A VUELTAS CON EL PLANETA "X"
Por: Carlos E. Casero
Una sorpresa infrarroja
El 25 de enero del año 1.983 fue lanzado al espacio el satélite IRAS (Infrared Astronomical Satellite), un proyecto conjunto de las agencias espaciales de los Estados Unidos, Reino Unido y los Países Bajos. Su objetivo principal consistió en realizar un escáner completo del cielo a longitudes de onda infrarroja, un tipo de luz que no podemos ver con nuestros ojos pero que nos da información sobre la temperatura de un objeto, para lo que empleó un periodo de diez meses hasta concluir su misión con la desintegración del satélite en la reentrada a la atmósfera terrestre el 21 de noviembre de aquel mismo año. Durante su periplo, en una órbita polar a 560 millas de la Tierra, el satélite IRAS rastreó cuatro veces seguidas, casi el 100% del cielo, utilizando longitudes de onda de 12, 25, 60 y 100 micrómetros, con resoluciones de entre 0,5 y 2 minutos de arco. La astronomía infrarroja es la detección y el estudio de la radiación infrarroja (energía térmica) emitida por todos los objetos del universo. Todo cuerpo que tiene una temperatura por encima del cero absoluto irradia ondas en la banda infrarroja. La astronomía infrarroja es un excelente método para el estudio del universo, en una gama de longitudes de onda de 1 a 300 micrómetro (un micrómetro o micrón es la millonésima parte de un metro). El ojo humano detecta solamente 1% de las ondas de luz de 0,69 micrones y 0,01% de las ondas de 0,75 micrones; no puede ver longitudes de onda mayores de 0,75 micrones, excepto que la fuente de luz sea extremadamente brillante.
Representación artística del Satélite Astronómico Infrarojo (IRAS).
Resultado de todo ello, fueron localizados más de medio millón de fuentes de irradiación infrarroja, de las que se cree en la actualidad que la mayor parte de ellas se corresponderían con galaxias y estrellas en formación. Descubrió también algunas curiosidades que llamaron la especial atención de la comunidad científica, tal como un disco de polvo alrededor de Vega, e incluso obtuvo las primeras imágenes del núcleo de la Vía Láctea. Sin embargo, muchas de estas fuentes o focos siguen aún hoy en día sin lograr ser identificadas, y entre todas ellas sin duda, la que saltó a numerosos medios de comunicación de medio mundo a finales de aquel año 1.983…
“Descubierto Misterioso cuerpo celeste”, Washington Post, 30/Diciembre/1.983. "Se ha encontrado un cuerpo celeste, parte de este sistema solar, tan grande como Júpiter y en dirección de la constelación de Orión por un telescopio orbital." De ésta manera, el prestigioso diario americano se hacia eco del más increíble descubrimiento del IRAS.
Otros muchos medios de comunicación también dieron la noticia de tan enigmático descubrimiento con otros titulares no menos sugerentes: “Cuerpo Misterioso Encontrado en el Espacio ", “El Objeto Gigante Envuelve en Misterio a Astrónomos", "En el Borde de sistema solar, el Objeto Gigante es un Misterio", "Cuando científicos de IRAS vieron primero el cuerpo misterioso, calcularon que pudiera estar tan cercano como 50 mil millones millas y moviéndose hacia la tierra", etc…
"Todo lo que puedo decir es que no sabemos lo que es”, declaraba en una entrevista el Dr. Gerry Neugebauer, científico principal del IRAS para el Laboratorio de Propulsión de Jet de California y director del Observatorio del Palomar para el Instituto de de Tecnología de California. El misterioso cuerpo fue visto dos veces por el satélite infrarrojo mientras escrutaba el cielo. En la segunda de las ocasiones, seis meses después de la primera, el enigmático objeto no se había movido del punto de localización inicial, fijado en el borde occidental de la constelación de Orión, con lo que se descartó de inmediato la posibilidad de que fuera un cometa, y más aún por el enorme tamaño que parecía reflejar, ligeramente superior al de Júpiter. La distancia estimada se calculó en torno a los cincuenta mil millones de millas (algo más de ochenta mil cuatrocientos sesenta y siete millones de kilómetros), unas 537,89 UA (Unidad Astronómica, equivalente a la distancia media del Sol a la Tierra, 149.597.870 Kilómetros). "Esto sugiere que no es un cometa porque un cometa no sería tan grande como el que hemos observado, y un cometa probablemente se habría movido" dijo el Dr. James Houck de la Universidad de Cornell, Centro para las Físicas de Radio e Investigación Espacial, y un miembro del equipo científico de IRAS, añadiendo posteriormente: "Si realmente está tan cerca, sería una parte de nuestro sistema solar. El misterioso cuerpo es tan frío que su temperatura es no más de 40º sobre el cero «absoluto», lo que significa que está a 459º Fahrenheit bajo cero" (unos -272,7º Celsius bajo cero).
