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Cuando lo Hipster se convierte en kitsch

Info10/8/2013
Ser moderno no es una tarea fácil: encontrar música lo suficientemente experimental para sus oídos, descubrir el mensaje oculto en las películas de Woody Allen o escribir el #hashtag adecuado en cada momento puede provocar en los hipster auténticos quebraderos de cabeza Si la vida de un auténtico hipster tuviera que definirse en términos musicales, seguramente su banda sonora sería el último disco de ‘Arcade Fire’ o ‘The Who’. Si fuera un instante, sobrarían minutos para captarlo a través de una Polaroid y manipularlo con filtros de luz para su publicación en Instagram. El cine no iba a ser menos, claro está. Una película de distribución independiente, con Audrey Hepburn como protagonista, almacenará polvo y solera en cualquier estantería de un moderno durante meses. A pesar de tener ciertas características unificadas, no existe una definición exacta para esta subcultura de los años 40. La mayoría de los hipsters niegan serlo, según recoge el estudio sociológico ‘What was the hipster?’ (‘¿Qué era un hipster?’). Huyen de las etiquetas y de cualquier estereotipo, aunque su apariencia y su actitud son rápidamente reconocibles. Nueva York, Londres o París han sido y son los escenarios más comunes de creación de la música alternativa y el cine independiente. Gracias a estos importantes focos de proyección, la cultura hipster se ha extendido a lo largo y ancho del mundo. Pero esto no resulta del todo positivo, ya que su identidad como grupo urbano se ha visto resentida. En el Urban Dictionary, manual de referencia para cualquier denominación 'callejera', aparece reflejado el término hipster como una «subcultura de hombres y mujeres, entre los 20 y 30 años, que valoran la política progresista y el pensamiento independiente». Sin embargo, cuando ya han pasado más de siete décadas desde sus inicios, estos valores permanecen más difusos que nunca y la cultura que rechazaba lo popular se ha convertido precisamente en eso, en popular. Parecer moderno sin ser hortera Como reflejaba recientemente Arturo Pérez Reverte en su blog personal, «se recurre al término hortera a la hora de definir a dos clases de personas: las que pretenden parecer algo y ni lo son ni lo parecen, y las que son, o parecen serlo, pero al menor descuido se les ve el plumero». Los hipsters siempre han estado con esa espada de Damocles sobre sus cabezas. El hipsterismo del siglo XXI pierde su verdadera esencia cuando se convierte en una moda pasajera más y la filosofía que defienden, la de conocer todos los movimientos del mercado antes que nadie, se pierde entre simples bigotes de formas imposibles, camisas de cuadros, mocasines con brillo y el último juguete de Apple. El psicólogo y educador Jordi Bernabeu considera que «un estilo se convierte en popular no sólo en la medida que se reconoce a nivel social, sino que acaba convirtiéndose en un estilo de consumo de masas en general». Por ello, «es importante tener en cuenta que las 'marcas' más genéricas se apropian de este estilo, a la vez que pierden el carácter identitario», afirma Bernabeu. Existe una delgada línea entre el ridículo y la máxima expresión del ideal hipster. Se trata de encontrar un estilo propio sin destrozar reglas básicas (que nadie ha establecido) y por supuesto, sin abandonar la discreción y la sencillez. En otras palabras, su límite está en el patetismo de parecer iguales al resto. La teoría está clara, pero algo está cambiando en la práctica. El historiador de medios de comunicación, Roman Gubern, siempre ha defendido la existencia de «una cultura principal, seguida de una cultura off y otra off off». Y así sucede hoy en día. Algo que empezó teniendo gran fuerza como contracultura, que criticaba cualquier acción homogénea de la sociedad, se ha incorporado a lo popular y poco a poco, ha perdido la verdadera esencia de sus orígenes. La decadencia del inconformismo Los nuevos hipsters son personas pretenciosas y es precisamente ahí donde se encuentra su límite, en la capacidad de adaptarse a los cambios sociales para aportar de inmediato su propia visión opuesta. Se esfuerzan en ser vistos como intelectuales, despreocupados por su vestimenta y alejados de cualquier manifestación comercial. Ahora lo moderno es odiar a los modernos. Lo mainstream ha llegado a convertirse en una subcultura engreída y llena de contradicciones. Pese a huir de lo convencional, toman referencias de cualquier otra tribu urbana para aplicarlas a la suya, no sin antes despojarlas de su verdadero contenido y significado. «Me repelen los modernos. Es tal su narcisismo, su estar solo obsesionados con ellos mismos, que están dispuestos a ir a conciertos masivos y no sentirse ridículos cuando cinco de cada seis personas van vestidas idénticamente», critica el blogger Edu Portas. Ser hipster ya no es hipster. Comienza a ser algo kitsch, comparable con ese gato dorado que mueve su pata derecha para atraer la fortuna o con el toro de plástico que nuestras abuelas ya no pueden poner encima de las nuevas televisiones de plasma. Cuando se busca la diferencia y se obtiene una nueva similitud cortada con el mismo patrón, solo queda una vía posible: renovarse o morir. It's time to change.
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