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Visita de la CIDH en 1979 a Argentina apoyada por EEUU-Carte

Info9/23/2013
6 DE SEPTIEMBRE DE 1979, LA CIDH LLEGO A BUENOS AIRES
Cuando el telón comenzó a levantarse


Hace veinte años la Comisión Interamericana de Derechos Humanos llegó para investigar las denuncias contra la dictadura militar. Graciela Fernández Meijide y Simón Lázara cuentan esta visita que comenzaba a descorrer el velo de mentiras de las juntas de comandantes.


Los miembros de la CIDH, en una de sus reuniones con Videla.
MIRA LA CARA DE BOLUDITO QUE PONE

Recomendaciones para aclarar la desaparición de personas.

Una cola de varias cuadras se formó frente a la OEA, donde se denunciaban secuestros y desapariciones.

Por Luis Bruschtein
“La Comisión ha llegado a la conclusión de que, por acción de las autoridades públicas y sus agentes, en la República Argentina se cometieron durante el período a que se contrae este informe –1975 a 1979– numerosas y graves violaciones a los derechos humanos” comenzaba el informe que había redactado la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que había visitado el país del 6 al 20 de septiembre de 1979. Fue como si una bomba estallara en el corazón de la dictadura militar: el telón que ocultaba el horror comenzaba a descorrerse. Los familiares de los desaparecidos y los miembros de la comisión, importantes juristas estadounidenses y latinoamericanos, debieron soportar el hostigamiento de los medios de comunicación y de centenares de personas empujadas por la propaganda oficial, pero la verdad había comenzado a imponerse sobre el horror y el miedo.
La visita del organismo dependiente de la OEA había sido pacientemente impulsada por varios militantes de los derechos humanos en Buenos Aires. El principal de ellos era el profesor Emilio Mignone, quien por su actividad profesional tenía importantes contactos con el sector educativo de Estados Unidos. Al comenzar su denuncia sobre las violaciones a los derechos humanos en Argentina, esos contactos se convirtieron en un factor fundamental. Junto a Mignone trabajaban el ex diputado Augusto Conte, Graciela Fernández Meijide, Alfredo Bravo, Simón Lázara y otros militantes de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) y del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH).
“Cuando supimos que la comisión venía a la Argentina –recuerda Graciela Fernández Meijide– nuestra angustia más grande era si la gente se presentaría a efectuar las denuncias.” Fernández Meijide estaba a cargo de ese trabajo en la APDH y sabía las dificultades para que muchos familiares vencieran el temor o el escepticismo. “Cuando vimos la cola de dos o tres cuadras que se formaba en Avenida de Mayo al 700, donde funcionaba la CIDH, supimos que la visita había sido un éxito.”
“La visita de la CIDH fue el resultado de un paciente trabajo de lobby que había comenzado prácticamente desde la asunción de James Carter en enero de 1977”, recuerda Simón Lázara. La subsecretaria de Derechos Humanos del Departamento de Estado norteamericano, Patricia Derian, visitó Argentina ese año y tomó contacto con los organismos locales. Poco después, el Parlamento norteamericano emitió la enmienda Humphrey-Kennedy que limitaba la venta de armamento y ayuda exterior a países gobernados por dictaduras.
“Mignone se movió mucho en los Estados Unidos –relata Lázara– y además, los militares habían quebrantado la veda de cereales que Washington había impuesto a la URSS y apoyaban abiertamente al dictador Anastasio Somoza en Nicaragua, que era mal visto por Carter.” En 1978 llegó el secretario del Departamento de Estado, Cyrus Vance, y fue completando el cuadro de situación sobre la dictadura argentina. “El 8 de septiembre de 1977 lo secuestraron a Alfredo Bravo, que era presidente de la APDH –recuerda Lázara– y allí los contactos de Mignone funcionaron a la perfección. Mignone logró llegar a Vance y en la firma de los Tratados del Canal de Panamá, a la que asistió Jorge Videla, el secretario de Estado le pidió por Bravo. Le salvó la vida, porque lo legalizaron después de diez días de secuestro y feroces torturas, aunque estuvo casi un año más a disposición del PEN.”
Primero viajaron Mignone y Conte a la OEA, después fue Fernández Meijide y unas semanas más tarde viajó Simón Lázara. “El viaje de Graciela fue muy importante –subraya Lázara–, porque ella llevó las denuncias y testimonios que habíamos reunido en Buenos Aires. Las había clasificado según las características salientes de cada caso y de esa forma simplificaba mucho el trabajo de la Comisión.”
“Yo creo que el trabajo más importante lo habían hecho Mignone y Conte, que se movían con mucha comodidad en ese ambiente –relativiza Fernández Meijide– y muchos familiares habían enviado por correo sus denuncias. Nuestro trabajo fue clasificar los casos según la información que tenía y los dividíamos por rubros, como ‘Conscriptos desaparecidos’, o ‘Adolescentes desaparecidos’.”