Distintas imagenes infrarojas de cuerpos celestes obtenidas por el IRAS
Pese a la gran trascendencia del descubrimiento llevado acaba por el IRAS y la expectación inicial desatada, rápidamente la comunidad científica “enfrió” aun más el asunto, rebajando o minimizando la importancia del mismo hasta casi el punto de descartar la hipótesis de la existencia de un planeta gigante desconocido en nuestro Sistema Solar, siendo sustituida por otras hipótesis tales como la de un cometa gigante (a pesar de haber sido desechada inicialmente), una “protoestrella" (estrella en la etapa inicial de su formación) cercana que nunca llegó a calentarse lo suficiente como para convertirse en estrella, una galaxia distante tan joven que todavía está en el proceso de formar sus primeras estrellas, o una galaxia tan cubierta de polvo que ninguna luz lanzada por sus estrellas logra atravesarla. Incluso los más conspiranóicos no dudan en afirmar que, existe un auténtico complot para acallar cualquier noticia o descubrimiento que apunte a la existencia de dicho planeta.
La anomalía Pioneer
Allá por el año 2.005, la prestigiosa revista New Scientist recopiló los 13 misterios que más “quebraderos de cabeza” estaban dando a la comunidad científica, y que a tenor de lo visto, continúan hoy en día planteando toda clase de hipótesis y dudas. En la lista de los misterios y junto a algunos tales como la “fusión fría”, la existencia de los “tetraneutrones”, la “materia oscura” o los “rayos cósmicos”, figuraban dos que están muy relacionados con el tema que nos preocupa en el presente artículo. Me estoy refiriendo al “acantilado Kuipper” y la “anomalía de las Pioneer”.
Dejando para más adelante el “acantilado Kuipper”, los científicos se refieren a la “anomalía o efecto de las Pioneer”, como al fenómeno de desviación observada de las trayectorias “lógicas” en la parte exterior del Sistema Solar, protagonizadas inicialmente por las sondas espaciales Pioneer 10 y Pioneer 11, provocadas por una desaceleración de velocidad inexplicable (un nanómetro por segundo cuadrado) que logró desviarlas ante el asombro del control de seguimiento de la NASA unos 400.000 kilómetros, diez veces el perímetro de nuestro planeta, y hasta su pérdida de contacto por agotamiento de sus baterías. Desde entonces, ambas deben vagar en algún punto desconocido del espacio profundo.
La Pioneer 10 fue lanzada el 3 de marzo de 1.972, logrando hitos en la historia espacial como ser la primera sonda que atravesó el cinturón de asteroides y que llegó hasta el planeta Júpiter o ser el primer objeto fabricado por el ser humano que escapó del Sistema Solar. Pero si por algo fue realmente popular la Pioneer 10 se debió a incorporar por primera vez, una placa grabada con un mensaje simbólico informando a una posible civilización extraterrestre, que pudiese interceptar la sonda, sobre el ser humano y su lugar de procedencia, la Tierra, una auténtico "mensaje en una botella" espacial diseñada por el no menos popular astrónomo estadounidense y divulgador científico Carl Sagan y el también astrónomo estadounidense Frank Drake. La siguiente sonda, la Pioneer 11 y otras misiones como las “voyager”, también incorporaron este tipo de mensajes para hipotéticos seres de otros mundos. Su misión finalizó oficialmente el 31 de marzo de 1997.
Pioneer 10.
