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El alucinógeno mexicano que cautivó a los nazis

Info8/29/2015


Si bien el petróleo era esencial para alimentar su maquinaria
bélica, los nazis encontraron en México otros recursos naturales que
los cautivaron. En particular dos plantas de la herbolaria del país,
la amoena y el piule, alimentaron sus criminales fantasías, pues
pretendían utilizarlas en experimentos con humanos: para realizar
interrogatorios a prisioneros y esterilizar a grandes poblaciones.


De México, no sólo el petróleo atraía a los alemanes. El doctor Karl Taubock, un naturista
checoslovaco que vivió y trabajó en el país, reveló en el Tribunal de Nuremberg los planes del
gobierno nazi para utilizar la herbolaria mexicana en experimentos con humanos.
Pretendían destinar el extracto de la planta conocida en México como amoena para
esterilizar a los habitantes de naciones enteras, mientras que a la planta alucinógena
llamada piule —muy común en Oaxaca— la usarían en interrogatorios, para forzar
confesiones de los prisioneros.


Amoena


semillas de piule


Piule

Taubock se presentó de manera voluntaria el 20 de septiembre de 1945 ante el teniente John M.
Martin y rindió su testimonio en el Tribunal Militar de Nuremberg.
El prestigiado médico —quien para entonces había publicado 20 artículos científicos— contó que él
había trabajado como espía para los nazis bajo un nombre encubierto en un laboratorio donde se
buscaba perfeccionar los efectos esterilizantes del extracto de la amoena (dieffenbachia seguina).
Taubock también confesó que había sido investigador para la empresa IG Farben, que colaboró en
forma estrecha con las Schutzstaffel, el temible escuadrón de defensa nazi. Dicha empresa operó su
propio campo de concentración y tenía la patente del gas Zyklon B, con el que se ejecutó a cientos
de miles de civiles judíos.
Los jerarcas de la Oficina Central de Seguridad del Reich (RSHA) se mostraron interesados en la
experiencia que el doctor Taubock había adquirido en su paso por México en 1931, en un
laboratorio de IG Farben.
Los nazis buscaban con desesperación un extracto como el que empleaban los rusos en
interrogatorios, el cual, al ser administrado en pequeñas dosis, lograba que el prisionero
confesara de manera inconsciente todos sus secretos.
Una alternativa a ese extracto tenía un nombre: el piule, de la especie rhynchosia, empleada desde
hace dos siglos por los antiguos mexicanos como una planta sagrada por sus propiedades
alucinógenas.
En un interrogatorio realizado el 21 de septiembre de 1945, Taubock aportó detalles de la
misteriosa planta mexicana que había cautivado a los nazis:

“Piule fue utilizada por los nativos mexicanos para obtener información de sus
prisioneros. No sabemos la reacción de la planta, no ha sido revelada por los
curanderos mexicanos (…) Los representantes de IG en México habían tratado en 1931 de
obtener información sobre la reacción científica de esta planta con el fin de utilizarla para la
medicina. La semilla no se pudo obtener”.


En su testimonio, el médico relató que la Oficina de Seguridad del Reich (RSHA) hizo todo lo
posible por conseguir la planta, pero fracasó.
—Usted está hablando ahora acerca de la RSHA —le hizo notar el interrogador.
—Sí. La agencia era de la opinión de que yo debía ser el especialista en este proyecto, ya que había
trabajado para la empresa IG Farbenindustrie en la investigación de las drogas mexicanas en 1931.
Los laboratorios IG en aquel momento no pensaban en descubrir una droga mexicana para el uso
de interrogatorio policiaco o el trabajo de espionaje. Ellos querían encontrar un medicamento para
el tratamiento de los casos de neurosis o psicosis.
Los agentes de la RSHA le insistieron a Taubock sobre la importancia de tener la planta. “Se creía
que el hallazgo de la droga mexicana era imposible”, dijo el médico ante el Tribunal de
Nuremberg.
Lo que hizo Taubock fue ocultar información a sus superiores para evitar el saqueo del alucinógeno
mexicano.
—¿Sabían de su existencia? —le preguntó el teniente Martin.
—Sí, el doctor Schammberger (de los laboratorios IG) sabía acerca de su existencia.
—¿Y le pidió que tratara de conseguir un poco de ella?
—Sí. Quiero hacer hincapié en que nunca me habían hecho una oferta de esta naturaleza. Mi idea
era que la Oficina de Seguridad del Reich no se apoderara de esas drogas. Alrededor de noviembre
de 1944 estaban convencidos de que yo había hecho mi mejor esfuerzo para obtener la droga y
pensaron que era imposible.

