Esta es la segunda parte del relato de una periodista salvadoreña que adquirió el síndrome de Guillian Barré.
Ese día amanecí en el Hospital General con la única esperanza que la inmunoglobulina que me introdujeron me hiciera efecto.
Cuando te ataca el Guillian Barré es poco o nada lo que puedes hacer. Lo peor es que estás inmovilizada, dominada por calambres y hormigueos. No tienes control de tu cuerpo.
Hay momentos en que te sientes nada. No se puede ir al baño. No puedes hacer más que estar en una cama. Eres dependiente de todo. Tal vez lo único que se puede hacer es rezar una oración para que el síndrome ceda y los nervios de tu cuerpo se restituyan.
Te pasas los días mirando hacia el poco horizonte que tienes al frente. Hay días malos. Otros mejores. Pero lo más importante es no perder la fe.
Cuando llegaban a visitarme los familiares, algunos días intentaban que me moviera. Pero, no podía poner en movimiento ni siquiera los dedos. Llevaba conmigo una verdad: estaba totalmente paralizada. Y eso es lo peor que puedes percibir. Pareciera que tu cerebro no manda. No recibe órdenes. No tienes control de nada.
Cuando trataba de encontrar una respuesta entre los médicos del hospital solo me decían que debía esperar doce días para que el tratamiento de inmunoglobulina haga efecto. Por vía intravenosa te ponen seis botes al día. Y te hacen eso por seis días ininterrumpidos.
Si no ocurre nada, se vuelve a empezar. Es tedioso. Pero no debes rendirte, de lo contrario el síndrome no te deja una sola esperanza.
La situación del sistema de salud en El Salvador es tan endeble que un médico, uno de esos días que, gracias a Dios, había llegado al Hospital General porque en otros centros médicos no existe ya la inmunoglobulina.
Yo me afligía porque siempre me decían que el tiempo para vencer el Guillian Barré es de seis meses. Cuando escuchas eso y no puedes ni mover un dedo, te sientes derrotado. Miras el final del camino demasiado largo.
A los doce días, posiblemente porque las primeras dosis de la medicina no me hacían nada, me pasaron a otro hospital del Seguro Social: el de Planes de Renderos.
Ahí al menos me daban, todos los días, terapia física. También me dieron terapia ocupacional y asistencia sicológica.
Incluso, me ayudaron con terapia de lenguaje. Tengo que agradecer siempre que ahí no me dejaron sola enfrentando mi padecimiento.
Eso me ayudó a soportar la enfermedad. Tanto que, como a las seis semanas de haberse comprobado la enfermedad, pude pararme con la ayuda de la gente del hospital.
Esta enfermedad es dura, grotesca. Llevo ya tres meses de lucha y todavía puedo hacer todas las cosas que hacía antes. No tengo suficientes fuerzas. Pero sí mucho empeño y ganas de luchar.
Ahora puedo pararme y medio caminar; pero, aunque dejé el hospital el 1 de septiembre, aún llevo la enfermedad adentro. No estoy curada y eso lo sé.
Mientras estuve en el hospital conocí a gente que sufrió la misma enfermedad. Gente con hijos, gente que llevaba seis meses en malas condiciones. Vi personas con seis meses de postración y ni siquiera podía intentar caminar.
A una de ellas, de unos 40 años, le dio el Guillian Barré. Lo atacó tan fuerte que pasó en coma como dos meses. Cuando despertó estaba en terribles condiciones.
Otra mujer, que llegó después de mí al hospital, murió por la enfermedad. Por eso es que al abandonar el centro médico le di gracias a Dios que mi cuerpo podía recuperarse más rápido que el de otras personas. Aunque salgas caminando con bastón, ya eso es un éxito en tu vida.
Sobre la enfermedad
Pude leer sobre la enfermedad que poseo. Sé que es un problema de salud grave. Sucede cuando el sistema de defensa del cuerpo (sistema inmunitario) ataca parte del sistema nervioso por error. Eso provoca que los nervios se inflamen y ante eso se produce debilidad muscular, parálisis u otros síntomas.
