La periodista de diario Colatino, Carol Estrada, narró a su colega de este periódico digital, los trastornos de padecer Guillain Barré. Así nació este conmovedor relato.
Ese día sentí que la mandíbula se me dormía. Tenía un cosquilleo extraño. No me dolía pero algo me sucedía. Era un día de junio y cubría una actividad del Presidente de la República, Salvador Sánchez Cerén.
Pensé que la mandíbula se me dormía porque estaba muy estresada. Había dormido poco y estaba cargada de trabajo en el diario Colatino.
Después de que acabé ese día, me fui a hacer ejercicios en un gimnasio. Pero el adormecimiento de la mandíbula no me pasó.
Más tarde regresé a mi casa, me bañé y me acosté. Pero, de pronto, empecé de nuevo: se me durmió la mandíbula y luego los brazos. Sin duda, la anormalidad crecía y no sabía qué ocurría conmigo.
Pasaron las horas. Dormí a intervalos hasta que, en la madrugada, intenté levantarme de la cama y no pude. Las piernas no me respondían. Los brazos tampoco. Tenía dormido hasta el cuello. Estaba inmóvil completamente. Me desperté muy asustada y, cuando intenté levantarme de la cama, me caí.
El único que se dio cuenta lo que pasaba fue mi hermano. Fue él quien me levantó. Me preguntaba qué me había pasado y lo único que pude decirle fue: “no sé…no sé”. Yo seguía pensando que era estrés.
Ese día mi mamá no estaba. Amaneció y mi hermano debió irse a trabajar. Él me levantó y me dejó sentada en un sillón. No podía hacer nada más por mí. Yo le veía su cara de preocupación pero le dije, para calmarlo, que se fuera, que lo que fuese, ya me iba a pasar.
Mi hermano se marchó temprano. Yo, con mucha terquedad, intenté levantarme de nuevo pero me volví a caer. Era extraño: el cuerpo no me respondía. El hormigueo era total. Lo único que podía hacer era hablar.
Era desesperante estar así. Traté de gritar por ayuda pero nadie me oyó. Al final me resigné y creo que hasta me dormí un rato.
Pasó el tiempo. A eso de las diez de la mañana llegó mi mamá. Cuando me miró tendida en el suelo, se asustó y me preguntó qué me había pasado. Le expliqué: le respondí que tenía el cuerpo dormido pero que estaba consciente y podía hablar.
Eso sí: sentía fuertes calambres y me dolían los músculos. Lo único que recordé es que, unos ocho días antes, me dio una infección en la garganta. Me la trataron en el hospital Médico Quirúrgico.
Pero en el momento en que llegó mi mamá yo me preguntaba: ¿Dios mío qué me está pasando?
En ese momento, lo único nuevo que sentía es que el tórax me estaba fallando. Perdía fuerza para respirar. Además, los dolores en los músculos eran cada vez más fuertes.
Mi mamá estaba alarmada, y era lógico. Yo ya no tenía fuerza. Luego llegó mi hermano (supongo que mi madre lo llamó telefónicamente) y cuando vio cómo estaba me dijo: “Carol, creo que usted tiene Guillain Barré.”.
El me recordó que me había dado Chicungunya y Zika y, mientras buscaba su teléfono, repetía su vaticinio aunque no fuera médico.
Fue entonces cuando mi madre y mi hermano decretaron que debían llevarme a un hospital.
Mi hermano andaba en una moto. Por eso debió buscar un carro y, a eso de las dos de la tarde, me llevaron al hospital General del Seguro Social.
Ahí me atendieron hasta las cinco de la tarde. Pero, bueno, me atendieron.
Parecían saber
En ese hospital, parecía que los médicos sabían que se trataba de Guillain Barré. Todos los pacientes de emergencia pasaban rápido. Conmigo parecían tener alguna reserva los médicos.
En un momento, aunque con mucho dolor, pude pararme. Luego caía en una silla pero, muy pronto, no pude más: nada del cuerpo me respondía.
