Dicen que los aliados acabaron con el III Reich. Curiosa y Lamentable interpretación de la historia, habida cuenta de que, casi 70 años después del final de la Gran Guerra, las “democracias” europea y estadounidense, apuntalaron un régimen que presuntamente lucharía por los derechos humanos, la paz y la convivencia, basadas en el respeto mutuo entre las naciones del globo… mientras los hechos subsiguientes a los acuerdos de Yalta mostraron todo lo contrario.
Por un lado, las potencias occidentales utilizaron a científicos, médicos, expertos en balística, investigadores y otra serie de profesionales alemanes, para desarrrollar proyectos de toda índole (bélicos, principalmente), y por otro alentar el anticomunismo más enconado, sonriendo ante las algaradas de los jóvenes nazis y fascistas en la Europa colaboracionista: los ucranianos, entre ellos.
El enemigo para Washington no eran los radicales de extrema derecha, sino los partidos marxistas que, como en Italia, lograban importantes victorias electorales bajo las normas de la burguesía.
La guerra fría, el anticomunismo visceral que anima a los grandes banqueros, empresarios y políticos de esa llamada “democracia representativa”, la corrupción en la Rusia de Jruschov y Breznev, unida a las sutiles estrategias destructoras desarrolladas por Occidente en el área de influencia soviética, supusieron la caída del muro de Berlín… y el nacimiento de otras barreras mucho más sangrientas, situadas hoy a lo largo del Río Grande, en Israel, Gaza o las colonias españolas de África.
La debacle de la URSS se pactó en 1988, bajo acuerdos verbales (incumplidos de forma flagrante por parte de las potencias occidentales), en los que existía el compromiso tácito de no penetrar militarmente en esos territorios, respetando las instituciones democráticas que Gorbachov y Reagan bendijeron.
Después de aquello, ¿alguien en su sano juicio puede aceptar que en la Europa del siglo XXI, financieros, inversores, especuladores, grandes bancos, respetaría una victoria electoral verdaderamente socialista, sin que las hordas neonazis (vanguardia de la democracia burguesa) provocaran, como en Venezuela y Ucrania, un escenario de muerte y caos generalizado que, apoyado en los medios de comunicación hegemónicos (cuya independencia y rigor periodísticos poseen la solidez de la crema de espárragos), apuntalaran un régimen en el que los colectivos que se autodenominan socialistas, no fueran sino apéndices de partidos de derecha y centro-derecha, sostenidos a su vez por los nostálgicos de Hitler, Mussolini o Franco?.
Hoy resulta escandalosa la permisividad que Europa y EEUU han mostrado hacia este tipo de bandas, paralela a la que exhiben los gobiernos de ambos continentes, para continuar con la estrategia de acoso y derribo de todo aquello que huela a marxismo.
“Acabemos con los comunismo, protegiendo el neonazismo”, parece ser el lema de Obama o de François Hollande.
Lo curioso es que Israel parece no hacerle ascos al eslógan. Los movimientos pronazis pueden ser controlados, porque sus miembros son, sencillamente, mercenarios que toman o dejan las armas cuando huelen la recompensa económica.
En el campo del socialismo, el apoyo popular a la exigencia sobre el cumplimiento de los derechos humanos enerva al poder neoliberal.
El pueblo que abraza la dignidad de su condición como ente político responsable, encarna un peligro latente para quienes desde el Grupo Bildelberg han decidido anclar al mundo bajo las leyes del esclavismo generalizado.
En Europa, como en EE.UU., los términos democracia y libertad se pronuncian o escriben de forma constante porque ninguno de los dos se cumplen.
Esta viejaEuropa, cuyo jefe más connotado reside en la Casa Blanca, ha consagrado un partido único ambivalente, de profundo corte neoliberal y anticomunista, que en España luce las siglas PPSOE.
Los gobiernos de Felipe González o José Mª Aznar, Zapatero y Rajoy, han mostrado su comprensión (e incluso simpatía), tolerancia y pasividad, ante todas las organizaciones neofranquistas, mientras las Víctimas del Terrorismo derivado del golpe de 1936, aún esperan justicia y reparación.
EEUU y Europa encarnan hoy la figura del padrino y la madrina de ese criminal escenario que es Ucrania, del cruento golpe de estado que hoy asola una buena parte del país y de los intentos de derribo de las revoluciones en Latinoamérica.
El deber de un demócrata es impedir el ascenso del neofascismo.
Votar al PPSOE en las próximas elecciones europeas, es depositar un aval a favor de las violaciones más elementales de los derechos humanos.
