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asesino serial: Burke Y Hare: (Traficantes de cadaveres)1827

Info3/14/2017
Burke Y Hare: (Traficantes de cadaveres)
asesino serial: Burke Y Hare: (Traficantes de cadaveres)1827

Estamos en los albores de la medicina que conocemos hoy en día, las facultades de medicina están atestadas de estudiantes que esperan poder labrarse un futuro dentro de una sociedad en la que cada vez es más necesario que haya médicos. La medicina era privada y un médico reputado podía ganar mucho dinero. Toda esa cantidad de estudiantes se ven en la necesidad de tener que practicar con cuerpos humanos, hay que saber por donde cortar, deben conocer perfectamente la colocación de todos los órganos. Desde Enrique VIII los cirujanos tenían una especie de prevenda por la cual tenían a su disposición hasta 4 cuerpos para poder trabajar, pero pasados los años y los siglos, estos querían, necesitaban, más cuerpos hasta que se tuvo que ilegalizar esta práctica, y fue en 1788 cuando las prohibiciones dieron paso a la clandestinidad. Los propios médicos tasaron los cuerpos en unas 7 libras (el sueldo mensual de un peón era de una libra), si bien este precio dependía mucho de la calidad del cuerpo. No se pagaba igual el cuerpo de un niño que se pagaban un par de guineas, que el de un adulto fuerte y grande. En las universidades había una media de 500 alumnos, los cuales tenían que mutilar una media de 2 cadáveres por año, así que la cantidad de cuerpos que se necesitaban eran muy importantes. A principios del siglo XIX había bandas organizadas que se dedicaban a ir por cementerios robando los cuerpos que acaban de fallecer (un dato importante es que un cuerpo tarda unos tres días en empezar a descomponerse, después de ese tiempo queda inservible). Hasta 1832 que se dedicó a poner policías en los cementerios, fue terrible la cantidad de cuerpos que se robaban de los cementerios. Había patrullas de familiares guardo el cuerpo sin vida de su ser queridos durante días hasta saber que le cuerpo se había descompuesto para que no lo robaran. Hasta los boxeadores de la época, pagaban cifras astronómicas para que sus cuerpos se enterraban a 6 y 7 metros de profundidad para que no se pudieran desenterrar. Era pavor lo que sucedía en aquellos cementerios con esos ladrones de tumbas. De hecho el propio Charles Dickens o Walter Scott hablaron de esto en sus libros. Con todo lo que se pagaba por esos cuerpos era muy difícil que conseguir que las bandas no robasen y se enriqueciesen con estas prácticas, además que tipo de pena se podía poner cuando no había ningún tipo de crimen por medio, simplemente robaban cuerpos sin vida para “donarlos” a la ciencia. A partir de 1832 ya sí hubo penas muy fuertes para este tipo de actos, pero antes era una práctica muy común.

En este contexto es donde se desarrolla nuestra historia que si bien parece estrafalaria y digna de un cuento de ciencia ficción, es totalmente real.

Se ha dicho que estos de estos tipos que fueron los precursores de de Jack de Destripador, y que si hubiesen emprendido sus fechorías en el Londres victoriano habrían superado en celebridad al mutilador victoriano. Pero los crímenes no se cometieron en aquel maravilloso Londres, sino en Escocia y el origen de los asesinos no era inglés, sino norirlandés. Además, al contrario que nuestro amigo Jack, en el que buscaba notoriedad, escándalo y terror, los asesinatos cometidos por estos individuos no denotaban ostensible intención de escandalizar –no se descubrían cadáveres destripados yaciendo sobre las aceras– sino que en vez de desembarazarse de los cadáveres de sus víctimas los vendían a la facultad de medicina de la universidad de Edimburgo donde un tercer personaje, el doctor Robert Knox, los adquiría codiciosamente, para utilizarlos en sus clases de anatomía: esos curiosos cuerpos sin vida que cada día parecían más frescos.


William Burke (1792-1829) y su compañero William Hare eran dos jóvenes que habían llegado, cada uno por su lado, a la ciudad escocesa de Edimburgo procedentes de Ulster, Irlanda del Norte, en el año 1818. Ambos hombres trabajaron como brazeros, peón en el muelle por un mísero sueldo que no les daba ni para pagar la pensión donde se hospedaban.

Burke conocería en una taberna a su futuro socio Hare y a la esposa de éste, Margaret Log, corría el año 1827, y a partir de ese encuentro el matrimonio lo invitó a quedarse a vivir en la casa de huéspedes que por aquel entonces regentaba Margaret, la “Log Lodging”. A su vez Burke encontró una novia, una chica de nombre Helen Mc Dougal. En esa pensión se hablaba mucho y se bebía, se bebía muy buen whisky. Al calor de la chimenea se maldecía el trabajo de peón y lo poco que se ganaba, no se podía hacer nada con ese sueldo tan exiguo.

