Hace casi cuatro meses, revisaba el timeline de mi cuenta de Twitter cuando me encontré con una frase que llamó mi atención: «Sí existe gran arte contemporáneo. Y no tiene que ver con las mamarrachadas». El dedo índice de mi mano derecha no pudo resistir y sucumbió, cayó en la tentación. Pinché en el enlace y accedí a , publicada en .
Interior del Museu Europeu d’Art Modern.
Tras devorar la entrevista como si hubiera despertado de un largo periodo de hibernación, ingresé en la página web del museo, dispuesto a conocer más. El interés generado aumentaba a medida que navegaba por el portal, y con él también lo hacían mis ganas por desplazarme a la Ciudad Condal. De este modo, planeé para las vacaciones de Pascua una escapada con mi pareja, y así fue como la semana pasada, por fin, pude adentrarme en las entrañas del Palau Gomis.
No soy un experto en arte, quizá-y como mucho-sea un erudito a la violeta, pero me sorprende que el MEAM no goce de una publicidad mayor. Es cierto que Barcelona es una ciudad culturalmente rica, con diversos puntos de atracción turística y un sinfín de lugares para visitar, pero no logro entender que este museo quede emplazado en un segundo plano, pues me transmitió, despertó en mí muchas más sensaciones que algunas de las típicas recomendaciones, como .
Respecto al museo, me resulta complicado aventurarme a esbozar una definición, una breve síntesis. «Atípico», «atrevido» y «renovador» son los tres adjetivos que considero utilizaría si tuviera que dibujar una imagen del MEAM para aquellos que lo desconocen. Es atípico porque se aleja de la abstracción que inunda las corrientes artísticas de la actualidad; atrevido, porque las denuncia; y renovador porque constituye una digna alternativa para todos los que nos hemos cansado de que a cualquier paparruchada se le considere arte.
Coincidí con una exposición de Golucho, pintor madrileño puede considerarse como uno de los paradigmas del realismo moderno. Algunas de sus piezas eran desgarradoras; otras, apenas alteraron mi estado. Nunca había presenciado una representación de su trabajo en vivo, y no me decepcionó. Tampoco lo hizo la colección permanente que atesora el museo, del que destacaría una pieza por encima de todas:
Dresden, de Martí Teixidor. Un óleo sobre lienzo de 280×500 que rememora la brutal destrucción de la ciudad alemana por parte de los Aliados, uno de los más tristes-y olvidados-episodios de la II Guerra Mundial.
Dresden | Fuente:
Me apenó ver a tan pocos visitantes, aunque, desde un punto de vista egoísta, lo prefiero, porque me ayuda a trasladarme e integrarme mejor en la realidad paralela que esbozan los artistas cuyas obras decoran las paredes de este menudo museo ubicado en el casco antiguo de Barcelona.
Entrevista con el pintor Martí Teixidor