La Pioneer 11 fue lanzada el 5 de abril de 1.973. A su paso por Júpiter logró fotografiar la “gran mancha roja” y estudiar las regiones polares del planeta, así como algunos de sus satélites. El día 1 de Septiembre alcanzó Saturno, obteniendo las primeras fotografías a corta distancia existentes de él, descubriendo dos nuevos satélites y nuevas divisiones entre los anillos que rodean al planeta. El agotamiento de sus baterías mientras se adentraba en el borde exterior del Sistema Solar, determinó el final de su misión a finales de 1.995.
¿Qué originó la desaceleración y el posterior desvío en la ruta de las Pionner? ¿Fueron acaso atraídas por la masa de un gran planeta “X” desconocido más allá de la frontera conocida de nuestro Sistema Solar? ¿Tal vez fue ese mismo planeta que el IRAS detectó por infrarrojos en 1.983? ¿Qué explicaciones han dado los astrónomos y especialistas espaciales de éste fenómeno?
Como muy bien señalaban los redactores de la revista New Scientist,el fenómeno planteado por las Pioneer, fue y sigue siendo en la actualidad un gran “quebradero de cabeza” para los encargados y diseñadores de los futuros programas espaciales de las distintas agencias. Pero…, ¿por qué? Es de vital importancia para la supervivencia de estas misiones, comprender en su totalidad todas las posibles variantes e incidencias que puedan alterar las rutas y trayectorias de vuelo, evitando la pérdida lamentable de medios e incluso de vidas humanas. El 25 de septiembre de 1.992 los americanos pusieron en órbita la sonda espacial con destino al planeta Marte con el nombre de “Mars Observer”. El contacto con la sonda se perdió el 21 de agosto de 1.993, cuando su papel debería haber sido el de convertirse en la primera sonda de la serie “Observer”, diseñadas para estudiar el clima y la geología de Marte, determinar la composición global de la superficie marciana, la topografía, los campos gravitatorio y magnético junto a su distribución, así como la circulación atmosférica. Justo tan sólo tres días antes de iniciar las maniobras para acoplarse a la órbita del planeta rojo se dejó de recibir señal alguna de ella. La investigación posterior a su desaparición se centró principalmente en una ruptura de los conductos del carburante durante la presurización del tanque de combustible, que provocó que la sonda girara de forma incontrolada, pudiendo provocar que la sonda entrara en “modo de contingencia” e interrumpir la secuencia de inserción orbital prevista y el encendido de los transmisores de comunicación, perdiendo todo contacto con el exterior. Sin embargo más recientemente y a raíz del estudio de la anomalía de las Pionner, junto con otros efectos observados de desviación en otras misiones como las Voyager o la Cassini, aunque en ningún caso tan extremos como en las Pionner, se ha llegado a plantear la posibilidad que, las fuerzas gravitacionales actúan de una forma diferente a lo que en un principio se habían estimado. Tal vez por ello la Mars Observer se precipitó sobre la superficie de Marte debido a un cálculo erróneo sobre las fuerzas gravitacionales durante su trayectoria y aproximación al planeta rojo.
Pioneer 11.
Futuras misiones se encontrarán con estos mismos riesgos y problemas a gran escala si quieren alcanzar o sobrepasar los límites de nuestro Sistema Solar conocido. Por esa razón la comunidad científica trabaja en la actualidad con diferentes hipótesis para tratar de desentrañar el enigma planteado por la “anomalía o efecto Pionner”. Para ello barajan una gran cantidad de posibles causas, entre las cuales, algunas de ellas nos pueden sonar a “chino” dada la alta complejidad técnica que alcanzan y otras, aunque igual de complejas en su entramado, no dejan de ser más familiarmente reconocidas en cuanto a la terminología. Entre todas ellas podemos encontrar estudios sobre el efecto del viento solar y el plasma interplanetario, la composición de la materia oscura y sus propiedades o la variación de la constante de la “estructura fina”, un principio de física fundamental, propio de las interacciones electromagnéticas. Básicamente se trata de comprender como funciona realmente la gravedad y de cómo interactúa junto a otras manifestaciones, como la expansión del Universo, y revisar nuestro clásico entendimiento de la inercia y la Dinámica Newtoniana Modificada (MOND - Modified Newtonian Dynamics), donde se propone que la fuerza gravitacional normal, que decrece con el cuadrado de la distancia como lo describe la famosa ley de Newton, es modificada a distancias muy grandes.
