[color=black]Los marineros del acorazado alemán Graf Spee, hundido en el Río de la Plata tras un combate con la flota inglesa en la Segunda Guerra Mundial, tuvieron en su mayoría un destino desigual y triste: fueron rehenes de políticas cambiantes tanto en el mundo com[/color]o en el país.
Una historia con final feliz es doblemente sospechosa. Pretende cerrar cuentas con cierta prisa. Y omite indagar por las víctimas.
Cuando se trata de los tripulantes del Graf Spee, sorprende la rápida cristalización de un relato sin aristas, socialmente aceptable. Se nos dice que estos marineros alemanes, luego de librar una batalla heroica a fines de 1939 en el Río de la Plata, se aquerenciaron sin mayores dificultades en nuestro país. Muchachos ajenos a la guerra y al nazismo, aquí se casaron, constituyeron familias felices, fundaron pequeñas empresas vinculadas con el desarrollo técnico y gozaron de reconocimiento social.
En los pliegues de esta versión se disimulan más de un olvido. Está la historia del ebrio y del indigente, la de quien aún hoy se despierta gritando de un sueño cañoneado, la del que no se trata con sus hijos. Hubo fugitivos y muertes misteriosas. Y es como para preguntarnos qué pasa con nosotros, con este espejo curvo de nuestra memoria social que no se atiene a los hechos.
DE LA BARRACA AL CUARTEL
En plena adolescencia, los muchachos alemanes de los años ’30 eran reclutados para el Servicio de Trabajo (RAD). En los barracones y campos del servicio les daban cama y comida, dinero para algún gasto y ocupación en trabajos públicos. Bajo el régimen nazi inaugurado en 1933, se les daba más que nada disciplinamiento e ideología. Una jerarquía de jefes y una vida cotidiana sin espacios privados moldeaban a estos reclutas armados con palas lustrosas. La presión del desempleo masivo servía para encuadrar a los jóvenes.
Hacia el fin del servicio, muchos se ofrecían como soldados voluntarios. La Marina de Guerra los atraía por el exotismo de sus destinos, la buena atención y la paga. Cuando escuchamos a aquellos muchachos hoy octogenarios, todas las historias son una: de la barraca del RAD a los cuarteles de la Escuela de Marinería, empujados por el desempleo. Omiten toda referencia política..
tripulacion del graf spee en montevideo
LA CAMPAÑA DEL ACORAZADO DE BOLSILLO
Construido conforme a las limitaciones impuestas a Alemania tras la derrota de 1918, el Admiral Graf Spee asociaba su bajo tonelaje con una abrumadora potencia de fuego. Era un “acorazado de bolsillo”, nombre transferido por el humorismo criollo al petiso arrogante del barrio. El Spee operó como factor de presión en la Guerra Civil Española y en Lituania. Alguien recuerda una mañana especial en Memel, cuando vio un banderín allí arriba: el führer Adolf Hitler estaba en el buque...
En agosto de 1939 zarpó de Alemania en secreto. Cuando días después estalló la guerra, ya rondaba por el Atlántico Sur en misión de corsario contra los mercantes ingleses. El 30 de setiembre cazó al vapor Clement de Liverpool. Le siguieron otras ocho presas, sumando 50.089 toneladas hundidas sin una sola víctima. Quedaba yugulada la ruta vital del maíz, los combustibles, el yute y las carnes hacia Inglaterra.
El Escuadrón Sudamericano de la flota inglesa se puso a la caza del cazador. Cada carguero radiaba una vez por hora su posición; si no lo hacía, por allí andaba el Spee.
El 13 de diciembre tres naves inglesas, el Exeter, el Ajax y el Achilles, lo rodearon frente a las costas uruguayas. Allí se produjo la batalla del Río de la Plata. Los cañones del Spee dejaron al Exeter fuera de combate y averiaron al Ajax. Pero el barco alemán, ya con pocas municiones, había sido afectado en instalaciones vitales por los disparos ingleses. Su comandante, Hans Langsdorff, resolvió hacer escala en Montevideo. Antes de expirar el plazo de 72 horas acordado por el gobierno uruguayo, el barco fue retirado del puerto y hundido por los propios germanos en aguas del Plata.
