En el año 1964, a las 3:20 de la madrugada del viernes 13 de marzo, Kitty regresaba del trabajo a su casa en la calle Austin del distrito de Queens, Nueva York. Bajó de su coche y de camino hacia el portal, pudo ver que un hombre sospechoso se acercaba, así que trató de ir hacia una cabina telefónica que había a unos pocos metros. Kitty no llegó a la cabina. Aquel hombre la atacó. La joven gritaba tan fuerte que las ventanas de muchos de sus vecinos comenzaron a iluminarse. Aquel hombre, Winston Mosley, le estaba acuchillando con violencia. Las luces le asustaron y abandonó el cuerpo de Kitty, acuchillado. El asesino emprendió la huida pero viendo que las luces comenzaban a apagarse volvió. No había terminado con ella. La encontró yacente y continuó acuchillándola. Ella luchó por liberarse. Pero él volvía a darle caza y continuaba.
El asesinato se produjo en tres actos. Desde las 3:15 a.m hasta las 3:50 a.m, tres fueron las veces que Mosley volvió para seguir apuñalándola. Treinta y cinco minutos fue el tiempo que duraron los gritos de Kitty: “¡Me apuñala!” “¡Socorro!” “¡Me muero!”. Hubo treinta y ocho testigos en total. Treinta y ocho ventanas encendidas que guarecían a treinta y ocho personas que oyeron sus súplicas y vieron su lucha. Ninguno intervino.
Los cientificos Darley y Latané pudieron concluir que el número de testigos era un determinante crítico para la intervención: “Cuando sólo está presente un testigo en una emergencia, toda ayuda debe venir de él. […] Cualquier presión por intervenir se centra únicamente en él. Sin embargo, cuando hay varios observadores se divide entre todos. Esto da como resultado que nadie ayuda.”
El asesinato se produjo en tres actos. Desde las 3:15 a.m hasta las 3:50 a.m, tres fueron las veces que Mosley volvió para seguir apuñalándola. Treinta y cinco minutos fue el tiempo que duraron los gritos de Kitty: “¡Me apuñala!” “¡Socorro!” “¡Me muero!”. Hubo treinta y ocho testigos en total. Treinta y ocho ventanas encendidas que guarecían a treinta y ocho personas que oyeron sus súplicas y vieron su lucha. Ninguno intervino.
Los cientificos Darley y Latané pudieron concluir que el número de testigos era un determinante crítico para la intervención: “Cuando sólo está presente un testigo en una emergencia, toda ayuda debe venir de él. […] Cualquier presión por intervenir se centra únicamente en él. Sin embargo, cuando hay varios observadores se divide entre todos. Esto da como resultado que nadie ayuda.”