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Nike es la cultura
Carlos "Indio" Solari.

Vas corriendo con tus Nikes
y las balas van detrás
(lo que duele no es la goma sino su velocidad)
En el cagadero no hay gato más triste
sin moda de callejón.
Si Nike es la cultura
Nike es tu cultura, hoy...
Almacenes coloridos a los que llamás "Ciudad"
Te envuelven con canciones indoloras como hilo musical.
Que el pasado acabe
y a su fin llegue
plantando la jeta, hoy.
Si Nike es la cultura
Nike es tu cultura, hoy...
Mientras Michael se retira, en la cadena ESPN
hay papiamentos casteyankis y caló pachuco irreal.
Jovencitos peligrosos
(los papis no dan más, no bancan)
carroñeros que te rajan la careta de MTV latina.
Operarios con salarios de miseria.
Dirás... ¿qué me importa eso?
tengo trece o quince años...
Las Jordan´s son para mí.
Vos gritás -¡No Logo!
o no gritás -¡No Logo!
O gritás -¡No Logo... no!
Si Nike es la cultura
Nike es tu cultura, hoy...
Es que el diablo está en el cielo... pero aparte (vos sabés eso)
Masturburguer da cupones y una ópera hip hop
y Nike es tu cultura hoy.





UNA PEQUEÑA ACUSACION

Es una vieja acusación pero nunca había sido admitida tan abiertamente. Nike, el primero en ventas mundiales de calzado deportivo, ha reconocido la veracidad de un informe que refleja la explotación a la que son sometidos sus trabajadores en sus plantas en Indonesia y otros países asiáticos.

Casi la totalidad de fábricas de Nike están en países subdesarrollados en fábricas en las que trabajan sobre todo niños que trabajan mucho, cobran poco y rechistan menos. Esos niños no conocen sus derechos y no pueden exigir ningún tipo de condición laboral. Con estos métodos de producción es normal que Nike tenga el poder que tiene. Y esto no me lo invento yo ni mucho menos, esto está reconocido por los que llevan esta empresa. Ellos mismos reconocen que no generarían los mismos gastos en EEUU, Europa o Japón que en India, donde los niños que explotan cobran unos 50 céntimos por 10 horas de trabajo al día.

En este estudio, los trabajadores, que reciben una paga de un dólar al día, se quejan de tener que limpiar los servicios y correr alrededor de las instalaciones como castigo por llegar tarde. Pero lo más escandaloso es la sumisión sexual a la que se ven abocadas las trabajadoras por parte de los jefes. El 85 por ciento de los empleados son mujeres con un promedio de edad inferior a los 23 años. Se especifica, además, que los empleados de nueve plantas de producción están obligados a trabajar más horas de las permitidas legalmente y no tienen acceso a cuidados médicos.

Más de 4 mil empleados han sido entrevistados por los investigadores de la Global Alliance for Workers and Communities, una agrupación estadounidense de varias organizaciones y empresas entre las que se incluye Nike. La respuesta de Nike ha sido contundente: empezará inmediatamente a mejorar las condiciones de sus asalariados indonesios.

"Desde luego que nos molestan los resultados obtenidos, pero eso era precisamente lo que queríamos averiguar", ha declarado la portavoz de la compañía, Maria Eitel. También ha anunciado que se pondrá en marcha un entrenamiento especial de los managers para asegurar que se cumplan las leyes en cuestión de salarios y de bajas por enfermedad.

Pero el anuncio no ha convencido a los miembros de las organizaciones que desde hace años combaten y denuncian este tipo de prácticas. Quizá recuerden lo ocurrido en otras ocasiones. En 1997 el diario The New York Times revelaba que las mujeres que producen una línea de Nike en Vietnam estaban siendo expuestas a un producto químico tóxico (el tolueno) en una proporción 117 veces superior a lo aceptable según la Organización Mundial de la Salud. Enseguida, Phil Knight, dueño de la empresa, anunció desde su mansión de Oregón que se tomarían todo tipo de medidas para que "nuestros trabajadores respiren el aire lo más puro posible". La promesa no tuvo efecto y en los dos últimos años se han cursado más de dos centenares de denuncias en el mismo sentido.