La gran mayoría de los 1.055 tripulantes fue traída a Buenos Aires, desobedeciendo a la Prefectura uruguaya. Dos días después, Langsdorff se suicidó. Así empezaba la historia de los “spee” en la Argentina y en Córdoba.
DEFRAUDADOS, INTERNADOS Y FICHADOS
El relato de los veteranos insinúa viejos resentimientos hacia los diplomáticos. Recuerdan al embajador alemán Von Thermann acercándose para invitar a Langsdorff a almorzar, en la barcaza que lo llevaba a Buenos Aires. Y la respuesta del oficial: “Señor, aquí son más de mil hombres los que necesitan comer”.
Algo sucedió también con el gobierno argentino. Al menos, una inconsecuencia. Tras consultar con los gobiernos del Plata, los diplomáticos alemanes aconsejaron llevar a los marinos a Buenos Aires; habían entendido que allí los considerarían como náufragos para repatriarlos de inmediato, mientras que en Montevideo serían internados. Pero luego, el canciller Cantilo conversó con los embajadores aliados y concluyó que había que internar a los “beligerantes”, ya no “náufragos”, y el presidente Ortiz decretó la internación.
Es que la Argentina estaba desgarrada por un conflicto interno. Se enfrentaban “germanófilos” y “aliadófilos”. No era tanto una cuestión de política exterior sino de dos concepciones enfrentadas de Nación. Una vertiente autoritaria y jerárquica se denominaba nacionalista y simpatizaba con Hitler y Mussolini. Enfrente, los liberales y la izquierda sostenían un ideario republicano y congeniaban con Inglaterra, Francia y Estados Unidos.
En ese clima, pese a las protestas alemanas y a la visita del germanófilo almirante Scasso, ministro de Marina, los marinos alojados en el Hotel de Inmigrantes fueron destinados a distintos lugares del interior.
Antes de partir estrenaron una costumbre argentina: la de andar con el documento encima. Con los gobiernos militares, a partir de 1943, la cédula se volvió imperativa hasta para comprar un pasaje de tren. Cada “spee” recibió una flamante Cédula de Internación con “cubierta de tela gris, datos del titular, foto, dígito pulgar derecho y casillas para asentar el cumplimiento de las presentaciones ante las autoridades del lugar donde sea remitido”..
terrible nave..
FUGADOS Y QUEDADOS
Según las convenciones de La Haya, los oficiales recibieron un trato distintivo: se les dio libertad bajo palabra en Buenos Aires. Los subsidios del gobierno argentino también distanciaban sus 350 pesos mensuales de los 90 pesos dados a los marineros. Y, mientras más de un marinero deseaban una fuga imposible hacia la patria añorada, 46 de los 50 oficiales huyeron a Alemania, muchos para comandar submarinos.
No sólo oficiales recibieron este “privilegio de la fuga”. En junio de 1942 habían huido otros 50 hombres. Para 1945 sumaban 244. En su mayoría, suboficiales y técnicos en radio. Quizá unos 60 permanecieron en la Argentina, realizando operaciones de espionaje –como lo hacían sus adversarios–.
Palabras y silencios dibujan un croquis de las evasiones. La inteligencia alemana y algunos oficiales del Spee, contando con la “distracción” de los militares argentinos, organizaron el escape de los más útiles para la maquinaria bélica germana. Los otros tuvieron que quedarse en tierra extraña.
Otra barrera dividió a los internados. Algunos fueron acaparados de entrada por entidades alemanas: en la Embajada o en la aeronáutica Cóndor, en la Siemens o la Merck, en el Hotel Edén de La Falda o en la Clínica El Diquecito: estaban mejor que los recluidos otra vez en barracas, ahora en los campos de internación.
Las decisiones de las empresas alemanas no eran del todo independientes. Desde el ascenso de Hitler al poder, se desarrolló una política de “unificación y coordinación” (gleichschaltung) de todas las asociaciones, empresas y fundaciones alemanas en el exterior. El poder, también aquí, separaba y escogía..
hans langsdorff oficial naval alemán, comandante deel Panzerschiff acorazado de bolsillo Admiral Graf Spee durante la Batalla del Río de la Plata.