Otra planta, ésta para esterilizar

Oswald Pohl, el temible criminal de guerra nazi, conoció de primera mano la experimentación que
se hizo con otra planta muy popular en México: la amoena.

En el testimonio ante el Tribunal de Nuremberg, Taubock relató que ingresó con el nombre ficticio
de Dr. Weiss a un laboratorio que administraba extractos de la planta a animales, y atestiguó cómo
la sustancia destruía el tejido reproductivo. Luego supo que se pretendía aplicar este mismo
extracto en humanos.
Para ocultar los fines de sus experimentos, el gobierno de Hitler argumentaba que se buscaba una
sustancia para esterilizar a enfermos incurables y personas dementes.
El doctor Karl Taubock relató que Pohl, uno de los líderes nazis de más alto rango, que llegó a ser
general de las SS o Gestapo, visitó el laboratorio entre octubre y noviembre de 1942.
—¿Y qué dijo Pohl? —cuestionó el interrogador.
—Pohl se mostró muy interesado en el trabajo y ordenó que continuara.
—¿Tan pronto como fuera posible?
—Tan pronto como fuera posible, y él, Pohl, impulsaría aún más este trabajo. En ese momento el
asunto me quedó claro.
Tras la visita del alto mando nazi, Taubock tuvo la sospecha de que querían utilizar el
extracto de la planta para fines de esterilización masiva. “Llegué a la conclusión de que este
trabajo no debía llevarse a cabo”, admitió ante su interrogador.
Pero los agentes de la Oficina de Seguridad del Reich le insistieron en que continuara colaborando.
Taubock recordó así aquella orden:
“Usted, como botánico, debe estar en condiciones de cultivar plantas (de la amoena) en un número
cada vez mayor. Ponemos a su disposición un pase para ir también a otros países o a los territorios
ocupados, con el fin de procurar la planta”.
Con la orden vino una advertencia: debía guardar absoluto silencio, pues se trataba de “un secreto
comercial del Reich”.
“Es extraordinariamente desagradable hablar de ‘secreto comercial del Reich’, porque la más
mínima omisión, por ejemplo, un trozo de papel en un escritorio, puede llevar a un campo de
concentración”, se incomodó Taubock.
A fines de septiembre de 1945, el teniente John Martin —quien recabó el testimonio de Taubock—
envió a sus superiores un memorándum, en el que reveló que los nazis pretendían usar el extracto
de la planta amoena para esterilizar a los habitantes de países del Este, con el fin de reducir la tasa
de reproducción.
Y como pruebas aportó cartas, copias de investigaciones médicas realizadas por
científicos nazis y una declaración firmada sobre acciones planificadas con el veneno
extraído de las plantas, para diferentes propósitos.
Entre aquellas evidencias incluyó una carta de 1943 de la Oficina Central de Seguridad del Reich,
creada por Heinrich Himmler, en la que describía los experimentos realizados para la esterilización
humana.
El médico Taubock —que colaboró en estos experimentos— fue exonerado por el Tribunal de
Nuremberg gracias a su apoyo para delatar a los líderes nazis.
Pohl, en cambio, fue condenado a muerte por el mismo tribunal y ejecutado en junio de 1951.
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