Lo que realmente parece estar detrás del presumible cambio de postura de Nike es el daño que le están haciendo las campañas mundiales en contra de la explotación. La presión ejercida por algunas universidades en Estados Unidos ha sido definitiva. Estas han amenazado con dejar de comprar prendas de vestir de compañías cuyos trabajadores estén empleados en condiciones de explotación. Nike suministra ropa deportiva a 14 universidades en Estados Unidos, entre ellas la de Michigan y la Berkeley, en California.

Antes se han sucedido las movilizaciones de todo tipo en los cinco continentes, como el Primer Día Internacional de Acción Solidaria con los Trabajadores de Producción de Nike que se organizó desde Canadá en 1997. Hace unos meses cientos de aficionados al fútbol protestaron para que la selección portuguesa no llevase en sus camisetas el polémico logotipo por las denuncias de semiesclavitud en sus fábricas.

Ante tanto revuelo, los gerentes de Nike Europa han tenido que reconocer que sería imposible producir las famosas prendas en países como Bélgica, Luxemburgo u Holanda "ya que el costo se elevaría muchísimo debido a la mano de obra más cara".

Nike encabeza el mercado de la industria del calzado deportivo, llegando a dominar el 37 por ciento de él. La multinacional gasta más de mil millones de dólares al año en publicidad y con el salario mensual de sus ejecutivos y estrellas (Phil Knight cobra más de 75 millones de dólares al año y Michael Jonhson más de 20) se podrían pagar miles de salarios anuales de esa mano de obra esclava. En 1999 la empresa tuvo ingresos por más de 10 mil millones de dólares. Una empleada de Nike tendría que trabajar dos o tres meses para comprar un par de zapatillas de las que ella fabrica, o 98.600 años para alcanzar las ganancias anuales de Knight.



NOTICIA DEL 2007-08-02

El vicepresidente de la Unión Democrática de Trabajadores del Textil (CCAWDU), Athit Kong, ha denunciado que "la falta de información y formación" de los trabajadores del sector textil en Camboya genera situaciones de explotación laboral que aprovechan las grandes multinacionales que trabajan en este país como Gap, Nike, H&M, Zara, Adidas o Levi's.

Gran parte de los trabajores del sector textil cobran 37 euros al mes en las empresas que trabajan para las multinacionales.

El sindicalista, de visita en nuestro país por primera vez, criticó la brecha existente entre los beneficios que obtienen estas empresas (que conforman el 90% de la producción textil en Camboya y negocian las condiciones salariales con los proveedores, "que tampoco obtienen grandes ingresos" y la situación de los trabajadores de este país, "que desconocen sus derechos fundamentales".


Debido a esta situación, la labor de los sindicatos resulta "fundamental". Gracias a sus presiones, los empleados del sector ganarán este año un salario mínimo de 50 dólares al mes (algo más de 37 euros al mes). "Intentamos negociar con las empresas pero es casi imposible" reconoció Kong, que recordó que en el año 2000 el salario mínimo era de 40 dólares mensuales (casi 30 euros) por lo que "se ha avanzado muy poco". Aunque los sindicatos intentan contactar con los trabajadores, es "complicado" porque sus jornadas laborales son muy extensas, relató Kong que reveló que se "aprovechan la horas de la comida para concienciar a los empleados".

Otro de los problemas que deben sortear los trabajadores radica en la temporalidad de los contratos --de entre uno o dos meses--, sin derecho a baja por maternidad, por enfermedad ni días de asuntos propios, entre otras carencias.

Por último, el sindicalista denunció la actitud del Gobierno camboyano tras el asesinato, en los últimos tres años, de tres sindicalistas. "El Gobierno niega que se hayan producido tales asesinatos y tampoco ha investigado para detener a los autores", subrayó. Con su viaje a España, Kong pretende "alzar la voz para que el mundo entero sepa la situación que se vive en Camboya", señaló hoy en un encuentro con la prensa en Madrid de la mano de la ONG Setem y su Campaña 'Ropa Limpia'.


ESTRELLAS NIKE


RONALDO


HENRY



C. RONALDO



RONALDINHO


ADRIANO




SIN EMBARGOO...






