LOS “SPEE” EN NUESTRA CONTIENDA
En la sorda contienda argentina, los “spee” fueron reclutados sin saberlo. Los internados en Córdoba saludaron a su llegada la estatua del general San Martín con el brazo en alto, saludo usual en su fuerza. El hecho concitó críticas y un acto de desagravio de una agrupación radical. La simpatía inicial hacia estos muchachos a los que se veía como víctimas se diluyó prontamente; pasaron a ser denigrados como nazis, precisamente ellos, que no habían sido escogidos para regresar a la Alemania del führer. Los diarios nos trasladaban de las “manifestaciones de simpatía” de los cordobeses el día de la llegada a las críticas de dos meses después. Incidían la propaganda aliada, el hundimiento del mercante argentino Uruguay por un torpedo alemán, los rumores de que algunos hacían propaganda nazi o elaboraban planes de fuga (algo coherente con su condición de beligerantes, de todos modos)... y los “spee” pasaron a ser “el otro”, peligroso y artero. Los internados, que iban al cine sólo en grupos y en el colectivo ponían la espalda contra la pared “por si alguno quería darnos una cuchillada”.
La Argentina conflictiva de los años ’40 les infligió estos miedos. Mientras, no se objetaba el acercamiento de algún conspicuo connacional al poder alemán. El futuro era incierto; Basilio Pertiné, ministro de Guerra (y suegro de un futuro presidente de la Nación), bien podía desempeñarse en el directorio de Siemens Schuckert, empresa que ayudó en la fuga de oficiales junto con su asesor, el capitán de navío César Urien. Alfredo Fortabat se entendía con los alemanes para impulsar su industria de Loma Negra.
En medio de esa zarabanda, los “spee” buscaban afanosamente lugares y ocasiones para vincularse con esa sociedad de la que eran huéspedes forzosos. Formaban un equipo de fútbol, iban al Club Italiano para dar un espectáculo de gimnasia con aparatos y después cobrarse en comida y bailar, o al cine. En fin, se casaban. De los que se quedaron en la Argentina, 285 contrajeron matrimonio con alemanas, hijas de alemanas... o criollas.
RECLASIFICACION, REUBICACION, REPATRIACION
Los giros de la guerra y de la política argentina zarandearon a los internados. El poder los clasificó y reubicó. En 1943 hubo una remoción: 330 marineros fueron al aislado Hotel Casino de Sierra de la Ventana. Los que permanecieron en sus destinos temían ser redistribuidos.
En 1945, otro bandazo. Bajo presión aliada, el gobierno argentino le declaró la guerra a Alemania. Y los “spee” pasaron a ser “prisioneros de guerra”. Hubo casamientos de último momento, cuando ya se veía venir el fin de la contienda, y aun después. Quizá el afecto se mezcló con el cálculo, buscando el modo de quedarse aquí.
Un nuevo decreto los declaró sujetos a repatriación. Se los capturó con un despliegue de fuerza ostentoso y gratuito. Pero se produjo otra oleada de fugas. Esta vez, los fugitivos fueron recién casados y padres de hijos pequeños. Los sumisos volvieron a cruzar el mar, esta vez, en un barco inglés. En el camino los despojaron de sus relojes y bienes personales. En una Alemania devastada y hambrienta ubicaron a sus parientes y buscaron empleo. Aún hoy recuerdan cómo se distribuía el hambre, la caja con un candado para guardar el pan, el acopio de cupones para hacer un guiso con carne por semana, los mayores cediendo porciones de carne para los niños que pedían comer más.
Pasaron dos años y medio. El poder de los aliados volvía a clasificarlos. Debían certificar que no eran nazis (como antes probaban la pureza étnica) y esperar el permiso de salida. Al fin, el regreso, con pasajes en barco o en avión pagados con los ahorros de las mujeres que esperaban en la Argentina. Y un nuevo desgarrón, al separarse de los padres, amigos o familiares que allí quedaban..
Hans Langsdorff recibió sepultura en la Sección Germana del Cementerio de la Chacarita.
