El viento le acarició el cabello tan suavemente que su corazón latió con mucha fuerza. Recordó las suaves manos de sus amados en los instantes previos de ser seducida con locura sobre el suelo de la habitación. Guardaba en una cajita de cartón el primer mensaje que le enviaron y lo ponía cerca de su boca, como tratando de sentir la humedad en sus labios. En esos instantes, se sentía muy libre y siempre estaba pendiente de los súbitos calores internos que la impulsaban a manchar paredes, piso y sillas con los nombres de sus amados. Le prometió amor eterno a cualquiera, tenía la capacidad de ser muy sociable con quienes buscaban los placeres sexuales momentáneos. Recuerda la primera vez que se entregó por un poco de droga; fue tan excitante subirse a ese auto varado a la orilla de la calle, mientras su novio miraba al tener relaciones. Él estaba muy satisfecho al fumar por dos horas todo el crack producto de ese intercambio de sexo. Le dijo que debía hacerlo siempre. Ella pensó que drogarse estaba bien, pero meterse en la cama con los traficantes no le permitiría más dinero. Tuvieron la magnífica idea de fundar un lindo bar con bailarinas y bailarines para promover el arte de la danza exótica. Le comentaba a su otro novio que esta idea la definía como una empresaria y no como “madame”, que ella ayudaría a esas pobres niñas abandonadas por sus padres. Nunca pudo dar una a luz una niña, ahora podría dar el amor maternal sin sentir que perdería su figura. Sentada sobre las piernas de un viejo y gordo cliente, reía saturando el ambiente de esa falsa felicidad que añoran los mortales, pues su espacio se convirtió en un paraíso para los visitantes. Encontró la veta para poseer dinero, drogas, sexo y rock and roll; eso le decía a un moreno recién llegado de las Antillas mientras lo besada con pasión. Despertaba en el suelo de una habitación rodeada de personas que conocía y, por una extraña razón, sintió un gran vacío. Lo trató de encontrar buscándolo entre las botellas y los vasos quebrados; creyó haber sido presa de un hurto y revisó los bolsillos de sus amigos, pero nada encontró. Y en ese instantes preciso, solo en ese tiempo presente, fue lo suficiente estúpida para tratar de recobrar su nombre. Las imágenes de su niñez vinieron de golpe a su memoria. Recordó los arrumacos de su padre y los platos de ensalada de verduras de su madre, los juegos en la plaza con sus compañeros de colegio, y sintió una amargura tan profunda que lloró. La noche estaba muy clara al llegar a su vieja casa y todo estaba igual que antes. Las plantas en su lugar, la vieja alfombra manchada le daba la bienvenida, hasta los árboles frondosos colmados de grillos le hicieron respirar profundo. Estaba en su hogar. Tocó desesperadamente y le abrió la puerta un señor entrado en canas, ella lo abrazó tan fuerte como pudo y le gritó: “¡cómo te extrañé!” Tartamudeó y entre sollozos le narró rápidamente su vida terrible, el hombre la interrumpió y le dijo: “¿Qué diablos estás haciendo acá, zorra? Te dije que nunca más te vería; lo nuestro se acabó, no tengo más dinero que darte ¿No crees que suficiente daño nos hiciste? ¡Sal de acá o llamo a la policía de inmediato!” — ¡Soy tu hija! —Clamó. — Debes deestar drogada otra vez, no eres mi hija, eras mi amante. El bar abrió temprano esa noche. Elizabeth tomó la botella y brindó: “¡Por el futuro, jamás por el pasado!”.
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