Este no tiene mucho qe ver pero vale igual





El vicepresidente de la Unión Democrática de Trabajadores del Textil (CCAWDU), Athit Kong, ha denunciado que "la falta de información y formación" de los trabajadores del sector textil en Camboya genera situaciones de explotación laboral que aprovechan las grandes multinacionales que trabajan en este país como Gap, Nike, H&M, Zara, Adidas o Levi’s. Gran parte de los trabajores del sector textil cobran 37 euros al mes en las empresas que trabajan para las multinacionales.

El sindicalista, de visita en nuestro país por primera vez, criticó la brecha existente entre los beneficios que obtienen estas empresas (que conforman el 90% de la producción textil en Camboya y negocian las condiciones salariales con los proveedores, "que tampoco obtienen grandes ingresos" y la situación de los trabajadores de este país, "que desconocen sus derechos fundamentales". Debido a esta situación, la labor de los sindicatos resulta "fundamental". Gracias a sus presiones, los empleados del sector ganarán este año un salario mínimo de 50 dólares al mes (algo más de 37 euros al mes).

"Intentamos negociar con las empresas pero es casi imposible" reconoció Kong, que recordó que en el año 2000 el salario mínimo era de 40 dólares mensuales (casi 30 euros) por lo que "se ha avanzado muy poco". Aunque los sindicatos intentan contactar con los trabajadores, es "complicado" porque sus jornadas laborales son muy extensas, relató Kong que reveló que se "aprovechan la horas de la comida para concienciar a los empleados". Otro de los problemas que deben sortear los trabajadores radica en la temporalidad de los contratos --de entre uno o dos meses--, sin derecho a baja por maternidad, por enfermedad ni días de asuntos propios, entre otras carencias.

Por último, el sindicalista denunció la actitud del Gobierno camboyano tras el asesinato, en los últimos tres años, de tres sindicalistas. "El Gobierno niega que se hayan producido tales asesinatos y tampoco ha investigado para detener a los autores", subrayó. Con su viaje a España, Kong pretende "alzar la voz para que el mundo entero sepa la situación que se vive en Camboya", señaló hoy en un encuentro con la prensa en Madrid de la mano de la ONG Setem y su Campaña ’Ropa Limpia’.

Cita Eduardo Galeano:

EL IMPERIO DEL CONSUMO


La explosión del consumo en el mundo actual mete más ruido que todas las guerras y arma más alboroto que todos los carnavales. Como dice un viejo proverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble. La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal parece no tener límites en el tiempo ni en el espacio. Pero la cultura de consumo suena mucho, como el tambor, porque está vacía; y a la hora de la verdad, cuando el estrépito cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo, acompañado por su sombra y por los platos rotos que debe pagar.

La expansión de la demanda choca con las fronteras que le impone el mismo sistema que la genera. El sistema necesita mercados cada vez más abiertos y más amplios, como los pulmones necesitan el aire, y a la vez necesita que anden por los suelos, como andan, los precios de las materias primas y de la fuerza humana de trabajo. El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige sus imperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; pero ni modo: para casi todos esta aventura comienza y termina en la pantalla del televisor. La mayoría, que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nada más que deudas para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba consumiendo fantasías que a veces materializa delinquiendo.

El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de todos. Dime cuánto consumes y te diré cuánto vales. Esta civilización no deja dormir a las flores, ni a las gallinas, ni a la gente. En los invernaderos, las flores están sometidas a luz continua, para que crezcan más rápido. En la fábricas de huevos, las gallinas también tienen prohibida la noche. Y la gente está condenada al insomnio, por la ansiedad de comprar y la angustia de pagar. Este modo de vida no es muy bueno para la gente, pero es muy bueno para la industria farmacéutica. EEUU consume la mitad de los sedantes, ansiolíticos y demás drogas químicas que se venden legalmente en el mundo, y más de la mitad de las drogas prohibidas que se venden ilegalmente, lo que no es moco de pavo si se tiene en cuenta que EEUU apenas suma el cinco por ciento de la población mundial.