REGRESO SIN GLORIA
A fines de 1948, los “spee” que así lo decidieron estaban de nuevo en la Argentina. Habían pasado nueve años de idas y vueltas, reclasificaciones y desgarros. Los más afortunados consiguieron empleo cerca de sus hogares, donde los hijos crecidos en su ausencia los miraban extrañados. Otros se alejaron una vez más, ahora hacia Buenos Aires, a trabajar con la Merck, la Orbis, la Siemens o en talleres particulares; allí había clientela para el técnico en refrigeración, el pintor de obra, el matricero. Otros se incorporaron a la industria aeronáutica o automotriz en Córdoba.
Eran hombres de algún modo rotos. No pertenecían a un mundo ni a otro. Intentaban reproducir la prolijidad de un “paisaje alemán” de rasgos alpinos, donde todo parece cortado a medida. Sierra de la Ventana, Capilla Vieja y Florencio Varela mostraban escenas cortadas por el mismo molde que un patio en Villa Warcalde.
Cuando volvían allí, no encontraban a ese viejo amigo o no tenían mucho para decirse. Alguno iba y venía de Alemania. Allí acompañaba a su madre en sus últimos años. Al regresar, se encontraban en litigios con esos hijos de los que se habían distanciado: vivían calle por medio pero no se hablaban. Y ya no sentían afinidad con el Club Alemán o la Escuela Alemana.
¿Algún combatiente concluyó bien su vida? En el mejor de los casos, muy pocos. Y aunque uno me dice “Yo soy más que nada argentina” (sic), cuesta identificarlos con un país cuyo idioma no conocen lo bastante como para expresar matices de pensamiento o afecto.
Más acá del relato repetido, con héroes momentáneos y finales cómodos, quedan los verdaderos “spee” con sus vidas averiadas en el entrevero de guerras de nuestro tiempo. En ellos están no sólo las marcas del nazismo y su derrumbe sino también las de nuestros conflictos..
el aguila nazi rescatada de la proa del graf spee se exhibe en uruguay
urna entregada por los tripulantes del graf spee, con los restos del comandaante a su familia...
espero que les sea de interes esta informacion.. es mi primer post..
fuente http://www.rionegro.com.ar/suple_debates/06-01-22/nota3.php
Una historia con final feliz es doblemente sospechosa. Pretende cerrar cuentas con cierta prisa. Y omite indagar por las víctimas.
Cuando se trata de los tripulantes del Graf Spee, sorprende la rápida cristalización de un relato sin aristas, socialmente aceptable. Se nos dice que estos marineros alemanes, luego de librar una batalla heroica a fines de 1939 en el Río de la Plata, se aquerenciaron sin mayores dificultades en nuestro país. Muchachos ajenos a la guerra y al nazismo, aquí se casaron, constituyeron familias felices, fundaron pequeñas empresas vinculadas con el desarrollo técnico y gozaron de reconocimiento social.
En los pliegues de esta versión se disimulan más de un olvido. Está la historia del ebrio y del indigente, la de quien aún hoy se despierta gritando de un sueño cañoneado, la del que no se trata con sus hijos. Hubo fugitivos y muertes misteriosas. Y es como para preguntarnos qué pasa con nosotros, con este espejo curvo de nuestra memoria social que no se atiene a los hechos.
DE LA BARRACA AL CUARTEL
En plena adolescencia, los muchachos alemanes de los años ’30 eran reclutados para el Servicio de Trabajo (RAD). En los barracones y campos del servicio les daban cama y comida, dinero para algún gasto y ocupación en trabajos públicos. Bajo el régimen nazi inaugurado en 1933, se les daba más que nada disciplinamiento e ideología. Una jerarquía de jefes y una vida cotidiana sin espacios privados moldeaban a estos reclutas armados con palas lustrosas. La presión del desempleo masivo servía para encuadrar a los jóvenes.