Es decir, el sistema inmunitario del cuerpo se ataca a sí mismo. Es una especie de canibalismo. Dicen los médicos que las causas exactas de esa locura se desconoce. Es más común que se produzca después de los 30 años. Yo tengo 33 años.
Pero, yo sé lo que me pasó. A mí me dio Chikungunya y después Zica. Supongo que las dos enfermedades, o quizá la última, volvió loco mi sistema inmunológico.
El síndrome de Guillian Barré daña parte de los nervios. Ese daño a los nervios es el que causa el hormigueo que siempre se siente. El hormigueo es, a la vez, causa de debilidad muscular y parálisis.
Los síntomas del mal pueden empeorar de manera muy rápida. Los síntomas más graves pueden aparecer en horas, como me ocurrió a mí. La parálisis afecta a ambos partes del cuerpo. Es brutal, ataca todo. Ese ataque no te perdona.
Si se afecta los nervios del tórax, se puede tener dificultad al respirar. Por eso los médicos me preguntaban si podía respirar bien o no, desde que llegué al hospital. Si eso sucede, está en riesgo tu vida.
Regreso a casa
Mi regreso a casa fue más duro de lo que esperaba. Vivo sola con mi mamá. Nos acostumbramos a tener vidas independientes. Ella hace su trabajo. Yo hago el mío.
Lo más duro es saber que no soy lo que era antes. Pero ambas estamos en proceso de ajustarnos. Yo vi gente que quedó ciega por esta enfermedad, vi casos peores, durísimos.
La enfermedad ataca más fuerte en los hemisferios derechos. El izquierdo queda más débil. Esas son cosas con las que uno debe lidiar.
Uno de los médicos me dijo que las mujeres de 30 a 40 años somos las más expuestas a este mal.
Todavía llevo a un poco de la enfermedad encima. Todavía no puedo ir a mi trabajo. Estoy como cuando era niña. Debo volver a comenzar a hacer cosas.
Ese día amanecí en el Hospital General con la única esperanza que la inmunoglobulina que me introdujeron me hiciera efecto.
Cuando te ataca el Guillian Barré es poco o nada lo que puedes hacer. Lo peor es que estás inmovilizada, dominada por calambres y hormigueos. No tienes control de tu cuerpo.
Hay momentos en que te sientes nada. No se puede ir al baño. No puedes hacer más que estar en una cama. Eres dependiente de todo. Tal vez lo único que se puede hacer es rezar una oración para que el síndrome ceda y los nervios de tu cuerpo se restituyan.
Te pasas los días mirando hacia el poco horizonte que tienes al frente. Hay días malos. Otros mejores. Pero lo más importante es no perder la fe.
Cuando llegaban a visitarme los familiares, algunos días intentaban que me moviera. Pero, no podía poner en movimiento ni siquiera los dedos. Llevaba conmigo una verdad: estaba totalmente paralizada. Y eso es lo peor que puedes percibir. Pareciera que tu cerebro no manda. No recibe órdenes. No tienes control de nada.
Cuando trataba de encontrar una respuesta entre los médicos del hospital solo me decían que debía esperar doce días para que el tratamiento de inmunoglobulina haga efecto. Por vía intravenosa te ponen seis botes al día. Y te hacen eso por seis días ininterrumpidos.
Si no ocurre nada, se vuelve a empezar. Es tedioso. Pero no debes rendirte, de lo contrario el síndrome no te deja una sola esperanza.
La situación del sistema de salud en El Salvador es tan endeble que un médico, uno de esos días que, gracias a Dios, había llegado al Hospital General porque en otros centros médicos no existe ya la inmunoglobulina.
Yo me afligía porque siempre me decían que el tiempo para vencer el Guillian Barré es de seis meses. Cuando escuchas eso y no puedes ni mover un dedo, te sientes derrotado. Miras el final del camino demasiado largo.