El gobierno se resistía a la visita de la CIDH porque la consideraba parte de la campaña antiargentina del marxismo internacional. El canciller Carlos Washington Pastor movilizó a los embajadores para imaginar excusas y recursos para anularla. Videla temía al aislamiento internacional, pero igual quería impedir la visita, y en eso coincidía con Emilio Massera. Pero las presiones eran cada vez más fuertes. La CIDH existía desde varios años antes, pero la administración Carter había decidido sacarla de su función burocrática para darle protagonismo. El vicepresidente de Carter en persona, Walter Mondale, le pidió a Videla, durante una visita en la que ambos coincidieron en el Vaticano, que dejara entrar a la comisión.
“Había créditos del Eximbank para Argentina que estaban parados –recuerda Lázara– y el Departamento de Estado prometió que los otorgaría si se dejaba entrar a la CIDH. La dictadura controlaba los medios; los partidos políticos estaban prohibidos; no había movilizaciones ni actos de ningún tipo. Yo creo que los militares pensaron que podían manejar la visita, y que, a lo máximo, sería una molestia pasajera. No tenían la más mínima idea del contexto internacional, como lo demostraron después con la guerra de Malvinas.”
La visita había sido anunciada primero para el mes de junio y fue retrasada para septiembre. El matrimonio Fernández Meijide ya tenía los pasajes para viajar Europa en agosto y debieron postergar la partida. El gobierno se puso nervioso y allanó en dos oportunidades los locales de la APDH y la Liga por los Derechos del Hombre. “Buscaban los documentos que ellos pensaban que les íbamos a entregar a la comisión”, explica Fernández Meijide. Lázara recuerda la discusión con el juez de la dictadura Martín Anzoátegui que había ordenado los allanamientos a los organismos de derechos humanos.
La comisión llegó el 6 de septiembre de 1978 y comenzó a sesionar al día siguiente en la sede de la OEA, en Avenida de Mayo al 700. El presidente de la CIDH era el venezolano Andrés Aguilar, que había sido titular de la Suprema Corte de su país; el vicepresidente era el abogado hondureño Luis Tinoco Castro y la integraban los abogados Marco Momroy Cabra, del Instituto de Derechos Humanos de Costa Rica, y Carlos Dunshee de Abranches, el jurista académico Tom Farer, de Estados Unidos, y el peruano Francisco Beltrán Galindo. El secretario era el chileno Edmundo Vargas Carreño, que luego fue embajador en Argentina, y el secretario adjunto, Edgardo Paz Barnica, que más tarde fue canciller de Honduras. Todos eran eminentes juristas, personalidades absolutamente irreprochables para el discurso macartista de la dictadura que consideraba “compañeros de ruta” del marxismo a todos los que se interesaban por los derechos humanos.
La comisión estuvo del 7 al 10 en Buenos Aires, del 10 al 14 en Córdoba, 14 y 15 en Tucumán, pasó por Rosario y regresó a la Capital Federal. Visitó los campos clandestinos de detención de La Rivera y La Perla, en Córdoba, y El Atlético, el Olimpo y la ESMA, en Buenos Aires que, como se comprobó más tarde, habían sido desmantelados por los militares para evadir la investigación. Estuvieron en las cárceles de Devoto, Caseros y Rawson. Se entrevistaron dos veces con la junta militar y con Videla, se reunieron con los organismos de derechos humanos: APDH, LADH, MEDH, Madres de Plaza de Mayo y Familiares; vieron a los ex presidentes Isabel Martínez, detenida en la quinta de San Vicente, Alejandro Lanusse, Arturo Frondizi y Héctor Cámpora, que se encontraba asilado en la embajada de México. También recibieron a la Conferencia Episcopal y a los políticos Ricardo Balbín y Raúl Alfonsín (UCR), Deolindo Bittel (PJ), Diego May Zubiría y Rafael Marino (PI), Enrique De Vedia y Francisco Cerro (DC) y Simón Lázara (PSU). A los sindicalistas de la CUTA, empresarios de la UIA, CAME, Sociedad Rural y ADEBA; a la AMIA y la FUA, a la Sociedad Central de Arquitectos y las asociaciones de psiquiatras y psicólogos, al Colegio de Abogados y en entrevistas personales a Lorenzo Miguel, Ernesto Sabato, Jacobo Timerman y Alfredo Bravo.
Abrieron tres oficinas en todo el país y recibieron 5580 denuncias de secuestros y desapariciones “la mayoría de ellas nuevas”, o sea aparte de las casi tres mil que habían presentado los organismos. La comisión se fue del país el 20 de septiembre, en diciembre presentó a la dictadura un informe preliminar donde criticaban duramente el “Estado de excepción” que existía en Argentina y denunciaban la existencia de miles de desaparecidos. El informe final se conoció un año después en forma de libro. La dictadura prohibió su difusión y su venta. Pero había comenzado la cuenta regresiva y los represores comenzaban a preocuparse por el futuro.


