La fascinación del derrier femenino ... o Darwin tenía razón
Las nalgas los obsesionan porque en el fondo somos unos primates. “No existe ningún hombre que no fije su mirada en las nalgas de una mujer hermosa que pasa a su lado .
¿Se ha preguntado por qué a la mayor parte de machos de la especie humana se les caen los ojos ante un par de nalgas redondas y prominentes? La explicación, como siempre, es biológica. Veamos por qué.
Usted, que no se pierde el concurso “Miss Colita” y le erigiría un monumento a Tilsa Lozano de espaldas, ¿se ha preguntado por qué otras partes del cuerpo de la mujer no reciben la misma atención que un trasero bien redondo? Es que el trasero es, sin duda, la primera de las obsesiones masculinas. Supera por mucho a la atracción por los senos y ni qué decir de otras zonas de la anatomía femenina.
Los antropólogos dicen que, de 193 especies de primates que existen en el mundo, solo los humanizados tienen nalgas esféricas que se proyectan hacia afuera. Es decir, para nadie más que nosotros y una que otra especie de simio, las nalgas son objeto de deseo.
Pero, repetimos, ¿por qué esta obsesión? La sexóloga alemana Ingolere Ebberfeld halló el origen de la atracción del trasero femenino en la prehistoria de la raza humana: los monos. “Las hembras atraen a los machos moviendo el culo y la hembra es fecundada por detrás”, argumenta la catedrática de la Universidad de Bremen.
Según otros especialistas, la razón estaría en la búsqueda instintiva de una mujer de caderas anchas con quien reproducirse. Otra explicación es que el primer coito de los hombres prehistóricos imitaba a los cuadrúpedos, con la mujer de espaldas, por lo que cabe deducir, entonces, que los genitales femeninos eran visibles desde atrás. Esa asociación los torna excitantes, aunque la evolución los haya ocultado al ponernos de pie como especie.
Pero el desarrollo de la civilización dotó a la mujer de algo más que instinto animal: “Aprendimos a conocer los secretos que encierra el cuerpo. Sabemos lo que tenemos y hemos convertido el trasero en nuestra principal arma erótica”, dice Ebberfeld, quien necesitó casi doce meses para revisar la bibliografía y la representación gráfica sobre el tema.
Autora de libros sobre la importancia del olor del cuerpo humano en el erotismo y del beso (Küss mich), reconoce que el impulso de observar los glúteos es incontrolable y que procede de una época de la evolución en la que la mirada y el trasero se encontraban a la misma altura.
“No existe ningún hombre que no fije su mirada en las nalgas de una mujer hermosa que pasa a su lado y que lleva zapatos con tacones altos y una falda ajustada”, afirma la experta, cuyo estudio se publicó en la revista Sexuamizin bajo el título de “El erotismo de las nalgas”.
Los hombres, a lo largo de los siglos, aprendieron a ser galantes y bien educados a la hora de mirar a los ojos a una mujer. Pero, cuando esta se da vuelta y se aleja, se acaban los buenos modales y los ojos masculinos se clavan en el hermoso y erótico vaivén de esta área. Es allí cuando al caballerito más pintado le sale el primate que lleva adentro.
Las nalgas los obsesionan porque en el fondo somos unos primates. “No existe ningún hombre que no fije su mirada en las nalgas de una mujer hermosa que pasa a su lado .
¿Se ha preguntado por qué a la mayor parte de machos de la especie humana se les caen los ojos ante un par de nalgas redondas y prominentes? La explicación, como siempre, es biológica. Veamos por qué.
Usted, que no se pierde el concurso “Miss Colita” y le erigiría un monumento a Tilsa Lozano de espaldas, ¿se ha preguntado por qué otras partes del cuerpo de la mujer no reciben la misma atención que un trasero bien redondo? Es que el trasero es, sin duda, la primera de las obsesiones masculinas. Supera por mucho a la atracción por los senos y ni qué decir de otras zonas de la anatomía femenina.
Los antropólogos dicen que, de 193 especies de primates que existen en el mundo, solo los humanizados tienen nalgas esféricas que se proyectan hacia afuera. Es decir, para nadie más que nosotros y una que otra especie de simio, las nalgas son objeto de deseo.
Pero, repetimos, ¿por qué esta obsesión? La sexóloga alemana Ingolere Ebberfeld halló el origen de la atracción del trasero femenino en la prehistoria de la raza humana: los monos. “Las hembras atraen a los machos moviendo el culo y la hembra es fecundada por detrás”, argumenta la catedrática de la Universidad de Bremen.
Según otros especialistas, la razón estaría en la búsqueda instintiva de una mujer de caderas anchas con quien reproducirse. Otra explicación es que el primer coito de los hombres prehistóricos imitaba a los cuadrúpedos, con la mujer de espaldas, por lo que cabe deducir, entonces, que los genitales femeninos eran visibles desde atrás. Esa asociación los torna excitantes, aunque la evolución los haya ocultado al ponernos de pie como especie.
Pero el desarrollo de la civilización dotó a la mujer de algo más que instinto animal: “Aprendimos a conocer los secretos que encierra el cuerpo. Sabemos lo que tenemos y hemos convertido el trasero en nuestra principal arma erótica”, dice Ebberfeld, quien necesitó casi doce meses para revisar la bibliografía y la representación gráfica sobre el tema.
Autora de libros sobre la importancia del olor del cuerpo humano en el erotismo y del beso (Küss mich), reconoce que el impulso de observar los glúteos es incontrolable y que procede de una época de la evolución en la que la mirada y el trasero se encontraban a la misma altura.
“No existe ningún hombre que no fije su mirada en las nalgas de una mujer hermosa que pasa a su lado y que lleva zapatos con tacones altos y una falda ajustada”, afirma la experta, cuyo estudio se publicó en la revista Sexuamizin bajo el título de “El erotismo de las nalgas”.
Los hombres, a lo largo de los siglos, aprendieron a ser galantes y bien educados a la hora de mirar a los ojos a una mujer. Pero, cuando esta se da vuelta y se aleja, se acaban los buenos modales y los ojos masculinos se clavan en el hermoso y erótico vaivén de esta área. Es allí cuando al caballerito más pintado le sale el primate que lleva adentro.