A ciencia cierta, lo único que verdaderamente se puede confirmar como seguro es que, algo, no se sabe bien que, modificó muy significativamente las trayectorias previstas de las sondas Pioneer.
El acantilado de Kuipper
En el borde exterior del “cinturón de Kuipper”, un conjunto de objetos transneptunianos tales como cometas, asteroides y planetoides que orbitan a una distancia del Sol que oscila entre las 30 UA y las 50 UA, de repente se encuentra el más absoluto de los vacíos, pues la densidad de objetos cae espectacularmente, convirtiéndose en un final abrupto sin explicación aparente.
La pregunta que se hace la comunidad científica es qué ha causado este brusco cambio, y por el momento, la única posible respuesta encontrada parece ser la existencia de un décimo planeta en el Sistema Solar, lo suficientemente grande como para haber atraído a todos esos cuerpos hacia su órbita. Diferentes investigaciones estiman este gran objeto en un mínimo de entre un 30-70% de la masa de la Tierra y orbitando a una distancia alrededor de unas 100-200 UA del Sol. También explicaría ya de paso, las perturbaciones orbítales detectadas en los planetas Urano y Neptuno.
Esquemas del Cinturón de Kuipper en torno al Sistema Solar, donde destaca especialmente la órbita extrema de Plutón.
Una ley no confirmada
Durante gran parte del siglo XIX, el pasado siglo XX y los albores del siglo actual, los astrónomos del mundo entero han venido detectando perturbaciones en los planetas exteriores. Muchos astrónomos lo tienen muy claro, solamente otro gran cuerpo celeste que fuese parte de nuestro Sistema Solar podría causar estas perturbaciones. Si nos atenemos a la Ley de Titius-Bode, el cuerpo celeste en cuestión o también llamado Planeta X estaría a la enorme distancia de 77 UA (Unidades Astronómicas). Dicha “ley” fue elaborada inicialmente por el matemático suizo Johan Daniel Titius en 1.766 y perfeccionada posteriormente por el astrónomo alemán Johan Elert Bode en 1.772. Groso modo viene a establecer que las distancias de los planetas están en una progresión geométrica muy particular partiendo de la observación de la distancia entre el Sol y la Tierra (1 UA) y que hasta el día de hoy no se ha podido demostrar científicamente y establecida de la siguiente manera: Estableciendo 0 como valor inicial, se suma 3 y se duplica el número siguiente. De esa forma logramos la serie 0-3-6-12-24, etc. Seguidamente se añade 4 a cada número de la serie y se divide por 10. Las nuevas cifras obtenidas a partir de la serie inicial se corresponden ahora con las distancias en UA (unidades astronómicas); 0,4 - 0,7 - 1- 1,6 - 2,8 - 5,2 - 10 - 19,6 - 38,8. Si observamos las distancias reales a los planetas, podremos comprobar como se cumple la Ley Titius-Bode, a excepción de dos casos: 1ª) La distancia 2,8 UA donde no existe planeta alguno, pero si el gigantesco cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter, formado tal vez por los restos de un antiguo planeta destruido. 2º) Neptuno viola la ley cayendo a medio camino entre Urano y Plutón. Sin embargo, curiosamente el estatuto de Plutón como planeta ha sido rebajado recientemente por la UAI o Unión Astronómica Internacional ( el 24 de agosto de 2.006) al de un simple asteroide, ahora se piensa que pertenece al Cinturón de Kuipper donde ni siquiera es el planeta más grande.
Por tanto, la cifra calculada inicialmente de 77 UA para el planeta X debería también ser modificada, pues no se puede determinar con exactitud la cantidad de cuerpos celestes o planetas enanos transneptunianos que en el Cinturón de Kuipper y más allá vagan sin nuestro conocimiento y que no cumplen la Ley de Tituis-Bode, habiéndose hasta ahora detectado más de 600 de estos objetos. El más conocido el descubierto por el observatorio de Monte Palomar el 14 de noviembre de 2.003 y bautizado con el nombre de Sedna, un personaje de la mitología esquimal que habitaba las profundidades heladas del Océano Ártico. Este nuevo objeto fue calificado como un planeta enano por su pequeño tamaño, inferior al de Plutón, y ambos a su vez más pequeños que nuestro satélite, La Luna. Aún así, se tiene conocimiento de otros planetoides, como Caronte o Quaoar, e incluso de uno más grande que Plutón, Eris.