En ese momento, los médicos me dijeron, al mirarme, que el padecimiento era Guillain Barré. Dicho eso, a las seis de la tarde me ingresaron a la Unidad de Cuidados Intensivos. Al parecer, esa enfermedad después de 30 horas puede provocar efectos muy nocivos. Lo primero que me dijeron era que podía tener problemas para respirar.
Pero había algo a mi favor: nunca dejé de hablar. Aunque mi respiración era débil no sentía asfixias.
Los médicos estaban preocupados. Sobre todo porque también, después de las 30 horas, la enfermedad puede atacar el corazón o las vías respiratorias. Y eso, literalmente, te puede matar.
Desde entonces, me dejaron conectada a una máquina que monitorea el corazón y me chequeaban la respiración cada hora.
Al rato me pasaron a una unidad de cuidados intermedios. La respiración no andaba mal y no debían hacerme una traqueotomía. Una placa corroboraba mi situación respiratoria.
En medio de todo eso llegó un médico (muchos estaban de vacaciones porque era el día del Padre) y me dijo: “te vamos a poner inmunoglobulinas que contrarrestan el virus. Hay que ponerte seis frascos al día. Pero hay que ponerte eso muy pronto. Si la dosis no hace efecto te pondremos otra dosis. Te pondremos eso vía intravenosa”.
Yo le expliqué que ocho días atrás tuve una tos fuerte y que la enfermedad empezó con el adormecimiento de la mandíbula.
El médico me respondió que mi cuadro era raro porque, generalmente, el Guillain Barré comienza por los pies y que se siente como si se hubiese quebrado los huesos de los pies. También los de las manos. Pero, yo no mostraba eso.
Como reacción a eso me hicieron una prueba. Me extrajeron líquido en las vértebras. Los médicos prefirieron hacer dos pruebas a la vez. Tenían dudas.
Ese día fue mi primera noche en el Hospital General del Seguro Social. Sin tener los resultados de las pruebas, los médicos comenzaron a introducirme el medicamento contra el Guillain Barré. Dos días después me revelaron los resultados: ¡Tenía Guillain Barré! Mi calvario apenas comenzaba.
Ese día sentí que la mandíbula se me dormía. Tenía un cosquilleo extraño. No me dolía pero algo me sucedía. Era un día de junio y cubría una actividad del Presidente de la República, Salvador Sánchez Cerén.
Pensé que la mandíbula se me dormía porque estaba muy estresada. Había dormido poco y estaba cargada de trabajo en el diario Colatino.
Después de que acabé ese día, me fui a hacer ejercicios en un gimnasio. Pero el adormecimiento de la mandíbula no me pasó.
Más tarde regresé a mi casa, me bañé y me acosté. Pero, de pronto, empecé de nuevo: se me durmió la mandíbula y luego los brazos. Sin duda, la anormalidad crecía y no sabía qué ocurría conmigo.
Pasaron las horas. Dormí a intervalos hasta que, en la madrugada, intenté levantarme de la cama y no pude. Las piernas no me respondían. Los brazos tampoco. Tenía dormido hasta el cuello. Estaba inmóvil completamente. Me desperté muy asustada y, cuando intenté levantarme de la cama, me caí.
El único que se dio cuenta lo que pasaba fue mi hermano. Fue él quien me levantó. Me preguntaba qué me había pasado y lo único que pude decirle fue: “no sé…no sé”. Yo seguía pensando que era estrés.
Ese día mi mamá no estaba. Amaneció y mi hermano debió irse a trabajar. Él me levantó y me dejó sentada en un sillón. No podía hacer nada más por mí. Yo le veía su cara de preocupación pero le dije, para calmarlo, que se fuera, que lo que fuese, ya me iba a pasar.
Mi hermano se marchó temprano. Yo, con mucha terquedad, intenté levantarme de nuevo pero me volví a caer. Era extraño: el cuerpo no me respondía. El hormigueo era total. Lo único que podía hacer era hablar.
Era desesperante estar así. Traté de gritar por ayuda pero nadie me oyó. Al final me resigné y creo que hasta me dormí un rato.