Hacia el fin del servicio, muchos se ofrecían como soldados voluntarios. La Marina de Guerra los atraía por el exotismo de sus destinos, la buena atención y la paga. Cuando escuchamos a aquellos muchachos hoy octogenarios, todas las historias son una: de la barraca del RAD a los cuarteles de la Escuela de Marinería, empujados por el desempleo. Omiten toda referencia política..
tripulacion del graf spee en montevideo
LA CAMPAÑA DEL ACORAZADO DE BOLSILLO
Construido conforme a las limitaciones impuestas a Alemania tras la derrota de 1918, el Admiral Graf Spee asociaba su bajo tonelaje con una abrumadora potencia de fuego. Era un “acorazado de bolsillo”, nombre transferido por el humorismo criollo al petiso arrogante del barrio. El Spee operó como factor de presión en la Guerra Civil Española y en Lituania. Alguien recuerda una mañana especial en Memel, cuando vio un banderín allí arriba: el führer Adolf Hitler estaba en el buque...
En agosto de 1939 zarpó de Alemania en secreto. Cuando días después estalló la guerra, ya rondaba por el Atlántico Sur en misión de corsario contra los mercantes ingleses. El 30 de setiembre cazó al vapor Clement de Liverpool. Le siguieron otras ocho presas, sumando 50.089 toneladas hundidas sin una sola víctima. Quedaba yugulada la ruta vital del maíz, los combustibles, el yute y las carnes hacia Inglaterra.
El Escuadrón Sudamericano de la flota inglesa se puso a la caza del cazador. Cada carguero radiaba una vez por hora su posición; si no lo hacía, por allí andaba el Spee.
El 13 de diciembre tres naves inglesas, el Exeter, el Ajax y el Achilles, lo rodearon frente a las costas uruguayas. Allí se produjo la batalla del Río de la Plata. Los cañones del Spee dejaron al Exeter fuera de combate y averiaron al Ajax. Pero el barco alemán, ya con pocas municiones, había sido afectado en instalaciones vitales por los disparos ingleses. Su comandante, Hans Langsdorff, resolvió hacer escala en Montevideo. Antes de expirar el plazo de 72 horas acordado por el gobierno uruguayo, el barco fue retirado del puerto y hundido por los propios germanos en aguas del Plata.
La gran mayoría de los 1.055 tripulantes fue traída a Buenos Aires, desobedeciendo a la Prefectura uruguaya. Dos días después, Langsdorff se suicidó. Así empezaba la historia de los “spee” en la Argentina y en Córdoba.
DEFRAUDADOS, INTERNADOS Y FICHADOS
El relato de los veteranos insinúa viejos resentimientos hacia los diplomáticos. Recuerdan al embajador alemán Von Thermann acercándose para invitar a Langsdorff a almorzar, en la barcaza que lo llevaba a Buenos Aires. Y la respuesta del oficial: “Señor, aquí son más de mil hombres los que necesitan comer”.
Algo sucedió también con el gobierno argentino. Al menos, una inconsecuencia. Tras consultar con los gobiernos del Plata, los diplomáticos alemanes aconsejaron llevar a los marinos a Buenos Aires; habían entendido que allí los considerarían como náufragos para repatriarlos de inmediato, mientras que en Montevideo serían internados. Pero luego, el canciller Cantilo conversó con los embajadores aliados y concluyó que había que internar a los “beligerantes”, ya no “náufragos”, y el presidente Ortiz decretó la internación.
Es que la Argentina estaba desgarrada por un conflicto interno. Se enfrentaban “germanófilos” y “aliadófilos”. No era tanto una cuestión de política exterior sino de dos concepciones enfrentadas de Nación. Una vertiente autoritaria y jerárquica se denominaba nacionalista y simpatizaba con Hitler y Mussolini. Enfrente, los liberales y la izquierda sostenían un ideario republicano y congeniaban con Inglaterra, Francia y Estados Unidos.
En ese clima, pese a las protestas alemanas y a la visita del germanófilo almirante Scasso, ministro de Marina, los marinos alojados en el Hotel de Inmigrantes fueron destinados a distintos lugares del interior.
Antes de partir estrenaron una costumbre argentina: la de andar con el documento encima. Con los gobiernos militares, a partir de 1943, la cédula se volvió imperativa hasta para comprar un pasaje de tren. Cada “spee” recibió una flamante Cédula de Internación con “cubierta de tela gris, datos del titular, foto, dígito pulgar derecho y casillas para asentar el cumplimiento de las presentaciones ante las autoridades del lugar donde sea remitido”..
terrible nave..