Escrache en Campo de Mayo

“Puedo sentir el olor de la sangre de nuestros hijos y nietos”, dijo una Abuela de Plaza de Mayo, y tuvo que hacer un esfuerzo para que el llanto no le quebrara la voz. El acto por la memoria convocado por H.I.J.O.S., Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora y Encuentro por la Memoria realizado ayer frente al polígono de tiro de la Guarnición Militar Campo de Mayo reunió a personas de distintas edades con un objetivo común: no olvidar la propia historia. Es que desde 1975 y por lo menos hasta 1978 en la guarnición funcionó el campo clandestino de detención conocido como “El Campito”. Entre pintadas rojas que declaraban al lugar “Campo de asesinos” y afirmaban “Compañeros del ‘Campito’ presentes”, los representantes de las organizaciones recordaron el paso de “nuestros hijos, padres y compañeros” por ese lugar. Los carteles de repudio a los militares responsables y la imagen blanca y anónima de un hombre que representa a los “30.000 desaparecidos” cubrieron el alambrado de púa, junto al anuncio del próximo acto de repudio al ex represor y actual intendente de Escobar, Luis Patti.




LOS VIGIL, LA PRENSA Y LOS GRITOS DE Jose Maria MUÑOZ el papel de Menotti y Maradona.
Los caretas “derechos y humanos”

Por L. B.

