-Hola gente y bienvenidos a mi nuevo post!! hoy les dejo la historia de Teodora de Verdion y los problemas con los que tuvo que lidiar, espero que les guste!

Teodora Grahn, conocida como Caballero Juan Teodora de Verdion, nació en Alemania en 1744, dentro de un cuerpo femenino que parece haberse correspondido mal con su propia naturaleza. Era la única descendencia de un arquitecto que construyó varios edificios en la ciudad de Berlín, entre los que destaca la iglesia de San Pedro.
Como perdió a sus padres cuando contaba apenas seis años, fue una tía quien se ocupó de su educación en adelante. La inteligencia de Teodora se manifestó desde un principio, mostrando precoces habilidades para el lenguaje, y destacando después en el estudio de las matemáticas y los idiomas.
La tía falleció unos años después. Le dejaba una herencia suficiente para cubrir sus necesidades, y Teodora fue capaz de aumentar el capital mediante inversiones en bolsa.
Tenía poco más de veinte años cuando, después de una larga estancia en Prusia, a su regreso comenzó a adoptar atuendo masculino. Se hacía llamar “Barón de Verdion”, pero fue descubierta. Por entonces trabajaba como secretario del pedagogo y reformador Basedow. Al conocerse que era una mujer, comenzaron a difundirse toda clase de rumores maliciosos acerca de la relación entre ambos, encerrados a veces a solas durante días enteros. Esto perjudicaba enormemente la causa de Basedow, que se vio obligado a prescindir de ella.
Un día unos jóvenes la invitaron a una taberna y la emborracharon para proceder a comprobar su sexo sin oposición aprovechándose de su embriaguez. Teodora no puede soportar la humillación; no quiere permanecer más tiempo en Berlín, de modo que decide emigrar a Inglaterra. Corría el año 1770.
Al llegar a Londres se instala en una casa de Hatton Gardens. Siempre con identidad masculina, se ganaba la vida como traductor y profesor de alemán, francés e inglés. Su nombre era ahora “Doctor Juan de Verdion”. Su figura resultaba excéntrica, con una enorme peluca y un sombrero de dos picos que parecía demasiado grande para su cabeza. Los transeúntes contemplaban curiosos al doctor Juan caminando siempre apoyado en un bastón, con varios libros bajo un brazo y un paraguas bajo el otro aunque hiciera sol, una figura que no podía pasar desapercibida para la sátira. Era considerado una autoridad en libros antiguos, monedas y medallas, por lo que mucha gente le consultaba al respecto. De hecho, otra de sus fuentes de ingresos era la venta de libros, especialmente los escritos en lengua extranjera.
Tarjeta del Caballero Juan Teodora, conservada en la Biblioteca Británica
Al principio tuvo la fortuna de contar con el apoyo de una compatriota: la señora Swellemberg, que había llegado a Inglaterra entre el séquito de la reina. Se cree que ella le prestaba ayuda económica cuando no conseguía suficientes ingresos, lo que no ocurría siempre, ya que entre sus alumnos figuraron algunos nombres de relevancia en la sociedad inglesa. Uno de ellos fue William Cavendish-Bentinck el duque de Portland y futuro Primer Ministro, a quien enseñó alemán. Otro de sus discípulos fue el embajador de Prusia, que recibió lecciones de inglés, mientras que varios aristócratas británicos optaban por el francés. El mismísimo Edward Gibbon recurrió al doctor Juan para aprender alemán antes de visitar dicho país.
De vez en cuando Juan aparecía por la corte vestido con sus mejores galas y portando una magnífica espada que no le servía de gran cosa. En realidad era muy miedoso, y si tenía que regresar a casa cuando ya había oscurecido, no se atrevía a hacerlo solo. Una vez, mientras atravesaba Lincoln’s-inn-fields, se topó con unos hombres que corrían y pensó que se proponían atacarlo. Profirió un grito tan tremendo que congregó a una multitud a su alrededor. En otra ocasión unos jóvenes, conocedores de su debilidad y sospechando que se trataba de una mujer, decidieron gastarle una broma; lo siguieron desde la taberna y de pronto lo rodearon acusándole de haberles robado. Juan trató de justificarse y los remitió al dueño de la taberna de la que acababa de salir. Regresó allí con ellos, y el hombre, por supuesto, habló en su favor. Los bromistas fingieron encontrar satisfactorias las explicaciones y se fueron sin más, cumplido su objetivo de asustarlo.
También era frecuente verlo en las subastas de libros, en las que siempre solía comprar viejos volúmenes. Luego los llevaba a algún librero y obtenía un beneficio cambiándolos por otros o simplemente vendiéndoselos más caros.
A pesar de haber contado con personas de calidad entre sus alumnos, la reputación del doctor Juan no era muy buena, porque frecuentaba las tabernas y, aunque exquisito en sus apetencias culinarias, se entregaba a un consumo inmoderado tanto en la comida como en la bebida. Un amigo contaba que una vez lo había visto devorar 18 huevos y una cantidad proporcional de bacon. En cuanto al alcohol, en una ocasión ingirió tanto que tuvo que ser conducido de regreso a casa por dos personas que la dejaron acostado en su cama. No llegaron a desnudarlo por completo, pero para entonces ya muchos sospechaban que el doctor era una mujer. Una noche varios caballeros expresaron incluso su intención de abandonar la taberna si el doctor Juan no era expulsado de inmediato, pues estaban seguros de que se trataba de una mujer disfrazada. Teodora replicó con un juramento y los llamó sinvergüenzas
Nunca permitía que nadie entraba en su habitación; ni siquiera admitía servidores, y se ocupaba personalmente de la limpieza. Parece ser que esas eran las únicas ocasiones en las que adoptaba un atuendo femenino.
Sus finanzas comenzaron a ir mal. Su amigo el tabernero le ofreció hacer una colecta para ayudarla, pero ella se ofendió y respondió que si quisiera podría recurrir a los personajes más importantes del reino. Sin embargo tuvo que acabar tragándose su orgullo y aceptando sumas de diversos caballeros. Como ya no podía pagarse las comilonas de antaño, se presentaba en casa de los amigos para que la invitaran a comer, haciéndoles toda clase de promesas de devolverles el favor y recordarlos en su testamento.
Teodora murió en junio de 1802 a consecuencia de un cáncer de mama, o de un edema relacionado con la enfermedad. Fue enterrada en el cementerio de San Andrés, en Holborn. Tenía tal pavor a que la sepultaran viva que en su última voluntad dejó escrito su deseo de no ser enterrada hasta pasados ocho días de su muerte.
Había hecho testamento como “Juan de Verdion, también llamado Teodora, profesor de idiomas de Upper Charles Street Hatton Garden”, y en él legaba todas sus posesiones al señor Denner, el dueño de la taberna en la que solía cenar. Lamentablemente el tabernero demostró poca sensibilidad hacia sus preciados libros, monedas y medallas. Nunca más se supo de la gran colección de monedas de oro y plata, ni tampoco de la espada del Caballero Teodora.
-Bueno gente eso fue todo, Gracias por pasar
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