El escritor, columnista de Le doy mi palabra, habló esta tarde sobre los actos de “travestismo político” del partido fundado por Perón Federico Andahazi: “Al examinar la historia argentina, se advierten varias paradojas recurrentes: comunistas y socialistas supieron unirse a la derecha en contra del peronismo Alfredo, la semana pasada hablamos de los años 80, una década en la que la Argentina abandonó finalmente la oscura noche de la dictadura. Pero como sabemos, la salida del gobierno de Raúl Alfonsín fue prematura y en medio de una crisis económica de proporciones. Carlos Saúl Menem ganó las elecciones de 1989 con el 47% de los votos contra el 32% del candidato radical Eduardo Angeloz. La imagen del hombre que había gobernado la provincia de La Rioja durante seis años era un calco exacto de su coterráneo, el legendario caudillo Facundo Quiroga. Las patillas frondosas, el pelo largo y ondulado sobre los hombros, el decir llano y el acento típico del noroeste, lo convertían en un personaje alejado de la corrección y el atildamiento de los políticos tradicionales. Pero su aspecto no era sólo un dato pintoresco: el parecido con el «Tigre de los Llanos» lo mostraba como un ícono viviente del antiliberalismo. Para un amplio arco político, Sarmiento era el paladín de la «civilización». En cambio, Facundo Quiroga era, a decir del propio maestro sanjuanino, la expresión más visceral de la «barbarie». La Argentina es un país afecto al maniqueísmo adolescente que, en los hechos, nunca tiene un correlato con la realidad. Los cotos que separaban izquierdas de derechas, nacionalistas de liberales, fueron, casi siempre, categorías platónicas. Al examinar la historia argentina, se advierten varias paradojas recurrentes: comunistas y socialistas supieron unirse a la derecha en contra del peronismo. No menos curiosa resulta la repetida alianza entre liberales y nacionalistas durante todas las rupturas institucionales. Sin embargo, a pesar de las desmentidas de la historia, la sociedad volvió a polarizarse una vez más. Por un lado estaban los «civilizados» que, encolumnados detrás de Angeloz, prometían el paraíso del mercado. Por el otro, los «bárbaros» de Menem que amenazaban con expulsar a los mercaderes del Templo al grito de «Revolución Productiva y Salariazo». Carlos Menem había presentado una plataforma electoral que era un epítome del peronismo originario: apoyo a la industria nacional, beneficios a la clase trabajadora y al movimiento sindical, aumentos de salarios y políticas sociales de inclusión y asistencia para los sectores más desprotegidos. Sin embargo, al asumir, Menem se transformó mágicamente en su antagonista, el derrotado Angeloz, e incluso fue mucho más allá de lo que los ultraliberales habían soñado jamás. Se deshizo rápidamente de las «Veinte Verdades Peronistas» y como Moisés en el monte Sinaí, elevó las nuevas Tablas de la Ley. El equipo de gobierno quedó integrado por hombres y mujeres ajenos al peronismo doctrinario. El grupo Bunge & Born puso a sus alfiles al frente del Ministerio de Economía en las dos primeras gestiones. La Unión de Centro Democrático (Ucedé), que había obtenido una cantidad de votos insignificante, tuvo una participación destacada con María Julia Alsogaray, hija del histórico líder antiperonista Álvaro Alsogaray. Lejos de la plataforma electoral que prometía un programa “nacional y popular”, Carlos Menem privatizó la totalidad de las empresas públicas: Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), las empresas de energía eléctrica, Gas del Estado, Entel, Aerolíneas Argentinas, el Correo Nacional, la Caja Nacional de Ahorro y Seguro, Obras Sanitarias, los aeropuertos, el sistema jubilatorio, las plantas siderúrgicas, el Mercado de Hacienda, radios, canales de televisión, rutas y ferrocarriles; todo pasó a manos particulares, transformándose los monopolios estatales en monopolios privados. Este acto de travestismo político no fue el único ni el primero en la vida de Carlos Menem: de abogado defensor de militantes peronistas perseguidos por la dictadura de Aramburu, pasó a ser un fiel aliado de los ideólogos de la llamada «Revolución Libertadora»; hombre divorciado de su esposa, Zulema Yoma, fue el más firme opositor a la Ley de Divorcio Vincular sancionada durante el anterior mandato. Pero acaso su transformación más impactante haya sido la que sufrió entre 1989 y 1990: habiendo estado preso durante la dictadura inaugurada en 1976, ya presidente de la Nación, dispuso el indulto de más de doscientos militares condenados por violaciones a los derechos humanos, incluyendo, claro, las que cometieron contra él mismo. También fueron indultados los líderes de las organizaciones guerrilleras que se habían alzado en armas contra el gobierno constitucional derrocado en 1976. Durante el menemismo las portadas de revistas dedicadas al espectáculo y a la farándula se poblaron de fotografías de ministros, funcionarios y legisladores y hasta podía verse al propio presidente de la República envuelto en affaires que, en apariencia, nada tenían que ver con la política. Una suerte de exhibicionismo obsceno en el que se mezclaban sexo, dinero y poder se adueñó de los medios masivos. Los actos de corrupción eran mostrados sin pudor ante las cámaras. Pero en aquellos años 90 hubo un entramado de poder digno de una película.
“Los disfraces del peronismo” por Federico Andahazi
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