FUGADOS Y QUEDADOS
Según las convenciones de La Haya, los oficiales recibieron un trato distintivo: se les dio libertad bajo palabra en Buenos Aires. Los subsidios del gobierno argentino también distanciaban sus 350 pesos mensuales de los 90 pesos dados a los marineros. Y, mientras más de un marinero deseaban una fuga imposible hacia la patria añorada, 46 de los 50 oficiales huyeron a Alemania, muchos para comandar submarinos.
No sólo oficiales recibieron este “privilegio de la fuga”. En junio de 1942 habían huido otros 50 hombres. Para 1945 sumaban 244. En su mayoría, suboficiales y técnicos en radio. Quizá unos 60 permanecieron en la Argentina, realizando operaciones de espionaje –como lo hacían sus adversarios–.
Palabras y silencios dibujan un croquis de las evasiones. La inteligencia alemana y algunos oficiales del Spee, contando con la “distracción” de los militares argentinos, organizaron el escape de los más útiles para la maquinaria bélica germana. Los otros tuvieron que quedarse en tierra extraña.
Otra barrera dividió a los internados. Algunos fueron acaparados de entrada por entidades alemanas: en la Embajada o en la aeronáutica Cóndor, en la Siemens o la Merck, en el Hotel Edén de La Falda o en la Clínica El Diquecito: estaban mejor que los recluidos otra vez en barracas, ahora en los campos de internación.
Las decisiones de las empresas alemanas no eran del todo independientes. Desde el ascenso de Hitler al poder, se desarrolló una política de “unificación y coordinación” (gleichschaltung) de todas las asociaciones, empresas y fundaciones alemanas en el exterior. El poder, también aquí, separaba y escogía..
hans langsdorff oficial naval alemán, comandante deel Panzerschiff acorazado de bolsillo Admiral Graf Spee durante la Batalla del Río de la Plata.
LOS “SPEE” EN NUESTRA CONTIENDA
En la sorda contienda argentina, los “spee” fueron reclutados sin saberlo. Los internados en Córdoba saludaron a su llegada la estatua del general San Martín con el brazo en alto, saludo usual en su fuerza. El hecho concitó críticas y un acto de desagravio de una agrupación radical. La simpatía inicial hacia estos muchachos a los que se veía como víctimas se diluyó prontamente; pasaron a ser denigrados como nazis, precisamente ellos, que no habían sido escogidos para regresar a la Alemania del führer. Los diarios nos trasladaban de las “manifestaciones de simpatía” de los cordobeses el día de la llegada a las críticas de dos meses después. Incidían la propaganda aliada, el hundimiento del mercante argentino Uruguay por un torpedo alemán, los rumores de que algunos hacían propaganda nazi o elaboraban planes de fuga (algo coherente con su condición de beligerantes, de todos modos)... y los “spee” pasaron a ser “el otro”, peligroso y artero. Los internados, que iban al cine sólo en grupos y en el colectivo ponían la espalda contra la pared “por si alguno quería darnos una cuchillada”.
La Argentina conflictiva de los años ’40 les infligió estos miedos. Mientras, no se objetaba el acercamiento de algún conspicuo connacional al poder alemán. El futuro era incierto; Basilio Pertiné, ministro de Guerra (y suegro de un futuro presidente de la Nación), bien podía desempeñarse en el directorio de Siemens Schuckert, empresa que ayudó en la fuga de oficiales junto con su asesor, el capitán de navío César Urien. Alfredo Fortabat se entendía con los alemanes para impulsar su industria de Loma Negra.
En medio de esa zarabanda, los “spee” buscaban afanosamente lugares y ocasiones para vincularse con esa sociedad de la que eran huéspedes forzosos. Formaban un equipo de fútbol, iban al Club Italiano para dar un espectáculo de gimnasia con aparatos y después cobrarse en comida y bailar, o al cine. En fin, se casaban. De los que se quedaron en la Argentina, 285 contrajeron matrimonio con alemanas, hijas de alemanas... o criollas.
