Houben aspira a despejar los prejuicios que rodean la labor de donante de semen
Ed Houben no vive en un país africano de religión musulmana, donde la poligamia y la fertilidad acrecientan el tamaño de las familias. Su nombre tampoco figura en el catálogo de los símbolos sexuales masculinos. Una marca de ropa interior probablemente se arruinaría si lo usara como modelo. Pero quizás ningún otro hombre en Occidente puede vanagloriarse de haber concebido más de un centenar de criaturas. Y todo por amor a la vida.
El hacedor de bebés
Trece años atrás Houben comprendió que el destino no le reservaba una familia convencional. Su vida sexual era casi inexistente y sus ocupaciones –un trabajo como guía turístico, voluntario en la guardia nacional y guerrero en batallas ficticias—absorbían todo el tiempo que habría necesitado para hallar compañera.
Entonces decidió ofrecer a otras personas con mejor suerte en el amor la oportunidad de realizar el sueño de un hijo. El azar había dotado a este hombre residente en Maastricht de una saludable provisión de espermatozoides listos para fecundar.
Pronto descubrió la frialdad de los bancos de semen. A pesar de la nobleza de su gesto, se sentía frustrado por este procedimiento médico, que lo convertía en un número en los archivos de un laboratorio. Por esa misma época Holanda prohibió las donaciones anónimas. Houben ofreció entonces sus servicios en Internet y no tardó en recibir solicitudes de parejas heterosexuales y lesbianas, y de madres solteras.
Las reglas del juego quedan claras: Houben cede todos los derechos de paternidad y espera no recibir reclamaciones financieras de las madres (hasta ahora no ha ocurrido). Si en algún momento la madre quiere revelar la identidad del padre biológico, el “hombre más viril de Europa” –según la BBC—permanece en contacto. No se hace ilusiones sentimentales. Tampoco supervisa la crianza de sus descendientes. Con frecuencia quedan lazos de amistad y como tal actúa, cuando lo necesitan. Algunas mujeres se han enamorado de él, pero la pasión súbita nunca ha terminado en una relación duradera.
Aunque parezca increíble, ningún contrato legal une al donante con las beneficiadas. La palabra basta para creer que se honrará ese pacto no escrito. Y así funciona para la variopinta clientela de Houben: australianas, latinoamericanas, asiáticas, europeas… Las diferencias culturales se desvanecen frente al deseo universal de crear una nueva vida.
Miles de soldados británicos regresaron de la guerra con problemas de salud que impedían su rendimiento sexual …
La historia de Houben recuerda un episodio apenas conocido de la Primera Guerra Mundial. En el Reino Unido, la muerte y la discapacidad de más de un millón de hombres provocó una crisis de fertilidad. Las mujeres que había apoyado la contienda desde fábricas, hospitales, campos… se encontraban viudas o casadas con veteranos que por razones físicas o psicológicas no podían engendrar.
Helena Wright, una doctora reconocida por sus campañas a favor de la planificación familiar, concibió un plan muy osado para la época. En secreto puso en contacto a cientos de mujeres con un hombre del cual solo trascendió el nombre: Derek. Este joven británico, que lamentaba no haber participado en la guerra como su hermano, cumplió un extraño deber: fecundar a sus compatriotas que de otra manera quedarían para “criar sobrinos”.
Hasta mediados del siglo pasado Derek propició el nacimiento de 496 nuevos sujetos de la Corona británica. Además de Wright, las madres y tal vez algún esposo resignado, nadie supo los detalles de la aventura. Este combatiente no condecorado, murió en 1974, a los 85 años.

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