A los doce días, posiblemente porque las primeras dosis de la medicina no me hacían nada, me pasaron a otro hospital del Seguro Social: el de Planes de Renderos.
Ahí al menos me daban, todos los días, terapia física. También me dieron terapia ocupacional y asistencia sicológica.
Incluso, me ayudaron con terapia de lenguaje. Tengo que agradecer siempre que ahí no me dejaron sola enfrentando mi padecimiento.
Eso me ayudó a soportar la enfermedad. Tanto que, como a las seis semanas de haberse comprobado la enfermedad, pude pararme con la ayuda de la gente del hospital.
Esta enfermedad es dura, grotesca. Llevo ya tres meses de lucha y todavía puedo hacer todas las cosas que hacía antes. No tengo suficientes fuerzas. Pero sí mucho empeño y ganas de luchar.
Ahora puedo pararme y medio caminar; pero, aunque dejé el hospital el 1 de septiembre, aún llevo la enfermedad adentro. No estoy curada y eso lo sé.
Mientras estuve en el hospital conocí a gente que sufrió la misma enfermedad. Gente con hijos, gente que llevaba seis meses en malas condiciones. Vi personas con seis meses de postración y ni siquiera podía intentar caminar.
A una de ellas, de unos 40 años, le dio el Guillian Barré. Lo atacó tan fuerte que pasó en coma como dos meses. Cuando despertó estaba en terribles condiciones.
Otra mujer, que llegó después de mí al hospital, murió por la enfermedad. Por eso es que al abandonar el centro médico le di gracias a Dios que mi cuerpo podía recuperarse más rápido que el de otras personas. Aunque salgas caminando con bastón, ya eso es un éxito en tu vida.
Sobre la enfermedad
Pude leer sobre la enfermedad que poseo. Sé que es un problema de salud grave. Sucede cuando el sistema de defensa del cuerpo (sistema inmunitario) ataca parte del sistema nervioso por error. Eso provoca que los nervios se inflamen y ante eso se produce debilidad muscular, parálisis u otros síntomas.
Es decir, el sistema inmunitario del cuerpo se ataca a sí mismo. Es una especie de canibalismo. Dicen los médicos que las causas exactas de esa locura se desconoce. Es más común que se produzca después de los 30 años. Yo tengo 33 años.
Pero, yo sé lo que me pasó. A mí me dio Chikungunya y después Zica. Supongo que las dos enfermedades, o quizá la última, volvió loco mi sistema inmunológico.
El síndrome de Guillian Barré daña parte de los nervios. Ese daño a los nervios es el que causa el hormigueo que siempre se siente. El hormigueo es, a la vez, causa de debilidad muscular y parálisis.
Los síntomas del mal pueden empeorar de manera muy rápida. Los síntomas más graves pueden aparecer en horas, como me ocurrió a mí. La parálisis afecta a ambos partes del cuerpo. Es brutal, ataca todo. Ese ataque no te perdona.
Si se afecta los nervios del tórax, se puede tener dificultad al respirar. Por eso los médicos me preguntaban si podía respirar bien o no, desde que llegué al hospital. Si eso sucede, está en riesgo tu vida.
Regreso a casa
Mi regreso a casa fue más duro de lo que esperaba. Vivo sola con mi mamá. Nos acostumbramos a tener vidas independientes. Ella hace su trabajo. Yo hago el mío.
Lo más duro es saber que no soy lo que era antes. Pero ambas estamos en proceso de ajustarnos. Yo vi gente que quedó ciega por esta enfermedad, vi casos peores, durísimos.
La enfermedad ataca más fuerte en los hemisferios derechos. El izquierdo queda más débil. Esas son cosas con las que uno debe lidiar.
Uno de los médicos me dijo que las mujeres de 30 a 40 años somos las más expuestas a este mal.
Todavía llevo a un poco de la enfermedad encima. Todavía no puedo ir a mi trabajo. Estoy como cuando era niña. Debo volver a comenzar a hacer cosas.