“Vayamos todos a la Avenida de Mayo –gritaba el gordo Muñoz como un desaforado por Radio Rivadavia– y demostremos a los señores de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que la Argentina no tiene nada que ocultar.” Mientras el famoso Gordo montaba una operación de propaganda para la dictadura, en la ESMA los prisioneros eran rápidamente eliminados algunos y otros, trasladados a una secreta isla del Tigre.
El mismo día que la CIDH comenzaba su labor en Buenos Aires, el seleccionado juvenil del fútbol ganaba el campeonato mundial de 1979 en Japón. El operativo de propaganda de Muñoz era cruzar al DT de la Selección, César Menotti, y a su capitán, Diego Maradona, con Videla y Massera, que aguardaban impacientes la conexión al punto que el famoso Gordo se salió de las casillas y empezó a amenazar a los corresponsales que demoraban el contacto.
Desde la mañana temprano, los servicios de información repartían obleas que decían: “Los argentinos somos derechos y humanos” que llegó a convertirse en la consigna más vergonzosa de la historia argentina contemporánea. Julio Lagos, desde Radio Mitre; Muñoz, por Rivadavia, y José Gómez Fuentes desde ATC convocaban a la gente a festejar a Plaza de Mayo para lo cual el Ministerio de Educación había dado asueto a los estudiantes. Los festejos debían pasar frente a la sede de la OEA donde centenares de personas, padres, madres y familiares de desaparecidos hacían una cola permanente de tres cuadras para presentar sus denuncias.
“¿Cómo puede hablar de derechos humanos Estados Unidos, un país que ha tenido un millón de abortos en un año?”, explotó el obispo Octavio Derisi, rector de la Universidad Católica. “Cada país debe regular los derechos humanos; no deben ser los extranjeros los que nos vengan a indicar qué tenemos que hacer”, se sumó monseñor Guillermo Bolatti, arzobispo de Rosario.
La revista Para Ti, de la familia Vigil, publicaba “postales” defendiendo a la dictadura y la represión. La revista Gente, también de los Vigil, publicaba una carta abierta lacrimógena y llena de golpes bajos con un contenido similar. “... el único juez legítimo de los preceptos constitucionales es la Corte Suprema de la Nación, por ello es lamentable que el canciller haya cedido a la tentación de invitar a la CIDH...” clamaba un editorial de La Prensa.
José Gobello, defensor de represores y torturadores, publicó una solicitada en todos los diarios, financiada por “amigos” que no identifica, donde planteaba que era necesario “resignarse por los muertos, los desaparecidos y los hechos irracionales o inexplicables” porque son “parte de la guerra”, igual que la tortura, la destrucción de familias enteras o la apropiación de los hijos del enemigo.
“Pasaban los chicos festejando junto a la fila donde estaban los familiares –recuerda Otilia Renou, de la APDH, que hizo dos horas de cola para presentar su denuncia–, pero en general no hubo insultos o agresiones, salvo algunos que eran perfectamente identificables como provocadores. La gente no se metió con nosotros.”
Además de esa parafernalia desatada por la dictadura y sus agentes, la comisión y quienes la acompañaban debían soportar el permanente asedio de una nube de fotógrafos, algunos de los medios, pero muchos de los servicios de inteligencia. Pero la comisión fue impermeable a la campaña de hostigamiento y atemorización.
Con el lenguaje sinuoso de la diplomacia, el informe fue inusualmente duro y recomendaba a los militares “informar circunstancialmente sobre la situación de las personas desaparecidas”. La dictadura reaccionó violentamente y sólo permitió la difusión de una versión “lavada” de las conclusiones, acompañada por la correspondiente refutación indignada de los militares.



APENDICE: VERDAD, JUSTICIA Y MEMORIA
Comisión Juicio por la Verdad: Testimonios de Burgos, Susana Muñoz y Etelvina García por la Noche de las corbatas

El grupo de hombres encapuchados, vestidos de civil y con armas largas llegó en dos Ford Falcon a la casa de Hipólito Irigoyen 3080. Una parte se dirigió a la planta baja y otro grupo tomó la vivienda del primer piso. Cuando Susana Alicia Muñoz de Alais bajó abrir la puerta pensando que su marido Hugo se había olvidado la llave, la encañonaron y la subieron a los empujones. Sus dos hijas de 1 y 3 años vieron toda la escena de violencia desplegada por los encapuchados. Años después la abuela de las niñas contó que luego de esa experiencia, Eleonora la más pequeña, perdió el habla por un tiempo y se angustiaba hasta el llanto cada vez que veía personas armadas o escuchaba disparos por televisión.

Ayer en una nueva audiencia del Juicio por la Verdad declararon la esposa y la suegra del abogado Hugo Alais secuestrado el 6 de julio de 1977 en lo que se denominó "La Noche de las Corbatas" cuando el terrorismo de Estado secuestró en dos noches seguidas, a un grupo de abogados laboralistas. Ambas mujeres brindaron detalles sobre la noche del secuestro del abogado y de todos los periplos realizados para obtener algún tipo de información sobre su destino final.

Susana Alicia Muñoz, oriunda de Chivilcoy, y Hugo Julio Alais se conocieron en julio de 1970 y se casaron en diciembre del mismo año. Ayer, Frente al tribunal oral federal Nº 1, Susana Muñoz contó que su marido que aún permanece desaparecido, militaba en política desde muy joven. Un informe de la DIPBA muestra que los servicios de inteligencia de la policía bonaerense tenían registrados que la actividad política de Alais había comenzado a los 13 años. En Mar del Plata, el abogado junto con su colega Jorge Candeloro, fundaron el Partido Comunista Revolucionario (PCR).
Según su mujer, Alais fue de los dirigentes que siempre estaba expuesto en los distintos conflictos y que en más de una oportunidad había vislumbrado que su compromiso político le procuraría una muerte temprana.