«Gente infeliz, la que vive comparándose», lamenta una mujer en el barrio del Buceo, en Montevideo. El dolor de ya no ser, que otrora cantara el tango, ha dejado paso a la vergüenza de no tener. Un hombre pobre es un pobre hombre. «Cuando no tenés nada, pensás que no valés nada», dice un muchacho en el barrio Villa Fiorito, de Buenos Aires. Y otro comprueba, en la ciudad dominicana de San Francisco de Macorís: «Mis hermanos trabajan para las marcas. Viven comprando etiquetas, y viven sudando la gota gorda para pagar las cuotas».

Invisible violencia del mercado: la diversidad es enemiga de la rentabilidad, y la uniformidad manda. La producción en serie, en escala gigantesca, impone en todas partes sus obligatorias pautas de consumo. Esta dictadura de la uniformización obligatoria es más devastadora que cualquier dictadura del partido único: impone, en el mundo entero, un modo de vida que reproduce a los seres humanos como fotocopias del consumidor ejemplar. El consumidor ejemplar es el hombre quieto. Esta civilización, que confunde la cantidad con la calidad, confunde la gordura con la buena alimentación. Según la revista científica The Lancet, en la última década la «obesidad severa» ha crecido casi un 30 % entre la población joven de los países más desarrollados.

Entre los niños norteamericanos, la obesidad aumentó en un 40% en los últimos dieciséis años, según la investigación reciente del Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Colorado. El país que inventó las comidas y bebidas light, los diet food y los alimentos fat free, tiene la mayor cantidad de gordos del mundo. El consumidor ejemplar sólo se baja del automóvil para trabajar y para mirar televisión. Sentado ante la pantalla chica, pasa cuatro horas diarias devorando comida de plástico.

Triunfa la basura disfrazada de comida: esta industria está conquistando los paladares del mundo y está haciendo trizas las tradiciones de la cocina local. Las costumbres del buen comer, que vienen de lejos, tienen, en algunos países, miles de años de refinamiento y diversidad, y son un patrimonio colectivo que de alguna manera está en los fogones de todos y no sólo en la mesa de los ricos. Esas tradiciones, esas señas de identidad cultural, esas fiestas de la vida, están siendo apabulladas, de manera fulminante, por la imposición del saber químico y único: la globalización de la hamburguesa, la dictadura de la fast food. La plastificación de la comida en escala mundial, obra de McDonald’s, Burger King y otras fábricas, viola exitosamente el derecho a la autodeterminación de la cocina: sagrado derecho, porque en la boca tiene el alma una de sus puertas.

El campeonato mundial de fútbol del 98 nos confirmó, entre otras cosas, que la tarjeta MasterCard tonifica los músculos, que la Coca-Cola brinda eterna juventud y que el menú de McDonald’s no puede faltar en la barriga de un buen atleta. El inmenso ejército de McDonald’s dispara hamburguesas a las bocas de los niños y de los adultos en el planeta entero. El doble arco de esa M sirvió de estandarte, durante la reciente conquista de los países del Este de Europa. Las colas ante el McDonald’s de Moscú, inaugurado en 1990 con bombos y platillos, simbolizaron la victoria de Occidente con tanta elocuencia como el desmoronamiento del Muro de Berlín. Un signo de los tiempos: esta empresa, que encarna las virtudes del mundo libre, niega a sus empleados la libertad de afiliarse a ningún sindicato. McDonald’s viola, así, un derecho legalmente consagrado en los muchos países donde opera. En 1997, algunos trabajadores, miembros de eso que la empresa llama la Macfamilia, intentaron sindicalizarse en un restorán de Montreal en Canadá: el restorán cerró. Pero en el 98, otros empleados e McDonald’s, en una pequeña ciudad cercana a Vancouver, lograron esa conquista, digna de la Guía Guinness.