Pasó el tiempo. A eso de las diez de la mañana llegó mi mamá. Cuando me miró tendida en el suelo, se asustó y me preguntó qué me había pasado. Le expliqué: le respondí que tenía el cuerpo dormido pero que estaba consciente y podía hablar.
Eso sí: sentía fuertes calambres y me dolían los músculos. Lo único que recordé es que, unos ocho días antes, me dio una infección en la garganta. Me la trataron en el hospital Médico Quirúrgico.
Pero en el momento en que llegó mi mamá yo me preguntaba: ¿Dios mío qué me está pasando?
En ese momento, lo único nuevo que sentía es que el tórax me estaba fallando. Perdía fuerza para respirar. Además, los dolores en los músculos eran cada vez más fuertes.
Mi mamá estaba alarmada, y era lógico. Yo ya no tenía fuerza. Luego llegó mi hermano (supongo que mi madre lo llamó telefónicamente) y cuando vio cómo estaba me dijo: “Carol, creo que usted tiene Guillain Barré.”.
El me recordó que me había dado Chicungunya y Zika y, mientras buscaba su teléfono, repetía su vaticinio aunque no fuera médico.
Fue entonces cuando mi madre y mi hermano decretaron que debían llevarme a un hospital.
Mi hermano andaba en una moto. Por eso debió buscar un carro y, a eso de las dos de la tarde, me llevaron al hospital General del Seguro Social.
Ahí me atendieron hasta las cinco de la tarde. Pero, bueno, me atendieron.
Parecían saber
En ese hospital, parecía que los médicos sabían que se trataba de Guillain Barré. Todos los pacientes de emergencia pasaban rápido. Conmigo parecían tener alguna reserva los médicos.
En un momento, aunque con mucho dolor, pude pararme. Luego caía en una silla pero, muy pronto, no pude más: nada del cuerpo me respondía.
En ese momento, los médicos me dijeron, al mirarme, que el padecimiento era Guillain Barré. Dicho eso, a las seis de la tarde me ingresaron a la Unidad de Cuidados Intensivos. Al parecer, esa enfermedad después de 30 horas puede provocar efectos muy nocivos. Lo primero que me dijeron era que podía tener problemas para respirar.
Pero había algo a mi favor: nunca dejé de hablar. Aunque mi respiración era débil no sentía asfixias.
Los médicos estaban preocupados. Sobre todo porque también, después de las 30 horas, la enfermedad puede atacar el corazón o las vías respiratorias. Y eso, literalmente, te puede matar.
Desde entonces, me dejaron conectada a una máquina que monitorea el corazón y me chequeaban la respiración cada hora.
Al rato me pasaron a una unidad de cuidados intermedios. La respiración no andaba mal y no debían hacerme una traqueotomía. Una placa corroboraba mi situación respiratoria.
En medio de todo eso llegó un médico (muchos estaban de vacaciones porque era el día del Padre) y me dijo: “te vamos a poner inmunoglobulinas que contrarrestan el virus. Hay que ponerte seis frascos al día. Pero hay que ponerte eso muy pronto. Si la dosis no hace efecto te pondremos otra dosis. Te pondremos eso vía intravenosa”.
Yo le expliqué que ocho días atrás tuve una tos fuerte y que la enfermedad empezó con el adormecimiento de la mandíbula.
El médico me respondió que mi cuadro era raro porque, generalmente, el Guillain Barré comienza por los pies y que se siente como si se hubiese quebrado los huesos de los pies. También los de las manos. Pero, yo no mostraba eso.
Como reacción a eso me hicieron una prueba. Me extrajeron líquido en las vértebras. Los médicos prefirieron hacer dos pruebas a la vez. Tenían dudas.
Ese día fue mi primera noche en el Hospital General del Seguro Social. Sin tener los resultados de las pruebas, los médicos comenzaron a introducirme el medicamento contra el Guillain Barré. Dos días después me revelaron los resultados: ¡Tenía Guillain Barré! Mi calvario apenas comenzaba.