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Los Nuevos Porteños: Inmigrantes nos Roban la Patria


Argentina es el país de Latinoamérica con más extranjeros. De dónde vienen, qué hacen y qué barrios eligen. La inmigración del Siglo XXI.

inmigrantes


Sobre el piso de tierra, el lunes 12 de septiembre en Senegal, un hombre degüella con un cuchillo sagrado a un macho que había elegido del rebaño. Seis días después, a más de siete mil kilómetros de Dakar, el cordero llegó trozado a una casa de Buenos Aires y espera la cocción en el freezer. Allí un grupo de senegaleses celebrará la Fiesta del Sacrificio. Pertenecen a la etnia djiola y muchos de los que se reunieron venden bijouterie, gorras y anteojos en Once. Otros son comerciantes y algunos estudian en la universidad. Hay música de tambores. Ellas llevan sus vestidos corte sirena traídos de Guinea. Ellos, sus trajes bou bou.

senegaleses


A partir de 2004, luego de ser sancionada la Ley Migratoria –la 25.871, que hace responsable al Estado de regularizar la situación, y de garantizar el acceso a la salud y educación de los inmigrantes–, muchos extranjeros eligen la Ciudad de Buenos Aires como destino para trabajar, estudiar, probar suerte, armar su familia.

coreanos


De acuerdo a datos de la Subsecretaría porteña de Derechos Humanos y Pluralismo Cultural, más de 60 colectividades conviven en la Ciudad. La colombiana tuvo un crecimiento exponencial: 200% más desde 2008. Unos 15 mil colombianos habitan suelo argentino y la mayoría, el de Buenos Aires. Unos 6 mil dominicanos llegaron en la última década y marcan su presencia con peluquerías y bares. Ese entramado social que construyeron anima a otros dominicanos a instalarse aquí. En 2001, la estadística indicaba que había 1.883 africanos viviendo en capital. Hoy son 5 mil, la mayoría de Senegal. Unos 25 mil coreanos residen en la Ciudad.

coreanos en argentina


Coreanos. “Algunos nos ponen el apodo ‘chinitos’”. Un tramo de Carabobo, entre Eva Perón y Castañares, se llama Corea. Y a la periferia la llaman de muchas formas: Pequeña Corea, Coreatown. O baek-gu, cuya pronunciación es “beku” y significa un número, el 109. Resulta que los coreanos recién llegados no sabían dónde quedaba el barrio de sus paisanos así que se guiaban por el recorrido del colectivo 109, que hace muchos años tenía una parada en Carabobo y Castañares. En el Bajo Flores venden jugo de aloe vera, hay karaokes, templos, videoclubs, panaderías típicas, bazares.

manteros


Los primeros coreanos llegaron desde el sur de su país, hacia el año 1965, luego de la guerra que dividió a la península en dos. La afluencia más notable fue en los noventa, cuando Corea del Sur experimentó una fuerte recesión.

manteros once


La comunidad coreana mantiene sus costumbres. Cada vez que entran en sus casas se quitan el calzado. La guarnición en las comidas es arroz y sopa, que se sirven en bowls individuales y no se comparten, al igual que los cubiertos. A los mayores los saludan con una reverencia y, si tienden la mano, el menor toma la manga de lo que lleve puesto para recoger la tela. En los casamientos regalan dinero a los novios, en tanto que el plato principal es fideos.

portenos


Nuripae Samulnori, el grupo de percusión, está formado por ocho músicos de no más de 25 años, que tocan instrumentos tradicionales: chang–gu, buk, jing, kweng ari. La mezcla de sonidos forma “la tormenta perfecta”: representan la lluvia, las nubes, el viento y los truenos. Están confeccionados en metal y cuero –de vaca, caballo o perro–, y en Corea los campesinos los tocaban al finalizar la cosecha: era una forma de agradecer la siega y de pedir que la próxima fuera buena.

patria


"La discriminación surge del desconocimiento", dice Moustafa Sene, presidente de la Asociación de Residentes Senegaleses en Argentina.