Las masas consumidoras reciben órdenes en un idioma universal: la publicidad ha logrado lo que el esperanto quiso y no pudo. Cualquiera entiende, en cualquier lugar, los mensajes que el televisor transmite. En el último cuarto de siglo, los gastos de publicidad se han duplicado en el mundo. Gracias a ellos, los niños pobres toman cada vez más Coca-Cola y cada vez menos leche, y el tiempo de ocio se va haciendo tiempo de consumo obligatorio. Tiempo libre, tiempo prisionero: las casas muy pobres no tienen cama, pero tienen televisor, y el televisor tiene la palabra. Comprado a plazos, ese animalito prueba la vocación democrática del progreso: a nadie escucha, pero habla para todos. Pobres y ricos conocen, así, las virtudes de los automóviles último modelo, y pobres y ricos se enteran de las ventajosas tasas de interés que tal o cual banco ofrece.

Los expertos saben convertir a las mercancías en mágicos conjuntos contra la soledad. Las cosas tienen atributos humanos: acarician, acompañan, comprenden, ayudan, el perfume te besa y el auto es el amigo que nunca falla. La cultura del consumo ha hecho de la soledad el más lucrativo de los mercados. Los agujeros del pecho se llenan atiborrándolos de cosas, o soñando con hacerlo. Y las cosas no solamente pueden abrazar: ellas también pueden ser símbolos de ascenso social, salvoconductos para atravesar las aduanas de la sociedad de clases, llaves que abren las puertas prohibidas. Cuanto más exclusivas, mejor: las cosas te eligen y te salvan del anonimato multitudinario. La publicidad no informa sobre el producto que vende, o rara vez lo hace. Eso es lo de menos. Su función primordial consiste en compensar frustraciones y alimentar fantasías: ¿En quién quiere usted convertirse comprando esta loción de afeitar? El criminólogo Anthony Platt ha observado que los delitos de la calle no son solamente fruto de la pobreza extrema. También son fruto de la ética individualista. La obsesión social del éxito, dice Platt, incide decisivamente sobre la apropiación ilegal de las cosas. Yo siempre he escuchado decir que el dinero no produce la felicidad; pero cualquier televidente pobre tiene motivos de sobra para creer que el dinero produce algo tan parecido, que la diferencia es asunto de especialistas.

Según el historiador Eric Hobsbawm, el siglo XX puso fin a siete mil años de vida humana centrada en la agricultura desde que aparecieron los primeros cultivos, a fines del paleolítico. La población mundial se urbaniza, los campesinos se hacen ciudadanos. En América Latina tenemos campos sin nadie y enormes hormigueros urbanos: las mayores ciudades del mundo, y las más injustas. Expulsados por la agricultura moderna de exportación, y por la erosión de sus tierras, los campesinos invaden los suburbios. Ellos creen que Dios está en todas partes, pero por experiencia saben que atiene den las grandes urbes. Las ciudades prometen trabajo, prosperidad, un porvenir para los hijos. En los campos, los esperadores miran pasar la vida, y mueren bostezando; en las ciudades, la vida ocurre, y llama. Hacinados en tugurios, lo primero que descubren los recién llegados es que el trabajo falta y los brazos sobran, que nada es gratis y que los más caros artículos de lujo son el aire y el silencio.

Mientras nacía el siglo XIV, fray Giordano da Rivalto pronunció en Florencia un elogio de las ciudades. Dijo que las ciudades crecían «porque la gente tiene el gusto de juntarse». Juntarse, encontrarse. Ahora, ¿quién se encuentra con quién? ¿Se encuentra la esperanza con la realidad? El deseo, ¿se encuentra con el mundo? Y la gente, ¿se encuentra con la gente? Si las relaciones humanas han sido reducidas a relaciones entre cosas, ¿cuánta gente se encuentra con las cosas? El mundo entero tiende a convertirse en una gran pantalla de televisión, donde las cosas se miran pero no se tocan. Las mercancías en oferta invaden y privatizan los espacios públicos. Las estaciones de autobuses y de trenes, que hasta hace poco eran espacios de encuentro entre personas, se están convirtiendo ahora en espacios de exhibición comercial.

El shopping center, o shopping mall, vidriera de todas las vidrieras, impone su presencia avasallante. Las multitudes acuden, en peregrinación, a este templo mayor de las misas del consumo. La mayoría de los devotos contempla, en éxtasis, las cosas que sus bolsillos no pueden pagar, mientras la minoría compradora se somete al bombardeo de la oferta incesante y extenuante.