Botar al PPSOE es la obligación de cualquier ciudadano/a que se precie de conocer el profundo y exacto significado de la palabra democracia.
Como dijo Brecht: “¿De qué sirve destruir el fascismo, si no acabamos con el capitalismo que lo engendra?
Por un lado, las potencias occidentales utilizaron a científicos, médicos, expertos en balística, investigadores y otra serie de profesionales alemanes, para desarrrollar proyectos de toda índole (bélicos, principalmente), y por otro alentar el anticomunismo más enconado, sonriendo ante las algaradas de los jóvenes nazis y fascistas en la Europa colaboracionista: los ucranianos, entre ellos.
El enemigo para Washington no eran los radicales de extrema derecha, sino los partidos marxistas que, como en Italia, lograban importantes victorias electorales bajo las normas de la burguesía.
La guerra fría, el anticomunismo visceral que anima a los grandes banqueros, empresarios y políticos de esa llamada “democracia representativa”, la corrupción en la Rusia de Jruschov y Breznev, unida a las sutiles estrategias destructoras desarrolladas por Occidente en el área de influencia soviética, supusieron la caída del muro de Berlín… y el nacimiento de otras barreras mucho más sangrientas, situadas hoy a lo largo del Río Grande, en Israel, Gaza o las colonias españolas de África.
La debacle de la URSS se pactó en 1988, bajo acuerdos verbales (incumplidos de forma flagrante por parte de las potencias occidentales), en los que existía el compromiso tácito de no penetrar militarmente en esos territorios, respetando las instituciones democráticas que Gorbachov y Reagan bendijeron.
Después de aquello, ¿alguien en su sano juicio puede aceptar que en la Europa del siglo XXI, financieros, inversores, especuladores, grandes bancos, respetaría una victoria electoral verdaderamente socialista, sin que las hordas neonazis (vanguardia de la democracia burguesa) provocaran, como en Venezuela y Ucrania, un escenario de muerte y caos generalizado que, apoyado en los medios de comunicación hegemónicos (cuya independencia y rigor periodísticos poseen la solidez de la crema de espárragos), apuntalaran un régimen en el que los colectivos que se autodenominan socialistas, no fueran sino apéndices de partidos de derecha y centro-derecha, sostenidos a su vez por los nostálgicos de Hitler, Mussolini o Franco?.
Hoy resulta escandalosa la permisividad que Europa y EEUU han mostrado hacia este tipo de bandas, paralela a la que exhiben los gobiernos de ambos continentes, para continuar con la estrategia de acoso y derribo de todo aquello que huela a marxismo.
“Acabemos con los comunismo, protegiendo el neonazismo”, parece ser el lema de Obama o de François Hollande.
Lo curioso es que Israel parece no hacerle ascos al eslógan. Los movimientos pronazis pueden ser controlados, porque sus miembros son, sencillamente, mercenarios que toman o dejan las armas cuando huelen la recompensa económica.
En el campo del socialismo, el apoyo popular a la exigencia sobre el cumplimiento de los derechos humanos enerva al poder neoliberal.
El pueblo que abraza la dignidad de su condición como ente político responsable, encarna un peligro latente para quienes desde el Grupo Bildelberg han decidido anclar al mundo bajo las leyes del esclavismo generalizado.
En Europa, como en EE.UU., los términos democracia y libertad se pronuncian o escriben de forma constante porque ninguno de los dos se cumplen.
Esta viejaEuropa, cuyo jefe más connotado reside en la Casa Blanca, ha consagrado un partido único ambivalente, de profundo corte neoliberal y anticomunista, que en España luce las siglas PPSOE.
Los gobiernos de Felipe González o José Mª Aznar, Zapatero y Rajoy, han mostrado su comprensión (e incluso simpatía), tolerancia y pasividad, ante todas las organizaciones neofranquistas, mientras las Víctimas del Terrorismo derivado del golpe de 1936, aún esperan justicia y reparación.
EEUU y Europa encarnan hoy la figura del padrino y la madrina de ese criminal escenario que es Ucrania, del cruento golpe de estado que hoy asola una buena parte del país y de los intentos de derribo de las revoluciones en Latinoamérica.
El deber de un demócrata es impedir el ascenso del neofascismo.
Votar al PPSOE en las próximas elecciones europeas, es depositar un aval a favor de las violaciones más elementales de los derechos humanos.
Botar al PPSOE es la obligación de cualquier ciudadano/a que se precie de conocer el profundo y exacto significado de la palabra democracia.
Como dijo Brecht: “¿De qué sirve destruir el fascismo, si no acabamos con el capitalismo que lo engendra?