Uno de los primeros enfrentamientos en su época universitaria fue con la CNU (Concentración Nacional Universitaria), que lo llevó a tener que abandonar en primer año sus estudios de abogacía en la Universidad Católica. Luego con su mujer comenzaron a estudiar en la facultad de humanidades. Él se inscribió en Sociología y ella, en Psicología. Alaís se transformó en el referente del PCR en la universidad y los enfrentamientos con la CNU continuaron. Muestra de ello, era los seguimientos en auto a él y a su mujer Susana que viajaban en bicicleta de la universidad hasta su casa. "Muchas veces nos tiraban el auto encima y nos insultaban", recordó Muñoz. Entre los matones de la CNU recordó a los hermanos Ullúa, a Delgado y a Juan Carlos Gómez.

En 1972, el matrimonio Alais se radica en La Plata. Hugo retoma los estudios de abogacía y Susana comienza medicina. Al poco tiempo, Alais recibe un mensaje de su padre diciéndole que fuerzas de la marina lo estaban buscando y que debía presentarse en la Base Naval de Mar del Plata. Alais concurre a la citación acompañado por su padre y permanece un día bajo arresto. Luego de un exhaustivo interrogatorio sobre su militancia. Lo dejan en libertad y le informan que desde esa fuerza ya no lo iban a necesitar ni a molestar pero que no le podían garantizar que desde las otras fuerzas no lo anduviesen buscando.

En octubre de 1976, Alais se recibe de abogado y con sus dos hijas muy pequeñas, el matrimonio regresa a Mar del Plata. Se instalan en el primer piso de Irigoyen 3080 y el joven abogado comienza a trabajar en el estudio del doctor Camilo Ricci. La viuda de Alais, dijo desconocer que su marido estuviese militando en política cuando regresaron a la ciudad.

El 6 de julio del año siguiente, cerca de las 21 sonó el timbre y Susana pensó que su marido se había olvidado las llaves de casa. Bajó hasta la puerta de calle y al abrir vio al grupo de hombres encapuchados, vestido de civil y con armas largas que le preguntaban por "Hugo". Muñoz contó que sus hijas lloraban y que las encerraron en una habitación. A ella la llevaron a otro de los cuartos y abrían los placares buscando armas que no había. Después de un rato la encerraron en el baño.

Al abogado, Eduardo Soares quien participó por primera vez como querellante en una audiencia del Juicio por la Verdad, le llamó mucho la atención el hecho de que el grupo preguntara por Alais llamándolo por el nombre de pila. Esa situación y que estuvieran encapuchados abre la sospecha que quienes buscaban a Alais temían ser reconocidos por él o por su esposa.

Después de un rato, permitieron que el padre de Alais quien se encontraba en la vivienda de la planta baja, fuera arriba por sus nietas. Temía que se llevasen a Susana y las nenas vieran esa escena. Finalmente, los hombres se fueron solos dejando ambas casas todas revueltas.
Susana recordó que a los pocos minutos, llegó el hermano de Camilo Ricci y le dijo que Hugo y su hermano habían sido sacados del estudio por un grupo de personas armadas que les habían encadenado las manos por la espalda.

El padre de Alais presentó un recurso de Habeas Corpus en el juzgado del magistrado Pedro Hooft pero a los pocos días fue rechazado. También se hicieron presentaciones y se pidió ayuda al Colegio de Abogados de la ciudad. Nunca hicieron caso al pedido de los familiares de Alais.
Cuando el caso timó estado publico, el doctor Paoletti, el jefe de Susana, la echó del trabajo. Le dijo que no volviera para garantizar la seguridad del resto de sus compañeros.

Un mes después del secuestro de su marido Susana se fue a vivir a Chivilcoy. Hasta 1978 les dijo a sus hijas que su padre estaba de viaje. No podía decirles que estaba muerto porque ella no tenía siquiera esa certeza.
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Despues nos dicen oligarcas los nenes de pecho de LA IZQUIERDA por que tenemos acuerdos con la federacion agraria o el ATE-CTA.
que anden bien
Danuschi
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