Un día Hare le habló de Burke de la posibilidad de robar cadáveres, era un trabajo sencillo, él conocía médicos que pagaban buenas sumas de dinero, y además no había nada malo en ello, no había que matarlos, ya estaban muertos. Y la idea les gustó tanto que empezaron a pensar en un plan, con tan buena suerte que una noche se encontraron con algo que les cambiaría su destino. Un huésped de la Log Lodging, llamado Desmond, sufrió hidropesía (retención de líquidos) y falleció. El pobre Desmond no tenía a nadie, así que Hare pensó que no podían enterrarlo, que lo mejor era llevárselo a un médico amigo suyo. El nombre de aquel médico era Robert Knox, un tipo que quería abrirse paso en la profesión y estaba dispuesto a pagar muy bien por un cadáver. Así que sin dudarlo, envolvieron el cuerpo sin vida de Desmond y al calor cómplice de la neblina nocturna se lo llevaron al doctor Knox.


El galeno quedó muy satisfecho del cuerpo grande y voluminoso de Desmond, así que el pago embolsado por los traficantes se elevó a la suma de siete libras esterlinas y diez chelines, cantidad nada despreciable teniendo en cuenta lo que ganaban en el muelle trabajando. No se podían creer lo fácil que había sido, además el médico los invitó a que entregaran más cuerpos. El cementerio de Edimburgo había sido expoliado, una torre con vigías vigilaba noche y día para que los saqueadores no se llevaran los cuerpos, así que la posibilidad de que dos novatos entraran ahí se hacía imposible. Pensaron en que si no podía acceder al cementerio tendrían que salir a buscar los cuerpos, estaban seguros que en aquellas calles había muchísima gente que no tenía a nadie, que nadie les iba a echa en falta, borrachos, prostitutas, mendigos. Así que empezaron a trazar un plan para matar a alguien, pero sin provocarle daños, ya que el cuerpo tenía que estar intacto. Y desde luego nadie podía saber que habían sido asesinados.

Después de mucho pensar, llegaron a la conclusión que el molinero Joseph podía ser una víctima perfecta, vivía solo, era humilde y nade le echaría de menos. Le invitaron a la pensión y le dieron a beber el mejor whisky. Cuando estuvo totalmente borracho, Hare se acercó y empezó a asfixiarlo, pero fue William Burke quien lo quitó la vida asfixiándolo con un almuadón. Esta maniobra de estrangulación pasaría a la historia forense con el calificativo del “Método Burke”. A Joseph lo acompañaría en fatídico destino un inglés oriundo de Cheshire que también tuvo la desgraciada idea de enfermarse en el interior del tenebroso hospedaje. Hare hizo llamar a Burke, quien rápidamente asistió a la habitación del debilitado convaleciente y le aplicó el mismo riguroso mecanismo de ahogamiento. Los cadáveres eran transportados rápidamente hasta el consultorio del cirujano Knox, quien a pesar de la curiosidad que le surgía al ver aquellos cuerpos aun calientes, pagaba a los dos amigos sin ningún tipo de objeción.

El siguiente asesinato no fue cometido dentro de la pensión sino en la vivienda de Constantine Burke, hermano de William, y se llevó a efecto contra una meretriz adolescente de apenas quince años llamada Mary Patterson, a la cual William Burke abordó en un bar y luego invitó pasar la velada en la casa de su hermano, la cual se hallaba vacía en aquel momento. Allí la emborrachó con facilidad, y tras ello procedió a asfixiarla igual que hiciera con los otros hombres. Más tarde, se dijo que uno de los estudiantes de Knox había reconocido a la difunta Patterson.


asesinos seriales
Patersen, Dibujo de la epoca


La siguiente víctima fue una conocida de Burke, una mendiga llamada Effie. Les pagaron 10 libras por su cuerpo. Más tarde Burke “salvó” a una mujer ala que la policía iba a detener afirmando que la conocía. Envió su cuerpo a la Escuela de Medicina apenas unas horas más tarde. Las siguientes víctimas fueron una anciana y su nieto. Ambos cuerpos fueron vendidos por 8 libras cada uno. Les siguieron una conocida de Burke, la señora Ostler, y un miembro de la familia de Helen, Ann McDougal.

La siguiente víctima fue Elizabeth Haldane, una antigua inquilina que en un momento de necesidad pidió a Hare que le permitiera dormir en su establo. Burke y Hare también mataron a su hija Peggy Haldane unos meses más tarde.

Jamie Wilson (“el Bobo Jamie”) era un muchacho que contaba con diecinueve años, muy corpulento pero afectado por una incapacidad mental. El chico fue recogidos por los dos asesinos mientras mendigaba. Unos días antes, después de una discusión con su madre, se escapó de casa y acabó mendigando por las calles de Edimburgo. La esposa de Burke ayudó en lograr que el chico aceptara acudir a la pensión a cambio de unos tragos. Minutos después la tirante sábana diestramente manejada por las expertas y fuertes manos de William Burke comenzaría a operar en torno al cuello del chico, este intentó defenderse per al final acabó sucumbiendo al ahogamiento de Burke. Al verlo tumbado en la camilla de disección varios estudiantes lo reconocieron lo cual llevó al cirujano y a sus ayudantes a apresurar la disección antes de que los rumores se expandieran atrayendo a la policía hasta el pabellón quirúrgico.