El gentío, que sube y baja por las escaleras mecánicas, viaja por el mundo: los maniquíes visten como en Milán o París y las máquinas suenan como en Chicago, y para ver y oír no es preciso pagar pasaje. Los turistas venidos de los pueblos del interior, o de las ciudades que aún no han merecido estas bendiciones de la felicidad moderna, posan para la foto, al pie de las marcas internacionales más famosas, como antes posaban al pie de la estatua del prócer en la plaza. Beatriz Solano ha observado que los habitantes de los barrios suburbanos acuden al center, al shopping center, como antes acudían al centro. El tradicional paseo del fin de semana al centro de la ciudad, tiende a ser sustituido por la excursión a estos centros urbanos. Lavados y planchados y peinados, vestidos con sus mejores galas, los visitantes vienen a una fiesta donde no son convidados, pero pueden ser mirones. Familias enteras emprenden el viaje en la cápsula espacial que recorre el universo del consumo, donde la estética del mercado ha diseñado un paisaje alucinante de modelos, marcas y etiquetas.

La cultura del consumo, cultura de lo efímero, condena todo al desuso mediático. Todo cambia al ritmo vertiginoso de la moda, puesta al servicio de la necesidad de vender. Las cosas envejecen en un parpadeo, para ser reemplazadas por otras cosas de vida fugaz. Hoy que lo único que permanece es la inseguridad, las mercancías, fabricadas para no durar, resultan tan volátiles como el capital que las financia y el trabajo que las genera. El dinero vuela a la velocidad de la luz: ayer estaba allá, hoy está aquí, mañana quién sabe, y todo trabajador es un desempleado en potencia. Paradójicamente, los shoppings centers, reinos de la fugacidad, ofrecen la más exitosa ilusión de seguridad. Ellos resisten fuera del tiempo, sin edad y sin raíz, sin noche y sin día y sin memoria, y existen fuera del espacio, más allá de las turbulencias de la peligrosa realidad del mundo.

Los dueños del mundo usan al mundo como si fuera descartable: una mercancía de vida efímera, que se agota como se agotan, a poco de nacer, las imágenes que dispara la ametralladora de la televisión y las modas y los ídolos que la publicidad lanza, sin tregua, al mercado. Pero, ¿a qué otro mundo vamos a mudarnos? ¿Estamos todos obligados a creernos el cuento de que Dios ha vendido el planeta unas cuantas empresas, porque estando de mal humor decidió privatizar el universo? La sociedad de consumo es una trampa cazabobos.

Los que tienen la manija simulan ignorarlo, pero cualquiera que tenga ojos en la cara puede ver que la gran mayoría de la gente consume poco, poquito y nada necesariamente, para garantizar la existencia de la poca naturaleza que nos queda. La injusticia social no es un error a corregir, ni un defecto a superar: es una necesidad esencial. No hay naturaleza capaz de alimentar a un shopping center del tamaño del planeta.


A mi me cuesta creerlo, se imaginan nacer sin ninguna expectativa de Vida.. Naces y lo único qe podes hacer es trabajar para "sobrevivir". ¿No aterra?
Yo no quiero un mundo así , y asi qiero empezar cambiandolo , qe la gente tome conciencia qe esas zapatillas recien compradas , relucientes, y qe son como una muestra de poder o superioridad, ya estan manchadas de mierda.La gente qe posee ese poder o superioridad no entiende, no le impora, De verdad qe cuando les cuento esta realidad a mis amigos dicen: ¿qe importa ? , o: qe se jodan.

Y de yapita


The big one.1997 (Documental Michael Moore)..Español..






Tras "Roger y yo", en el que el Michael Moore intentaba encontrar al presidente de la General Motors que acababa de cerrar una serie de fábricas, "The Big One" es una vuelta a Estados Unidos a la búsqueda de directores de grandes empresas que tienen unos beneficios considerables, pero en las que el trabajo cada vez es más precario.
El director se enfrenta a muchas dificultades para encontrar a los directivos, que siempre dicen no estar disponibles. Pero finalmente, podrá hablar con uno de ellos, Phil Knight, el presidente de Nike, una de las compañías americanas más prósperas. El encuentro será una sorpresa para ambos...

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