RECLASIFICACION, REUBICACION, REPATRIACION
Los giros de la guerra y de la política argentina zarandearon a los internados. El poder los clasificó y reubicó. En 1943 hubo una remoción: 330 marineros fueron al aislado Hotel Casino de Sierra de la Ventana. Los que permanecieron en sus destinos temían ser redistribuidos.
En 1945, otro bandazo. Bajo presión aliada, el gobierno argentino le declaró la guerra a Alemania. Y los “spee” pasaron a ser “prisioneros de guerra”. Hubo casamientos de último momento, cuando ya se veía venir el fin de la contienda, y aun después. Quizá el afecto se mezcló con el cálculo, buscando el modo de quedarse aquí.
Un nuevo decreto los declaró sujetos a repatriación. Se los capturó con un despliegue de fuerza ostentoso y gratuito. Pero se produjo otra oleada de fugas. Esta vez, los fugitivos fueron recién casados y padres de hijos pequeños. Los sumisos volvieron a cruzar el mar, esta vez, en un barco inglés. En el camino los despojaron de sus relojes y bienes personales. En una Alemania devastada y hambrienta ubicaron a sus parientes y buscaron empleo. Aún hoy recuerdan cómo se distribuía el hambre, la caja con un candado para guardar el pan, el acopio de cupones para hacer un guiso con carne por semana, los mayores cediendo porciones de carne para los niños que pedían comer más.
Pasaron dos años y medio. El poder de los aliados volvía a clasificarlos. Debían certificar que no eran nazis (como antes probaban la pureza étnica) y esperar el permiso de salida. Al fin, el regreso, con pasajes en barco o en avión pagados con los ahorros de las mujeres que esperaban en la Argentina. Y un nuevo desgarrón, al separarse de los padres, amigos o familiares que allí quedaban..
Hans Langsdorff recibió sepultura en la Sección Germana del Cementerio de la Chacarita.
REGRESO SIN GLORIA
A fines de 1948, los “spee” que así lo decidieron estaban de nuevo en la Argentina. Habían pasado nueve años de idas y vueltas, reclasificaciones y desgarros. Los más afortunados consiguieron empleo cerca de sus hogares, donde los hijos crecidos en su ausencia los miraban extrañados. Otros se alejaron una vez más, ahora hacia Buenos Aires, a trabajar con la Merck, la Orbis, la Siemens o en talleres particulares; allí había clientela para el técnico en refrigeración, el pintor de obra, el matricero. Otros se incorporaron a la industria aeronáutica o automotriz en Córdoba.
Eran hombres de algún modo rotos. No pertenecían a un mundo ni a otro. Intentaban reproducir la prolijidad de un “paisaje alemán” de rasgos alpinos, donde todo parece cortado a medida. Sierra de la Ventana, Capilla Vieja y Florencio Varela mostraban escenas cortadas por el mismo molde que un patio en Villa Warcalde.
Cuando volvían allí, no encontraban a ese viejo amigo o no tenían mucho para decirse. Alguno iba y venía de Alemania. Allí acompañaba a su madre en sus últimos años. Al regresar, se encontraban en litigios con esos hijos de los que se habían distanciado: vivían calle por medio pero no se hablaban. Y ya no sentían afinidad con el Club Alemán o la Escuela Alemana.
¿Algún combatiente concluyó bien su vida? En el mejor de los casos, muy pocos. Y aunque uno me dice “Yo soy más que nada argentina” (sic), cuesta identificarlos con un país cuyo idioma no conocen lo bastante como para expresar matices de pensamiento o afecto.
Más acá del relato repetido, con héroes momentáneos y finales cómodos, quedan los verdaderos “spee” con sus vidas averiadas en el entrevero de guerras de nuestro tiempo. En ellos están no sólo las marcas del nazismo y su derrumbe sino también las de nuestros conflictos..
el aguila nazi rescatada de la proa del graf spee se exhibe en uruguay
urna entregada por los tripulantes del graf spee, con los restos del comandaante a su familia...
espero que les sea de interes esta informacion.. es mi primer post..
fuente http://www.rionegro.com.ar/suple_debates/06-01-22/nota3.php