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Jamie, dibujo de la epoca

La última víctimas fue la anciana Marjorie Campbell Docherty quien llegó a Escocia procedente de Irlanda en busca de un hijo perdido. Había ido a la taberna donde Burke bebía un whisky tras otro, y preguntó a los parroquianos sobre el paradero de aquel hijo, a la vez que pedía limosna. Fingiendo caridad, el asesino la invitó a pernoctar en el hospedaje y la condujo allí dejándola en compañía de su mujer. Era la noche de Halloween de 1828. En aquella oportunidad se hallaba también en la pensión el soldado James Gray, ocupante de una de las habitaciones, junto con su familia. Al cabo de una alegre velada, donde no escaseó el baile ni el licor, los traficantes le solicitaron al miliciano si podía dormir en casa de Hare para que la anciana pudiese dormir aquella noche cómoda en el cuarto por él alquilado. Gray accedió a la noble petición. A la mañana siguiente Ann Grey volvió al alojamiento cedido para llevarse unas ropas de sus hijos, pero fue interceptada por Burke quien no la dejó entrar. La señora intuyó que algo andaba mal pues la actitud del hombre le resultó visiblemente sospechosa. Burke estaba borracho y parecía muy alterado, así que la esposa del soldado simuló retirarse, y aguardó oculta afuera hasta asegurarse que el sujeto salía en busca de más whisky. Sin nadie a la vista, revisó el dormitorio comprobando que se hallaba sumido en completo desorden. Al levantar unas mantas sospechosamente manchadas descubrió, para su horror, que bajo las mismas yacía el destrozado cadáver de Mary Docherty. Alarmada ante los gritos de espanto proferidos por la mujer acudió Helen McDougal, quien ofreció pagarle diez libras esterlinas semanales a cambio de no informar del macabro hallazgo a la justicia. Aún sin reponerse, y entre estupefacta e indignada, Ann Gray salió a todo correr rumbo a la policía.

y hare
Docherty, dibujo de la epoca.


William Burke y su mujer fueron interrogados esa misma tarde, y aunque se habían deshecho de los restos mortales de la anciana, una denuncia anónima comunicó a las fuerzas del orden el sitio exacto donde se localizaba el cadáver de la anciana en Surgeons Square donde se encontraba el Dr. Knox. Muy pronto se atrapó a William Hare y a Margaret Log aunque, insólitamente, este matrimonio logró salvar su pellejo llegando a un acuerdo con el fiscal y acusando a su socio de constituir el exclusivo responsable de todos los delitos. No obstante, estos cómplices a la larga no saldrían tan bien librados. La taberna y pensión de la mujer fueron destruidas por los indignados vecinos y ella se vio forzada a escapar con destino desconocido. Peor suerte tuvo William Hare que tras haber emigrado de Escocia hacia Gran Bretaña, y mientras trabajaba en una fábrica de Londres, algunos obreros lo reconocieron como el execrable profanador y decidieron hacer justicia por mano propia. Lo cargaron en vilo y lo lanzaron dentro de un contenedor repleto de cal viva, agresión que le provocó quemaduras tan severas que de resultas de ellas perdería la vista. Concluyó sus días ciego, y varios testigos lo reconocieron deambulando por las aceras de Edimburgo convertido en pordiosero. Murió en 1860.

En cuanto atañe al cirujano Robert Knox, nadie le creyó en sus protestas de desconocer la verdadera procedencia de los cadáveres y de haberlos comprado en beneficio del progreso de la medicina. Aún cuando consiguió eludir la aplicación de cargos penales quedó sumamente desprestigiado. Una colérica multitud atacó a pedradas su residencia, y la policía lo salvó por poco del linchamiento. Meses más tarde se vio obligado a huir deshonrado de la ciudad, y pasó a ejercer su profesión oscuramente en la localidad de Hackney, donde falleció en el año 1862.


El proceso judicial contra los Burke tuvo su apertura el 24 de diciembre de 1828 y a Helen McDougal, la esposa de Burke, se le impuso pena de muerte. Apeló y le conmutaron la condena logrando salir tiempo libre más adelante bajo una nueva identidad para evitar la venganza pública. En cuanto atañe al ejecutor William Burke, terminó resultando el gran perdedor dentro de la banda criminal pues se lo condenó a morir en el patíbulo por 16 crímenes. Fue colgado la tarde del 28 de enero de 1829 en la plaza pública con una horca corta, de hecho estuvo pataleando durante minutos ante la atenta mirada de sus vecinos. Su cuerpo, como no podía ser de otra manera, terminó diseccionado públicamente en la Escuela de Medicina de Edimburgo. Con su piel se hicieron bolsos que costaban 1 chelín. Su esqueleto, máscara mortuoria y los objetos hechos con su piel, se encuentran expuestos en el museo de la escuela de Medicina de Edimburgo.

1827
Mascaras mortuorias de ambos.
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