneta y un camión en el cual solían hacer paseos por la zona; un trenecito de mulas comunicaba la colonia con la estación del ferrocarril y era el principal medio de transporte para visitar la cercana ciudad de León.
Había tres casas de baños con regaderas, 92 lavabos, lavaderos con 50 piletas, un teatro, cinco talleres, una panadería, 16 cuartos para oficinas administrativas, una biblioteca… prácticamente todo.
En el antiguo molino de trigo, un edificio de cuatro pisos se adaptó de escuela primaria. El orfanato tenía 15 dormitorios, una sala de recreo, habitaciones para monjas y maestras, una enfermería, almacenes e instalaciones sanitarias.
‘ODISEA AL SON DEL MARIACHI’
Con motivo del setenta Aniversario de la llegada a León de los mil 500 exiliados, se estrenó el sábado en León el documental “Santa Rosa. Odisea al son del mariachi”, en una función especial transmitida en forma simultánea en León y Varsovia: un esfuerzo de investigación de casi tres años debido a Seawomir Grunberg y Piotr Piwowarczyk, quienes tuvieron a su cargo el guión y la dirección de este documental con testimonios e imágenes inéditas sobre este episodio que recuerda a Santa Rosa como “un paraíso perdido” y aquella inolvidable bienvenida de los leoneses que hicieron cordiales las relaciones entre ambos pueblos, hasta calificarla como “un milagro”.
El documental fue financiado en parte con apoyo del Ministerio de Asuntos Exteriores de la República de Polonia.
‘LEÓN, REFUGIO DESDE EL VIRREINATO’
Para el historiador Mariano González Leal, el pueblo de León tiene un carácter de refugio desde la época del Virreinato:
“De eso habla las circunstancias que la mayor parte de la población de León desciende de personas que llegaron a la ciudad durante el siglo XIX y durante el siglo XX y que siguen llegando. Así tenemos en los alteños un ejemplo característico que en gran medida son nuestros ancestros; que es gente que vino a encontrar aquí refugio, asilo y trabajo, y que en su momento contribuyó al desarrollo industrial, social y cultural de los leoneses. Y qué mejor ejemplo que esta inmigración extranjera (la de los polacos), de gente que encontró aquí el modo de sobrevivir a una situación bélica tremenda y que en cierta medida se integraron para siempre a la familia nuestra. Recuerdo con cuánta emoción estas personas acudieron a los lugares idóneos para estar cercanos al Papa polaco Juan Pablo II, aquí en México, para reencontrar sus propios orígenes; pero ellos están integrados a la vida de León, lo cual viene a confirmar que León es una villa y luego una sociedad del refugio”.
NÚMEROS DE LA HISTORIA
* Mil 500 integrantes de la colonia polaca.
* El 25 por ciento eran familias.
* 521 mujeres, de las cuales una tercera parte era madres con hijos cuyos esposos estaban en la guerra; 264 niños, de los cuales 87 eran huérfanos.
bueno aqui algunos ejemplos de arias leonesas
y bueno me cansaria de poner ejemplos jajaja, saludos desde leon gto