¿Pueden por tanto provocar el efecto Pioneer estos objetos de escasa masa o ser la causa de la formación del acantilado Kuipper que tanto preocupa a nuestros científicos?
La comunidad científica no termina de ponerse de acuerdo sobre la existencia del cinturón de asteróides que se encuentra entre Marte y Júpiter. Los antiguos sumerios por el contrario lo tenian muy claro, los miles de trozos que conforman el cinturón, no serían más que los escombros residuales de Tiamat tras el choque con el "planeta del cruce", Nibiru, que configuró al planeta Tierra.
El duodécimo planeta
En 1.976, el escritor e investigador Zecharia Sitchin proponía una hipótesis revolucionaria en su libro “El Duodécimo Planeta. En él exponía, como los sumerios, primera civilización conocida de la antigua Mesopotamia, hacían referencia a un gran planeta conocido con el nombre de “Nibiru” (planeta del cruce), bautizado posteriormente por los babilonios con el nombre de su principal deidad, Marduk.
En su obra, Sitchin argumenta el conocimiento de los antiguos pueblos de Mesopotamia de la existencia de doce planetas o cuerpos celestes principales, que conformaban también los doce dioses principales de sus panteones. A los nueve planetas comúnmente aceptados en la actualidad, Mercurio, Venus, La Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón, añadían hasta formar el número de doce, al propio Sol, la Luna y el planeta principal de sus dioses “Nibiru – Marduk”.
Fue este último nuevo planeta, el que según siempre su cosmogonía, puso el orden existente actual en nuestro Sistema Solar. Con una gigantesca órbita elíptica en torno a el Sol, penetró en el Sistema Solar, creando grandes perturbaciones en los planetas, y tras una gran colisión, creó la Tierra al desgajar un antiguo planeta que orbitaba alrededor del Sol, cuyo nombre era Tiamat, en la actual posición del cinturón de asteroides existente entre Marte y Júpiter, y que diferencia a los planetas interiores de los exteriores. Del mismo modo liberó a uno de sus satélites, “Kingu”, que tras la colisión quedó atrapado en la órbita del nuevo planeta creado, La Tierra, pasando a ser desplazados ambos a su posición actual, siendo “Kingu” desde entonces nuestra conocida Luna.
Es de destacar que dentro del cinturón de asteroides se encuentra el mayor de los asteroides conocidos del Sistema Solar, Ceres, con un diámetro de 930 kilómetros, su masa equivale a una cuarta parte del total de las decenas de miles de asteroides que conforman el cinturón, y donde los científicos apuntan la existencia de abundante agua, un 25% del total de la masa de Ceres, unos 200 millones de kilómetros cúbicos, frente a unos 1.400 millones de kilómetros cúbicos estimados para la Tierra. Del mismo modo, la mitología sumeria hablaba del desaparecido planeta Tiamat, como un planeta acuoso. ¿Es quizá Ceres una clara evidencia del choque planetario entre Nibiru y Tiamat y que terminó por configurar nuestro planeta Tierra?
Ésta hipótesis explica algunos de los misterios que la ciencia aún no ha terminado de aclarar, tales como las cavidades oceánicas sobre la Tierra, la devastación observada sobre la Luna, las órbitas invertidas de los cometas y el fenómeno enigmático de Plutón. El nuevo orden creado por la irrupción del duodécimo planeta sería la causa de la enigmática excentricidad de Plutón, que tiene la órbita más extensa y elíptica de todos los planetas conocidos del Sistema Solar, por lo que también es el único planeta que atraviesa la órbita de otro planeta, Neptuno. Mientras el resto orbitan casi dentro del mismo plano, Plutón se encuentra desviado diecisiete grados. El tamaño de Plutón, que como decíamos anteriormente fue recientemente desposeído del “título de planeta”, sería una señal inequívoca que en su momento fue victima de las perturbaciones que le hicieron ser expulsado de la órbita de Saturno al paso de “Nibiru”, del que era un simple satélite mas, hasta ocupar su posición actual.