Los Nuevos Porteños: Inmigrantes nos Roban la Patria


Senegaleses. “Comemos con las manos: es nuestra forma de compartir” El pasillo de la casa de Abba está pintado de tres colores: una pared es verde, la de enfrente es roja y el techo, amarillo. Tres bandas que identifican los colores de la bandera de su país, Senegal. Abba tiene los ojos negros como pulpas de uva. En el fondo hay una huerta en la que todos trabajan con esmero. Han sembrado menta, maíz, tomate y Oseille, una planta que florece en el trópico y con cuya fruta se hace un jugo. Pero aquí, en Sarandí, la flor no sale. Usan las hojas de la planta para servir como guarnición junto al arroz. Las mujeres están en la cocina, preparando el cordero que servirán para celebrar su fiesta más importante, la del Sacrificio. Los varones, vestidos con sus trajes largos, miran un partido de fútbol en el televisor.

inmigrantes


Según el registro de Migraciones en 2015, nueve senegaleses tramitaron la radicación permanente en la Ciudad. A julio del año pasado iban 763. De los cinco mil residentes africanos, 1.500 vinieron desde Senegal. Moustafá Sene llegó en 2007, estudia Derecho en la UBA y es el presidente de Asociación de Residentes Senegaleses en Argentina. “Entre 2007 y 2012 hubo un gran oleada. La ley migratoria hace que Argentina sea un país seguro. Los senegaleses somos migrantes económicos. Para nosotros, salir del país es un proyecto de vida y creemos que migrar es un derecho humano”, había dicho Moustafa, unos días antes de este festejo, durante una charla en la facultad de Ciencias Sociales.

senegaleses


En los setenta, hubo una migración interna en Senegal: los campesinos se mudaban a las grandes ciudades en busca de empleo porque el monocultivo de maní agotó la tierra. Hacia los noventa, dejaron su país y probaron suerte en Canadá y los Estados Unidos. Ahora el destino es Sudamérica, sobre todo Brasil y Argentina. Los senegaleses llegan a Buenos Aires con una experiencia interétnica e interreligiosa pacífica, sin haber vivido golpes de Estado. Mientras otras colectividades se mimetizan con “lo porteño”, ellos no se mezclan: viven, comen, trabajan y rezan juntos.

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Quienes migran son hombres jóvenes y eso tiene una explicación: ser migrante, en Senegal, otorga cierto estatus social. Trasladarse a otro país para mejorar económicamente es un proyecto familiar que implica ahorrar durante un tiempo. El viaje es largo y peligroso. Compran un pasaje a España, allí abordan otro avión con destino Ecuador, y luego viajan por tierra hasta Buenos Aires. En el trayecto despliegan toda su red de ayuda: un pasamanos de parientes, amigos o conocidos que los alojan, les dan de comer o les consiguen su primer trabajo. Los senegaleses giran dinero cada mes a su familia. Esa remesa es un aporte importante al PBI de Senegal: el 11,7% según el Banco Mundial. Las mujeres esperan poder casarse con un migrante. Y los que ya contrajeron matrimonio, mantienen un vínculo trasnacional.

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“¿Por qué estamos en la calle? ¿Por qué vendemos todos lo mismo? La respuesta es otra pregunta: ¿Cómo hacés para migrar y al día siguiente conseguir un trabajo formal? Cada uno arranca con lo que le parece más accesible. Venta ambulante, de verduras, de vendedores en locales. Muchos consiguen trabajos formales, se inscriben en la universidad, aprenden oficios”, explica Moustafa, en un español poco sinuoso. El entiende la extrañeza del porteño cuando le recuerdan que a una zona de Once ya le dicen “la pequeña Dakar”: “La discriminación surge del desconocimiento. Como cuando decimos que somos musulmanes: enseguida lo asocian con terrorismo”.

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