La gran colisión con Tiamat, a la vez que aclara la existencia del cinturón de asteroides, aclararía también el fenómeno de los cometas, que no obedecen a ninguna de las reglas normales de desplazamiento del resto del cosmos. Mientras que como explicábamos antes, las órbitas de los planetas son casi circulares y discurren en el mismo plano, excepto Plutón, la de los cometas son alargadas y en muchos casos muy pronunciadas, con periodos que abarcan de los cientos a los miles de años. Además, mientras la totalidad de los planetas orbitan en dirección contraria a las agujas del reloj, muchos de los cometas se mueven en dirección inversa.
Sitchin llega a la conclusión de que la órbita del planeta “X” o Nibiru alcanza los 3.600 años y que, millones de años después de los cataclismos que configuraron el actual Sistema Solar y que aportaron “la chispa de la vida” a nuestro planeta Tierra, continuó orbitando en torno al Sol, repitiendo una y otra vez en su paso más próximo a la Tierra, es decir, el antiguo emplazamiento del desaparecido Tiamat (actual cinturón de asteroides). Y fue precisamente desde Nibiru donde llegó a la Tierra una antigua civilización que la colonizó, mucho antes de que el hombre moderno apareciese, porque fueron ellos quienes a través de la modificación genética, quienes impulsaron evolutivamente a los antiguos homínidos pre-humanos. Ellos fueron los dioses de la antigüedad, quienes crearon al hombre “a su imagen y semejanza”.
Pero, ¿es posible que un planeta como Nibiru, tan lejano al Sol, pueda tan siquiera albergar un mínimo de vida?
El propio Sitchin escribe al respecto:
“…se ha descartado la idea de que la única fuente de energía y calor disponible para los órganos vivos es el Sol. Así, la nave espacial Pioneer 10 descubrió que Júpiter, aunque está mucho más lejos del Sol que de la Tierra, era tan caliente que se presume debe tener su propia fuente de energía y calor. Un planeta con abundantes elementos radiactivos en su interior no sólo generaría su propio calor, sino que tendría una significativa actividad volcánica. Esa actividad produce una atmósfera por tiempo casi indeterminado. A su vez, esa atmósfera crea un «efecto invernadero»: protege al planeta del frío del espacio exterior y hace que el calor generado por el planeta no se escape al espacio, igual que la ropa nos mantiene calientes evitando que se disipe el calor del cuerpo…”.
En la imagen superior podemos ver una tablilla sumeria (VA/243) donde se puede apreciar la idea del Sistema Solar que tenía este antiguo pueblo mesopotámico. Ampliado en el recuadro de la imagen de abajo, aparecen los doce cuerpos celestes que también conformaban su panteón principal de divinidades.
1. El Sol (Apsu) - 2. Mercurio (Mummu) - 3. Venus (Lahamu) - 4.La Luna (Kingu) - 5. Tierra (Ki) - 6. Marte (Lahmu) - 7. Planeta X (Nibiru) - 8. Júpiter (Kishar) - 9. Saturno (Anshar) - 10. Urano (Anu) - 11. Neptuno (Ea) - 12. Plutón (Gaga)
EPÍLOGO
Evidentemente, todo esto no son más que hipótesis. La existencia de un “Planeta X” está hoy por hoy más cerca de la ciencia ficción que de la ciencia real. Esa misma ciencia que continúa dándole vueltas a la cabeza en una labor encomiable para descifras enigmas como el “efecto de las Pioneer” o el “acantilado de Kuipper”, pero que a veces por su exceso de “racionalismo empírico”, establece dogmas de fe muy difíciles de superar.
Mucho nos tememos que en futuras revisiones de los “top ranking” que se lleven a cabo en las revistas científicas como “New Scientist”, continuaran apareciendo como un atentico quebradero de cabeza los enigmas anteriormente referidos.
Curiosamente, fue en otra revista científica, “Icarus”, en el mes de septiembre de 1.973, donde todo un Premio Nobel, Francis Crick y el Dr. Leslie Orgel, expusieron en un artículo su pleno convencimiento de que la vida en la Tierra surgió a partir de organismos minúsculos originarios de un planeta distante. Y no solo eso, sino que plantearon la posibilidad de que tal vez hubiese sido de forma inteligentemente deliberada.
Ahí queda eso…
Zecharia Sitchin y Francis Crick.
los libros de Sitchin aquí